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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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Aunque no hacía calor en el Mustang, se secó el sudor que le cubría la frente con el dorso del brazo, antes de que goteara en los ojos. Miraba hacia la casa y hacia la calle. Un coche-patrulla policial pasó una vez, pero el Mustang estaba bien escondido en las sombras del garaje a medio construir, y el vehículo no se detuvo.

Georgia dormitaba junto a él, con la cara vuelta hacia el otro lado. Un poco después de las dos de la mañana, la joven comenzó a luchar contra algo en sueños. Alzó la mano derecha, como si estuviera en clase y tratara de llamar la atención del maestro. No se había cambiado el vendaje y la mano quedaba a la vista, blanca y arrugada, en peor estado incluso que unas horas antes. Descolorida, deteriorada, terrible. Comenzó a dar golpes en el aire y gimió. Fue casi un contenido grito de terror. Sacudió la cabeza.

Se inclinó sobre ella, llamándola por su nombre, y la cogió por el hombro con firmeza, pero delicadamente, sacudiéndola para despertarla. Ella le golpeó con la mano herida. Luego abrió los ojos y lo miró sin reconocerlo. Su mirada era de total terror ciego, y él supo inmediatamente que Georgia no estaba viendo su cara, sino la del muerto.

– Marybeth -repitió-. Es un sueño. Tranquila. Estás bien. Va todo bien. Despierta.

La niebla desapareció de sus ojos. Su cuerpo, que había estado encogido, rígido, se aflojó, y desapareció la tensión. Abrió la boca. Jude le quitó el pelo que tenía pegado a la sudorosa mejilla y le sorprendió el calor que sintió en la zona.

– Tengo sed -dijo ella.

Estiró el brazo hacia la parte de atrás, buscó en una bolsa de plástico llena de comestibles que habían comprado en una estación de servicio, hasta encontrar una botella de agua. Georgia quitó la tapa y se bebió casi la tercera parte en cuatro grandes tragos.

– ¿Qué ocurrirá si la hermana de Anna no puede ayudarnos? -preguntó la joven-. ¿Y si ella no puede hacer que se vaya? ¿La vamos a matar si no consigue que Craddock se vaya?

– ¿Por qué no intentas descansar? Vamos a tener que esperar bastante tiempo.

– No quiero matar a nadie, Jude. No quiero malgastar mis últimas horas en la tierra asesinando a alguien.

– No vives tus últimas horas -replicó él. Tuvo cuidado de no incluirse a sí mismo en esa afirmación.

– Tampoco quiero que tú mates a nadie. No quiero que seas así. Además, si la matamos, luego tendremos dos fantasmas persiguiéndonos. No creo que pueda soportar más monstruos detrás de mí.

– ¿Quieres que encienda la radio?

– Prométeme que no la matarás, Jude. Pase lo que pase.

Conectó la radio. Tras recorrer casi todo el dial de la FM encontró a los Foo Fighters. David Grohl cantaba que estaba holgazaneando, sólo holgazaneando. Jude puso el volumen muy bajo, hasta que pareció el más débil de los murmullos.

– Marybeth -comenzó a decir. Ella tembló-. ¿Estás bien?

– Me gusta cuando me llamas por mi verdadero nombre. No vuelvas a llamarme Georgia, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

– Desearía que la primera vez que me viste no hubiera sido quitándome la ropa delante de los borrachos. Me gustaría que no nos hubiéramos conocido en un club de strip-tease. Hubiera preferido habernos conocido antes de que yo empezara con esa clase de cosas. Antes de llegar a ser lo que soy. Antes de haber hecho todas las cosas que ahora querría borrar de mi vida.

– Tú sabes que la gente paga mucho más dinero por muebles un poco usados. ¿Cómo dicen? ¿Cosas que han sido vividas? Lo que se ha desgastado un poco resulta más interesante que algo impoluto, que nunca ha sido rayado.

– Eso soy yo -señaló ella-. Una cosa atractivamente desgastada. -Estaba temblando otra vez, ya fuera de control.

– ¿Crees que puedes aguantar un poco más?

– Sí -respondió. La voz le temblaba tanto como el cuerpo.

Escucharon la radio, trufada de leves interferencias. Jude empezó a sentirse mejor. Su cabeza se estaba aclarando, sentía que músculos que ni siquiera sabía que estaban agarrotados comenzaban relajarse. Por el momento no importaba lo que les esperaba ni lo que iban a tener que hacer cuando llegara la mañana. Tampoco era relevante lo que había quedado detrás de ellos -los días de viaje en coche, el fantasma de Craddock McDermott con su vieja furgoneta y sus ojos con garabatos delante-. Lo importante era que Jude estaba en alguna parte, en el sur, en el Mustang, con el asiento echado hacia atrás y Aerosmith sonando en la radio.

Entonces Marybeth tuvo que arruinar el momento mágico.

– Si muero, Jude, y tú todavía sigues vivo -dijo-, voy a tratar de detenerlo. Desde el otro lado.

– ¿De qué estás hablando? Tú no vas a morirte.

– Lo sé. Es un decir. Si las cosas no nos salen bien, encontraré a Anna, y nosotras, las muchachas muertas, haremos que se detenga.

– Tú no vas a morir. No importa lo que ha dicho el tablero de ouija, ni tampoco lo que Anna te ha mostrado en el espejo. -Había decidido lo mismo que la chica hacía unas horas, pensando mientras viajaban.

Marybeth frunció el ceño pensativamente.

– En cuanto ella empezó a hablar, mi habitación se enfrió. No podía dejar de temblar. Ni siquiera podía sentir mi mano en la tablilla. Y luego tú le preguntaste algo a Anna y yo sencillamente sabía lo que ella iba a responder. No escuchaba voces ni nada por el estilo. Simplemente, lo sabía. En ese momento todo tenía sentido, pero ahora ya no. No puedo recordar qué pretendía que hiciera yo ni lo que quería decir con eso de «ser puerta». Sólo que… creo que estaba diciendo que si Craddock podía regresar, ella también. Con un poco de ayuda. Y sé que, de alguna manera, yo puedo ayudar. Pero creo, y esto lo he escuchado con toda claridad, que tal vez tendría que morir para hacerlo.

– Tú no vas a morir. Vivirás mientras yo pueda protegerte.

La mujer sonrió o, mejor dicho, esbozó una mueca cansada.

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