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Электронная книга - «El Tesoro». Краткое содержание книги:

Una ex esclava de un harem… Un sicario arrepentido…
Una carrera por encontrar el artefacto religioso más poderoso de todos los tiempos…
Lady Selene Ware tan solo había sido una esclava de un harem cuando Kadar Ben Arnaud, un hombre entrenado en las artes oscuras de la muerte y la seducción, la ayudó a escapar y ponerse a salvo en su Escocia natal. Pero incluso con un mundo de por medio, continúa sin estar a salvo del jeque que la reclamó como su propiedad robada, y que ahora les obliga a ella y a Kadar a regresar con una oportunidad de recuperar su libertad. Lo cual, naturalmente, es una trampa. Primero deben encontrar la legendaria reliquia que los hombres de poder llevan buscando desde los tiempos del rey Arturo.
Para Selene y el ex asesino, es una peligrosa odisea que comienza en una erótica cautividad y que les lleva a encontrarse con el misterioso y solitario Tarik, que ahora posee el tesoro. Pero la verdad es mucho más explosiva, el riesgo mucho más letal, y cuanto más cerca están de descubrir el secreto, mayor es la posibilidad de perderse el uno al otro… así como las vidas de ambos. Pues aunque Selene tiene la llave de este antiguo enigma, Kadar puede traspasar la fina línea que separa el camino del mal del de la luz para salvarla.
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Su sonrisa se evaporó.

– Y si todo el mundo llegara a muy viejo, habría demasiada gente que alimentar. El hambre engendra las guerras. -Torció el gesto-. Y seguro que la guerra mataría a muchos más que la edad. Jaque mate.

Kadar había pensado en las guerras, y ella había pensado en Ware y Thea y en todas las personas de Montdhu que le importaban. Era demasiado triste. No pensaría más en ello.

Sacudió los hombros como desprendiéndose de una carga.

– Si no tienes una conversación más agradable que la guerra y el hambre, pensaré en algo mejor que hacer en vez de pasar la tarde contigo. De yodas formas ya sé por qué te gusta meditar sobre esas imposibilidades.

Sonrió.

– Es mi lado oscuro. Solamente deseaba oír tus ideas al respecto.

– Ya las has escuchado. Ahora llévame de vuelta a la casa. Con esta conversación sobre el hambre me han entrado ganas de comer.

CAPÍTULO 16

– Puedes utilizar el grial -anunció Tarik-. Pero Layla y yo iremos contigo, y si consideramos que el grial está en peligro, no esperes que lo dejemos a tu custodia.

Kadar asintió.

– Esta es la decisión de Tarik. Espero que estés satisfecho. Te has aprovechado de su sentimiento de culpabilidad -arguyo Layla-. No es mi voluntad. Creo que es una auténtica locura. Te vigilaré muy de cerca.

– Sé que lo harás -replicó Kadar-. Yo también te estaré vigilando.

Ella lo miró inquisitivamente.

– Te considero una mujer peligrosa si alguien te contraría en tus planes.

Se miraron a los ojos.

– Ni te lo imaginas.

– También creo que en el pasado tú también te aprovechaste de los sentimientos de Tarik.

– Sí, es cierto. Habría utilizado a cualquiera para liberarme de los sacerdotes y de esa odiosa casa -admitió con calma-, pero eso ocurrió hace mucho tiempo,

– ¿Cuánto tiempo exactamente?

Miró a Tarik.

– ¡Ah, preguntas y más preguntas! Ha estado pensando desde que le hiciste la oferta.

– Yo cumplo mis promesas -aseguró Kadar-. Deseabas que hiciera preguntas y las estoy haciendo. -Se volvió hacia Tarik-. Dices que al principio no creías en Eshe. ¿Y ahora?

Tarik asintió.

– ¿Por qué?

– La única manera de probarlo era tomándolo nosotros mismos. Una noche Layla y yo tuvimos una celebración. Tomamos pastelillos de miel y vino, y al final de la velada hicimos un brindis. -Se encogió de hombros-. Y al día siguiente nada había cambiado. No sabíamos qué esperar, pero tenía que haber algo.

Layla sonrió, rememorando viejos tiempos.

– Había algo. Un fuerte dolor de cabeza provocado por el vino.

– Cierto. -Tarik le devolvió la sonrisa-. Y la convicción de que todos nuestros esfuerzos habían sido en vano.

– Tu convicción. Yo todavía creía.

Tarik asintió.

– Yo solamente deseaba olvidar y continuar con nuestras vidas. Hicimos planes para huir de la ciudad. Me las arreglé para sacar a escondidas a Layla de la ciudad y llevarla donde vivía mi hermano, Chion, en el campo. Iba a reunirme con ella a la semana siguiente.

– ¿Y no lo hiciste?

