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Vestido para la muerte

Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:

Un travesti ha sido asesinado y su cuerpo aparece con el rostro desfigurado. Quizá otra víctima anónima para el registro de crímenes sin resolver. Pero el comisario veneciano Guido Brunetti, obedeciendo a su infalible instinto, descubre que ese hombre vestido de mujer es Leonardo Mascari, director del Banco de Verona y respetable ciudadano en Venecia. Podría ser un simple caso de doble vida, pero los indicios delatan que hay algo más en esta nueva e intrigante historia de Donna Leon. Su personaje, el comisario Brunetti, considerado por la crítica como «el heredero del Maigret de Simenon» y «el comisario con mayor carisma» de este género literario, encuentra a un abogado del Vaticano y activo miembro de la Lega della Moralità -asociación destinada a perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales- en el apartamento de un chapero llamado Crespo. Y poco a poco se enfrenta a una trama en la que están implicados los niveles más altos del mundo financiero, gubernamental y eclesiástico.
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Mirando a Vianello, Brunetti dijo:

– Sargento, ¿haría el favor de traerme del laboratorio aquellos zapatos? Me gustaría enseñárselos al signor Gravi.

Vianello asintió y salió del despacho. Mientras el sargento estaba fuera, Gravi habló de sus vacaciones y de lo limpia que se puede encontrar el agua del Adriático si se baja hacia el sur lo suficiente. Brunetti escuchaba, sonriendo cuando le parecía necesario y reprimiendo el deseo de pedir a Gravi que le describiera al hombre que había comprado los zapatos hasta después de que su visitante los hubiera identificado.

A los pocos minutos, Vianello estaba de vuelta y traía los zapatos en una bolsa de plástico transparente. Dio la bolsa a Gravi, que no trató de abrirla sino que dio la vuelta primero a un zapato y luego al otro, para examinar las suelas. Acercándoselos a la cara, sonrió y tendió la bolsa a Brunetti.

– Mire, ahí está. El precio. Lo escribí en lápiz, para que el comprador pudiera borrarlo, si quería. Pero aún se ve.

Señalaba unas tenues marcas de lápiz en la suela.

Por fin, Brunetti se permitió la pregunta:

– ¿Podría describir al hombre que compró estos zapatos, signor Gravi?

Gravi vaciló pero sólo un momento, antes de preguntar con voz respetuosa ante la autoridad:

– ¿Podría decirme, comisario, por qué está interesado en ese hombre?

– Creemos que puede darnos información importante acerca de una investigación en curso -respondió Brunetti sin decir nada.

– Comprendo -dijo Gravi, que, al igual que todos los italianos, estaba acostumbrado a no entender nada de lo que decían las autoridades-. Más joven que usted, diría yo, aunque no mucho. Pelo oscuro. Sin bigote. -Quizá al oírse a sí mismo, Gravi se dio cuenta de lo vaga que era su descripción-. Yo diría un hombre corriente, vestido con chaqueta. Ni alto ni bajo.

– ¿Tendría la bondad de mirar unas fotos, signor Gravi? -preguntó Brunetti-. Quizá ello nos permita reconocer al hombre.

Gravi sonrió ampliamente, satisfecho de que todo fuera tan parecido a los telefilmes.

– Desde luego.

Brunetti hizo una seña a Vianello, que bajó a buscar dos carpetas de fotos de la policía, entre las que estaba la de Malfatti.

Gravi tomó la primera carpeta de manos de Vianello y la abrió encima de la mesa. Una a una, iba pasando las fotos y apilándolas boca abajo después de mirarlas. Bajo la atenta mirada de Vianello y Brunetti, puso la foto de Malfatti con las otras y siguió mirando. Al terminar, levantó la cabeza.

– No está, ni él ni nadie que se le parezca.

– ¿No podría hacer una descripción un poco más precisa de su aspecto?

– Ya se lo he dicho, comisario, un hombre con chaqueta. Éstos -dijo señalando el montón de fotografías-, bueno, todos tienen cara de criminales. -Vianello lanzó una rápida mirada a Brunetti. Había fotos de varios policías mezcladas con las otras, entre ellos el agente Alvise-. Como le digo, llevaba traje y corbata -repitió Gravi-. Parecía uno de nosotros. En fin, un hombre que va todos los días a trabajar al despacho. Y hablaba como una persona educada, no como un criminal.

La ingenuidad política que denotaba el comentario hizo dudar a Brunetti de que el signor Gravi fuera un italiano auténtico. Miró a Vianello moviendo la cabeza de arriba abajo, y el sargento entregó a Gravi la otra carpeta.

