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Asesinato en Montmartre

Электронная книга - «Asesinato en Montmartre». Краткое содержание книги:

Al intentar salvar a una amiga de la niñez (ahora policía) de ser acusada de asesinato, Aimée se cruza en el camino de los personajes más curiosos de Montmartre: separatistas corsos radicales, gánsteres, los Servicios de Seguridad, prostitutas, descendientes de artistas y otros bohemios… Identificar al verdadero asesino acerca a Aimée a la resolución del misterio que rodea la muerte de su propio padre, unos años antes, en una explosión en la plaza Vendôme, una muerte que todavía acecha sus pensamientos. No descansará hasta que descubra quién fue el responsable.
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– Y tú ¿crees lo que te ha dicho esa mujer?

– ¿Por qué iba a dudar de ella? -dijo enarcando las cejas.

¿Por qué tenderle una trampa para que pensaran que era un terrorista? ¿Qué tenía eso que ver con el asesinato de Jacques? Demasiados elementos extraños y dispares. ¿Cómo relacionarlos?

– ¿Por qué te implicaría Petru y luego te persigue?

– Como ya te he dicho, no es de mi pueblo. -Lucien calló por un momento apretando los labios en una tensa sonrisa-. ¿Quién sabe? Quizá mi tío abuelo robó la mula de su padre. ¿Qué pasa? Así es como nos describís vosotros los parisinos.

– Un punto de vista interesante, músico. Tú eres el que hablas de estereotipos.

– Así que ¿no te importa estar por ahí con un presunto separatista corso? -interrumpió él lanzándole una mirada.

Deja el sarcasmo, quería decirle.

– No si puedo evitarlo. -No había motivo para que él supiera que ella tenía imán para los chicos malos, una vez incluso fue un neonazi que resultó ser un buen chico disfrazado-. Convénceme de que no lo eres.

– Para vosotros somos cabreros con escopetas que nos ocupamos de vendettas, tan salvajes como nuestra isla, ¿verdad?

– Volvamos al asunto. ¿Qué es lo que viste la noche que mataron a Jacques Gagnard?

– A ti, esposada, cuando te metían en el furgón policial -repuso él sin dudarlo.

Ella presentía que había algo más.

– ¿Escuchaste disparos?

Durante un instante, la mano de él tembló sobre la barandilla cubierta de hielo.

– Creo que viste algo -dijo ella.

– No eres una flic.

– Ya te lo he dicho: soy detective privado. Alguien ha hecho que acusen a mi amiga, pero voy a hacer que la suelten.

– Y ¿eso es todo? -Sus dedos se relajaron.

Ella asintió.

– Encontré a Jacques Gagnard agonizante sobre la cubierta del tejado lleno de nieve. Todavía le respondía el corazón y sus ojos pestañeaban. -Miró hacia el suelo a un agujero en medio de la nieve gris-. Intentaba decirme algo, sus ojos se comunicaban. Es muy difícil de explicar.

Los flics no le habían concedido importancia como si fuera solo la respuesta involuntaria de alguien que se está muriendo. ¿Por qué se lo estaba contando? Tendría que callarse y hacer preguntas.

Lucien se frotó el brazo y se apoyó en la barandilla.

– A mi abuelo lo mataron a tiros en el pueblo. Se desangró hasta morir bajo un castaño -dijo en voz baja-. Tardó mucho. Yo me senté con él mientras las sombras se alargaban. Una libélula revoloteaba atraída por la sangre de su pecho. Sus tres dedos se movían… y se movían… mi hermano decía que yo me lo había imaginado. Yo era muy joven. -Hizo una pausa y se frotó la barba de varios días sobre su mejilla-. Una semana más tarde mi tío encontró a los asesinos, a tres de ellos, escondidos en un huerto de limoneros. -Se encogió de hombros-. Todavía veo las ramas cargadas de frutos, los limones partidos y machacados sobre la tierra, su aroma a cítrico mezclado con el regusto metálico de la sangre. Venganza, yo también me la hubiera tomado, una obligación para con mi abuelo…

Su mirada parecía estar muy lejos. Habló de forma vacilante, pero estaba confiando algo que sentía en lo más profundo de su ser. Ningún extraño había hablado nunca con ella de esa manera, por momentos íntimo, sarcástico y luego triste.

Ella estaba segura de que él sabía más de lo que decía sobre Jacques Gagnard.

– Intentémoslo otra vez. Dime qué ocurrió. ¿Por qué no te interrogaron en la fiesta?

Él desvió la mirada y su rostro quedó en sombra.

– Necesitas mi ayuda, músico. Suponiendo que me hayas dicho la verdad.

