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Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:

Augusta Ballinger estaba segura de que se trataba de un terrible error. No era posible que el temible, pomposo y peligrosamente perturbador conde de Graystone quisiera casarse con ella… porque se rumoreaba que la elegida tenía que ser un dechado de virtudes. Y todos sabían que ella, la última descendiente de los desenfrenados Ballinger de Northumberland, no respetaba las normas sociales. Con el fin de convencer al conde de que no es la esposa apropiada, planea un encuentro a medianoche. Pero al entrar en la casa por una ventana sólo consigue fortalecer la resolución de él: arrancar a besos la risa de esos labios de miel y enseñar buen comportamiento a la indomable jovencita. Pero un viejo enemigo irrumpe para amenazar el amor de los dos, su honor e incluso su vida.
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– Augusta, es un diario personal. -Harry tocó suavemente el cuaderno-. Se supone que nadie más que quien lo escribió debería leerlo.

– Pero, ¿a quién pertenece? ¿Puedo saberlo?

– Sólo un hombre pudo haber conocido estos despachos y sólo él podía saber los nombres de los correos y agentes franceses que se enumeran al comienzo. En otro tiempo, este diario perteneció a Araña.

Augusta sintió pánico.

– Pero, Harry, ¿qué tiene que ver con mi hermano?

– Augusta, al parecer alguien trata de decirnos, basado en esta y otras evidencias, que tu hermano y Araña eran la misma persona.

– ¡No, es imposible! -Augusta dio un salto-. Eso es mentira.

– Por favor, Augusta, siéntate -dijo Harry en voz baja.

– No me sentaré. -Dio un paso adelante, apoyó las manos sobre el escritorio y se inclinó hacia el conde, ansiosa de que le creyera-. ¡No me importan las pruebas! ¿Me oyes? ¡Mi hermano no fue un traidor! Debes creerme. Ningún Ballinger de Northumberland traicionaría a su patria. Richard no era Araña.

– Tal como están las cosas, me inclino a darte la razón.

Aturdida por la súbita aceptación de la inocencia de Richard después de la evidencia condenatoria, Augusta se dejó caer otra vez en la silla.

– ¿Estás de acuerdo conmigo? ¿No crees que ese diario perteneciera a Richard? Porque podría asegurarte que no le perteneció. Ésa no es la letra de mi hermano, te lo juro.

– La letra no demuestra nada. Sin duda, cualquiera medianamente inteligente acuñaría una escritura, propia de un diario tan peligroso como éste.

– Pero, Harry…

– Hay otras razones -la interrumpió Harry con suavidad- que hacen difícil, si no inverosímil, que tu hermano fuera Araña.

Augusta, sintiendo que se alzaba en su interior una inmensa oleada de alivio, sonrió.

– Me alegro Harry, gracias por creer en el honor de mi hermano. No puedo decirte cuánto significa esto para mí. Nunca olvidaré tu bondad en este asunto y te aseguro que tendrás mi gratitud y aprecio para siempre.

Harry la contempló en silencio un instante, tabaleando distraído sobre el volumen forrado de cuero.

– Me complace oírtelo decir. -Dejó el diario en el cajón del escritorio y lo cerró con llave.

La sonrisa de Augusta se tornó brillante; se aclaró la voz.

– A pesar de todo me queda una duda.

– ¿A qué se refiere?

– ¿Puedes decirme por qué estás tan predispuesto a creer que Richard no fuera Araña? -En torturante suspenso, aguardó a que Harry confesara que era el cariño que sentía por ella.

– La respuesta es obvia, Augusta.

– ¿Sí? -La joven lo miró desbordante de alegría.

– Hace ya unas semanas que vivo con una Ballinger de Northumberland y he llegado a conocer sus hábitos y características. Y como todos ellos comparten ciertos rasgos… -Se interrumpió con un encogimiento de hombros.

Augusta se sintió confundida.

– Por favor, continúa.

– Permíteme hablar sin rodeos. Ningún Ballinger de Northumberland tendría el temperamento adecuado a un espía que actuara durante años y que conservara su identidad.

– ¿Temperamento, Harry? ¿A qué te refieres?

– Lo que quiero decir -respondió Harry- es que por lo general los Ballinger de Northumberland, de los cuales sin duda tu hermano era un exponente, son demasiado emotivos, precipitados, indiscretos, impetuosos e idiotas como para ser espías medianamente decentes.

– ¡Oh! -dijo Augusta, parpadeando mientras asimilaba la inesperada respuesta. Entonces, la impactó la magnitud de la ofensa. Volvió a levantarse de un salto, indignada-. ¿Cómo te atreves a decir eso? Discúlpate ahora mismo.

