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Электронная книга - «Un Romance Imposible». Краткое содержание книги:

Cuando Allie descubre que su marido, muerto en un duelo, había sido un criminal, resuelve intentar reparar los daños que ha causado. Su empeño la lleva de América Inglaterra, donde la esperan extraños accidentes y un romance inesperado…
Al quedar viuda como consecuencia de un escandaloso duelo, lo único que le resta a Alberta Brown es un alijo de objetos mal habidos. Decidida a reparar las ofensas de su inescrupuloso marido, Allie se embarca hacia Inglaterra en busca del dueño de un anillo masculino adornado con un misterioso sello. Una serie de extraños episodios a bordo la convencen de que se encuentra envuelta en un juego peligroso. Sin embargo, nada será más peligroso -y tentador- que el atractivo desconocido que la espera en el muelle.
Lord Robert Jamison deseaba contraer matrimonio con una mujer que despertara en él algo especial, pero nunca imaginó encontrarla en esa americana de belleza peculiar y espíritu independiente que le habían encomendado llevar a una espléndida mansión en la campiña inglesa. Allie, por su parte, se había jurado a sí misma no volver a casarse…
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No te querría, ni por un instante, si supiese qué eras realmente, lo que has sido, cómo has vivido, se dijo.

Para su sorpresa y mortificación, se le humedecieron los ojos. ¿Qué diablos le estaba pasando? Ella nunca lloraba. Desde luego, no lo había hecho desde que era una niña, desde el día en que había sujetado la mano de su madre y había visto expirar a la única persona que tenía en el mundo.

Se secó las lágrimas con impaciencia, puso la almohada a un lado con decisión y se levantó. No había razón alguna para sentirse tan extrañamente emotiva. Simplemente no estaba acostumbrada a la intimidad que habían compartido y que de manera imprevisible había hecho mella en su corazón. Eso explicaba aquellas sensaciones y aquellos sentimientos nuevos que en esos momentos la hacían vulnerable y voluble. Debía mantenerlos controlados para evitar que la semilla que mucho temía, ya se había plantado en su corazón creciese.

Cruzó la habitación y se dirigió hacia el conjunto de jarrones de porcelana que había en una esquina, se detuvo delante del espejo de pie y miró fijamente a la mujer desnuda que se reflejaba en él. Tenía los ojos muy abiertos, el pelo suelto y alborotado, la piel reluciente y los labios inflamados por los besos. Para ella, era evidente que en sus ojos existía un brillo de conocimiento carnal que no habían tenido antes. ¿Lo notaría alguien? Emma, sin duda, pero esperaba que solo porque era su amiga y la conocía muy bien.

Estudió su reflejo durante varios minutos, intentando ver lo que Colin veía, la razón por la que la había escogido a ella, pero no podía averiguarlo. No podía ser por su hermosura porque simplemente no era hermosa. Sus rasgos eran irregulares y no había comparación entre ella y las impresionantes y elegantes jóvenes que frecuentaban la temporada. Sin embargo, él había declarado que era exquisita. ¿Era posible que Colin necesitase anteojos?

Se había mostrado extraordinariamente embelesado por su cuerpo, pero, en su opinión, su cuerpo no difería en modo alguno del de cualquier otra mujer, excepto por unos centímetros de altura de más en comparación con la altura que en aquellos tiempos se consideraba adecuada para las jóvenes. Puede que se comportase del mismo modo con todas sus amantes.

Se frotó los ojos y movió la cabeza intentando apartar de su mente la imagen de Colin besando, tocando, haciendo el amor a otra mujer. Pronto lo estaría haciendo, y con otra mujer que no sólo sería su amante sino su esposa, una mujer que ella nunca podría llegar a ser.

Así que simplemente debía concentrarse en disfrutar del breve tiempo que iban a compartir, en recordar cuan mágicamente la había hecho sentirse, cuan segura y cálida se había sentido entre sus brazos. Y después, lo dejaría marchar.

Abrió los ojos, irguió la espalda y se dirigió hacia la palangana. Al acercarse, vio un pequeño trozo de papel cerca de un atril de madera. Aceleró el paso y se quedó mirando fijamente el papel y el pequeño objeto que había junto a él. Alargó su mano temblorosa, cogió la nota, desdobló el papel y leyó el breve mensaje:

Una noche exquisita con una mujer exquisita merece un regalo exquisito. Disfruta la sorpresa que esperabas tan deliciosamente impaciente. Hasta luego…

Cogió el único mazapán que había junto a la nota, que parecía una perfecta naranja en miniatura. El corazón le dio un vuelco y después se hundió en un pozo de emociones del que dudaba pudiera rescatarlo nunca. «Hasta luego…»

Que Dios se apiadase de ella, no podía esperar.

