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Электронная книга - «El Rompecorazones». Краткое содержание книги:

Éste es libro del hermano mayor, Chase Chandler. La protagonista, Sloane Carlisle, es la hija de un senador que acaba de descubrir que su padre biológico no es quien ella cree que es, sino un excéntrico que vive en un pequeño pueblo. Sloane siempre se ha sentido querida, y para evitar que tanto el senador como su padre biológico sufran por su culpa, decide ir a conocer personalmente a su progenitor y explicarle qué ha pasado. Lo que ella no sabe es que su madre (bueno, madrastra, en realidad, pues es huérfana desde pequeña) le pide al hijo de una antigua amistad que cuide de ella en su aventura, y éste no es otro que Chase.
Chase, en los dos libros anteriores, aparece como un hombre muy centrado, y ver cómo pierde los papeles delante de Sloane resulta muy interesante, divertido y romántico. Como es lógico, la intriga de la paternidad de la protagonista y la historia personal de Chase se interponen entre la relación, pero al final la pareja acaba junta y también aparecen los hijos de los hermanos de Chase. Incluso de la madre de los Chase rehace su vida con el médico que la cuida durante su fingida enfermedad.
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– Cielo santo -musitó Chase. Ninguna mujer debería hacerle sentir tan bien. Sobre todo una a la que acababa de conocer, que desconocía lo que le gustaba y lo que no. Sin embargo, sabía perfectamente qué hacer para excitarlo. Cuánto veía en esos ojos verdes. Habían conectado y lo notaba en su cuerpo, en cada centímetro recorrido de su interior.

Sloane resultaba femenina y suave al tacto, tenía los pezones duros y se le excitaban al tocarle el pecho. Siguió todas sus embestidas, llevándole cada vez más allá mientras sus cuerpos se fundían y él ardía en deseos de explotar. Pero no quería hacerlo solo. Deseaba que alcanzaran juntos el clímax. Deslizó la mano entre sus cuerpos e introdujo el dedo entre sus pliegues húmedos para aumentar la presión y hacerla llegar al orgasmo.

Fue recompensado con un gemido de estremecimiento, y movió las caderas con la intención de profundizar la estimulante tensión. Ella tenía los muslos juntos, sus músculos lo envolvían con un calor húmedo. A cada embestida se situaban al límite, resistiendo por mera fuerza de voluntad.

– Chase.

Se sorprendió al oír su nombre en boca de ella. Porque, por mucho que hubieran intimado, por muy cercano que se sintiera, apenas habían hablado. Se obligó a abrir los párpados.

Se encontró con los grandes ojos verdes de ella.

– Date la vuelta.

Chase la miró boquiabierto.

– ¿Qué?

– Después de lo de hoy, necesito tener el control -le explicó, mientras lo apartaba ligeramente con el cuerpo y cambiaban de postura a la vez, hasta que él estuvo boca arriba y ella sentada a horcajadas encima. Sloane se estremeció al notar que ahora la penetraba mucho más hondo que antes. -Oh, Dios mío.

Chase tragó saliva, porque él también lo sintió, pero la sensación vino acompañada de conciencia. Para ella, esa noche era mucho más que sexo fácil. Huía de algo y lo utilizaba para olvidar. Pero su cuerpo no estaba para hacer preguntas.

Y con aquella preciosa cara y aquellos pechos exuberantes encima de él, no pensaba resistirse.

– Lo que tú prefieras -le dijo.

Un destello de agradecimiento se reflejó en sus rasgos y entonces, por fin, Sloane empezó a moverse, meciendo las caderas, estrechándolo lo máximo posible con sus músculos internos hasta que el maremoto se apoderó de ellos una vez más. Sin previo aviso, se tumbó encima de él y le besó en los labios mientras seguía describiendo un movimiento sistemático y giratorio con las caderas. Mantenía la tensión y la acrecentaba mientras su monte de Venus presionaba contra su entrepierna, proporcionándole sensaciones que él jamás había sentido antes.

A cada embestida descendente de la pelvis, Sloane emitía un gemido suave y excitante. Estaba a punto, igual que él, y mantenía la presión, acercándolo cada vez más al estallido. En esos momentos sólo tenía una cosa en mente: esa mujer y la intensidad de las sensaciones que le producía mientras seguía extrayéndole la savia, aun mucho después de que él hubiese eyaculado.

Incluso cuando inició la pausada vuelta a la realidad, ella seguía estremeciéndose encima de él, en un orgasmo largo y prolongado. Al cabo de unos minutos, la respiración de Chase recuperó un ritmo más lento. Lo mismo que sus pensamientos. Tenía treinta y siete años y nunca había experimentado una sesión de sexo tan increíble con ninguna mujer.

