Monsieur Pain
- Автор: Боланьо Роберто
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Monsieur Pain». Краткое содержание книги:
En una conversación de bar parisino, monsiuer Pain discute sobre mesmerismo con otro paciente -quizá un farsante-, que le recuerda que uno de los practicantes de esta teoría (que pretendía curar mediante el uso del magnetismo) fue el médico inglés Hell, apellido que, discurren los dos, significa infierno. Curiosamente no llevan la analogía más allá, pero quizá en esta charla se encuentra una de las claves de la sorprendente novela del narrador chileno, avecindado en España, Roberto Bolaño, Monsieur Pain, que la editorial Anagrama reeditó recientemente. A lo largo de toda la historia, los nombres de los protagonistas son parte fundamental del misterio y llevan a este seguidor de las enseñanzas de Mesmer a un insólito viaje por el París de la primera posguerra, en donde convalece César Vallejo y aún resuenan los disparos de la guerra civil española.
La historia ocurre en 1938 e inicia cuando madame Reynaud, una viuda joven a la que Pierre Pain ama en silencio, le pide a éste -que asistió en la agonía a su esposo- que ausculte al poeta peruano, convaleciente en un hospital a causa de un ataque de hipo. Esta petición es el detonador de una aventura inquietante donde tienen cabida tanto los seguidores de Mesmer como ciertos conspiradores de origen español, e incluso las investigaciones metafísicas de Pierre Curie forman parte de la intriga.
La novela de Bolaño es un pastiche, un collage de situaciones que poco a poco sugieren una historia aún más oscura: la de una conspiración maligna no sólo contra el poeta que agoniza sino también contra ciertas teorías que, como el propio mesmerismo, rechazan la verdad científica oficial. Monsieur Pain será el encargado de descubrir los hilos de esta trampa, pero al realizar su investigación sólo encontrará lo que profetiza su apellido. Incapaz de enfrentar a los verdugos, el protagonista de la novela callará para siempre lo que descubrió o aquello que simplemente creyó intuir.
Bolaño, cuya novela Los detectives salvajes ha conocido un éxito inusitado, se muestra aquí como un narrador de buena mano: algunos protagonistas fueron personas reales y algunos de los hechos que ocurren en la novela -la muerte de Curie o la de Vallejo- sucedieron realmente, pero el autor ha mezclado de tal suerte las historias que el resultado es inquietante y, por momentos, perturbador.
Pain es la clave, lo que leemos es la historia de un momento de su vida y su fracaso tanto en el amor como en la resolución de un misterio que está más allá de sus propias fuerzas. Para hacer aún más profundo el enigma, al final de la obra el autor plantea la vida de sus protagonistas a través de diversas voces que prefiguran los testimonios acerca de sus `detectives``. Y de alguna manera el epílogo hace aún más inquietante el destino de Pain, las casualidades que lo llevaron a encontrarse, en una ciudad plagada de surrealistas, con dos fabricantes de cementerios marinos que desprecian a los seguidores de André Breton, así como con un mundo nocturno repulsivo y atrayente donde la única persona que parece comprenderlo es un portero argelino. Porque si bien monsieur Pain es incapaz de vestirse de héroe, el azar y sus leyes lo llevan por caminos jamás imaginados para concluir en el fracaso. Por eso su personalidad nos toca a todos. Pain representa al hombre que espera la derrota final, a quien no lo redime ni siquiera un último acto de rebeldía.
El protagonista de la novela de Bolaño vive una aventura que no esperaba pero también padece, como todo solitario, el terror a la oscuridad, la sospecha que anida en el corazón de los amantes desesperanzados y silenciosos. Y si parece que al final que no ocurre nada -o al menos eso podemos creer-, la verdad es que las peripecias del señor Pain son las que mantienen pendiente al lector hasta la última página. La novela en conjunto no es más que una gran trampa en la que caemos fácilmente. Pero de eso se trata precisamente: de seguir a Pierre Pain a lo largo de un periplo que lo llevará (y a nosotros con él) al desencanto.
Si bien Monsieur Pain no es la más lograda de las novelas de Roberto Bolaño, sí prefigura algunos de sus temas y ese estilo personal que ha convertido al escritor chileno en una de las más gratas revelaciones de la prosa latinoamericana de los últimos años.