– No seas ridícula, uno no pide disculpas por decir la verdad.

Augusta lo miró cada vez más furiosa.

– En ese caso, no tengo otra alternativa. Has insultado a mi familia. Como última descendiente de los Ballinger de Northumberland, exijo una satisfacción por esta difamación.

Harry la contempló azorado. Luego se levantó lentamente y habló con mortífera suavidad.

– ¿Cómo dices?

– Ya lo ha oído, usted, señor mío. -Augusta temblaba de furia, pero mantenía alzada la barbilla en gesto desafiante-. En este mismo instante, estoy retándolo a duelo. Por supuesto, elige usted las armas. -Lo miró ceñuda, mientras Harry la contemplaba con expresión perpleja-. Creo que es así como se hace. Si lanzo yo el reto, elige usted las armas, ¿verdad?

– Cierto, señora. -Harry dio la vuelta al escritorio-. Sí, en efecto, ésa es la forma correcta de retar a duelo y, como parte desafiada, reclamo el derecho a elegir, no sólo las armas sino también el lugar.

– ¡Harry! -Asustada por la inflexible expresión que mostraba el rostro de Harry mientras se acercaba a ella, Augusta comenzó a retroceder-, ¿qué vas a hacer?

En el mismo instante en que Augusta comenzaba a pensar que seria mejor dar media vuelta y correr hacia la puerta, Harry llegó hasta ella. Retrocedió otro paso, pero ya era demasiado tarde.

La alzó como si fuera un saco de harina y se la puso sobre el hombro. Ganó la puerta, la abrió y condujo a Augusta al vestíbulo.

– ¡Caray, Harry, deténte ahora mismo! -Augusta le aporreó las anchas espaldas. Pataleó con brío, pero el esposo le rodeó los muslos con un brazo, impidiéndole moverse.

– Quería usted un duelo, señora y lo tendrá. Emplearemos las armas con las que nos dotó la naturaleza y el campo del honor será mi cama. Le juro que no daré cuartel, por más que suplique.

– ¡Maldición, Harry! Esto no es lo que yo pretendía.

– Qué pena.

Harry había llegado a la mitad de la escalera con Augusta a cuestas, cuando apareció Craddock procedente del ala de los sirvientes. El mayordomo luchaba por ponerse la chaqueta. Llevaba la camisa abierta y los zapatos en la mano. Miró azorado a señor y señora.

– Su señoría, escuché un alboroto -tartamudeó Craddock, incómodo-. ¿Ocurre algo malo?

– En absoluto, Craddock -le aseguró Harry, y siguió subiendo la escalera con Augusta sobre el hombro-. Lady Graystone y yo vamos a acostarnos. Apaga las lámparas.

– Claro, señoría.

Augusta avistó la expresión de Craddock mientras Harry giraba al llegar a la cima de la escalera. El mayordomo luchaba por contener la risa y la joven lanzó un quejido de disgusto.

Harry despidió al ayuda de cámara con una sola palabra, mientras irrumpía en la habitación:

– Fuera.

El hombre desapareció cerrando la puerta, pero Augusta lo descubrió sonriendo. Mientras Harry la dejaba con suavidad sobre la cama, le lanzó una mirada feroz.

Cuando el conde se sentó junto a ella y comenzó a quitarse las botas, ella se apresuró a sentarse. La furia se había desvanecido y recobraba el sentido común. Comprendía que lo que acababa de decir en la biblioteca había sobrepasado los límites.

– Harry, lamento haber lanzado un desafío tan irresponsable. Comprendo que es un comportamiento reprensible, pero me has enfurecido.

– Eso no es nada comparado con el efecto que ejerces sobre mi carácter. -La segunda bota cayó al suelo. Harry se puso de pie y siguió desnudándose.

Augusta vio que ya estaba excitado. Sintió que un conocido calor comenzaba a recorrerle la parte inferior del tronco. «Lo amo -pensó resentida-. Es injusto que ejerza semejante poder sobre mí.»

– Y ahora, señora esposa, comenzaremos el duelo.

Harry se tendió sobre la cama y de un solo movimiento levantó las faldas y las enaguas de su esposa hasta la cintura. Con gesto audaz, le apretó el muslo con la mano y se inclinó sobre ella, contemplándola con ojos resplandecientes.

– ¿Y si gano, te disculparás? -murmuró Augusta, sintiendo la piel acalorada bajo las caricias del hombre.

– No pediré disculpas, señora mía, pero exigiste satisfacción y te juro que la tendrás. Por supuesto, yo también obtendré la mía.

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