Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Señor Silver, no puedo hacerlo. Este hombre no está herido ni enfermo. Soy un médico, no un carnicero.
Le caían gruesas gotas de sudor por la cara.
– Doctor -contesté-, ¿acaso no estaba yo sano cuando Deval me disparó por detrás? Según todas las reglas tengo derecho a rematarlo como a un perro, ya que lo es. Pero yo no voy por ahí matando a la gente sin necesidad. Así no se gana nada. ¿Qué provecho sacas de un cadáver? Además, mi querido doctor, usted no tiene elección.
Deval gritó cuando el médico le apretó el torniquete, aunque me parece que se desvaneció antes incluso de que el médico empezara.
¡Qué cabronada! -oí decir a Black Dog tras de mí-. Así le quita toda la gracia.
También noté hasta qué punto aborrecía el cirujano lo que estaba haciendo. A pesar de todo, tenía un punto débil en su turbia conciencia. Era un descubrimiento que podía ser provechoso algún día.
Cuando la pierna de Deval estuvo desprendida de su cuerpo, la levanté y fui hacia la hoguera. Todo estaba en silencio, a excepción del lloriqueo del cirujano. Bajé una de las barras del asador y atravesé la pierna de Deval de arriba abajo y de un solo golpe, como era costumbre. Pero esta vez ninguno me vitoreó, a pesar de lo glotones que eran. Después colgué la pierna sobre el fuego.
– A esto le llamo yo una buena barbacoa -grité.
Durante un instante nadie dijo nada, pero después oí de nuevo la voz cascada de Pew, ¿quién si no?, cuando descubrió lo que yo había hecho. Su olfato no había sufrido daño con el accidente.
– ¡Viva Silver! -voceó de buen humor-. ¡Viva Barbacoa!
Sonaron algunos hurras apagados desde distintos puntos, pero no manifestaban cordialidad, sino temor. Sobre todo tenían miedo. ¿Y no era eso precisamente lo que yo quería? ¿Qué me importaba a mí Deval? Podría haberlo matado allí mismo. En el fondo, hubiera preferido meterle una bala en el cuerpo. Habría sido más misericordioso para Deval. Pero ahora estaba seguro de que nadie se atrevería a meterse conmigo durante una buena temporada, ni siquiera por la espalda. Me dejarían en paz. Así de sencillo.
Le eché un vistazo a Flint. Estaba sentado y tenso, con los ojos clavados en la pierna carbonizada. Después me miró e hizo un gesto de aprobación, pero sin decir nada. Con todo respeto.
Después de aquel día, mi nombre ha sido Barbacoa. Cuesta imaginar que Trelawney, Livesey, Smollett y compañía creyeran que era debido a mis artes culinarias.
Me senté con pesadez en la playa y, cuando al final me dormí, noté el olor de carne humana asada y de suela de zapato quemada.
Una sola.
Capítulo 3
El sol sale por el horizonte y hace que la aguas de la bahía de Ranter brillen y resplandezcan como todas las piedras preciosas de Madagascar juntas. Esto es lo que llaman belleza, pero ¿qué me importa a mí todo eso? No me quejo porque sí, aunque debo aclarar que no me queda gran cosa a lo que dedicar la vida.
Llegué aquí en 1737 con Dolores, mi loro, Jack y los esclavos rescatados del invencible pueblo de los sakalava. Me escapé hasta aquí, hasta la antigua ciudad asilo de Plantain, después de la maldita catástrofe de la expedición en busca del tesoro de Flint. He venido aquí, a la Gran Isla, al antiguo paraíso de los aventureros, a naufragar como si fuera el último de mi raza y condición. Voy a vivir aquí hasta que llegue la hora de que todo acabe. He empezado a escribir mi cuaderno de bitácora; eso es casi todo. He contado muchas historias y he estafado a mucha gente. Así fue como llegué a ser alguien en el mundo. Siempre he sabido responder por mí. Nadie más lo hacía.
Ahora ya no queda nadie a quien estafar. Ni el loro llamado Flint, ni mi mujer, que no sé ni cómo se llamaba. La llamaba Dolores, porque de alguna manera tenía que llamarse. Dolores y Flint murieron casi a la vez: primero Dolores, sin soltar un gemido, sin avisar, sin dejar rastro de vida tras de sí, como una estela en el mar o el rocío de la mañana. De repente desapareció, como si nunca hubiera existido. Y yo me quedé solo como un idiota, sin encontrarle sentido a nada.
