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El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]

Электронная книга - «El hombre en el castillo [The Man in the High Castle - es]». Краткое содержание книги:

Los caracteres de “El hombre en el castillo” no son sólo producto de la imaginación sino también manifestaciones de un sistema de fuerzas en el que el “I Ching” obra como un nexo análogo a un polo magnético. No obstante rara vez en una obra cualquiera de ficción, y casi nunca en la c-f podrían encontrarse caracteres más hondamente sentidos y más eficazmente retratados… La mejor novela hasta la fecha del escritor de c-f más consistentemente brillante. Ante todo por la verosimilitud con que Dick ha elaborado una ingeniosa estructura básica (unos Estados Unidos derrotados en la segunda guerra mundial y que han sido divididos en tres partes: las costas del Atlántico y del Pacífico respectivamente ocupadas por alemanes y japoneses, y una zona tapón entre dos esferas de influencia); luego por la absoluta originalidad de la presunción básica: “los alemanes ganaron la segunda guerra” aunque el “Libro de los cambios” informa sin embargo que esta amarga derrota no ha ocurrido en el mundo real… Un maestro de la c-f que ha conseguido transformar de un modo que nunca hubiéramos creido posible los temas y símbolos más fundamentales del género.
—John Brunner
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Todavía no podía creerlo. Las dos partes, tanto el arresto como esta liberación, le parecían irreales. Caminó a lo largo de las tiendas cerradas, tropezando con papeles arrastrados por el viento.

Una nueva vida, pensó. Un renacimiento. Diablos, estaba vivo.

¿A quién tenía que agradecérselo? ¿Rezar quizá? ¿Rezarle a qué?

Me gustaría entender, se dijo mientras se movía a lo largo de la transitada acera nocturna, bajo los anuncios de neón, los bares ruidosos de la avenida Grant. Deseaba entender. Tenía que entender.

Aunque sabía que nunca entendería.

Alégrate y basta, pensó. Y sigue caminando.

Un pedazo de la mente de Frink declaró entonces: Y luego de vuelta a Ed. Tenía necesidad de volver al taller, allá abajo en el sótano. Empezar donde había dejado, y trabajar en las joyas. Trabajar y no pensar, no alzar los ojos o tratar de entender. Tenía que mantenerse ocupado. Tenía que fabricar piezas.

Fue dejando atrás una calle tras otra, cruzando la ciudad, cada vez más oscura, tratando de volver lo más pronto posible al sitio seguro, comprensible, donde había estado.

Cuando llegó al fin encontró a Ed McCarthy sentado al banco, comiendo. Dos sándwiches, un termo de té, una banana, bizcochos. Frank Frink se quedó en el umbral, jadeando. McCarthy le oyó y se dio vuelta. —Tuve la impresión de que estabas muerto —le dijo, y masticó, tragó rítmicamente, y tomó otro pedazo.

Ed tenía encendido el pequeño calentador eléctrico, junto al banco. Frank se inclinó y se calentó las manos.

—Es bueno verte de vuelta —dijo Ed. Le palmeó dos veces la espalda a Frank y volvió a su sándwich. No dijo nada más. No se oía otra cosa que el zumbido del calentador y a Ed que masticaba. Dejando la chaqueta en una silla, Frank tomó un puñado de segmentos de plata a medio terminar y los llevó al torno.

Atornilló una rueda pulidora de lana, encendió el motor, preparó la rueda, se puso la máscara para protegerse los ojos, y sentándose en una banqueta empezó a remover las escamas que había dejado el fuego, una por una.

Capítulo 15

El Capitán Rudolf Wegener, en ese momento llevando el falso nombre de Conrad Goltz, viajante de equipo médico al por mayor, miró por la ventanilla de la. nave cohete Me 9-E, de la Lufthansa. Enfrente asomaba Europa. Qué rápido había sido el viaje, pensó. Dentro de siete minutos aterrizarían en Tempelhofer Feld.

Mientras miraba cómo iba creciendo la masa de tierra, se preguntó si habría logrado algo al fin y al cabo. Ahora todo quedaba en manos del general Tedeki, y de lo que él hiciese allá en las Islas. Pero al menos les había pasado la información, y no había ningún otro camino, por ahora.

Aunque no había razones para ser optimista. Era muy probable que los japoneses no pudiesen cambiar de ningún modo el curso de la política interna alemana. El grupo de Goebbels estaba en el poder, y probablemente seguiría allí. Una vez que se sintieran seguros volverían a pensar en la operación Diente de León, y otra parte del planeta sería destruida, con todos sus habitantes en nombre de un ideal fanático y retorcido.

Sí, quizá los nazis lo destruyeran todo, dejando sólo una estéril ceniza, ¿por qué no? Podían hacerlo, tenían la bomba de hidrógeno. Y lo harían también. Todos ellos parecían atraídos por ese Gótterdammerung. Quizá hasta lo deseaban, y lo buscaban ya activamente, un holocausto final para todos.

