Guianeya [Ilustraciones de L. Rubinstein]
- Автор: Мартынов Георгий Сергеевич
- Год: 1974
- Язык: испанский
- Год: Mir
- Переводчик: Justo Nogueira
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Guianeya [Ilustraciones de L. Rubinstein]». Краткое содержание книги:
La nueva novela de ficción de Martínov, de trama amena y sugestiva, trata acerca del humanismo y del triunfo del intelecto de las personas del futuro.
Georgui Martinov nació en 1906. A los catorce años empezó a trabajar en una fábrica como aprendiz de electricista. Luego terminó por correspondencia una escuela superior para alcanzar el título de ingeniero.
En 1953 apareció el primer libro de Martínov «220 días en una astronave» Después publicó las novelas «Caliste», «La hermana de la tierra», «Encuentro a través de los siglos», «Los calistianos» y «Guianeya», en las que desarrolla la idea sobre el posible encuentro de los habitantes de la Tierra con los representantes de civilizaciones de otros mundos del futuro.
La presente obra fue editada en español dos veces y obtuvo gran popularidad.
Cumpliendo numerosas peticiones del lector latinoamericano la editorial Mir la ha reeditado este año.
– ¡Aproximarse! — mandó Szabo.
El robot desapareció por completo. Sólo la luz de su proyector indicaba el lugar donde se encontraba.
La línea de la excavación se aproximó. No cabía la menor duda de que era artificial.
– ¡Foco de luz más amplio! — volvió a mandar Szabo.
Se escuchó perfectamente cómo chasquearon dentro de la esfera los contactos de los interruptores. El haz de luz se amplió y aumentó su brillantez.
Ahora se veía perfectamente toda la cavidad excavada en el terreno rocoso. Tenía una forma cuadrada exacta, una profundidad de dos metros con el fondo llano y liso.
¡He aquí, por fin, la base misteriosa del mundo extraño que las personas buscaron en balde durante tres años!
A todos les pareció en el primer momento que la base estaba vacía. Ni satélitesexploradores, ni ningunos aparatos. Pero más tarde se notó una sombra al parecer proyectada por el espacio vacío. Los aparatos invisibles de la base no eran transparentes, sino, como se suponía, absorbían completamente la luz sin reflejarla.
Había muchas sombras que se encontraban una al lado de otra. Nada se podía determinar claramente.
El robot estaba delante del mismo borde de la cavidad, muy cerca de los satélites que indudablemente se encontraban aquí. Pero no ocurrió nada, el robot quedaba intacto. No tuvo lugar la explosión de aniquilación que esperaban todos.
¿Era posible que la instalación de defensa estuviera desconectada? ¿Era posible que sólo funcionara durante el vuelo?
— Vamos nosotros o enviemos personasexploradores — propuso Stone.
– ¡Es pronto! — contestó cortante Szabo —. ¡Atención! Lanzar los robots números ocho, nueve, once y doce.
Cuatro máquinas salieron al terreno lunar. A diferencia de la primera, eran oblongas, en forma de puro. En la parte delantera de cada una se destacaba un saliente cónico.
– ¡Adelante! ¡De frente!
Como buenos soldados de los tiempos pasados, los robots se formaron en una línea y rápidamente desaparecieron en la sombra del pliegue. La luz del proyector de la primera máquina no los iluminaba y por eso no se veían en las pantallas.
– ¿Comprenden todo lo que les dicen? — preguntó Guianeya.
— No — contestó García —. Tienen una determinada reserva de palabras que comprenden y pueden pronunciar.
– ¿Ustedes tienen estas máquinas? — preguntó Murátov.
Guianeya arrugó el ceño lo mismo que si la pregunta no le fuera agradable, pero contestó:
— Yo no las he visto. Pero tenemos máquinas pensantes.
La voz metálica del robot número uno informó que habían llegado las cuatro máquinas auxiliares y estaban dispuestas a comenzar el trabajo.
– ¡Polvo! — mandó Szabo —. ¡Segundo programa!
Murátov miraba con particular interés a la pantalla. Ahora se llevaba a cabo su idea.
Se veía perfectamente cómo en la cavidad iluminada por el proyector penetró con enorme fuerza un chorro de pintura negra en forma de abanico. Después el segundo, de color rojo, el tercero, amarillo, y el último, verde. Un velo de humo multicolor tapó toda la cavidad.
Y cuando terminaron de trabajar los pulverizadores y se dispersó el velo de humo, ante los ojos de las personas se presentó un cuadro admirable.
