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Электронная книга - «El azul de la Virgen». Краткое содержание книги:

En esta obra Chevalier fundió la existencia de una norteamericana que comienza a residir en la Francia actual con la de una joven que padeció las consecuencias de la Noche de San Bartolomé.
La primera de estas historias comienza en el último tercio del siglo XVI. El mismo día en que, en un pequeño pueblo francés, pintan el nicho de la Virgen de un azul intenso, a Isabelle se le enrojece el pelo. Desde aquel día es llamada La Rousse, como la Virgen María (ya que se decía que también tenía el pelo rojo). Pero ese apodo deja de ser cariñoso cuando los hugonotes proclaman que la Virgen se interpone entre los creyentes y Dios.
La segunda historia transcurre a finales del siglo XX. Mientras busca un pueblo interesante para establecerse con Rick, su marido, un arquitecto también norteamericano aunque sin raíces francesas, Ella Turner piensa que Francia es un banquete del que está dispuesta a probar todos los platos. Todo parece ir bien… hasta que empieza a tener pesadillas cada vez que hace el amor con su marido con la intención de concebir un hijo. Ella Turner sueña en azul, se siente arrastrada hacia un lugar lleno de azul.
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– ¿Y de qué está hecho ese refugio atómico? -pregunté un poco forzadamente.

– Cemento y plomo. Las paredes tienen un metro de espesor, ¿sabe?

– ¿De verdad?

Lucien empezó a explicarme con todo detalle cómo se construía un refugio atómico. Cerré los ojos. Qué pelma, pensé. ¿Cómo demonios voy a conseguir que me ayude?

No había nadie más a quien recurrir. Jacob estaba demasiado afectado por el aborto de Susanne para volver a la granja; en cuanto a Jan, no cabía esperar que se saltara ninguna regla. Otro pelele, pensé con severidad. ¿Qué les pasa a estos tipos? Una vez más eché de menos a Jean-Pauclass="underline" discutiría conmigo sobre la utilidad de lo que me proponía hacer, pondría en entredicho mi cordura, pero me apoyaría al convencerse de que para mí tenía importancia. Me pregunté cómo se encontraría. Aquella noche nuestra parecía ya muy distante. Una semana.

Pero Jean-Paul no estaba en Moutier; tenía que depender de las personas disponibles. Abrí los ojos e interrumpí el soliloquio de Lucien.

– Écoute, quiero que me ayudes -dije con firmeza, cambiando aposta al tuteo. Hasta entonces había insistido en mantener el usted.

Lucien guardó silencio, sorprendido y desconfiado a la vez.

– ¿Conoces la granja cercana a Grand Val, que tiene una chimenea muy antigua?

Asintió.

– Fuimos ayer a verla. Era la granja de mis antepasados

– ¿De verdad?

– Sí. Hay algo allí que necesito.

– ¿Qué?

– No estoy segura -repliqué, aunque añadí enseguida pero sé donde está

– ¿Cómo puedes saber dónde está si ignoras qué es?

– No soy capaz de explicarlo.

Lucien hizo una pausa, contemplando su vaso vacío.

– ¿Qué quieres que haga? -preguntó después de un momento.

– Acompañarme a la granja, para echar una ojeada. ¿Tienes herramientas?

Asintió.

– En la furgoneta.

– Bien. Quizá las necesitemos -pareció asustarse, de manera que añadí-: No te preocupes, no tenemos que forzar nada; existe una llave que abre la puerta principal. Sólo quiero echar una ojeada. ¿Me vas a ayudar?

– ¿Hablas de ahora? ¿En este momento?

– Sí. No quiero que nadie sepa que voy allí, de manera que tiene que ser de noche.

– ¿Por qué no quieres que lo sepa nadie? Me encogí de hombros.

– No quiero que la gente pregunte. No quiero que hable.

Se produjo un largo silencio. Me preparé para su no.

– De acuerdo.

Cuando sonreí, Lucien me devolvió la sonrisa, vacilante.

– ¿Sabes, Ella? -dijo-. Es la primera vez que sonríes en toda la noche.

Empezaba a llover cuando Isabelle entró en el bosque. Las primeras gotas se filtraban entre las hojas nuevas de las hayas, agitándolas suavemente y llenando el aire de susurros. Un olor como a almizcle se levantó de la espesa capa de hojas muertas y agujas de pino.

Inició la subida por la pendiente de detrás de la casa, repitiendo el nombre de su hija de cuando en cuando, pero deteniéndose con más frecuencia para escuchar los sonidos que la lluvia ocultaba: cuervos que graznaban, el viento en los pinos monte arriba, cascos de caballo en el sendero hacia Moutier. No creía que Marie se alejara mucho: no le gustaba estar sola ni lejos de casa. Pero tampoco nadie la había avergonzado nunca delante de tanta gente.

