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Электронная книга - «Viaje de descubrimiento». Краткое содержание книги:

Era obvio que Quintero se había formado una opinión muy pobre de Bliss. Desde luego, a ella no le importaba lo que él pensara, difícilmente se volverían a encontrar. Pero entonces ella se dio cuenta de que Quin era el amigo a quien su cuñado había asignado para cuidarla en esa exótica tierra. Así que no podía hacer otra cosa mas que resignarse y ser cortés con ese hombre, a pesar de que le resultara insoportable ¡Sin embargo, no intentaba enamorase de el!
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– Buenos días -lo saludo con cortesía al detenerse en una mesa bastante alejada de la de él.

– Buenos días señorita -contestó con una ligera inclinación de la cabeza y Bliss lo odió aún más cuando le pareció ver, antes de sentarse, que una expresión de alivio cruzaba por su rostro al ver que ella no se sentaría a la misma mesa que él.

Arrogante, pensó Bliss. Una comida en compañía de ese tipo era más que suficiente.

Se dio cuenta de que hacía unos minutos había estado de muy buen humor y que ahora estaba algo deprimida. Bebió un sorbo del café que un atento camarero ya le había servido, y trató de recuperar su estado de ánimo anterior.

No dejaría que Quin Quintero la irritara. Él no era nada de ella, ¿por qué habría de perturbarla entonces? Estaba más que feliz de que él prefiriera desayunar a solas.

Su enojo disminuyó un poco al recordar cómo, la noche anterior, él reveló que una mujer llamada Paloma Oreja lo rechazó. Tal vez quería que su Paloma compartiera su mesa, pensó Bliss, y luego dejó de buscar pretextos para ese hombre.

Era un bruto. Él no había sentido alivio cuando Bliss se sentó en otra mesa por estar pensando en su amor perdido, sino porque ya consideraba que su deber para con ella estaba cumplido al haberla llevado a cenar la víspera, como se lo prometió a Dom.

Bliss desechó a Quin Quintero de sus pensamientos. Sin embargo, descubrió que no tenía apetito.

Después de terminar su café, ya no tuvo motivos para seguir en el restaurante. Sin mirar por encima de su hombro, pues asumió que él estaría comiendo o leyendo el periódico, se levantó y salió sin prisa del comedor.

Se dirigió al área de información de la recepción.

– Señorita Carter -la saludó el empleado y la sorprendió al recordar su nombre ¿En qué puedo ayudarla?

Cinco minutos después, Bliss decidió que iría a Cuzco al día siguiente. Como sin duda Erith y Dom insistirían en hacer el trayecto de una hora y media desde Jahara al aeropuerto para recibirla, decidió que les haría saber de su arribo cuando llegara. De hecho, como su intención no era la de vivir en casa de Erith y no quería que ellos pasaran los felices días de su luna de miel paseándola por todas partes, decidió que no los llamaría sino hasta haber terminado de ver las ruinas.

– Puedo llamar a la aerolínea si usted así lo desea -le aseguró el empleado mientras contemplaba sus grandes ojos verdes.

– ¿Podría reservarme un boleto para ir a Cuzco mañana por la mañana? -mientras hizo la pregunta, vio por el rabillo del ojo que Quin Quintero, con el portafolios en la mano, se marchaba del hotel sin si quiera dirigirle una mirada.

¡Bestia!, se enfadó sin preguntarse ya por qué ese hombre la irritaba tanto. Como él pasó tan cerca de la recepción, debió verla… Bliss esperó que la agarradera del portafolios se desprendiera Era obvio que, en opinión de él ella sólo merecía un “Buenos días”.

Bliss lo olvidó una vez que entró en el museo “Oro del Perú”, y quedó fascinada no sólo con el espléndido oro de los trajes exhibidos, sino también con los collares y artefactos que pudo admirar.

Dentro del museo visitó tiendas donde vendían de todo, desde un poncho de alpaca hasta tarjetas postales. También había una pequeña cafetería al aire libre, donde ella tomó una taza de té y donde los ciervos domesticados se acercaron. Bliss luchaba contra su impulso de alimentarlos, cuando vio un letrero que prohibía hacerlo.

Más tarde, Bliss visitó el Museo Arqueológico. Después de unas horas, se percató de que ya era la hora del almuerzo. Sintió mucha hambre al salir a un patio lleno de flores, y descubrió un café donde todavía servían platillos calientes.

Bliss no estuvo muy segura de qué fue lo que ordenó, pero el plato de arroz con frijoles y cebolla estuvo muy sabroso. Al terminar de comer se dio cuenta de que ese era su último día en Lima y debía decidir qué era lo que no quería dejar de ver.