– Venganza, esa es mi cultura. Te he ayudado, ¿no? Déjalo estar. Me las arreglaré solo.

– ¿Con los CRS merodeando por todos los sitios? Probablemente ya hay una orden de búsqueda y captura contra ti si eres miembro de la Armata Corsa.

– No es cierto, ya no. Te han informado mal. Hago música, eso es lo que hago.

– ¿Cómo sé que no trabajabas con Petru? Podrías haber matado a Jacques y preparado una emboscada al otro flic y luego haber traicionado a Petru. Y puede que por eso vaya detrás de ti.

¿Era dolor lo que vio en sus ojos?

– Estoy harto de esto -dijo-. No he disparado una pistola en mi vida. Te has equivocado de persona.

– Convénceme.

– Unos pocos tienen un código: el honor. -Se le acercó aún más y su aliento le acarició la cara-. ¿Por qué tengo que confiar en ti?

– Y ¿por qué no? ¿En quién más puedes confiar? -espetó ella-. No me interesa si tienes opiniones políticas o no. Mi amiga está en coma. Nunca dispararía a su compañero. Todo lo que me importa es que salga absuelta.

Él la estaba estudiando mientras decidía que hacer.

Bon, lo diría de forma que él lo entendiera.

– Este es mi código, Lucien.

Él le contó lo que había ocurrido. Felix, la fiesta, la mujer, cómo se había olvidado del carné de identidad y había tenido que escabullirse de la fiesta. Ella recordaba la lista de los invitados a la fiesta que habían sido interrogados. No había nombres corsos.

– Inténtalo de nuevo. Cuéntame todo lo que viste. Cuéntame también lo que has olvidado.

– ¿Lo que he olvidado? -dijo cerrando los ojos. Se puso a pensar-. Un señor mayor sacó a pasear al perro. Y yo vi una luz, una luz vacilante que salía de los agujeros en el suelo.

– ¿Se refiere a la obra? ¿Aquí? -preguntó alterada mientras sacaba el diagrama. Señaló un punto y él asintió.

– Después del disparo oí el ruido de cristales rotos.

La claraboya. Su vía de escape.

– La verja alrededor de la obra es muy baja por esta parte. Yo vi las luces.

Tenía sentido. Ella se acordaba de haber visto la punta brillante de un cigarrillo en el suelo. Se había preguntado a dónde conducían las huellas mojadas. Ahora ya lo sabía; salían a la calle, a algún lugar del solar en construcción.

– ¿Qué llevas en la mochila?

Él parpadeó con sorpresa. Luego le sonrió ampliamente y apoyó los codos cubiertos de cuero en la barandilla.

– Regístrala. Como en tu casa. No tengo nada que ocultar.

Ella ignoró su mirada burlona y sus largas piernas.

– ¿Por qué no me lo enseñas tú?

Sacó la funda de madera y abrió los cierres.

– Mi cetera -dijo mientras sacaba el instrumento de madera. La curvada caja de madera estaba gastada del uso, pero las cuerdas eran nuevas-, un instrumento tradicional, una variante del laúd.

De la funda se elevaba un aroma a bergamota y algo que parecía ciruela. Pero no, denso y profundo, le recordaba más al olor de la breva.

– En nuestra cultura hacemos música de la vida diaria; es música con los pies en la tierra.

Una tarde, Aimée se había quedado transpuesta al escuchar el sonido de un coro polifónico corso que salía de la iglesia situada a la vuelta de la esquina. Antiguo y sin embargo intemporal, resonaba desde algún lugar muy profundo.

Él pulsó las cuerdas de la cetera. El aire gélido transportaba las altas notas melódicas que evocaban otro mundo, otra época.

Una pareja, cogidos del brazo sobre el hielo, se detuvo a escuchar.

Volvió a guardar el instrumento en su funda con cuidado.

– No confías en mí, ¿verdad? -dijo-. Porque soy corso.

– Mientras nos ayudemos, sí que lo hago -replicó Aimée.

– En Francia viven más corsos que en toda Córcega. Se trata de una diáspora. Hay pueblos en los que solo quedan veinte personas, viejos. Las montañas cubren un ochenta y cinco por ciento de la superficie de la isla. Los parisinos ricos vienen de vacaciones ansiosos de imbuirse de naturaleza, vino y miel orgánica. -Su voz estaba teñida de sarcasmo-. Pero, ¿no has oído que ahora estamos integrados? Pascua es ministro de Interior; la modelo que hace de Marianne es corsa [10]; incluso el muelle de al lado de la préfecture tiene su nombre en honor a Córcega.

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