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Callejón Fleshmarket

Электронная книга - «Callejón Fleshmarket». Краткое содержание книги:

En un barrio de viviendas protegidas de Edimburgo aparece asesinado un sin papeles. ¿Se trata de una agresión racista o de algo muy distinto? Es un caso que, sin duda, interesa a Rebus, que se encuentra en ese momento rodeado de problemas: han cerrado su antigua comisaría y sus jefes querrían que se retirara. Pero Rebus es más terco que nadie. Durante las indagaciones visita un centro de detención para inmigrantes, trata con el sórdido mundo del hampa de Edimburgo y probablemente acabe enamorándose. Siobhan, por otra parte, tiene sus propios problemas. Una joven de dieciocho años ha desaparecido de casa y ella se siente obligada a ayudar a los padres, lo que implica acercarse más de lo debido a un violador convicto. Está además involucrada en otro caso, el de los dos esqueletos de mujer y de niño enterrados bajo el suelo de cemento de un sótano en el callejón Fleshmarket, un asunto que alguien quiere que salte a los medios, pero ¿quién y por qué? ¿Existe alguna relación entre este caso y el del barrio de pisos baratos de Knoxland? Callejón Fleshmarket indaga el proceso interno de una sociedad que ha perdido sus buenas costumbres y se ve inmersa en lo peor de la naturaleza humana: la codicia, la desconfianza, la violencia y la explotación.
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– Así me lo agradecen -replicó Eylot meneando la cabeza-. Es lo típico…

– ¿Qué quiere decir?

– Ese refugiado al que apuñalaron… Fui yo quien les llamó por teléfono. No tendrían ninguna pista si yo no hubiera llamado. Y así me lo pagan.

– ¿Fue usted quien nos reveló el nombre de Stef Yurgii?

– Exacto, y si mi jefe se entera me echarán. Vinieron a Whitemire dos policías; un tío robusto y una mujer más joven.

– ¿El inspector Rebus y la sargento Wylie?

– No recuerdo los nombres. Yo no me metí en nada. -Se calló un momento-. Y en vez de resolver el asesinato de ese desgraciado se dedican a fisgar en el de esa basura de Cruikshank.

– Todos somos iguales ante la ley -dijo Young.

Ella le miró de tal modo que comenzó a ruborizarse y trató de disimularlo llevándose la taza a los labios.

– ¿No lo ven? -dijo ella-. Dicen frases que saben que son mentira.

– Lo que el inspector Young quiere decir -terció Siobhan- es que hay que ser objetivos.

– Lo cual tampoco es cierto, ¿no cree? -repuso Eylot levantándose y haciendo sonar las patas de la silla.

Abrió el congelador y, al darse cuenta, lo cerró de golpe. Había tres botellas de vino.

– Janet -dijo Siobhan-, ¿es Whitemire el problema? ¿No le gusta trabajar allí?

– Lo detesto.

– Pues déjelo.

Eylot soltó una carcajada seca.

– ¿Y dónde encuentro empleo? Tengo dos hijos que mantener -añadió sentándose y mirando a los campos-. Whitemire es mi único recurso.

Whitemire, dos niños y una nevera.

– ¿Qué es lo que escribió en el váter, Janet? -dijo despacio Siobhan.

Los ojos de Eylot se bañaron en lágrimas, que trató de contener parpadeando.

– Algo de juramentarse -contestó ella con voz quebrada.

– ¿Juramento de sangre? -dijo Siobhan.

Eylot asintió con la cabeza mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.

No estuvieron mucho más. Al salir, los dos aspiraron con fruición el aire fresco.

– ¿Tiene hijos, Les? -preguntó Siobhan.

Él negó con la cabeza.

– Estuve casado, pero duró un año. Nos divorciamos hace once meses. ¿Y usted?

– Ni siquiera eso.

– Esa mujer sabe salir adelante, ¿no es cierto? -añadió él mirando hacia la casa.

– No creo que de momento haya que avisar a los servicios sociales. -Siobhan guardó silencio durante un momento-. ¿Adónde vamos?

– A la base -contestó él consultando el reloj-. Es casi la hora de cierre. Le invito a un trago si quiere.

– Mientras no sea en The Bane…

– No, yo vuelvo a Edimburgo -contestó él con una sonrisa.

– Pensé que vivía en Livingston.

– Sí, pero soy socio de un club de bridge.

– ¿De bridge? -dijo ella sin poder evitar una sonrisa.

Él se encogió de hombros.

– Comencé a jugar hace años en la universidad.

– Bridge -repitió Siobhan.

