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Электронная книга - «Sobre héroes y tumbas». Краткое содержание книги:

Sobre héroes y tumbas es una novela escrita por el escritor argentino Ernesto Sabato, de quien sea quizá su obra más conocida. Publicada en 1961, ésta irrumpe en el panorama de la literatura latinoamericana aglutinando una variedad de elementos que la distinguen entre las ficciones de América del Sur. De este modo, es frecuentemete considerada como una novela total, con rasgos de surrealismo inusitados en la literatura latinoamericana (especialmente en la sección de El Informe sobre ciegos). Buena parte de su trama puede insertarse también en la tradición de la Bildungsroman (novela de formación) de la que se cuentan varios ejemplos en la literatura alemana. Por otro lado, la descripción de una familia retratada a través de una largo lapso temporal con tintes decadentes, emparenta temáticamente esta novela con las ficciones de Faulkner y García Márquez.
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– ¿Qué? -dijo el otro con la imagen en alto, mirándolo con furia.

– No la quemes, me hago unos pesos -dice el muchacho.

El otro bajó la imagen y meneando la cabeza se la dio. Luego arrojó bancos y cuadros.

El muchacho tenía ahora la Virgen en el suelo, a sus pies. Buscó ayuda. Vio a un agente de policía que miraba el espectáculo, le pidió que lo ayudase a sacar la imagen de la iglesia.

– No te metas en líos, pibe -le recomendó el policía.

Martín se acercó.

– Yo te ayudo -le dijo.

– Bueno, agarra de los pies -dijo el muchacho obrero.

Salieron. Afuera seguía lloviendo, pero el incendio crecía en la calle y todo crepitaba por la nafta y el agua. Una mujer rubia y alta, con el pelo suelto y desgreñado, con un hachón de bronce que manejaba a manera de bastón, arrastraba una bolsa que llenaba con imágenes y objetos del culto.

– ¡Canallas! -decía.

– Callate, loca -gritaban.

– ¡Canallas! -decía-, irán todos al infierno.

Avanzaba con su gran bolsa y el hachón, con el que se defendía. Un muchacho le tocó obscenamente el cuerpo, otro le gritaba porquerías, pero ella avanzaba defendiéndose con el hachón y repitiendo "canallas".

– ¡Andá, chupacirios! -le gritaron.

Pero ella avanzaba y repetía "canallas", con voz ronca y seca, casi ensimismada, pétrea y fanática.

– Es una loca, dejelán -gritaban.

Una mujer aindiada, con un gran palo vigilaba y atizaba el fuego, como en un gigantesco asado.

– Es una loca, dejelán que se vaya -decían.

La mujer rubia avanzaba con la bolsa, abriéndose paso entre la muchachada que le gritaba porquerías, le tiraba tizones encendidos y se reía, tratando de manosearla.

Ahora se levantaban grandes llamaradas de la curia: ardían los papeles, los registros. Un hombre de chambergo, morocho, reía histéricamente y tiraba piedras, cascotes, pedazos de pavimento.

La rubia desapareció de la parte iluminada.

Una alegre música de carnaval volvió a escucharse: los muchachos de la murga habían dado vuelta a la manzana:

La murga de Chanta Cuatro lo viene a visitar…

A la luz de las llamaradas las contorsiones parecían más fantásticas. Los copones servían de platillos: disfrutados con casullas, enarbolaron cálices y cruces, marcaban el compás con hachones dorados. Alguien tocaba un bombo. Luego cantaron:

A nuestro director le gusta el disimulo…

Y luego el bombo, rítmicamente, y las contorsiones en medio de las llamaradas, siempre marcando el compás con los hachones dorados.

Se volvieron a oír tiros y hubo corridas. No se sabía de dónde venían, quiénes eran. Hubo pánico. Se oyó decir: "Es la Alianza ". Otros tranquilizaban, pasaban palabras de orden. Otros corrían o gritaban "ahora vienen" o "calma, muchachos".

En el centro de la calle crecía la hoguera. Un grupo de muchachos y mujeres arrojaban un confesionario. Traían todavía imágenes y cuadros.

Un hombre arrastraba un Cristo y una mujer que acababa de aparecer, feroz y decidida, gritó:

– Démelo.

– ¿Qué? -dice el hombre mirándola con desprecio.

Alguien dijo: "es de la Fundación ".

– ¿Quién, quién? -preguntaban.

La murga cantaba:

A la chica de Gómale le gustan la banana…

La mujer siguió al hombre y tomó al Cristo de los pies para que no se arrastrara.