Pasó el resto de la tarde en la catedral, y de allí fue a una galería de arte. Regresó al hotel, cansada pero feliz. Aún no sabía si ir a cenar o no y se percató de que todavía estaba preocupada por volverse a topar con él.

“Santo Dios”, se regañó, “¿por qué tengo que preocuparme por algo semejante?”. En media hora se bañó, se puso su vestido rojo y bajó al restaurante.

Esa noche, no vio a Quin Quintero y regresó a su habitación preguntándose por qué, después de un día tan interesante, estaba un poco deprimida.

Hizo su equipaje y se percató de que tal vez estaba más cansada de lo que creía. Supuso que, o Quin Quintero ya no estaba en él hotel, o bien acudía a una cita esa noche.

Bliss fue a desayunar a la hora acostumbrada al día siguiente pero el único “Buenos días, señorita” que recibió fue el del camarero.

– Buenos días -contestó y se dio cuenta de que Quin Quintero ya no estaba hospedado en el hotel y de que ya no lo volvería a ver.

O eso pensó. Fue al aeropuerto, registró su enorme maleta y, después de esperar un poco, fue al avión a tomar su asiento. ¿Y a quién vio caminando por el pasillo para acercar a ella? ¡A Quin Quintero!

No estaba segura de que su boca no estaba abierta por la sorpresa. Y su asombro aumentó aún más cuando Quin Quintero se detuvo ante el asiento que estaba junto al de ella.

– Buenos días -saludó él con frialdad al poner su portafolios en el compartimento superior.

– Buenos días -imitó su tono y se dio cuenta de que Quin Quintero no mostraba sorpresa por verla en el mismo avión que él, puesto que era natural que Bliss viajara en sus vacaciones. Sin embargo, cuando él se sentó y se abrochó el cinturón de seguridad, Bliss no supo si alegrarse de viajar con alguien conocido o si le molestaría estar en su compañía hasta llegar a Cuzco.

Bliss se preguntó si el saludo que intercambiaron sería toda la conversación que existiría entre ambos. Pero, tan pronto como el avión despegó, Quin Quintero inquirió con cortesía:

– ¿Va a Jahara?

– Puede que vaya -contestó con más honestidad de la que quiso.

– ¿Irá Dom por usted al aeropuerto?

– Dom y mi hermana decidieron tener una luna de miel de tres meses -explicó Bliss-. Por supuesto que iré a Jahara a saludarlos antes de volver a Inglaterra pero como considero que ellos deben tener intimidad en su luna de miel, no quiero hacerles sentir que tienen que pasearme por todas partes.

Quin la miró sin decir nada, archivando los comentarios de ella.

– Parece que está interesada en la arqueología, ¿verdad?

Bliss supuso que Dom fue quien se lo dijo. Parecía que su cuñado le había hecho una descripción más profunda que “dulce, gentil y con una personalidad agradable”.

– Así es -comentó sin explayarse más-. ¿Usted también vive cerca de Cuzco? -trató de que el tema de conversación no se centrara en ella. Recordó que Erith le dijo que Quin Quintero vivía en la costa y Cuzco estaba situado tierra adentro.

– No -no añadió nada más acerca de dónde vivía, ni del motivo por el cual iba a Cuzco. Sin embargo, después de un momento, retomó el tema anterior-. Dom me contó que usted estuvo enferma hace poco.

– Tuve pulmonía -Bliss deseó que Dom no le hubiera contado tantas cosas sobre ella. Se daba cuenta de que ese hombre no cejaba una vez que deseaba conocer todos los pormenores de un asunto.

– Supongo que con las medicinas de hoy en día, la pulmonía tan sólo es algo más grave que una fuerte gripe, ¿no es cierto?

– Así es.

– Pero usted tuvo una pulmonía muy fuerte.

– Sí -contestó con acidez. Lo miró con hartazgo, pero él ni siquiera parpadeó.

– De hecho, en los dos pulmones.

– ¡Sí! -exclamo, irritada.

Bliss sintió deseos de golpearlo con algo y lo miró con ganas de asesinarlo. Se dio cuenta de que era un hombre que necesitaba satisfacer su curiosidad. Bliss aún no quería que Erith y Dom supieran que estaba tan cerca de ellos, y se percató de que, si no contestaba las preguntas de Quin Quintero, éste tal vez se lo preguntaría cuando viera a su cuñado. Y Bliss no deseaba ser mencionada en absoluto.

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