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Ines Del Alma Mía

Электронная книга - «Ines Del Alma Mía». Краткое содержание книги:

Nacida en España, y proveniente de una familia pobre, Inés Suárez sobrevive a diario trabajando como costurera. Es el siglo dieciséis, y la conquista de América está apenas comenzando. Cuando un día el esposo de Inés desaparece rumbo al Nuevo Mundo, ella aprovecha para partir en busca de él y escapar de la vida claustrofóbica que lleva en su tierra natal. Tras el accidentado viaje que la lleva hasta Perú, Inés se entera de que su esposo ha muerto en una batalla. Sin embargo, muy pronto da inicio a una apasionada relación amorosa con el hombre que cambiará su vida por completo: Pedro de Validivia, el valiente héroe de guerra y mariscal de Francisco Pizarro.
Valdivia sueña con triunfar donde otros españoles han fracasado, llevando a cabo la conquista de Chile. Aunque se dice que en aquellas tierras no hay oro y que los guerreros son feroces, esto inspira a Valdivia aun más ya que lo que busca es el honor y la gloria. Juntos, los dos amantes fundarán la ciudad de Santiago y librarán una guerra sangrienta contra los indígenas chilenos en una lucha que cambiará sus vidas para siempre.
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Los dos oficiales servían bajo las órdenes de un extraordinario soldado, el marqués de Pescara, cuya apariencia algo afeminada podía ser engañosa, ya que bajo la armadura de oro y los atavíos de seda bordados de perlas, con que se presentaba al campo de batalla, había un raro genio militar, como demostró una y mil veces. En 1524, en medio de la guerra entre Francia y España, que se disputaban el control de Italia, el marqués y dos mil de los mejores soldados españoles desaparecieron de manera misteriosa, tragados por la bruma invernal. Se corrió la voz de que habían desertado, y circulaban coplas burlonas que los acusaban de traidores y cobardes, mientras ellos, ocultos en un castillo, se preparaban con el mayor sigilo. Estaban en noviembre y el frío congelaba el alma de los desventurados soldados acampados en el patio. No comprendían por qué los tenían allí, entumecidos y ansiosos, en vez de llevarlos a luchar contra los franceses. El marqués de Pescara no se daba prisa, esperaba el momento adecuado con la paciencia de un avezado cazador. Por fin, cuando ya habían pasado varias semanas, dio la señal a sus oficiales de aprontarse para la acción. Pedro de Valdivia ordenó a los hombres de su batallón que se colocaran las armaduras sobre sus refajos de lana, tarea difícil, porque al tocar el gélido metal los dedos se pegaban en él, y luego les entregó sábanas para que se cubrieran. Así, como blancos espectros, marcharon en total silencio, tiritando de frío, durante la noche entera, hasta que al alba llegaron a las proximidades de la fortaleza enemiga. Los vigías en las almenas percibieron cierto movimiento sobre la nieve, pero creyeron que se trataba de las sombras de los árboles mecidos por el viento. No vieron a los españoles arrastrándose en blancas oleadas sobre el suelo blanco hasta el último instante, cuando éstos se lanzaron al ataque y los fulminaron por sorpresa. Esa victoria aplastante convirtió al marqués de Pescara en el militar más célebre de su tiempo.

Un año más tarde Valdivia y Aguirre participaron en la batalla de Pavía, la hermosa ciudad de cien torres, donde también los franceses fueron derrotados. El rey de Francia, que se batía a la desesperada, fue hecho prisionero por un soldado de la compañía de Pedro de Valdivia, que lo derribó del caballo sin saber quién era y estuvo a punto de rebanarle el cuello. La oportuna intervención de Valdivia lo impidió, modificando así el curso de la Historia. Sobre el campo de lid quedaron más de diez mil muertos; durante semanas el aire estuvo infestado de moscas y la tierra de ratas. Dicen que todavía los repollos y las coliflores de la región suelen traer huesos astillados entre las hojas. Valdivia comprendió que por primera vez la caballería no había sido el factor fundamental para el triunfo, sino dos nuevas armas: los arcabuces, complicados de cargar pero de largo alcance, y los cañones de bronce, más livianos y móviles que los de hierro forjado. Otro elemento decisivo fue la participación de miles de mercenarios, suizos y lansquenetes alemanes, famosos por su brutalidad y a los que Valdivia despreciaba, porque para él la guerra, como todo lo demás, era una cuestión de honor. El combate de Pavía lo llevó a meditar sobre la importancia de la estrategia y las armas modernas: no bastaba el coraje demente de hombres como Francisco de Aguirre, la guerra era una ciencia que requería estudio y lógica.

Después de la contienda de Pavía, agotado y cojeando por un lanzazo en la cadera, que le curaron con aceite hirviendo, aunque la herida volvía a abrirse al menor esfuerzo, Pedro de Valdivia regresó a su casa en Castuera. Estaba en edad de casarse, perpetuar su apellido y hacerse cargo sus tierras, yermas de tanta ausencia y descuido, como no se cansaba de repetirle su madre. El ideal era una novia que aportase una dote considerable, ya que la empobrecida hacienda de los Valdivia mucho la necesitaba. Había varias candidatas elegidas por la familia y el cura, todas de buen nombre y fortuna, a las que él iría conociendo mientras convalecía de su herida. Pero los planes no resultaron como se esperaba. Pedro vio a Marina Ortiz de Gaete en el único sitio donde podía encontrarla en público: a la salida de misa. Marina tenía trece años y todavía la vestían con las crinolinas almidonadas de la infancia. Iba acompañada por su dueña y una esclava, que sostenía un parasol sobre su cabeza, aunque el día estaba nublado; jamás un rayo de luz directa había tocado la piel translúcida de aquella muchacha pálida. Tenía el rostro de un ángel, el cabello rubio y luminoso, el andar vacilante de quien carga con demasiadas enaguas, y tal aire de inocencia, que Pedro olvidó al punto los propósitos de mejorar su hacienda. No era hombre de mezquinos cálculos; la belleza y virtud de la joven lo sedujeron al punto. Aunque ella carecía de dinero y su dote estaba muy por debajo de sus méritos, apenas averiguó que no estaba prometida a otro comenzó a cortejarla. La familia Ortiz de también deseaba para su hija una unión con beneficios económicos, pero no pudo rechazar a un caballero de nombre tan ilustre y probado valor como Pedro de Valdivia, y puso como única condición que la boda se llevara a cabo después de que la chica cumpliera catorce años. Entretanto, Marina se dejó agasajar por su pretendiente con la timidez de un conejo, aunque se las arregló para hacerle saber que ella también contaba los días para casarse. Pedro estaba en el apogeo de su virilidad, era de buena estatura, pecho fuerte, bien proporcionado, de noble estampa, nariz prominente, mentón autoritario y ojos azules, muy expresivos. Ya entonces llevaba el cabello hacia atrás, cogido en una cola corta en la nuca, mejillas afeitadas, bigote engomado y la barbita angosta que lo caracterizó toda su vida. Se vestía con elegancia, empleaba gestos categóricos, era de hablar pausado e imponía respeto, pero también podía ser galante y tierno. Marina se preguntaba, admirada, por qué ese hombre de gran orgullo y bizarría se había fijado en ella. Se casaron al año siguiente, cuando la chica comenzó a menstruar, y se instalaron en el modesto solar de los Valdivia.

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