Corazon congelado [Seven Up - es]
- Автор: Иванович Джанет
- Язык: испанский
- Переводчик: Jose Manuel Berastegui Rubio
- Жанр: Иронические детективы
Электронная книга - «Corazon congelado [Seven Up - es]». Краткое содержание книги:
La cazarrecompensas Stephanie Plum tiene una misión bastante simple: todo lo que tiene que hacer es llevar a los tribunales a un viejecito sordo, casi ciego y con problemas de próstata, acusado de contrabando de cigarrillos. ¿Es culpa suya si se le escurre continuamente de entre las manos?
Las cosas se complicarán todavía más después de que dos de sus amigos desaparezcan misteriosamente tras ser atacados por una jubilada enloquecida y de que su perfecta hermana Valerie le pida consejos sobre cómo hacerse lesbiana.
Quizá la vida de Stephanie sería más fácil ¿y menos divertida¿ si no estuviera tratando de huir de su propia boda, si su abuela no se empeñara en acompañarla en una Harley Davidson y, por supuesto, si el increíblemente sexy Ranger no le ofreciera su ayuda a cambio de una perfecta noche de pasión…
Creo que es posible que asintiera, pero no estoy muy segura. Nunca me dejaría marcharme. Las dos lo sabíamos.
– Ojo por ojo -repitió Sophia-. Es la palabra de Dios.
El estómago se me revolvió.
Ella sonrió.
– Veo por tu expresión que sabes lo que hay que hacer. Es la única manera, ¿no? Si no lo hacemos estaremos malditas para siempre, condenadas para siempre.
– Usted necesita un médico -susurré-. Ha sufrido demasiada tensión nerviosa. No tiene la cabeza en condiciones.
– ¿Y tú qué sabes de tener la cabeza en condiciones? ¿Hablas tú con Dios? ¿Te guía su palabra?
Me quedé mirándola fijamente, sintiendo el pulso latir en la garganta y en las sienes.
– Yo hablo con Dios -dijo-. Hago lo que Él me dice que haga. Soy su instrumento.
– Vale, de acuerdo. Pero Dios es un buen tipo -dije-. No quiere que se hagan cosas malas.
– Yo hago lo correcto -dijo Sophia-. Acabo con la maldad en su origen. Mi alma es la de un ángel vengador.
– ¿Cómo lo sabe?
– Dios me lo ha dicho.
Una terrible idea nueva surgió en mi cabeza.
– ¿Louie sabía que usted hablaba con Dios? ¿Que era su instrumento?
Sophia se quedó paralizada.
– Aquel cuarto del sótano… la habitación de cemento donde encerró a El Porreta y a Dougie, ¿Louie la encerró alguna vez en ella?
La pistola le temblaba en la mano y los ojos le destelleaban bajo la luz.
– Siempre es difícil para los creyentes. Para los mártires. Para los santos. Estás intentando distraerme, pero no te va a dar resultado. Sé lo que debo hacer. Y tú me vas a ayudar. Quiero que te arrodilles y le desabroches la camisa.
– ¡De ninguna manera!
– Vas a hacerlo. Hazlo o te pego un tiro. Primero en un pie y luego en el otro. Y luego otro tiro en la rodilla. Y seguiré disparándote hasta que hagas lo que te digo o mueras.
Me apuntó y supe que hablaba en serio. Me dispararía sin pensárselo dos veces. Y seguiría haciéndolo hasta matarme. Me levanté, apoyándome en la mesa para no caerme. Fui hasta DeChooch caminando con las piernas rígidas y me arrodillé a su lado.
– Hazlo -dijo-. Desabrochale la camisa.
Le puse las manos sobre el pecho y sentí la tibieza de su cuerpo, y una leve inspiración.
– ¡Aún está vivo!
– Mejor todavía -dijo Sophia.
Tuve un estremecimiento incontrolable y empecé a desabrocharle la camisa. Botón por botón. Lentamente. Ganando tiempo. Con dedos torpes y descontrolados. Apenas capaces de realizar la tarea.
Cuando acabé de desabrocharle la camisa Sophia buscó detrás de ella y sacó un cuchillo de carnicero del bloque de madera que había sobre la encimera. Lo tiró al suelo, al lado de DeChooch y dijo:
– Córtale la camiseta.
Agarré el cuchillo y sentí su peso. Si aquello fuera la televisión, en un hábil movimiento le habría clavado el cuchillo a Sophia. Pero era la vida real, y no tenía ni idea de cómo lanzar un cuchillo o de cómo moverme lo bastante rápido para esquivar una bala.
