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Un Beso Para Mi Asesino

Электронная книга - «Un Beso Para Mi Asesino». Краткое содержание книги:

El libro arranca con la muerte de un policía en el atraco a un banco en el que inocentemente se ve envuelto y además, con un triple crimen perpetrado en una mansión. Casos aparentemente inconexos en cuya resolución se ve implicado el inspector jefe Wexford y que se verán seguidos de desconcertantes hechos que, como piezas de un complejo puzzle, tendrán que ser encajados adecuadamente para llegar al culpable.
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Salieron afuera, cruzaron el patio y dieron lentamente la vuelta a la casa, el ala oeste. No había utilizado aquellas palabras para sí metafóricamente. El sol brillaba con una fuerte luz donde la luna había sido un pálido reflejo. El cielo era de un azul profundo, sin nubes. Parecía junio, pues el aire era suave como si el frío se hubiera ido para unos cuantos meses.

– Vino desde atrás por aquí -dijo Burden-. ¿Qué intentaba hacer, encontrar una manera de entrar? ¿Una ventana abierta abajo? No era una noche fría.

– Abajo no había ninguna ventana abierta. Todas las puertas estaban cerradas con llave. A diferencia de la otra ocasión.

– Es un poco curioso, ¿no crees?, pisar haciendo ruido de modo que dos personas que están dentro te puedan oír claramente. Aunque las ventanas estaban cerradas, ellas le oyeron. Se disfraza con una capucha pero no le importa armar alboroto mientras busca una manera de entrar.

Wexford dijo pensativo:

– Me pregunto si la verdad es si le importaba que le oyeran o le vieran. Si creía que Daisy estaba sola y tenía intención de matarla, ¿qué importaba si ella le veía?

– En ese caso, ¿por qué llevar una máscara?

– Cierto.

Un coche desconocido estaba aparcado a unos metros de la puerta principal. Esa puerta se abrió cuando se acercaron al coche y Joyce Virson salió con Daisy detrás. La señora Virson llevaba un abrigo de pieles, tipo de prenda ni favorito ni de moda, que las tiendas Oxfam rechazaban y en las ventas de la iglesia no tenían salida, confeccionado inconfundiblemente con los pellejos de muchos zorros.

Wexford nunca había visto a Daisy de aquella manera, vestida estilo punki. Había algo desafiante en su paso, las mallas negras y botas atadas con cordones, camiseta negra con algo blanco impreso en ella, la desgastada chaqueta de motorista de cuero negro. Su rostro era una máscara de infelicidad pero llevaba el pelo, con abundante gel, peinado formando picos por toda la cabeza como un bosque de troncos de árbol quemados. Parecía efectuar una afirmación; quizá sólo que ésta era Daisy contra el mundo.

Ella le miró, miró a Burden, en silencio. Joyce Virson tardó unos momentos en recordar quién era éste. Una gran sonrisa transfiguró su rostro cuando se acercó a Wexford con las dos manos extendidas.

– Oh, señor Wexford, ¿cómo está? Me alegro mucho de verle. Es el hombre indicado para persuadir a esta niña de que vuelva conmigo. Quiero decir, no puede quedarse aquí, sola, ¿verdad? Me he horrorizado cuando me he enterado de lo que ocurrió aquí anoche, he venido enseguida. No deberíamos haber permitido que nos dejara.

Wexford se preguntó cómo se había enterado. A través de Daisy seguro que no.

– Lo siento, pero no entiendo cómo se permiten estas cosas en la actualidad. Cuando yo tenía dieciocho años no me habrían permitido quedarme en ningún sitio sola, y mucho menos en una casa grande y solitaria como ésta. No se puede decir que las cosas hayan cambiado para mejor. Lo siento, pero para mí, los viejos tiempos eran mejores.

Con cara imperturbable, Daisy la observó durante la mitad de este discurso y después se volvió para fijar los ojos en la gata que, quizá porque raras veces le permitían escapar por la puerta principal de la casa, estaba sentada en el borde del estanque, contemplando los peces blancos y rojos. Los peces nadaban formando círculos concéntricos y el gato los miraba.

– Dígale algo, señor Wexford. Convénzala. Emplee su autoridad. No me diga que no hay manera de influir en una niña. -La señora Virson olvidaba que la persuasión necesariamente debe incluir elementos agradables y quizás algo de adulación para tener éxito. La mujer alzó la voz-. ¡Es tan estúpido y completamente temerario! ¿A qué cree que juega?

