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Tratado De Culinaria Para Mujeres Tristes

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Tratado de culinaria para mujeres tristes: Los apetitos de la imaginaci?n.
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Convéncete, te ruego, no hay afrodisíacos. No busques el deseo por medios de la gula o (le la magia. Algunos ignorantes han soltado el embuste de frutos de pasión. Patraña es ésta que tiene origen claro y mueve a risa. Fruto de la pasión o pasiflora llamaron los botánicos a algunas plantas rastreras que se enredan y trepan. Su flor se suponía que mostraba los estigmas de la pasión de Cristo: la lanza, el cáliz, la corona, los clavos… De la de Cristo, piensa, que poco o nada tiene que ver con la pasión que buscan los consumidores de afrodisíacos, no ansiosos de martirio sino de desenfreno. Créeme, la pasión viene sola o no viene. Si no llega espontánea no la fuerces con pócimas. O surge sin esfuerzo o no valía la pena.

No es cierto, sin embargo, que no se pueda hacer con la comida nada que favorezca los placeres del tálamo. Hay algo. Excitar los sentidos, todos los sentidos, es útil para hacerlos participar -una vez avivados- en el rito del abrazo. Se sabe que después del deseo sexual otra apetencia domina de segunda nuestra urgencia, y es el deseo de saciar el hambre. Para desatar el apetito sexual nada mejor que apagar antes las ganas de comer.

Aviva todos les sentidos: la vista, con partes estratégicas tapadas y descubiertas de tu cuerpo; con una combinación armoniosa de colores en el plato. Para el tacto deja que la piel roce la piel y que los dedos partan la corteza del pan. El olfato: no ocultes del todo tus olores naturales ni los disimules demasiado con desodorantes; más bien prepara la nariz del otro con olores deleitosos de comida que anuncien ya los sabrosos olores de tu carne. El oído con música rítmica y palabras escogidas.

Y para el gusto prepara esta receta:

Pelas trece langostinos grandes y pones a hervir las cáscaras en un buen caldo con cebollas y apios y un trozo de pescado. Fríes cebolla y ajo en aceite y mantequilla; luego le echas el caldo reducido a esta mezcla; lo adensas con una cucharada de harina de trigo; le das mejor sabor con una copa de brandy. Añades allí los langostinos enteros y dejas sólo que su color pase a un naranja intenso. Aparte cueces en agua con sal doscientos gramos de pasta corta. Al momento de mezclar la pasta con la salsa, añades pimienta y crema de leche. Este plato avivará sus sentidos hasta el colmo. Si lo acompañas con una botella de champaña seca, el resultado casi, casi es infalible.

Hay días en que el pretencioso que convive contigo amanece con la ventolera de invitar a sus jefes, a sus amigos importantes, al grupo en pleno de sus compañeros de trabajo, a comer por tu cuenta. Y compra mucho vino de distintas clases, quesos de fuerte olor, latas carísimas, frutas que jamás se han visto en tus listas del mercado. Está tenso, además, y una y otra vez, mirándote a los ojos, pide que la comida de esa noche esté perfecta. El mantel de lino bien planchado, impecables los pliegues de las servilletas, copas de cristal, de vino y agua, para todos (ninguna despicada), los cubiertos de plata de la abuela lustrosos como espejos… Y claro, tú ya sospechas que con tantos preparativos, consejos, advertencias, amenazas, algo ha de salir mal, irremediablemente.

Así será, convéncete. Tal vez la receta de chuletas te salga como nunca, y las doradas carnes tengan la consistencia precisa, y la salsa textura inmejorable: al llevarla a la mesa se caerá la fuente frente a los invitados, y los charcos de salsa salpicarán sus zapatos lustrosos, y los trozos de vidrio se clavarán como cuchillos en la carne cocinada.

