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Una Mortaja Para El Arzobispo

Электронная книга - «Una Mortaja Para El Arzobispo». Краткое содержание книги:

Sor Fidelma se encuentra en Roma para presentar al Santo Padre la regla de su orden. Según sus previsiones, la estancia en la Ciudad Eterna será breve, pero un suceso inesperado y de consecuencias imprevisibles va a trastocarlo todo: el arzobispo Wighard de Canterbury ha sido asesinado y robados los tesoros y reliquias de incalculable valor que había traído consigo. A la joven monja y a su amigo Eadulf les encargan la resolución de un caso en apariencia sencillo, pues las pruebas acusan claramente a un religioso irlandés que ya ha sido apresado. Sor Fidelma, sin embargo, se resiste a confirmar su culpabilidad: son muchos los cabos sueltos y demasiados los sospechosos envueltos en una trama en la que se mezclan horrendos crímenes pasados, locos sueños de grandeza y oscuras ambiciones de poder. Además, un sentimiento que ella creía haber descartado la empuja a retrasar lo más posible el momento en que deberá separarse de Eadulf.
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– ¿Qué hacían siguiendo a Ronan, si erais vos el que trataba con ellos? -preguntó Fidelma.

– La noche anterior a su muerte, Ronan Ragallach se había ofrecido voluntario para ir en mi lugar a encontrarse con el comerciante árabe aquí, en Marmorata, y hacer el primer intercambio de libros. El comerciante había enviado una nota con instrucciones que yo le di a Ronan Ragallach. Pero después del encuentro Ronan le dijo a Osimo que creía que los árabes lo seguían. Creía que sospechaban de él.

– Cuando yo los encontré en el cementerio, naturalmente pensé que eran ellos los que habían matado a Ronan Ragallach. Antes de que pudiera interrogarlos, me llamaron para que ofreciera mi ayuda, pues, según me dijeron, había alguien herido en las catacumbas.

– Yo sospeché que sería Ronan Ragallach. Pensé que los árabes lo habían matado. Corrí hasta la entrada principal y descendí. Podéis imaginar mi sorpresa cuando os vi caminando hacia mí, y con gran horror, vi que llevabais uno de los cálices robados. Algo se apoderó de mí. Retrocedí y, perdonadme, hermana, os golpeé en la cabeza y cogí el cáliz. Registré vuestro marsupium, lo cual fue un acierto, pues encontré la carta que había enviado el comerciante árabe con las instrucciones de cómo se tenía que efectuar el intercambio. También cogí esto, pero entonces oí que alguien bajaba a las catacumbas detrás de mí. Tenía que hacer ver que os acababa de descubrir en estado inconsciente. Nadie dudó que erais vos la persona que habían avisado que estaba herida.

Fidelma lo miraba fijamente con ojos brillantes.

– ¿Así que fuisteis vos quien me atacó?

– Perdonadme -repitió Cornelio, pero sin arrepentimiento en su voz.

– Pensé que la silueta que había visto antes de ser golpeada me resultaba familiar -murmuró Fidelma en tono reflexivo.

– No pareció que sospecharais cuando recuperasteis el conocimiento.

– Hay, sin embargo, una cosa que me preocupa. Los árabes estaban detrás de mí en la catacumba. ¿Cómo pudieron salir antes que yo y deciros que Ronan estaba muerto?

Cornelio se encogió de hombros.

– No sabéis cuántas entradas y salidas hay. Unas pocas cámaras más allá de donde mataron a Ronan Ragallach hay una salida que conduce arriba, junto a las puertas del cementerio. Si hubierais ido por ahí habríais salido de las catacumbas en pocos minutos. Por ahí salió el peregrino desconocido que dio la alarma después de dejar las catacumbas por otro camino.

Licinio asintió.

– Así es, hermana. Existen diferentes pasadizos. Sin duda, tal como dice Cornelio, el peregrino que informó sobre Ronan Ragallach también utilizó un pasillo diferente y os adelantó en vuestro camino hacia la entrada principal.

– ¿Por qué no fuisteis directamente a buscar a Ronan? -insistió Fidelma.

– Si hubiera ido por la entrada lateral, siguiendo el camino más corto, hubiera levantado sospechas inmediatamente. De hecho, hubiera querido ir directamente en busca del cadáver de Ronan Ragallach, pero había demasiada gente alrededor y no podía dejaros sin llevaros primero de vuelta al palacio. Luego, ya era demasiado tarde. Licinio, aquí presente, fue enviado a las catacumbas a por los restos de Ronan.

– ¿Qué hicisteis con la carta y el cáliz? -preguntó Fidelma.

– Me llevé los objetos incriminatorios y los metí en mi maletín médico. Corrí a darle la noticia a Osimo. Obviamente, los árabes eran responsables de la muerte de Ronan Ragallach. Pero, ¿por qué lo mataron? ¿Creyeron que los estaba traicionando?