Al día siguiente se fue Flint, pero lo hizo con bravura. No sé qué edad tendría, eso nadie lo sabe. Quizá cien años. Había navegado con todos los grandes capitanes, con Morgan, l'Olonnais, al que le llamaban el Sanguinario con toda la razón; con Roberts, con England y La Bouche. Pero Flint fue el último capitán, y además dio nombre al loro, porque al payaso de Smollett, al mando del Hispaniola, no lo cuento. Durante toda su vida el loro había cerrado el pico, dicho sea de paso, a mediodía, cuando apretaba el calor. Pero aquel día chilló y se desgañitó desde muy temprano hasta bien entrada la noche. Dijo todas las palabras soeces y las retahílas que sabía, que no eran pocas. Recitó el nombre de todas las monedas más extrañas que hay en el mundo, y eso que hay unas cuantas. Después me miró, inclinó la cabeza y sus ojos estaban tan tristes que me eché a llorar, yo, Long John Silver, me puse a llorar por un insignificante loro. Al final, el loro enderezó la cabeza con sus últimas fuerzas y susurró, como sólo un loro puede susurrar.
– Quince hombres van en el cofre del muerto. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡La botella de ron!
Y después se acabó. Cien años o más de loro a la tumba, como si no hubiera pasado nada de todo lo que él había vivido. Y yo me quedé solo. Solo, con algunos esclavos rescatados y un guardaespaldas que no tenía más vida que guardar que un agrietado casco lleno de riquezas. Es vergonzoso, pero cierto. Yo, que toda la vida he sido yo mismo y san para mí, ya no sabía ni de qué había servido.
Conté mis monedas sin saber por qué. Me acosté con algunas criadas del lugar, pero en mí la savia había dejado de circular para siempre. Deliraba sobre una cosa y otra, pero nadie me escuchaba.
Hasta que un día empecé a contar mi historia como mejor me pareció, la historia de mi pata de palo y la historia de mi apodo. ¿Quién iba a creer lo que pasaría? La aventurera y verdadera historia de John Silver, llamado Barbacoa por sus amigos, si es que tuvo alguno, y por sus enemigos, de los que anduvo sobrado. Se acabaron los juegos, las tonterías y las quimeras. Se acabaron los engaños y las trampas. Por primera vez las cartas estaban boca arriba. Sólo la verdad desnuda, sin segundas intenciones y sin trucos. Tal como era y nada más. ¡Y pensar que iba a ser eso, que sólo eso me iba a mantener cuerdo y sano una temporada más!
Capítulo 4
No es del todo imposible que yo naciera en 1685 si, tal como creo, he vivido cincuenta y ocho años. De cualquier forma fue en Bristol, en una habitación con vistas al mar o, por lo menos, sobre ese jirón del Atlántico que llamaban canal de Bristol, y que albergaba más nidos de contrabandistas que cualquier otro cabo del mundo. Pero los que crean que fue el paisaje la razón de que yo me hiciera a la mar están muy equivocados. Todos los de Bristol se hacían a la mar tarde o temprano, incluido yo, aunque no fuera ésa mi intención.
Se decía que mi viejo tenía agallas, y es muy probable que fuera verdad. De lo único que estoy seguro es que, cuando volvía de la taberna, no le quedaban muchos arrestos. A veces parecía que le hubieran arrastrado a casa como si fuera un arado, haciendo surcos con la nariz por la grava de la calle. Tenía tantas dificultades para distinguir la derecha de la izquierda como para mantenerse en pie. Siempre he pensado que eso fue su suerte y la mía. Su suerte porque murió, y la mía por el mismo motivo.
Una noche, cuando volvía a casa de la taberna, dobló a la izquierda en lugar de doblar a la derecha y terminó dando con el puerto. Lo encontraron dos días después, arrastrado por la marea hasta una roca, y por una vez en la vida con la nariz al aire; bueno, con lo que le quedaba de nariz. Tenía la cara destrozada y estaba hinchado como un sapo. Lo vi cuando iban a cerrar el ataúd. Quizás hubiera teñido agallas, tal como se decía, pero por lo que yo recuerdo no las tuvo ni entonces ni nunca. Fue un alivio que se quitara de en medio y, dicho con todas las letras, que se muriera. Me lo pareció entonces y me lo sigue pareciendo ahora. Si de algo se puede prescindir en la tierra es de los padres, incluso del mismo Dios Nuestro Señor y de todos sus engreídos semejantes. Dejadlos que procreen y que después se emborrachen hasta morir. De todas formas, ¿no es eso lo que suelen hacer?