¿Y qué resultaría de esa locura? ¿Terminaría con toda especie de vida, en todas partes? ¿El planeta se convertiría en un planeta muerto, por obra de ellos mismos?

No podía creerlo. Aun si destruyeran toda vida terrestre tendría que haber vida también en otros sitios, de los que nada se sabía. Era imposible que la Tierra fuese el único mundo. Había sin duda muchos otros mundos invisibles, en una región o dimensión que tos hombres no alcanzaban a percibir.

Aunque no pudiese probarlo, aunque no fuera lógico, el capitán Wegener lo creía, y así se lo dijo a sí mismo.

Un altavoz llamó: Meine Damen and Herren. Achtieng, bitte.

Estaban ya por descender, se dijo el capitán Wegener. Seguro que la Sicherheitsdienst estaría esperándole en el aeropuerto. La cuestión era: ¿qué facción política representarían esos hombres? ¿La gente de Goebbels, o la de Heydrich? Siempre que el general Heydrich estuviese todavía vivo. Quizá ya lo habían acorralado y asesinado, mientras el cohete cruzaba el mar. Todo iba muy rápido en tiempos de transición en las sociedades totalitarias. Había habido, en la Alemania nazi, unas manoseadas listas de nombres…

Pocos minutos después, cuando la nave cohete ya había aterrizado, el capitán Wegener se encontró caminando hacia la salida con el abrigo en el brazo. Detrás y adelante, pasajeros ansiosos, ningún joven artista nazi esta vez, observó. Ningún Lotze que le fastidiara hasta el fin con estúpidos puntos de vista.

Un oficial de la compañía aérea, uniformado, notó el capitán Wegener, como si fuese el mariscal del Reich, ayudaba a que los pasajeros descendiesen por la rampa, uno a uno, hasta el campo. Allí, junto a otras gentes, había un pequeño grupo de camisas negras. ¿Por él? Wegener caminó más despacio hacia un sitio donde había hombres y mujeres, y aun niños, que esperaban, haciendo señas. llamando…

Uno de los camisas negras, un hombre rubio de cara chata y mirada fija. que llevaba las insignias de la Waffen —SS, se acercó a paso vivo a Wegener, entrechocó los talones de las botas, y saludó: —Ich bitte mich zu entschuldigen. Sind Sie nicht Kapitün Rudolf Wegener, von der Abwehr?

—Lo siento —respondió Wegener—. Soy Conrad Goltz, Representante de los instrumentos médicos de la A. G. Chemikalien. —Dio un paso adelante.

Otros dos camisas negras, también de la Waffen —SS, se acercaron entonces. Los tres hombres lo rodearon de tal modo que aunque Wegener podía seguir caminando en la dirección en que venía estaba del todo y de pronto bajo custodia. Dos de los hombres de la Waffen —SS llevaban armas automáticas bajo los abrigos.

—Usted es Wegener —dijo uno de ellos cuando entraban en el edificio.

Wegener no contestó.

—Tenemos un coche —continuó el hombre de la Waffen —SS—. Nos ordenaron que viniésemos al aeropuerto, nos pusiéramos en contacto con usted y lo lleváramos inmediatamente ante el general Heydrich, quien está con Sepp Dietrich en la OKW de la división Leibstandarte. En particular tenemos que impedir que se le acerquen gentes de la Wehrmacht o del Partei.

Wegener se dijo que entonces no lo matarían. Heydrich estaba vivo y en sitio seguro, tratando de fortalecerse contra el gobierno de Goebbels.

Quizá el gobierno de Goebbels cayera también, después de todo, se dijo Wegener mientras lo metían en el sedan Daimler de la SS. Un destacamento de la Waffen —SS que se desplaza de súbito en la noche; la guardia del Reichskanzlei aliviada, reemplazada. Los destacamentos de policía de Berlín lanzando de pronto hombres de la SD en todas direcciones; las estaciones de radio y las fábricas de electricidad paralizadas, Tempelhofer cerrado. El estruendo de los cañones pesados en la oscuridad, a lo largo de las avenidas.

¿Pero qué importaba? Aunque depusieran al doctor Goebbels y cancelaran la operación Diente de León. Todavía estarían ellos allí, los camisas negras, el Partei, los planes de colonización si no del Oriente de Marte y Venus.

No era sorprendente que el señor Tagomi no resistiera. El terrible dilema de nuestras vidas, se dijo Wegener. Cualquier cosa que pase será siempre de una espantosa malignidad. ¿Por qué luchar entonces? ¿Cómo elegir si no hay alternativa?

Evidentemente irían adelante, como siempre hasta ahora, de día en día. En este momento trabajaban contra la operación Diente de León. Más tarde, en otro momento, trabajarían contra la policía. Pero no podían hacerlo todo a la vez; era una secuencia, un proceso que se desplegaba. Para que el fin no se les escapase de las manos tenían que elegir cada vez que daban un paso.

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