Mientras los dos policías lo observaban, Gravi examinó un montón de fotos menor que el anterior. Al ver la de Ravanello, miró a Brunetti:

– Es el director del banco al que mataron ayer, ¿verdad? -preguntó señalando la foto.

– ¿Y no es el hombre que compró los zapatos, signor Gravi? -preguntó Brunetti.

– No, claro que no -respondió Gravi-. De haberlo sido, se lo hubiera dicho nada más entrar. -Volvió a mirar la foto, un retrato de estudio que había aparecido en un folleto del banco en el que figuraban todos los altos empleados-. No es el hombre, pero es el tipo.

– ¿El tipo, signor Gravi?

– Sí, hombre con traje y corbata, y zapatos relucientes. Camisa blanca y bien planchada, y un buen corte de pelo. Un banquero.

Durante un instante, Brunetti tuvo siete años y estaba arrodillado al lado de su madre al pie del altar mayor de Santa Maria Formosa, su parroquia. Su madre miraba al altar, se santiguaba y decía en una voz en la que palpitaba una súplica fervorosa: «Santa María, Madre de Dios, por el amor de tu Hijo, que dio su vida por todos nosotros, miserables pecadores, concédeme esta gracia y nunca más en mi vida te pediré nada más.» Era una promesa que él oiría infinidad de veces durante su niñez, porque, al igual que todos los venecianos, la signora Brunetti confiaba en la intercesión de las personas influyentes. No era la primera vez en su vida que Brunetti lamentaba su falta de fe, pero no por ello dejó de suplicar al cielo que Gravi fuera capaz de reconocer al hombre que le había comprado los zapatos si lo veía.

Miró a Gravi.

– Lamentablemente, no tengo la foto del otro hombre que pudo haber comprado los zapatos, pero, si me acompaña a verlo personalmente, quizá pueda ayudarnos.

– ¿Quiere decir intervenir realmente en la investigación? -El entusiasmo de Gravi era infantil.

– Sí, si no tiene inconveniente.

– Encantado de ayudarlos, comisario.

Brunetti se levantó y Gravi se puso en pie de un salto. Mientras caminaban hacia el centro de la ciudad, Brunetti explicó a Gravi lo que deseaba que hiciera. Gravi no hizo preguntas, contento de hacer lo que le ordenaran, como buen ciudadano que ayuda a la policía en su investigación de un grave delito.

Cuando llegaron a campo San Luca, Brunetti señaló el portal y sugirió al signor Gravi que bebiera algo en Rosa Salva y subiera al cabo de cinco minutos.

Brunetti subió la ya familiar escalera y llamó a la puerta del despacho.

– Avanti -gritó la secretaria, y él entró.

Cuando ella levantó la mirada del ordenador y vio quién era, no pudo reprimir un sobresalto que la hizo levantarse a medias de la silla.

– Perdone, signorina -dijo Brunetti extendiendo las manos en lo que él esperaba que fuera un ademán tranquilizador-. Tengo que hablar con el avvocato Santomauro. Asunto oficial.

Ella parecía no oírlo y lo miraba con la boca abierta en una «O» cada vez más amplia. Brunetti no hubiera podido decir si de sorpresa o temor. Lentamente, ella extendió el brazo y oprimió un botón mientras acababa de ponerse en pie, parapetada detrás de la mesa, sin levantar el dedo del pulsador y mirando a Brunetti en silencio.

Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió hacia dentro y Santomauro salió al antedespacho. Vio a su secretaria, tan callada y quieta como la mujer de Lot, y entonces vio a Brunetti en la puerta.

Su furor fue inmediato y fulminante.

– ¿Qué hace usted aquí? Ya dije al vicequestore que lo mantuviera alejado de mí. Fuera, fuera de mi despacho. -Al oír su voz, la secretaria retrocedió y se quedó apoyada en la pared-. Márchese -casi gritó Santomauro-. No estoy dispuesto a tolerar este acoso. Haré que le… -Se interrumpió al ver entrar a otro hombre detrás de Brunetti, un desconocido bajito con un traje de algodón barato-. Vuelvan los dos a la questura de donde han venido -gritó Santomauro.

– ¿Reconoce a este hombre, signor Gravi?

– Sí.

Santomauro se quedó paralizado, aunque seguía sin reconocer al hombre del traje arrugado.

– ¿Puede decirme quién es, signor Gravi?

– Es el hombre al que vendí los zapatos.

Brunetti desvió la mirada de Gravi y miró a través de la habitación a Santomauro, que ahora parecía haber reconocido al hombre del traje arrugado.

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