Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos
- Автор: Pancol Katherine
- Язык: испанский
- Жанр: Детская проза
Электронная книга - «Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos». Краткое содержание книги:
La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina…
Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían.
A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…
El rayo de sol se había extinguido y el desagüe ya no relucía. La cocina estaba inmersa en una luz fría y triste de mes de enero. Joséphine suspiró, tendría que ordenar para instalar un espacio de trabajo. Pronto le faltaría sitio.
Al empujar la mesa de la cocina encontró el triángulo rojo. Se había caído detrás de la tostadora. Se inclinó, tomó la hoja de papel entre sus dedos, la giró y la giró, cerró los ojos y se remontó en el tiempo. A julio pasado.
Antoine viene a buscar a las niñas para llevárselas de vacaciones. Ella espera cruzada de brazos en el quicio de la puerta. Se muerde los labios para no demostrar su emoción. Grita «¡buenas vacaciones, niñas, divertíos mucho!». Se aprieta fuertemente los labios con los dedos para no llorar. Escucha los pasos que bajan las escaleras. De golpe, se lanza, se precipita sobre el balcón. Se inclina. Percibe un codo rojo que sobresale del coche. El codo rojo de Mylène… y Antoine coloca las maletas en el maletero, empuja una, desplaza otra con la atención de un buen padre de familia que se va de vacaciones. Un rayo cae sobre la cabeza de Jo, que comprende en una fracción de segundo que todo ha terminado. Un hombre coloca maletas en un maletero, un codo rojo sobresale, una mujer mira desde un balcón. Suena un golpe y la mujer sobre el balcón desea saltar al vacío.
Joséphine rompió en pedazos el triángulo rojo y lo tiró a la basura.
También es culpa mía. Le aburrí con mi amor. Vacié mi corazón en el suyo. Hasta la última gota. Le saturé. No sólo está el amor, también está la política del amor, decía Barbey d'Aurevilly.
Levantó la mirada hacia el reloj y exclamó: ¡las siete! Hacía cuatro horas que reflexionaba. Cuatro horas que habían pasado como si fuesen diez minutos. Las niñas iban a volver del colegio. El estudio terminaba a las seis y media.
No había preparado la cena.
Sacó una cacerola, la llenó de agua y metió unas patatas, ya las pelaré cuando estén cocidas, cogió una lechuga del frigorífico, la lavó, puso la mesa, entró en razón, que no te entre el pánico, vas a conseguirlo, un escritor no necesita ser inteligente, debe saber traducir lo que siente, encontrar las palabras que describan las emociones, ¿a quién me gustaría escribir una carta? Seducir escribiendo, seducir a un hombre, yo no quiero seducir a nadie, ese es mi problema, me veo fea, gorda, y sin embargo he perdido peso… Empezó a hacer una vinagreta, aceite de girasol o aceite de oliva, con el dinero del libro sólo compraré buen aceite de oliva, primera presión en frío, el que cuesta más caro, el que ha ganado muchos concursos, el dinero no me va a faltar ya, cincuenta mil euros, estos editores están locos, he adelgazado o me he equivocado al pesarme, volveré a pesarme mañana, Erec y Enid, qué hermosa historia, qué buena idea comenzar una novela con una boda y explorar después la supervivencia del deseo, lo contrario de lo que suele pasar en los cuentos de hadas, por qué habrá que estar delgada para gustar a los hombres, en el siglo XII las mujeres eran armarios roperos, tenían que estar grasas, mi protagonista será sólida o la crearé frágil, en todo caso, será hermosa y reluciente de tanto de ungüento, cuidadosamente depilada con tiras de pez porque el vello estaba muy mal visto, y cómo voy a llamarla, no pongas demasiada mostaza en la vinagreta, a Hortense no le gusta, ¿habrá niños en mi historia? Cuando me casé con Antoine, queríamos cuatro, nos paramos en dos, hoy me arrepiento, qué caradura el haber solicitado ese préstamo sin decírmelo, ¡podría habérmelo contado! Y yo, tonta de mí, firmé con los ojos cerrado, ¡eso no le hará feliz! Y la otra, Mylène, apuesto lo que sea a que está gastándose mi dinero, la detesto, me gustaría que se le cayese el pelo, que perdiera los dientes, que perdiese su línea, que perdiese… ¿Y cómo encuentro los nombres y los apellidos? ¿Leonor? No… Demasiado manido… Emma, Adela, Rosa, Gertrudis, María, Godelive, Cecilia, Sibila, Florencia… ¿Y él? Ricardo, Roberto, Eustaquio, Balduino, Arnoud, Carlos, Thierry, Philippe, Enrique, Guibert… ¿Y por qué debería tener sólo un amante?, no es tan modosita como yo. O bien, es una modosita que lo consigue ¡a su pesar! Sería divertido, una chica que sólo aspira a la simple felicidad y que se ve trasladada al éxito, la gloria y la fortuna porque todo a lo que se acerca se transforma en oro. Cuando la historia empieza, quiere ser monja, pero sus padres se niegan… debe casarse. Con un noble rico, pues ella pertenece a una familia de pequeños nobles, arruinada por guerras locales, que no puede conservar sus tierras y es desposeída. Debe casarse con Guibert, el felón de barba horquillada, pero…
Una gota de agua hirviendo saltó de la cacerola y le quemó la mano, soltó un grito y dio un salto. Pinchó las patatas con la punta de un cuchillo, verificando que estaban cocidas.