– Déjelo -gritó el hombre.

– Démelo -gritó la mujer.

Y por un instante el Cristo permaneció en el aire, entre los dos que forcejeaban.

– Venga, señora -dijo el muchacho que sacó a la Vir gen de la Iglesia.

– ¿Qué? -dijo la mujer, sin largar los pies del Cristo.

– Que venga, que deje eso.

– ¿Qué? -dijo la mujer, enloquecida.

– Tome esta imagen -le dijo.

La mujer pareció vacilar, sin dejar el Cristo, que se bamboleaba.

– Pero venga, señora -dijo el muchacho.

Ella parecía vacilar, pero el hombre le dio un gran tirón al Cristo y se lo arrancó de las manos. La mujer, como idiotizada, lo miró alejarse y volvió luego su mirada a la Virgen que estaba en el suelo al lado del muchacho.

– Venga, señora -dijo el muchacho.

La mujer se acercó.

– Es la Virgen de los Desamparados -dijo el muchacho.

La mujer lo miró sin entender, parecía no entender: era un cabecita negra. Tal vez pensaba que querían hacerle algo.

– Sí, señora -dijo Martín-, la sacamos de la Iglesia, este muchacho la salvó del fuego.

Ella miró al cabecita negra. La murga ahora se iba:

La murga del Chanta Cuatro se vamo a retirar…

La mujer se acercó.

– Bueno -dijo-, la vamos a llevar a casa.

El muchacho y Martín se inclinaron para levantar la Virgen.

– No, esperen -dijo ella.

Se desabrochó el tapado, se lo quitó y cubrió la imagen. Luego quiso ayudar.

– Deje -dijo el muchacho-, nosotros bastamos. Diga adonde vamos.

Caminaron. La mujer adelante, un hombre los seguía. La lluvia aumentaba ahora y el muchacho sentía que la corona estrellada se le estaba clavando en la cara. Ya no sabía nada: todo era confuso.

– Un herido -dijeron-; dejen paso.

Les abrieron paso.

Caminaron por Santa Fe hacia Callao. El resplandor rojizo iba siendo cada vez menor y poco a poco predominaba la noche hosca, solitaria y helada. La lluvia caía silenciosamente y a lo lejos se oían gritos aislados, algún disparo, silbatos.

Llegaron, subieron por un ascensor hasta el séptimo piso, entraron en un departamento lujoso y Martín vio que el muchacho obrero estaba confuso: miraba con timidez y vergüenza a la mucama, no sabía cómo moverse entre los muebles y los objetos de arte.

Pusieron de pie la imagen en un rincón y sin advertirlo, quizá, el muchacho puso su cabeza cansada y confusa sobre la Virgen, como si descansara en silencio. De pronto advirtió que le estaban hablando.

– Vamos -le dijo la mujer-, hay que volver.

– Sí -dijo el muchacho, mecánicamente.

Miró en derredor, como buscando algo.

– ¿Qué? -dijo la mujer.

– Querría -dijo el muchacho.

– ¿Qué, qué es lo que querés, muchacho? -dijo la mujer.

– Un vaso de agua, eso es lo que quería.

Le trajeron agua y el muchacho bebió como si estuviera calcinado.

– Bueno, ahora vamos -dijo la mujer.

La lluvia había disminuido, la murga debía estar en otros incendios, pero el fuego allí proseguía, ahora en silencio: los hombres y las mujeres se habían convertido en silenciosos y fascinados espectadores, desde la vereda de enfrente.

Uno tenía unas casullas bajo el brazo.

– ¿Quiere darme esas casullas? -dijo la mujer.

– ¿Qué? -dijo el hombre.

– Las casullas. Si me las quiere dar -dijo la mujer.

El hombre no respondió: miró el incendio.

– Las casullas -repitió la mujer con calma, una calma de sonámbulo-. Quiero guardarlas, para la iglesia, cuando la reconstruyan.

El hombre siguió mirando el incendio, silencioso.

– ¿No es usted católico? -dijo la mujer con odio.

El hombre siguió mirando el incendio.

– ¿No está bautizado? -dijo la mujer.

El hombre siguió mirando el incendio, pero sus ojos (Martín lo advirtió) se habían ido endureciendo.

– ¿No tiene hijos? ¿No tiene madre?

El hombre estalló:

– ¿Por qué no se irá a la puta madre que la parió?

– Yo soy católica -dijo la mujer, impasible y sonámbula-. Quiero las casullas para cuando se reconstruya.

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