4
Hacía tiempo que las personas de la Tierra habían conocido a sus vecinos estelares, los planetas del sistema solar. Los ojos de los hombres de la Tierra estaban acostumbrados a observar los cuadros de naturaleza extraña, a estudiar la vegetación y el reino animal de otros mundos.
No estaba lejano el tiempo cuando potentes astronaves de la Tierra, justificando su nombre, se lanzarían no hacia los planetas, sino hacia las estrellas, para en otros sistemas solares y planetarios encontrar una vida racional.
A nadie se le había ocurrido dudar de su existencia en el universo. Y nadie había aceptado la aparición de Guianeya como una prueba, ya que no lo exigía una verdad incontrovertible.
Pero si se excluye el vestido de Guianeya con el que se presentó a las personas en Hermes, nadie había visto hasta ahora nada que hubiera sido hecho por las manos de seres racionales de otro mundo.
Y ante un grupo pequeño de personas, entre las cuales, como a propósito, se encontraba la representante de un intelecto extraño, que con su misma presencia confirmaba la realidad de lo visto, aparecía todo un complejo de objetos no hechos en la Tierra, y no objetos separados, aislados, sino precisamente un complejo de objetos ligados por un objetivo, por una idea única, por un pensamiento científico y técnico común para todos ellos.
Pensamiento extraño, del mundo ajeno a la Tierra.
El momento era tan emocionante, que aquellos participantes de la expedición a quienes les fue encargado sacar fotos de la base cuando fuera hallada y visible, se olvidaron un momento de sus obligaciones, pero se acordaron de ellas cuando comenzó la operación, y como prueba todo lo que habían visto fue grabado en películas.
Las tripulaciones de los cinco todoterreno estuvieron no menos de diez minutos calladas mirando aquello que había aparecido ante ellas. Cada uno quería que no se le olvidara nunca esta visión.
Abigarrados, como juguetes infantiles, se encontraban dos enormes cuerpos ovoides.
Eran completamente lisos, sin ningún abultamiento y nada que fuera parecido a toberas; cada uno tenía cuarenta metros de longitud.
Estos eran los satélitesexploradores misteriosos, que tanto tiempo hicieron pensar a los científicos, que tanta preocupación y cuidados causaron al servicio cósmico.
De unas pequeñas elevaciones que tenían la forma de cúpula y que se levantaban sobre la tierra no más de veinte centímetros, salían largas mangueras que iban a cada «huevo». Estaba claro que ésta era la parte superior y lo restante estaba oculto en el terreno lunar y se necesitaba excavar para saber cómo eran.
En lo profundo de la cavidad, en su rincón se veía un objeto largo en forma de rombo.
Las personas miraban conteniendo la respiración la base y los satélites que parecían nacer de la nada. Todo estaba inmóvil, congelado, como si estuviera paralizado por el terrible frío de la sombra lunar.
Las pinturas casi no tocaron el terreno, y todo lo que había caído bajo su acción se destacaba en relieve. El rombo, las cúpulas, las mangueras y los mismos satélitesexploradores parecían metálicos, pero impedía determinarlo exactamente la misma pintura que los hacía visibles.
Szabo rompió el largo silencio.
– ¡Quitar los pulverizadores! — Su voz resonó lo mismo de tranquila e inalterable que antes —. ¡Atención! ¡Lanzar los robots números dos y tres!
Aparecieron ahora mecanismos que no recordaban en nada a los primeros. Eran robots» personas», con brazos, pies y «cabezas» redondas de cristal. Un poco torpe, pero rápidamente, caminaron hacia la cavidad.
Las cuatro máquinas en forma de puro regresaron cada una a su todoterreno y fueron recogidas dentro.
Comenzó el momento más responsable e interesante de la operación.
Los aparatos automáticos cibernéticos podían realizar una investigación detallada y completa de cualquier objeto tanto en el exterior como en el interior, sin abrir su envoltura.
Rápida y muy exactamente podían determinar las dimensiones, materiales, la composición química, «ver» todo lo que se encuentra dentro, entender cualquier esquema, incluso uno tan complicado como el de ellos mismos.
Estos robots se empleaban frecuentemente para los más diferentes fines y corrientemente la información obtenida se guardaba en su «memoria», entregándola cuando se exigía. Esta vez fue introducido un cambio en su construcción. Hubo que tener en cuenta la posibilidad de que los robots fueran destruidos por las instalaciones defensivas de la base o de los satélites. Todo lo que los robots pudieran saber lo transmitirían inmediatamente al cuadro de mandos del todoterreno donde estaba el estado mayor.