O él, por ayudar, echará en el potaje la cantidad de sal que dice la receta; sólo que tú ya la habías echado. La culpa será tuya, por Supuesto. O tu hija coitará el jamón como siempre lo ha cortado, sin saber que esta vez necesitabas algo muy distinto para envolver los cubitos de melón. O tu suegra, también por ayudar, hará un postre tan dulce que las mismas abejas, si lo probaran, se sentirían hostigadas.

Algo te saldrá mal, inevitablemente, y ese marido odioso, pobre víctima y presa de sus temores y fantasmas, te mirará con ojos inyectados haciéndote sentir inútil, inepta, despreciable. La solución es única: cuando a ese pretencioso que convive contigo le dé esa ventolera, dile que sí, que claro, pero que cocine él mismo o contrate por fuera un maestro cocinero, Si cedes y te sacrificas, no serás otra cosa que la sacrificada.

Sana costumbre es que le saques la lengua a tu imagen del espejo. Por un lado hace falta, diariamente, reírse un rato de sí misma; y además aprovechas para echar un vistazo a su color y consistencia. La lengua es gran depositaria de secretos, como órgano interno que tenemos afuera. ¿Cómo leer los signos de tu lengua? Ah, este alfabeto es oscuro puesto que cada lengua tiene el propio. Conocerse a sí misma no es otra cosa que conocer la propia lengua: mírala, indaga en sus montículos y senos, piensa qué harás en este hoy con ella. No seas lengüilarga. Antes del chisme, la mentira, la infidencia, muérdetela tres veces: después, si quieres, suéltala,

Esa tendencia a traicionar, a mentir y a ser perfecta mente franca. A esconderte o a mostrarte mucho. Ese cuidado de cuidarte tanto para acabar narrando tu historia, tu verdad con pelos y señales a un desconocido.

Esas ganas de huir, de salir corriendo cuando alguien muestra que empieza a conocerte, aunque no te reveles. Ese vértigo de quedarte. Esa indomable sed de alguien y de no estar con nadie. De envolver las caricias en palabras. Esas ganas de cambiar sin renunciar a nada. Esa hambre de imposibles. ¿Cómo pensar en esta confusión contradictoria? Es verdad y mentira, está bien y está mal y no hay salida.

Nada que hacer. Tómate un vaso de agua.

Usa la modestia como una coraza para protegerse. Finge que no sabe lo que mejor sabe. Entre una vanidad con fundamento y una modestia falsa elige la segunda. Hablo del azúcar.

La sal es lo contrario: hace creer que sabe hasta lo no sabe. Su modo de protegerse es la arrogancia. Es vana sin motivo e incapaz de ser modesta.

Conoce a fondo la sal y el azúcar, así sabrás usarlas. La una es muy concreta, la otra demasiado abstracta. Si usas mucho la una, te hace falta la otra, y ambas te hacen vivir en perpetua nostalgia. No hay mejor método que el camino trillado: sal al principio, azúcar al final.

Lo salado, además, sirve para dejarnos satisfechos. Lo dulce en cambio, no es para llenar, sino que es un estímulo para la fantasía. Bien lo dijo el sabido Savinio:

“En el orden de las comidas el dulce ocupa el lugar del vicio, o mejor aún, de un pecado que no estaría mal llamar dulcísimo. No es sin un motivo preciso que el dulce se sirve al final del yantar. Los dulces no los aceptamos sino cuando ya hemos saciado el hambre, apagado la necesidad. El dulce hace olvidar lo que tiene de necesario y por lo tanto de lúgubre y de mortal la operación de nutrirse; nos reconcilia con la parte divina de la vida y hace renacer en nosotros la risa, Castigo gravísimo es dejar a un niño sin postre pues es como quitarle el goce y el consuelo.”

El muy sapiente Artemidoro, mi maestro en sueños, sentenció que no hay fortuna más extraordinaria que la de soñar que se devora carne humana, siempre que no se trate de pariente o persona conocida. Comer carne de hombre en el sueño es excelente auspicio; quiere decir, según el sabio, que uno se adueña de las cualidades de los otros, que empleará en adelante sus virtudes.