– ¡Mamá, mamá! Hemos vuelto con la señora Barthillet, ¡está delgada como un clavo! Mamá, si me convierto en una bola de sebo, ¿me harás hacer el régimen de la señora Barthillet?
– Hola, mamá -dijo Hortense-, nos han dicho que mañana no hay comedor, ¿puedes darme cinco euros para comprarme un bocadillo?
– Sí, cariño, dame la cartera… Está en mi bolso -añadió Jo mostrándole el bolso sobre el radiador de la cocina-. Y tú, Zoé, ¿no quieres comer un bocadillo mañana?
– Voy a comer en casa de Max. Me ha invitado. He sacado un seis y medio en el control de historia. Y mañana nos dan el de lengua, creo que voy a sacar una buena nota.
– ¿Y cómo lo sabes si no te han devuelto el examen?
– Lo he visto en los ojos de la señora Portal, me ha mirado con cara de orgullo.
Joséphine contempló a su hija, tengo que meter sin falta una pequeña Zoé en mi historia; se la imaginó de campesina con unos buenos mofletes rojos aventando el heno o cocinando la sopa en una gran marmita colgada sobre el fuego de la chimenea. Cambiaré su nombre para que no se reconozca, conservaré su buen humor, su alegría de vivir, sus expresiones. ¿Y Hortense? De Hortense haré una princesa, muy hermosa, un poco altiva, que vive en el castillo, su padre ha partido a las cruzadas y…
– Eh, mamá, ¿dónde estás? Vuelve a la Tierra…
Hortense tendía el bolso a Joséphine.
– Mis cinco euros, ¿los has olvidado?
Joséphine cogió su cartera. La abrió, tomó un billete de cinco euros y se lo tendió a Hortense. Cayó un recorte de periódico. Jo se inclinó a recogerlo. Era la foto de la revista. El hombre de la parka. Acarició la foto. Ya sabía a quién escribiría la larga carta.
Esa noche, cuando se acostaron las niñas, se envolvió en el edredón de su cama y salió al balcón para hablar con las estrellas. Les pidió fuerzas para empezar el libro, les pidió que le mandasen ideas, les pidió también perdón, que no era lo mejor aceptar los manejos de Iris, pero no tenía otro medio de subsistir, ¿eh? ¿Es que me habéis dado elección? Miraba atentamente al cielo estrellado y particularmente a la última estrella al final de la Osa Mayor. Era su estrella cuando era pequeña. Su padre se la había regalado una noche que ella estaba apenada, había dicho: «Ves, Jo, esa pequeña estrella al final de la cacerola es como tú, si la quitas, la cacerola pierde el equilibrio, y tú, si te quitan de la familia, la familia se hunde porque tú eres la alegría personalizada, el buen humor, la generosidad… y sin embargo -había proseguido su padre-, esa estrella al final de la constelación tiene un aspecto bastante modesto, apenas la vemos… En cada familia hay gente semejante a pequeños tornillos insignificantes y, sin embargo, sin ellos no hay vida posible, no hay humor, no hay risas, no hay fiestas, no hay luz para alumbrar a los demás. Tú y yo somos pequeños tornillos de amor…». Desde entonces, cada vez que miraba el cielo estrellado, localizaba la pequeña estrella al final de la cacerola. Nunca parpadeaba. A Joséphine le hubiese gustado que parpadease de vez en cuando, se habría dicho que su padre le hacía una señal. Sería demasiado fácil, se dijo, hablarías con las estrellas, les harías una pregunta y la estrella te respondería en directo desde el cielo. ¿Y qué más? ¡Con acuse de recibo! En fin, pensó, gracias por haber hecho caer la foto del hombre de la parka de mi cartera, muchas gracias, porque ese hombre me gusta, me gusta pensar en él. No me importa si no me mira. Inventaré una historia para él, una hermosa historia…