– ¿Qué tiene de malo? -replicó él con una gran carcajada que sonó a falsa.

– No tiene nada de malo. Es que trato de imaginármelo con esmoquin y pajarita.

– No es el caso.

– Pues nos vemos en Edimburgo para tomar una copa y me lo explica. ¿En The Dome de George Street a… las seis y media?

– A las seis y media -asintió él.

* * *

Maybury era una maravilla: llamó a Rebus a las cinco y cuarto. Apuntó la hora para que constara en el informe de investigación, pensando en una de las mejores canciones de The Who, Out of my brain on the five-fifteen.

– Le hice escuchar la cinta a mi colega -dijo Maybury.

– Sí que ha sido rápida.

– Encontré su número de móvil. Es extraordinario lo que ha avanzado la tecnología.

– Así que, ¿está en Francia?

– Sí, en Bergerac.

– ¿Y qué le ha dicho?

– Bueno, la calidad del sonido no es muy buena…

– Sí, lo sé.

– Y se interrumpía la comunicación.

– ¿Y?

– Pero después de oírla unas cuantas veces, me dijo que era de Senegal. No está completamente segura, pero es la conjetura más probable.

– ¿Senegal?

– Un país africano francófono.

– De acuerdo. Bueno pues… muchas gracias.

– Buena suerte, inspector.

Rebus colgó el teléfono y vio que Wylie redactaba en el ordenador el informe de las indagaciones del día para incorporarlas al expediente del crimen.

– Senegal -le dijo.

– ¿Eso dónde está?

Rebus suspiró.

– En África, mujer. Es un país francófono.

Wylie entrecerró los ojos.

– Eso se lo ha dicho Maybury, ¿verdad?

– Qué poca fe.

– Poca fe, pero grandes recursos -replicó ella.

Guardó el archivo y conectó con la red para teclear Senegal en un buscador. Rebus se sentó a su lado en una silla.

– Ahí está.

Señaló en un mapa de África la costa noroeste, una zona más bien enana comparada con Mauritania al norte y Malí al este.

– Qué pequeño -comentó Rebus.

Wylie hizo clic en un icono y apareció una página con datos.

– Doscientos tres mil setecientos noventa y tres kilómetros cuadrados -dijo ella-Creo que son unos tres cuartos de la superficie de Gran Bretaña. Capitaclass="underline" Dakar.

– ¿Como la meta del rally?

– Es de suponer. Población: seis millones y medio.

– Menos uno.

– ¿Está segura de que esa que llamó es de Senegal?

– Creo que es la conjetura más aproximada.

El dedo de Wylie recorrió la lista de datos.

– No hay información de que haya disturbios ni nada en el país.

– ¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros.

– Que a lo mejor no es una solicitante de asilo… ni una ilegal.

Rebus asintió con la cabeza, pensando en que conocía a alguien que podría saberlo, y llamó a Caro Quinn.

– ¿Se vuelve atrás?

– Ni mucho menos. Incluso le he comprado un regalo -dijo dándose unas palmaditas en el bolsillo de la chaqueta por el que asomaba el periódico, para que lo viera Wylie-. Le llamo por si podría facilitarme algún dato sobre Senegal.

– ¿El país africano?

– Exacto -respondió él mirando a la pantalla-. De población principalmente musulmana y exportador de cacahuete.

Oyó que ella reía.

– ¿Qué quiere saber?

– Si conoce algún refugiado senegalés de Whitemire, tal vez.

– Pues yo no… El comité de refugiados podría ayudarle.

– Es una idea.

– Pero mientras lo decía se le ocurrió otra: para saberlo, nadie mejor que Inmigración.

– Hasta luego -dijo cortando la comunicación.

Wylie le miró sonriente con los brazos cruzados.

– ¿Era su amiga la del descampado de Whitemire? -preguntó.

– Se llama Caro Quinn.

– Y van a verse más tarde.

– ¿Y? -replicó Rebus alzando repetidamente los hombros.

– Bien, ¿qué le contó de Senegal?

– Que no cree que haya senegaleses en Whitemire. Dice que hablemos con el comité de refugiados.

– ¿Y Mo Dirwan? Él lo sabrá, seguramente.

Rebus asintió con la cabeza.

– ¿Por qué no le llamas? -dijo.

– ¿Yo? -replicó Wylie señalándose con el índice-. Es de usted de quien es rendido admirador.

– Por favor, Ellen -espetó Rebus serio.

– Ah, sí… Olvidaba que tiene una cita esta noche y seguramente querrá ir a casa a afeitarse.

– Si me entero de que vas por ahí contándolo…

Ella alzó las dos manos en gesto paz.

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