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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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En su presente ensoñación, se imaginaba la dicha de vivir con él y de dormir con él, como hacían papá y mamá. La idea de tenerle cerca de ella la entusiasmaba, la hacía rebullir inquieta en su silla; y la traducía en un diluvio de besos, porque nada más sabía.

Su trabajo en la dehesa no había mejorado en absoluto su educación sexual, pues el simple olor de un perro en la lejanía eliminaba el instinto de apareamiento de los animales, y, en todas las ganaderías, el apareamiento indiscriminado estaba prohibido. Cuando eran lanzados los moruecos entre las ovejas de un cercado en particular, Meggie era enviada a otra parte, y, para ella, el hecho de que un perro montase sobre otro no era más que una señal para hacer restallar el látigo sobre la pareja, a fin de que dejasen de «jugar».

Quizá ningún ser humano está capacitado para juzgar lo que es peor: el anhelo vago, con la inquietud y la irritabilidad inherentes a él, o el deseo concreto, que impulsa poderosamente hacia su satisfacción. La pobre Meggie anhelaba algo que ignoraba, pero el impulso estaba allí y la empujaba de forma inexorable hacia Ralph de Bricassart. Por consiguiente, soñaba con él, lo deseaba, le necesitaba; y estaba triste, porque, a pesar de haberle dicho él que la quería, significaba tan poco para él que nunca venía a verla.

Estaba embargada por estos pensamientos, cuando vio acercarse a Paddy, que se dirigía a casa por el mismo camino; ella sonrió y refrenó su montura, para que su padre la alcanzase.

– ¡Qué agradable sorpresa! -exclamó Paddy, colocando su viejo ruano junto a la yegua de edad mediana de su hija.

– Ya lo creo que sí -dijo ella-. ¿Está todo muy seco lejos de aquí?

– Peor que ésto, según creo. ¡Dios mío! ¡Nunca había visto tantos canguros! La sequía debe de ser terrible por el lado de Milparinka. Martin King hablaba de dar una gran batida, pero creo que ni un batallón de ametralladoras reduciría el húmero de canguros de modo que se viese la diferencia.

¡Qué amable, considerado, compasivo y cariñoso era su padre! Y raras veces tenía ocasión de estar con él a solas, sin que le acompañase al menos uno de los chicos. Antes de poder cambiar de idea, Meggie formuló la espinosa pregunta, la pregunta que la corroía por dentro a pesar de todas sus seguridades internas.

– Papá, ¿por qué no viene nunca a vernos el padre De Bricassart?

– Está muy ocupado, Meggie -respondió Paddy, en tono súbitamente cauteloso.

– Pero incluso los curas tienen vacaciones, ¿no? Y le gustaba tanto Drogheda, que estoy segura de que le agradaría pasarlas aquí.

– En cierto modo, los sacerdotes disfrutan de vacaciones, Meggie; pero, en otro aspecto, siempre tienen obligaciones que cumplir. Por ejemplo, tienen que decir misa cada día, aunque estén solos. Creo que el padre De Bricassart es un hombre muy inteligente y sabe que es imposible volver atrás en la vida. Para él, pequeña Meggie, Drogheda pertenece al pasado. Si volviese, no encontraría aquí las mismas satisfacciones de antaño.

– Quieres decir que nos ha olvidado -comentó tristemente ella.

– No, no es eso. Si nos hubiese olvidado, no escribiría tan a menudo, ni pediría noticias de todos. -Se volvió en la silla, y había mucha piedad en sus ojos azules-. Yo creo que es mejor que no vuelva, y por eso no le he invitado a hacerlo.

– ¡Papá!

Paddy se metió resueltamente en el resbaladizo terreno.

– Mira, Meggie, haces mal en soñar con un sacerdote, y ya es hora de que lo comprendas. Has guardado muy bien tu secreto y creo que nadie más se ha dado cuenta de lo que sientes por él; porque siempre me has preguntado a mí, ¿no es cierto? No muchas veces, pero las suficientes. Y ahora, escúchame: esto tiene que terminar, ¿lo oyes? El padre De Bricassart hizo votos sagrados, y sé que no los rompería por nada del mundo. Interpretaste mal el afecto que siente por ti. Cuando te conoció, él era un hombre, y tú, una niña. Y así es como te considera aún, Meggie.

Ella no respondió, ni cambió de expresión. Sí, pensó él, es hija de Fee, sin duda alguna.

Al cabo de un rato, Meggie dijo, con voz tensa:

– Pero podría dejar de ser sacerdote. Lástima que no tuviera oportunidad de hablarle de esto.