– Los sacerdotes se enteraron de que Layla me había visitado la noche antes de su desaparición. Intentaron persuadirme para que les informara de su paradero.

– ¿Persuadirte?

– Lo torturaron -susurró Layla-. Le rompieron todos los huesos del pie, pero no habló.

– Tuve suerte de que fuera lo único que les dio tiempo a hacer. El bibliotecario mayor era un gran amigo mío y tenía influencia en la corte. Se las arregló para hablar con Ptolomeo y obligar a los sacerdotes a que me liberasen. Luego encontró la manera de sacarme de la ciudad.

– Estuvo un año sin poder andar. -El tono de Layla sonaba forzado-. Y cuando lo consiguió, mira cómo quedó. Fue un tonto. Tenía que haberles dicho dónde me encontraba.

– Ya hemos hablado de esto muchas veces -dijo Tarik-. Deja de culparte. Si hubiera hablado, me habrían matado. Lo hice por mí.

Ella negó con la cabeza.

– ¿Y los sacerdotes nunca te encontraron?

– No -respondió Tarik-. Cuando me recuperé, abandonamos Egipto y fuimos a Grecia. Mi hermano, Chion, se vino con nosotros.

Kadar recordó:

– El hermano que se volvió loco.

– No fue culpa de Tarik -abogó Layla en su defensa.

– No he dicho que lo fuera. No tengo por qué saberlo. Pero estoy intentando averiguarlo. Si tú no te volviste loco después de tomar la poción, ¿por qué Chion sí?

– No se volvió loco de repente. Fue después.

– ¿Cuánto tiempo después?

Tarik se encontró con su mirada.

– Doscientos años.

Kadar se quedó de piedra.

– Doscientos…

– Como dijo Layla, era un hombre sencillo, débil. Había visto morir a demasiados seres queridos.

– Doscientos años. -Kadar no podía sobreponerse a semejante afirmación. Negó con rotundidad-. No es posible. Pensé que quizá ochenta. Y eso, poniendo mucha imaginación.

Ambos se le quedaron mirando, esperando.

Conocía la pregunta cuya respuesta esperaban impacientes.

– ¿Hace cuánto te tomaste la poción?

– Ptolomeo XIV estaba en el poder. Murió el año en que nosotros nos fuimos a Grecia y su hermana Cleopatra ocupó el trono que le dio Julio César. Esto tuvo lugar más de cuarenta años antes del nacimiento de Cristo.

– ¿Antes del nacimiento de Cristo? -Kadar lo observó maravillado-. ¿Me crees loco a mí también?

– Incrédulo, no loco.

– ¿Y cuánto tiempo pretendes estar vivo?

Tarik se encogió de hombros.

– Yo no pretendo nada. No me atrevería. No sabemos nada de esto. Podría morir mañana mismo.

– ¿O vivir para siempre?

– ¡Dios mío, espero que no!

– ¿Y no habéis envejecido?

Tarik negó con la cabeza.

– Ahora podrás comprender por qué me siento tan culpable por dejarte utilizar el grial. Es una enorme carga la que he depositado en ti.

– Es más bien un enorme regalo, diría yo -corrigió Layla.

– Como puedes comprobar, Layla y yo tenemos diferentes puntos de vista respecto a Eshe. Después de que Chion muriera, no pude darle la poción a nadie más. No tenía derecho.

– ¿Quién más tiene el derecho? -preguntó Layla-. ¿Deberíamos esconderlo en una cueva y dejarlo en el olvido? A medida que pasen los años, seguramente llegará el tiempo en que será seguro sacarlo a la luz.

– ¿Y no crees que ya ha llegado la hora? -cuestionó Kadar.

– Algunas de las hierbas son raras. Solamente se podría hacer una pequeña cantidad al año. ¿Te das cuenta de la conmoción que sacudiría a la cristiandad si todo el mundo supiera de su existencia pero solo pudiéramos ofrecérselo a unos pocos?

– Desde luego -reconoció Kadar torciendo el gesto-. Y tú tendrías suerte si no te quemaran por brujería… o blasfemia.

– He estado a punto de ello en un par de ocasiones últimamente -dijo Layla-. Juicios erróneos. Es una época terriblemente oscura, y no todo el mundo puede aceptar regalos. Les asusta.

– Me pregunto por qué -comentó Kadar con sequedad.

Tarik estaba mirando a Layla.

– No me lo habías contado.

– ¿y por qué había de importarte? No estabas allí. Estabas viviendo felizmente en Sienbara con tu Rosa. -Apretó los labios-. Me sorprende que no estuvieras tentado de darle Eshe a ella también.

– Podría haberlo hecho. No tuve la oportunidad. Murió al caerse de un caballo.

Kadar apenas los escuchaba.

– Y, si tengo que creerte, ¿podría vivir tanto como tú?

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