El sueño y la comida van unidos. O se sueña con comida o la comida nos provoca pesadillas o nos induce sueños deleitosos.

Si deseas soñar con el que amas cuando se encuentra lejos (o aun si está a tu lado, pues soñar con él es siempre placentero), brebajes hay que semejante fin prometen. Pero son ilusiones chapuceras y de cada diez veces que los tomes, si tienes suerte, una o dos soñarás con el que quieres.

Pero hay una manera de cocer la sopa de cebolla que engendra siempre buenos pensamientos y sueños placenteros. Has de probarla con una condición: es de rigor beberla mientras llueve y siempre que el termómetro baje de los diez grados.

Harás primero una bechamel de las corrientes. Cortarás luego cebollas cabezonas (dos por persona) en rodajas finas y las pondrás a freír en mantequilla. Cuando estén quebrantadas y su color alcance un muy tenue amarillo por encima del blanco, añadirás medio vaso de vino blanco seco y en cuanto el alcohol se haya evaporado, tres tazas de caldo fuerte. Deja hervir seis minutos y pon la bechamel. En los platos hondos de la sopa, ralla un poco de queso de ese con agujeros, amarillo, y riega un dedo de buen brandy. Tómala calientísima y esa misma noche concéntrate en tus sueños.

Pon bloc y lapicero en tu mesita de noche, pues lo que has de soñar será digno de apuntarse antes de que lo olvides. No consultes intérpretes de sueños, que te confundirán, sólo tú entiendes, si acaso, lo que tienes dentro.

No exageres los modales en la mesa. Come con naturalidad y con los dedos, con los palitos chinos, con nuestros cuchillos y cucharas y tenedores. Llévate a los labios la taza, sin ruidos y sin dudas y sin lamer el borde. ¿Precauciones? Muy pocas daba el rey Alfonso X para los hijos de los reyes. No veo por qué tú, que no eres hija de reyes (supongo) debe tener más cuidados que los hijos de Alfonso, a quienes les bastaban las siguientes reglas:

“Sabios hobo que fablaron de como deben fazer aprender a comer et a beber los fijos de los reyes; et dixieron que les deben facer comer, non metiendo en la boca otro bocado fasta que hobiesen comido el primero, porque podría ende venir tan grand daño, que se afogaríen a su hora. Et non les deben consentir que tomen el bocado con todos los cinco dedos de la mano, porque no los fagan grandes; et otrosí que non coman feamente con toda la boca, mas con la una parte; ca se mostrarían en ello por glotones, que es manera de bestias más que de homes; el de ligero non se podría guardar el que lo ficiese que non saliese de fuera de aquello que comiese, si quisiese fablar. Et otrosí dixieron que los deben acostumbrar a comer de vagar et non apriesa, por que quien dotra guisa lo usa, no puede bien mascar lo que come, et por ende non se puede bien moler, et por fuerza se ha de dañar et tornarse en malos humores, de que vienen las enfermedades. Et debenles facer lavar las manos ante de comer, porque sean limpios de las cosas que ante habien tañido, porque la vianda cuanto más limpiamente es comida, tan mejor sabe, et tanta mayor pro face; et despues de comer gelas deben facer lavar, por que las lleven limpias. Et limpiarlas deben en las tobaias et non a otra cosa, por que sean limpios et apuestos ca non las deben alimpiar en los vestidos así como facen algunas gentes que non saben de limpiedat nin de apostura, Et aun dixieron que non deben mucho fablar mientra que comieren, et non deben cantar, porque non es lugar conveniente para ello. Otrosí dixieron que non los dexasen mucho baxar sobre la escudilla mientre que comiesen, lo uno porque es grand desapostura, lo al porque semejaría que lo quieren todo para sí el que lo ficiese, et que otro non tuviese parte en ello”.

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