Acerqué el cuchillo a la camiseta blanca. Mi cabeza daba vueltas. Las manos me temblaban y me corría sudor por las axilas y el cuero cabelludo. Hice una primera incisión y, a continuación, rasgué la camiseta todo a lo largo, exponiendo el esquelético pecho de DeChooch. Mi pecho lo sentía ardiendo y dolorosamente rígido.
– Ahora sácale el corazón -dijo Sophia con voz tranquila y estable.
Levanté la mirada y vi que su cara estaba serena… salvo por aquellos ojos aterradores. Se la veía convencida de estar haciendo lo que debía. Probablemente, mientras yo me arrodillaba junto a DeChooch, oía voces dentro de su cabeza que así se lo aseguraban.
Algo goteó sobre el pecho de DeChooch. O estaba babeando o se me caían los mocos. Estaba demasiado asustada para saber de qué se trataba.
– No sé hacerlo -dije-. No sé cómo llegar al corazón.
– Ya encontrarás el camino.
– No puedo.
– ¡Hazlo!
Negué con la cabeza.
– ¿Te gustaría rezar antes de morir?
– Aquel cuarto del sótano… ¿la metía allí a menudo? ¿Rezaba usted allí dentro?
La serenidad la abandonó.
– Decía que yo estaba loca, pero era él quien estaba loco. Él no tenía fe. A él Dios no le hablaba.
– No debería haberla encerrado en el sótano -dije, sintiendo un acceso de ira contra el hombre que encerraba a su esposa esquizofrénica en una celda de cemento, en vez de proporcionarle atención médica.
– Ha llegado la hora -dijo Sophia levantando la pistola hacia mí.
Miré a DeChooch preguntándome si sería capaz de matarle para salvar mi vida. ¿Cómo era de fuerte mi instinto de supervivencia? Desvié la mirada hacia la puerta del sótano.
– Tengo una idea. DeChooch tiene algunas herramientas mecánicas en el sótano. A lo mejor puedo abrirle las costillas con una sierra eléctrica.
– Eso es ridículo.
– No -dije levantándome de un salto-. Eso es exactamente lo que necesito. Lo vi en la televisión. En uno de esos programas de medicina. Ahora vuelvo.
– ¡Quieta!
Ya estaba junto a la puerta del sótano.
– Sólo tardaré un minuto.
Abrí la puerta, encendí la luz y bajé el primer escalón.
Ella estaba algunos pasos detrás de mí.
– No tan deprisa -dijo-. Voy a bajar contigo.
Bajamos las escaleras juntas, despacito, con cuidado de no tropezarnos. Recorrí el sótano y me hice con una sierra eléctrica que tenía DeChooch en el banco de trabajo. Las mujeres quieren tener niños. Los hombres quieren tener herramientas eléctricas.
– Vamos arriba -dijo ella, nerviosa por estar en el sótano y deseando salir de allí.
Volví a subir las escaleras lentamente, arrastrando los pies, sintiéndola intranquila detrás de mí. Notaba la pistola contra mi espalda. Estaba demasiado cerca. Quería salir del sótano a toda costa. Llegué a lo más alto de la escalera y me di la vuelta, atizándola con la sierra en medio del pecho.
Lanzó una pequeña exclamación, soltó un disparo a lo loco y cayó rodando por las escaleras. No me quedé para ver las consecuencias. Salí por la puerta, la cerré por fuera y salí corriendo de la casa. Crucé corriendo la puerta principal que tan descuidadamente había dejado abierta cuando seguí a DeChooch al interior de la casa.
Llamé con los puños a la puerta de Angela Marguchi, gritándole que me abriera. La puerta se abrió y casi arrollo a Angela con mi prisa por entrar.
– Cierre la puerta -dije-. Cierre todas las puertas y tráigame la escopeta de su madre.
Luego corrí hacia el teléfono y marqué el 911.
La policía llegó antes de que hubiera recuperado el control suficiente para regresar a la casa. No tenía sentido entrar en la casa mientras las manos me temblaban tanto que no podía sujetar un arma.
Dos polis de uniforme entraron en la mitad de DeChooch y unos minutos más tarde les dieron a los enfermeros de la ambulancia la señal de «todo en orden» para que entraran. Sophia seguía en el sótano. Se había fracturado una cadera y probablemente tenía algunas costillas rotas. Lo de las costillas rotas me pareció escalofriantemente sarcástico.
Seguí al equipo de urgencias y me quedé helada cuando llegamos a la cocina. DeChooch no estaba en el suelo.
El primero de los de uniforme era Billy Kwiatkovsky.
– ¿Dónde está DeChooch? -le pregunté-. Le dejé en el suelo, junto a la mesa.
– Cuando entramos la cocina estaba vacía -dijo él.
Ambos miramos el reguero de sangre que llevaba hasta la puerta de atrás. Kwiatkovsky encendió su linterna y se adentró en el jardín. Regresó unos instantes después.