Tiene que ver con el pelo nuevo, pensó Isabelle, y con el hecho de ser mi hija. Incluso aquí. Pero carezco de magia para protegerte, no cuento con nada que te mantenga a salvo del frío y de la oscuridad.

Siguió subiendo, hasta alcanzar una cresta rocosa a media montaña, y luego torció hacia poniente siguiéndola. Sabía que se dejaba llevar a un sitio muy concreto. Entró en el claro donde Jacob y ella habían cuidado del cabrito todo el verano. No había vuelto desde que Jacob hiciera el trueque del animal por la tela. Incluso ahora quedaban señales de que había estado allí un animaclass="underline" los restos de un refugio de ramas, un lecho desigual de paja y agujas de pino, excrementos convertidos en bolitas muy duras.

Me creía tan lista con mis secretos, meditó Isabelle, sombría, mirando el lecho del animal. Que nadie lo sabría nunca. Sólo a un invierno de distancia, le pareció que había pasado mucho tiempo.

Después de visitar un lugar secreto supo que tendría que ir al otro. No trató de resistir el impulso, aunque era muy poco probable que Marie estuviera allí. Cuando la cresta descendió hacia la garganta Isabelle se encaminó por las rocas hasta el lugar donde Pascale se había arrodillado y había rezado. Allí no quedaba resto alguno del secreto: la sangre se había incorporado a la tierra hacía ya

– ¿Dónde estás, chérie? -dijo en voz baja.

Cuando salió el lobo de detrás de la roca, Isabelle dio un salto y gritó, pero no echó a correr. Se encontraron frente a frente, los ojos del lobo, semejantes a llamas, despiertos y penetrantes. El animal dio un paso hacia Isabelle y se detuvo. Isabelle retrocedió. Avanzó de nuevo e Isabelle se encontró retrocediendo entre las rocas. Temerosa de caer, se dio la vuelta pero, mientras caminaba, siguió mirando por encima del hombro para asegurarse de que el lobo no se acercaba demasiado. Comprobó que mantenía siempre la misma distancia, caminando más despacio o deteniéndose cuando ella lo hacía, o apresurando el paso si iba más deprisa.

Me está llevando como a una oveja, pensó Isabelle, obligándome a ir a donde quiere. Lo comprobó al intentar desviarse. El lobo saltó hacia allí y corrió vecino a ella hasta que retomó la primera dirección.

Junto al límite de los árboles salieron de las rocas a la senda que llevaba de Moutier a Grand Val, el camino de regreso a la granja. Desde la dirección de Moutier venía al trote, hacia Isabelle, el caballo de la familia, montado por Petit Jean y Gaspard. Era el animal que había oído moverse en el establo y -ahora se daba cuenta- también cuando galopaba poco antes por el camino.

Al volverse Isabelle para mirar al lobo, ya había desaparecido.

Lucien tenía una vieja furgoneta Citroën llena de herramientas: exactamente lo que yo quería. Traqueteó y tosió tanto mientras bajaba por la calle principal que tuve el convencimiento de que todo el pueblo había salido a la ventana para vernos marchar. Así naufragaron mis deseos de discreción.

En aquel momento empezaba a llover, creando una sutil neblina que abrillantaba las calles y que me obligó a ceñirme la chaqueta. Lucien puso en marcha los limpiaparabrisas, que rechinaron contra el cristal, poniéndome los nervios de punta. Condujo con prudencia por el interior del pueblo, aunque no hacía ninguna falta: a las nueve y media no había un alma en la calle. Junto a la estación de ferrocarril, el único lugar con algún signo de vida, tomó la carretera que llevaba a Grand Val.

No hablamos durante el trayecto. Le agradecí que no me acosara a preguntas como habría hecho yo en su caso, dado que carecía de respuestas.

Tomamos una carreterita que pasaba por debajo de la vía del tren y empezamos a ascender una colina. Al llegar a un grupo de casas Lucien torció por un camino de tierra que reconocí por nuestro paseo matutino. Avanzó unos trescientos metros, se detuvo y apagó el motor. Los limpiaparabrisas se detuvieron, gracias a Dios, y la furgoneta tosió varias veces y resolló prolongadamente antes de quedar en total silencio.

– Es ahí -Lucien señaló hacia nuestra izquierda. Al cabo de unos instantes logré distinguir el contorno de la granja a unos cincuenta metros. Sentí un escalofrío; iba a ser duro salir de la furgoneta y caminar hasta la casa.

– Ella, ¿te puedo preguntar algo?

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