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Las Mujeres Que Hay En Mí

Электронная книга - «Las Mujeres Que Hay En Mí». Краткое содержание книги:

Finalista Premio Planeta 2002
«En aquella casa habitaban los fantasmas de mis madres.» Así comienza el fascinante relato de Carlota, que nos sumerge en los misterios y las pasiones ocultas en una mansión en la que vivieron su madre, Elisa, y su abuela, Sofía, ambas muertas a los veinte años. Carlota vive con su abuelo en una magnífica casa de campo rodeada de un jardín. Pero también vive en compañía de los fantasmas de sus «dos madres», omnipresentes en la casa, y con la obsesión de reconstruir sus vidas, para lo que sólo cuenta con las palabras de su abuelo y, a veces, con sus elocuentes silencios. Ella anhela saber lo que ocurrió y recurre a los papeles olvidados en la alcoba, a los comentarios familiares, a su propio instinto de mujer, y conoce así las extrañas formas con las que se manifiesta la pasión, la injusticia de las ganas de vivir cercenadas por una muerte demasiado temprana. Un mundo bello y dramático al que no es ajeno otro personaje silencioso e inquietante: el jardinero de la casa. Con este viaje a través de tres generaciones de mujeres, Maria de la Pau Janer despliega todos sus recursos de gran narradora para ofrecernos una obra magistral, una novela que arrebata por la fuerza de la narración y por la belleza del mundo que nos descubre.
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– Vas a ver a Ramón, el jardinero -lo dijo sin alzar mucho la voz, con su misma actitud de siempre.

– ¿Cómo lo sabes?

– Tú me lo has dicho. Es sencillo leer en tus ojos, Carlota.

– Somos amigos. Me invita a tomar café, hablamos de libros y de música. Tú misma me dijiste que era una persona que merecía la pena.

– Te he visto volver de madrugada.

– ¿Me espías?

– No. Ya sé que no tengo ningún derecho. Quizá no debería haberte hablado de ello.

– Seguramente. Me extraña de ti, que eres la discreción personificada.

– Estoy preocupada.

– No hay motivos de preocupación. Tranquilízate.

– Sigues el camino de tu madre. Elisa hacía lo mismo que tú.

– ¿Cómo lo sabes? -salté-. ¿Por qué no me lo quisiste contar?

– No quería crearte preocupaciones inútiles sobre el pasado. Pienso que no vale la pena removerlo. Pero ahora…

– Ahora pretendes avisarme. No hace falta.

No sé si era necesario. La verdad es que aparqué aquella información en un rincón de mi cerebro. Procuraba actuar como si no la tuviese, como si me hubiera olvidado por completo, convencida de que el tiempo la iría pulverizando. Creía que los días la empequeñecerían, hasta que no quedase ni una sombra. Pero no sucedió como lo había previsto: todo se complicó aún más. Sin quererlo, pensaba en ello. Volvía a preguntarme qué relación había tenido mi madre con Ramón. Me asaltaban las dudas antes de verlo y después de estar con él. Los encuentros eran paréntesis que conseguían alejar las incógnitas. Su personalidad adquiría fuerza suficiente para hacer desaparecer cualquier pensamiento. Cuando él estaba, no me importaba nada.

Era un hombre callado, que imponía el silencio como una consigna. A su lado, las palabras sobraban. Cuando se iba, todo volvía a ocupar su sitio. Entonces surgían los interrogantes. Durante semanas, fui incapaz de formularle preguntas relacionadas con el pasado. Él aprendió a llamarme Carlota y me gustaba oír mi nombre en sus labios. Sin embargo, descubrí que procuraba no pronunciarlo. Lo eludía de la misma manera que se evita una realidad molesta. Intuía que habría preferido llamarme Elisa, pero nunca lo acepté. Conscientemente, quería liberarme de una confusión de identidades. Le conté que la noche de nuestro encuentro vivió un espejismo, que debíamos olvidarlo y poner las cosas en su sitio. En otro nivel, que me costaba dominar y admitir, inicié un proceso de aproximación a mi madre. Me sorprendía ante el espejo, insistiendo en acentuar nuestro parecido. Además de peinarme como ella, procuraba vestirme imitando su estilo. Buscaba los colores que ella habría escogido, las telas que le gustaron. Nunca lo habría reconocido, pero vivía dividida entre la realidad y una extraña ficción.

La realidad eran sus brazos, recorriéndome entera. Era el beso que me hacía creer que el mundo gira y da vueltas. Era el movimiento de Ramón al abrirme la puerta de su casa. Su mirada tranquila, su sonrisa, sus pasos, que intuía antes de verlo. Era contar las horas que duraba la ausencia, imaginarlo en el jardín, entre los árboles y las flores. La ficción era el silencio que nos tocaba protagonizar, las suposiciones que se ocultan, las dudas que no se dicen. Era simular que las cosas habían sucedido de otra forma, que nadie se interponía entre nosotros, que los fantasmas dormían. Los fantasmas tienen horas de reposo y horas de vida. Saben invadir los espacios que fueron suyos, los cuerpos que aprendieron a amar, las existencias que vivieron.