Colin recorría la sala de lord Wexhall esperando impacientemente a que apareciese su hermano.

– Menudo regalo -murmuró, mirando al bulto de pelo negro que dormía en sus brazos.

Maldita sea. Debería haber sabido que Nathan haría algo así, obligarlo a que acogiese a uno de los animales de su finca diciéndole que era un regalo. Pues no estaba dispuesto. Si le daba la mínima opción a su hermano, siempre rodeado de animales, pronto no solo viviría con un perro, sino con gatos, cabras, cerdos, patos y vacas, y Dios sabía qué otra clase de animales. El cachorro movió en sueños sus blandas orejas y Colin suspiró.

Por supuesto, Nathan no le había regalado simplemente un cachorro. Le había regalado un cachorro absolutamente adorable e irresistible, de los que enternecen el corazón. Pero debía resistirse, porque si no lo hacía, sabía que a aquel inocente y dulce perro lo seguiría un inacabable desfile de animales de granja. Así que en cuanto apareciese Nathan, simularía total indiferencia y pondría al cachorro en manos del que se lo había entregado. Vaya lata de hermano. Lo único que podía decir en favor del regalo de Nathan era que había logrado la imposible misión de que sus pensamientos se ocupasen de algo que no fuese Alexandra.

Alexandra. Su imagen iluminó su mente y tuvo que pararse al instante. Alexandra, desnuda y saciada, con los labios abiertos y los ojos cargados de languidez sexual, alargando los brazos hacia él. Alexandra, dormida, su flexible cuerpo acurrucado contra él. La había abrazado con fuerza, aspirando el aroma de su pelo, su piel, besándole suavemente las sienes, reviviendo cada momento de su pasión hasta tenerlos grabados indeleblemente en su mente.

Normalmente, después de la pasión, solía marcharse. Prefería marcar distancias con sus amantes. Pero la sensación de tener a Alexandra dormida entre sus brazos había bañado todo su ser con una paz que nunca antes había experimentado. Se marchó cuando las primeras luces del amanecer aparecieron en el cielo de la noche, y aun entonces tuvo que hacer un esfuerzo para irse. Solo habían pasado cuatro horas desde que había dejado el lecho de Alex y parecía que habían sido cuatro décadas.

– Buenos días, Colin.

La alegre voz de Nathan lo sacó de su ensimismamiento. Se dio la vuelta y vio a su hermano dirigiéndose hacia él. La mirada de Nathan se desvió hacia el cachorro y su rostro se iluminó con una sonrisa.

– ¡Ah! Veo que al fin has descubierto tu regalo. Se lo di a Ellis, quien me aseguró que cuidaría de él hasta dejarlo en tus manos.

– En un momento en que no te tuviese cerca para poder devolverte el bicho.

La sonrisa de Nathan no mostraba ningún arrepentimiento.

– Precisamente. La coordinación es un arte, como lo es el emparejamiento. Me bastó una mirada a ese cachorro saber que su destino estaba contigo.

– No osaría privarte de la compañía de este animal. Así que te lo devuelvo.

Pero, maldita sea, incluso pronunciando las palabras, sus brazos seguían acunando al perro dormido.

– Tonterías. Un hombre que prevé peligro en su vida debe tener un buen perro guardián.

– Puede ser, pero no creo que consideres que este es el perro para esa tarea. Por lo que he visto, solo se ha dedicado a lamer e incordiar. De hecho, lo único que este animal sabe hacer es dormir, comer, morder botas, hacer pipí en las flores y ladrar de un modo ensordecedor, precisamente, cuando uno está intentando dormir.

– Eso describe a cualquier cachorro, y esa es la razón por la que son tan increíblemente adorables. Intentan paliar esas características no tan agradables que has descrito.

– Son esas características no tan agradables las que me han hecho no comprar un cachorro.

– Te han hecho no comprarlo, pero no te han hecho no desearlo.

– No deseo…

– Claro que sí. Simplemente eres demasiado testarudo para admitirlo. Mira con qué perfección Narciso se adapta a tus brazos.

Colin parpadeó y miró al techo.

– ¿Narciso? Dios santo. ¿Qué nombre es ese para un cachorro macho?

– Por supuesto, estaremos encantados de que lo salves de una vida condenada a la vergüenza y lo rebautices. Estoy seguro de que te lo agradecerá.

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