Pasé los labios por el reborde de la copa. No podía pensar. La situación era, cuando menos, estrambótica. Hay que mantener el control, me dije. Bebí. Un trago largo con la vana esperanza de serenarme.
– Nuestra petición -recalcó la última palabra- no entraña, por supuesto, menosprecio alguno por sus facultades. Es más, puedo asegurarle aquí mismo, y mi compañero no me dejará mentir, que siento una gran admiración por la eficacia con que usted se desenvuelve dentro de su campo. Por cierto, un campo muy amplio, me atrevería a decir que ignoto para la mayoría de los mortales, ¿no es así?
Asentí con la cabeza y acto seguido me sentí despreciable.
– Pero con Vallejo no tiene nada que hacer. Por el bien común.
– El bien común -suspiró el otro-, una bonita definición, el bien suyo y el de todos… La armonía… El equilibrio… Las esferas estabilizadas… Los túneles vueltos a rellenar… Las sonrisas…
Iba a protestar que no entendía una palabra de todo aquel galimatías pero decidí que era mejor callar. El moreno, recostado contra el respaldo bermejo del sillón, no me quitaba los ojos de encima; su mirada, no obstante, no era de amenaza sino más bien de curiosidad. Me estudiaba. Ignoro por qué, esto me dio ánimos. En un impulso insensato llené otra vez la copa y bebí, casi con esperanza.
– ¿Ha sido Lejard quién los ha enviado?
– Es una pregunta que no vamos a contestar -suspiró el flaco-, en realidad, se lo aclaro con toda franqueza, no vamos a contestar ninguna pregunta, a menos que sea estrictamente imprescindible para llevar a feliz término nuestro trato con usted.
– ¿Un trato?
– Ya se lo hemos dicho, que olvide que existe Vallejo, la Clínica Arago, etcétera, y nosotros, para no ser menos, olvidaremos este sobre.
Con pereza, también con una falsa y estudiada fanfarronería, el moreno dejó caer junto a la botella un sobre alargado, marrón oscuro, como los que daba el Banco de París diez años atrás. Dentro había más de dos mil francos.
– ¿Pero por qué?
Admonitorio, el dedo del flaco trazó un jeroglífico en el aire, separándonos.
– Sin preguntas, recuérdelo.
No cabía duda, aunque hubieran presenciado aquella tarde la escena entre Lemière y madame Vallejo, los españoles aún no sabían que yo estaba completamente desligado del asunto. Lemière se hacía cargo de todo; él y su equipo médico y Lejard; era de imbéciles pagar para que me desentendiera de algo con lo que no podía tener ninguna relación. De muy lejos llegaron los acordes de un tango. La risa cristalina de una mujer. El murmullo apagado de unas voces, algunas risas aisladas, aplausos. Escuché la voz de un presentador que decía: Alan Monardes en persona tocará para ustedes…
– Esto es una locura.
– De acuerdo, pero una locura que a usted no perjudica en nada, al contrario, con los tiempos que corren nunca están de más unos ahorrillos…
Están locos, pensé, pero el dinero era auténtico, estaba allí, esperando que lo tomara y lo introdujera en mi billetera. Por primera vez no tuve miedo.
– Este es el soborno más raro del que tengo noticia -murmuré. Por descontado, no lo entendieron.
El flaco sonrió sin darle importancia.
– Llamaremos a Gastón -dijo mientras apretaba el timbre- y le encargaremos otra botella de vino. La noche es joven todavía.
– La noche es joven siempre -corrigió el moreno.
– ¿Monsieur Rivette?
– Ah, Pierre Pain.
– Le hablo desde el café de Raoul, debe ser tardísimo.
– Es igual, no se preocupe, no estaba dormido.
– Creo que estoy borracho, necesitaba… hablar con alguien de confianza, querido monsieur Rivette.
– Usted dirá en qué puedo ayudarlo.
– Esta noche he cometido un acto abominable, repugnante…
– …
– He aceptado un soborno…
– ¿Usted?