XXIV

Se puede vivir entre el cielo y el infierno. Yo malvivía en una marea de dudas. Fueron tiempos extraños, que recuerdo con el corazón encogido, ya que toda mi vida giraba en torno a una persona. De la concentración en una historia única, pasaba a dudar de todo. De la felicidad que dura un instante, iba a la tristeza. Había descubierto que Ramón me hacía feliz. Momentáneamente feliz. Era feliz cuando tocaba su piel, cuando me abrazaba, cuando escuchaba su voz. Las primeras noches, habría querido imaginar que se puede recortar el tiempo: el tiempo como un rompecabezas enorme que está formado por muchas piezas. Cada una de las piezas encaja con las otras. Se produce una sincronía absoluta. Tenemos que procurar que no se pierda alguna, porque podría desaparecer un trozo de cielo o la forma de las nubes. No existen figuras extrañas, que estorben al conjunto de un paisaje perfecto. Me esforzaba por creerlo, pero sabía que no era cierto. Mi historia estaba incompleta. El pasado de aquella casa tenía demasiadas sombras.

Los primeros encuentros fueron una explosión de descubrimientos. Me entregaba a ellos con la sensación de no llegar a tiempo, quizá porque no me podía refugiar plenamente, ya que una parte de mí estaba siempre en alerta. Las sospechas no surgen de repente. No confiamos del todo en alguien y, en un instante, dejamos de tener fe en esa persona. La realidad es muy complicada. Hay quien dice que la confianza se gana o se pierde, como si fuese un juego de dados. Ganarla es un proceso gradual, lento. Perderla puede depender de muy poco. En realidad, nunca había confiado en él. Había existido una curiosidad que me llevó a acercarme al personaje, una fascinación difícil de explicar, que tomó fuerza con la proximidad física. ¿Es posible desear beberse el aliento de alguien y, a la vez, temer sus ojos? Esto es lo que sucedía. Me besaba y yo pensaba que el mundo entero debía ser un jardín. Nos mirábamos y el recuerdo de mi madre aparecía entre los dos.

Elisa, la mujer que me dejó cuando era una cría. La figura del retrato, audaz y sonriente. No había tenido tiempo de amarla. La vida no me dio ocasión. En cambio, la eché mucho de menos. Me lo enseñó el abuelo, me contagió la añoranza. También me contó que hay vidas que duran un instante. Pueden ser breves y contener la intensidad de muchos vientos y muchos mares. Los que las conocieron se sienten afortunados. Agradecen la gracia de haber podido acompañarlas. El espacio de vida que pudieron compartir. El vivió con la certeza de ser capaz de construir su presencia. Cerraba los ojos y tenía un aire ausente, de hombre que se nos escapa. Huía para acercarse. Se zafaba de la realidad -una conversación, alguien más, él mismo- y se escurría para recuperar a las mujeres que había perdido: Sofía y Elisa, dos misterios. Aprendí a compartir su desasosiego. Vivimos juntos la seducción de los retratos, el sentirnos indefensos porque no estaban. Fuimos cómplices de una ausencia que nos dejaba muy solos. Nos hicimos compañía, mientras las recordábamos.

El abuelo se había ido y no le podía contar lo que me sucedía. Tampoco era capaz de hablar de ello con Ramón. ¿Cómo iba a decirle que sabía que estaba junto a Elisa cuando ella murió? ¿Con qué palabras tenía que confesarle que no me fiaba de él, que ignoraba qué papel había tenido en la vida de mi madre? Él no era un hombre nada expresivo. Aquel silencio, que me había parecido seductor, se me antojaba ahora peligroso. ¿Por qué callaba? Habría sido lógico que me contara algo de los años pasados, que hiciera alguna referencia, pero nunca lo hizo. Tuvieron que transcurrir los días, que pueden volverse lentos e inexplicables. Tuvieron que pasar semanas enteras hasta que los hechos se encadenaron para interrumpir el silencio. Mientras tanto, yo vivía dividida en dos mitades que no podían reconciliarse. Por una parte, la atracción que me inspiraba Ramón. Las ganas de fundirme en él y desaparecer de la tierra. Habría prolongado cada abrazo. Me habría instalado en su cuerpo, como quien halla una casa y se recluye en ella, porque adivina que es su mejor refugio. Un refugio con el tejado inclinado que dibujaban los brazos, con la pared firme que era el pecho donde apoyaba mi cabeza, lleno de ventanales por donde entraba la luz del sol. Por otra parte, las dudas. No tardaron mucho, aparecieron para complicarme la existencia. Me asaltaban de noche y hacían volar el sueño. Con los ojos abiertos, inquieta, sentía que surgían los interrogantes.

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