El sobresalto que se reflejó en el rostro de Paddy era demasiado agudo para ser fingido, y Meggie lo encontró más convincente que sus palabras, por vehementes que fuesen éstas.

– ¡Meggie! ¡Oh, Dios mío! ¡Esto es lo peor de esta existencia salvaje! Habrías tenido que ir al colegio, hija mía, y, si la tía Mary se hubiese muerto más pronto, yo te habría enviado a Sydney, para que estudiases al menos un par de años. Pero ahora eres demasiado mayor, ¿no crees? Y no quiero que se burlen de ti, pequeña Meggie. -Después, prosiguió con más suavidad, espaciando las palabras para hacerlas más cortantes y más lúcidas, sin querer ser cruel, pero sí disipar sus ilusiones de una vez para siempre-. El padre de Bricassart es un sacerdote, Meggie. Y nunca podrá dejar de serlo, compréndelo bien. Sus votos son sagrados, demasiado solemnes para romperlos. Cuando un hombre se hace sacerdote, no puede volverse atrás, y los directores espirituales del seminario se aseguran de que sepa bien lo que jura, antes de hacerlo. El hombre que hace estos votos sabe, fuera de toda duda, que nunca podrá romperlos. El padre De Bricassart los hizo, y nunca los romperá. -Suspiró-. Ahora ya lo sabes, Meggie. Desde este momento, no tienes excusa para soñar en el padre De Bricassart.

Habían llegado delante de la casa principal, y la caballeriza estaba más cerca que los corrales; sin decir palabra, Meggie dirigió la yegua castaña hacia el establo y dejó que su padre siguiera solo su camino. Él se volvió varias veces a mirarla, pero, cuando hubo ella desaparecido detrás de la valla de la caballeriza, espoleó al ruano y terminó su carrera al trote corto, lamentando amargamente haber tenido que hablar a Meggie como lo había hecho. ¡Malditas las cuestiones que surgían entre hombres y mujeres! Parecían regirse por normas diferentes de todas las demás.

La voz del padre Ralph de Bricassart era muy fría, pero más cálida que sus ojos, que no se apartaban un instante de la pálida cara del joven sacerdote, mientras le hablaba con severas y mesuradas palabras.

– No se ha comportado usted como Nuestro Señor Jesucristo exige que se comporten sus sacerdotes. Creo que usted lo sabe mejor que los que le censuramos, pero a pesar de ello, yo debo censurarle en nombre de su arzobispo, que no es sólo un compañero de sacerdocio, sino también su superior. Le debe usted obediencia total, y no es nadie para discutir sus sentimientos o sus decisiones.

¿Comprende realmente toda la ignominia que ha vertido sobre sí mismo, sobre su parroquia y, especialmente, sobre la Iglesia, a la que dice amar más que a cualquier ser humano? Su voto de castidad fue tan solemne y obligatorio como los otros, y quebrantarlo es gravísimo pecado. Desde luego, nunca volverá a ver a aquella mujer, pero nosotros debemos ayudarle en su lucha por vencer la tentación. Por consiguiente, he dispuesto que parta inmediatamente con destino a la parroquia de Darwin, en el Territorio del Norte. Saldrá esta noche para Brisbane, en el expreso, y, desde allí, continuará también en tren hasta Longreach. En Longreach, tomará un avión «Qantas» con destino a Darwin. Sus pertenencias están siendo empaquetadas en este momento y estarán en el expreso antes de la partida; por tanto, no hace falta que vuelva a su parroquia actual.

«Ahora, vaya a la capilla con el padre John y rece. Permanecerá en la capilla hasta la hora de ir a tomar el tren. Para su comodidad y consuelo, el padre John le acompañará hasta Darwin. Puede retirarse.»

Los sacerdotes eran prudentes y cuidadosos en su administración; no darían al pecador la menor oportunidad de establecer nuevo contacto con la joven que había sido su amante. El hecho había provocado grave escándalo en su parroquia actual, y resultado muy enojoso. En cuanto a la chica, se quedaría esperando, esperando y preguntándose qué había sucedido. Des de ahora hasta que llegase a Darwin, sería vigilado estrechamente por el excelente padre John, que había recibido instrucciones; después, todas las cartas que enviase desde Darwin serían abiertas, y no podría hacer llamadas telefónicas a larga distancia. Ella no sabría nunca adonde había sido enviado, y él no podría decírselo. Tampoco tendría ninguna oportunidad de enredarse con otra chica. Darwin era una ciudad fronteriza, donde casi no había mujeres. Sus votos eran absolutos y nunca podría renunciar a ellos; si era demasiado débil para dominarse, la Iglesia supliría esta deficiencia.

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