Nunca. Y necesitaba unos instantes para asimilar la sensación.

Pero antes de que se diera cuenta, ella se movió y se dispuso a levantarse, lo cual lo pilló totalmente por sorpresa.

– Espera. -Estiró el brazo, pero apenas consiguió rozarle la espalda. -¿A qué viene tanta prisa?

Ella se volvió, pero Chase sólo le vio la melena despeinada y el perfil elegante.

– Pensaba que querrías que me marchara. -Soltó una carcajada tan forzada que a Chase le tocó algo por dentro. -Así evitamos la incomodidad de la mañana siguiente -añadió a modo de explicación.

El comprendió que deseaba tomar el camino más fácil, pero todavía no había acabado con ella. Y esperó que ella tampoco hubiera acabado de desearle.

– Preferiría que te quedaras. -Se apoyó en el codo y le recorrió la espalda con un dedo. -Si no te parece mal.

Ella se volvió hacia él con expresión confundida y asombrada. Chase la entendía perfectamente, porque él se sentía igual.

– Esto es una locura -dijo la mujer.

– Estoy de acuerdo. -Se pasó una mano por el pelo y esperó. -Me quedo -decidió ella al fin.

– Bien. -Se excusó un momento para ir al baño y, al volver, la estrechó entre sus brazos.

– A veces está bien hacer locuras, supongo. -Se echó a reír y dejó que su cuerpo vibrara, cálido y delicioso, en contacto con el de él.

Chase apoyó la mejilla en su melena rojiza, inhalando su aroma. -Esta noche necesitaba hacer alguna locura -explicó él. -Hasta ahora, mi vida siempre había transcurrido por los cauces previstos. -Pensó en la rutina que había seguido durante los últimos diecinueve años. -Lo esperado -prosiguió, recordando cómo había criado a sus hermanos y se había convertido en el modelo para ellos. -Y he vivido sobre todo para los demás.

– Me recuerda mucho a mi vida -musitó ella.

Chase le apartó el pelo rebelde de la cara y dejó que se acurrucara más contra él. Evitaba pensar en lo raro que era que quisiera pasar la noche abrazado a aquella mujer suave y dispuesta. Pero por una vez, le apetecía hacer lo que le dictaban sus deseos.

– Esta noche me había prometido que sería el inicio de una nueva vida, sólo para mí.

– Suena fantástico -convino ella exhalando un suspiro.

– ¿Por qué no sigues mi ejemplo? -sugirió él. Chase no tenía ni idea de lo que la tenía preocupada o apenada pero, al igual que él, era obvio que esa noche se había permitido ser libre. No debería regresar a una vida de limitaciones, ni vivir para los demás.

– Hay gente que confía en mí -dijo ella relajada. -Aunque mi vida entera haya sido una mentira, todavía se espera de mí que haga lo correcto. -Su voz se tornaba más y más soñolienta a medida que hablaba.

A Chase le picó la curiosidad. No sólo porque era periodista y las frases ambiguas le daban que pensar, sino porque ella le tenía intrigado. Demasiado. Acababa de iniciar su proceso de realización personal. No le apetecía cargar con los problemas o necesidades de otras personas. Ya había apechugado lo suficiente en la vida y era demasiado propenso a hacer lo que se esperaba de él. Parecía algo característico de los Chandler.

Así pues, era perfecto que a la mañana siguiente cada uno siguiera su camino, pensó, también adormilándose.

El sonido sofocado de un llanto despertó a Chase de un sueño profundo y reparador. Tardó unos instantes en ubicarse y, al hacerlo, se dio cuenta de que estaba en la habitación de un hotel, en Washington D.C., con una mujer a la que había conocido la noche anterior y que lo había dejado alucinado tras un encuentro sexual increíble. A la que él había pedido que se quedara cuando se disponía a marcharse.

Lo invadió una sensación incómoda de culpabilidad y desasosiego. Ella se había desplazado al otro extremo de la cama y Chase le tocó el hombro.

– ¿Te arrepientes? -le preguntó. Porque, por increíble que pareciera, él no lo lamentaba en absoluto.

– ¿De lo de anoche? No. De mi vida y de cómo he vivido, ya lo creo que sí.

El tornillo que le atenazaba el corazón se aflojó. No le apetecía tener que lidiar con arrepentimientos ni recriminaciones.

– Poco se puede hacer con el pasado aparte de dejarlo atrás y seguir adelante.

Ella soltó el aire con fuerza.

– Sabias palabras.

– ¿Qué quieres que te diga? Yo soy un hombre sabio. -Ya me pareció que eras una persona de fiar. -¿Crees que podrás volver a dormirte? -Si me frotas la espalda, a lo mejor.

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