– Es verdad, parece difícil pensar que haya en el mundo seres capaces de sobornar a un pobre diablo como yo.
– No he querido decir eso, Pierre, calma, se encuentra demasiado nervioso.
– ¿Y cuántas veces me ha visto nervioso, monsieur Rivette? Haga memoria…
– Pero, Pierre, no se trata de eso, la naturaleza humana es insondable, ¿se acuerda de Pleumeur-Bodou?
– ¿Qué dice?
– Pleumeur-Bodou.
– Dios mío, hacía años que no pensaba en él. Supongo que alguna vez fuimos amigos.
– La voluntad de olvido, la magia. Pleumeur-Bodou rara vez se ponía nervioso, ¿recuerda?
– Se suicidó…, ¿no?
– No. Hace más de un año que está en España. Cada cierto tiempo recibo una carta suya. Le gusta rememorar épocas pasadas.
– A mí no. No demasiado. Prefiero aceptarme o aguantarme tal cual soy. ¿Pero por qué ha mencionado a Pleumeur-Bodou?
– No lo sé, creo que estaba pensando en él… y en usted.
– ¿Hoy?
– Toda la tarde. Ya sabe, los viejos nos entretenemos con los tiempos idos. He estado revisando una carta astrológica que les hice a ambos.
– ¿A Pleumeur-Bodou y a mí? Nunca me lo dijo.
– Fue una nimiedad. No se preocupe. En fin, ¿qué me decía de un soborno?
– He aceptado uno. Me he dejado corromper.
– Quiere usted decir que ha aceptado dinero…
– Exactamente. Me han dado dos mil francos y me han emborrachado, luego hemos presenciado el espectáculo de una miserable orquesta de tango y hemos seguido bebiendo. ¡Incluso comí carne! ¡Un jugoso bistec argentino!
– Pierre…
– Y no fue contra mi voluntad. Quería saber. Me quedé por eso: por curiosidad. En realidad, estimado monsieur Rivette, me han pagado para que no haga algo que ya de antemano no podía ni iba a hacer. Pero, atención, ellos no lo sabían. Lo que sí sabían, y al parecer horas antes de que yo mismo fuera informado, era que me iban a pedir que me encargara del enfermo en cuestión. Horas antes, ¿comprende?
– …
– Horas antes, cuando yo no sabía ni siquiera que existía mi ex paciente, ellos fueron a verme para impedir que me ocupara del caso. Digo ex paciente aunque en realidad debería decir no-paciente. ¡Nunca lo he visto! Y sin embargo ellos sabían y tomaron las medidas oportunas. Siento que me han tendido una emboscada; se han emboscado en un recodo del camino; pero yo jamás he pasado por ese camino, jamás pasaré por allí. ¿Cómo se puede explicar?
– Siempre hay explicaciones, Pierre, y cuando no las hay es que no puede haberlas, recuerde a Terzeff, aquel pobre muchacho que pretendió refutar a madame Curie.
– Terzeff… ¿No era el amigo de Pleumeur-Bodou?
– Precisamente. Terzeff era el científico, aunque Pleumeur-Bodou no le iba a la zaga. Un muchacho que a primera vista parecía muy brillante. Por supuesto, todas sus teorías eran indemostrables.
– Debe ser el alcohol, no puedo acordarme de nada, hacía mucho que no bebía tanto.
– ¿Recuerda que hubo de por medio una historia sentimental? Terzeff estaba enamorado de Irene, la hija de madame Curie, siempre he pensado que ése fue el motivo para que intentara refutar a la madre.
– Fue Terzeff quien se suicidó, ¿no?
– Precisamente, se colgó del puente Mirabeau, una noche de 1925… Creo que en invierno; enero o febrero; unos días espantosos.
– Dios mío, todo esto me produce risa, monsieur Rivette. Parece tan triste y ridículo, Terzeff enamorado de Irene Joliot-Curie, y yo molestándole a estas horas de la noche.
– No dormía, querido amigo, estaba leyendo, podría decirse que esperaba su llamada, ya sabe usted que a nuestra edad con unas pocas horas de sueño nos basta.
– Parece que a Raoul también. Ha cerrado el café y ahora está en una mesa haciendo un solitario.