La gata hundió una zarpa en el estanque, encontró un elemento diferente de lo que esperaba y se sacudió el agua. Daisy se inclinó y la tomó en sus brazos. Dijo:

– Adiós, Joyce. -Y con cierta ironía en la voz, que a Wexford no le pasó por alto, añadió-: Muchas gracias por venir.

Entró en la casa con la gata en sus brazos, pero dejó la puerta abierta.

Burden la siguió. Sin saber qué decir, Wexford murmuró algo de que lo tenían todo controlado. Joyce Virson le miró con dureza.

– Lo siento, pero eso no es suficiente. Voy a tener que ver qué dice mi hijo de eso.

Procedente de ella eso sonaba a amenaza. Él la observó maniobrar con dificultad el pequeño coche para dar la vuelta y situarlo sin rascar su costado en el poste de la verja cuando se alejó. Daisy se hallaba en el vestíbulo con Burden, sentada en una silla de respaldo alto y asiento de terciopelo con Queenie en su regazo.

– ¿Por qué me preocupa tanto que me mate? -estaba diciendo-. No me entiendo. Al fin y al cabo, quiero morir. No tengo nada por lo que vivir. ¿Por qué chillé y armé tanto escándalo anoche? Debería haber salido y haberme acercado a él y decirle: Mátame, adelante, mátame. Remátame, como dice ese horrible Ken.

Wexford se encogió de hombros. Dijo, algo taciturno:

– Por mí no te preocupes. Si te matan, tendré que dimitir.

Ella no sonrió pero hizo una especie de mueca.

– Hablando de dimitir, ¿qué opina? Brenda le ha telefoneado, a Joyce, quiero decir. Ha sido lo primero que ha hecho esta mañana y le ha dicho que les había despedido. ¿Qué le parece? Como si yo fuera una niña o un caso de psiquiatra. Así se ha enterado Joyce de lo de anoche. Yo no se lo habría dicho por nada del mundo, es una vieja bruja entrometida.

– Debes de tener otras amigas, Daisy. ¿No hay nadie más con quien pudieras quedarte una temporada? ¿Un par de semanas?

– ¿Le habrán atrapado dentro de dos semanas?

– Es más que probable -dijo Burden decidido.

– De todos modos, a mí me da igual. Yo me quedo aquí. Karen o Anne pueden venir si quieren. Bueno, es si usted quiere, supongo. Pero pierden el tiempo, no tienen que preocuparse. Ya no volveré a tener miedo. Quiero que me mate. Será la mejor salida, morir.

Dejó colgar la cabeza hacia delante y escondió el rostro en el pelaje de la gata.

Seguir los movimientos de Griffin desde el momento en que abandonó la casa de sus padres resultó imposible. Sus compañeros de bebida de El caracol y la lechuga no conocían ninguna otra dirección que pudiera tener, aunque Tony Smith habló de una amiga «en el norte». Esa expresión ambigua siempre aparecía en las conversaciones referentes a Andy. Ahora había una amiga en aquella vaga región, la tierra de nunca jamás.

– Kylie, se llama -dijo Tony.

– Creo que se la tiraba -dijo Leslie Sedlar con una sonrisa maliciosa.

Hasta que perdió su trabajo un año atrás, Andy había sido conductor de camión de larga distancia para una empresa cervecera. Su ruta usual le llevaba de Mynngham a Londres y a Carlisle y Whitehaven.

Los cerveceros tenían pocas buenas palabras que decir de Andy. En los últimos dos o tres años habían conocido la realidad del acoso sexual. Andy pasaba poco tiempo en la oficina, pero en las raras ocasiones en que había estado allí había hecho observaciones ofensivas a una ejecutiva de marketing y en una ocasión había agarrado a su secretaria desde atrás rodeándole el cuello con el brazo. La categoría no sirvió de mucho para disuadir a Andy Griffin, al parecer era suficiente que su presa fuera hembra.

La amiga parecía un mito. No había rastro de ella y los Griffin negaban su existencia. Terry Griffin dio permiso, de mala gana, para que registraran el dormitorio de Andy en Mynngham. Él y su esposa quedaron aturdidos por la muerte de su hijo y los dos parecían haber envejecido diez años. Buscaban consuelo en la televisión como otros en su situación lo buscarían en los sedantes o el alcohol. Colores y movimiento, caras y acción violenta, fluían en la pantalla para proporcionar el solaz para el que era necesario sólo estar allí, no había que abstraerse ni comprender siquiera.

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