– No fueron los árabes -dijo Fidelma con firmeza.

Cornelio abrió los ojos, sorprendido.

– Eso es precisamente lo que aseguraron. Pero, si no fueron ellos, ¿quién es entonces el responsable?

– Eso hay que descubrirlo.

– Bueno, no fuimos ni Osimo ni yo. ¡Eso os lo juro por Dios! -declaró Cornelio.

Fidelma se reclinó y observó pensativa los rasgos nerviosos del médico griego.

– Hay una cosa que me preocupa… -empezó a decir.

Eadulf soltó una carcajada irritada.

– ¿Sólo una cosa? -bromeó-. Este misterio no se aclara en absoluto.

Furio Licinio asentía con la cabeza. Fidelma no les hizo caso.

– Habéis dicho que el hermano Ronan Ragallach ya conocía a Wighard y que no le había gustado. ¿Podéis explicaros mejor?

– Sólo puedo hablaros de rumores, hermana -dijo Cornelio-. Lo único que puedo hacer es repetir la historia tal como Ronan Ragallach se la explicó a Osimo y luego Osimo a mí.

Hizo una pausa un momento y se quedó pensativo antes de continuar.

– Ronan Ragallach se marchó de su país hace muchos años y fue a predicar la fe entre los sajones, primero en el reino de los sajones orientales y luego en el reino de Kent. Durante un tiempo predicó en la iglesia dedicada a san Martín de Tours en el interior de las murallas de Canterbury. Es una iglesia pequeñita, según me han dicho.

Eadulf inclinó la cabeza en señal de afirmación.

– La conozco.

– Una noche, hace siete años, llegó un hombre moribundo a esa iglesia. El hombre estaba destrozado de cuerpo y alma, agonizante a causa de una enfermedad. Sabía que se estaba muriendo y quería confesar sus pecados.

– Por casualidad sólo había una persona en la iglesia aquella noche que pudiera administrarle los sacramentos. Era el monje visitante de Irlanda.

– ¡Ronan Ragallach! -exclamó el tesserarius Licinio, que seguía con impaciencia el relato.

– Exactamente -confirmó Cornelio-. El hermano Ronan Ragallach. Escuchó la confesión de aquel hombre y grandes eran sus pecados. Lo peor era que el sujeto había sido un asesino a sueldo. Lo que le preocupaba era un gran pecado, mayor que cualquier otro, que recaía en un importante miembro de la Iglesia. Explicó el relato de este crimen con detalle a Ronan Ragallach. Un diácono de la Iglesia le había pagado para matar a su familia porque al diácono le molestaba. Es más, el asesino confesó que tomó el dinero del diácono y mató a su mujer, pero, para incrementar sus ganancias, se llevó a los niños a un reino vecino y los vendió a un granjero como esclavos. El hombre se estaba muriendo. E incluso cuando lanzaba el último suspiro nombró al diácono que lo había contratado para asesinar a su familia. En aquel momento el hombre era el secretario de Deusdedit, el arzobispo…

– ¿Wighard? -exclamó Eadulf, horrorizado-. ¿Queréis decir que Ronan Ragallach afirmaba que Wighard había pagado a un asesino para matar a su mujer e hijos?

Cornelio no hizo caso de la pregunta y continuó.

– Obligado por el secreto de confesión, el hermano Ronan Ragallach bendijo al muerto, pues no podía absolver un crimen tan atroz, y más tarde, aquella noche, lo enterró fuera de los confines de la iglesia. Aquella confesión lo dejó muy conmocionado, pero se sintió incapaz de enfrentarse a Wighard o de explicarle la historia a otra persona. Unas semanas después, Ronan Ragallach decidió marcharse de Canterbury y viajó hasta aquí, a Roma, y empezó una nueva vida. Cuando vio a Wighard en la ciudad y se enteró de que estaba a punto de ser ordenado arzobispo de Canterbury por Su Santidad, Ronan se sintió tan indignado que le explicó la historia a Osimo y luego Osimo me lo contó a mí.

– ¿Puede ser que Ronan Ragallach estuviera tan indignado que llegara a matar a Wighard? -aventuró Licinio.

– ¿Y que luego se matara de la misma manera? -replicó Fidelma frunciendo el ceño-. Eso resulta poco creíble. ¿Cuándo os explicó esa historia Osimo, Cornelio?

– El día en que discutimos el asunto de conseguir el dinero para los comerciantes árabes. El día en que Ronan Ragallach sugirió que no sería pecado quitarle los objetos a Wighard. A mí ese comentario me dejó desconcertado y luego, en privado, Osimo me explicó esta historia para que entendiera por qué Ronan Ragallach creía que Wighard se merecía que le robaran el tesoro.

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