Bajo los vientos de Neptuno
- Автор: Варгас Фред
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Bajo los vientos de Neptuno». Краткое содержание книги:
El comisario Adamsberg se dispone a cruzar el Atlántico para instruirse en unas nuevas técnicas de investigación que están desarrollando sus colegas del otro lado del océano. Pero no sabe que el pasado se ha metido en su maleta y le acompaña en su viaje. En Quebec se encontrará con una joven asesinada con tres heridas de arma blanca y una cadena de homicidios todos iguales, cometidos por el misterioso Tridente, un asesino fantasmal que persigue al joven comisario, obligándole a enfrentarse al único enemigo del que hay que tener miedo: uno mismo. Adamsberg esta vez tiene problemas muy serios…
– Eso no va a resultar tan sencillo, comisario -dijo Brézillon, dueño otra vez de sí mismo-. ¿Ve usted este timbre? Lo pulso y llegan los muchachos en paquetes de doce dentro de dos minutos.
– Concédame esos dos minutos antes de pulsarlo. Fue usted jurista, debe escuchar los testimonios de ambas partes.
– ¿Dos minutos con un asesino? Es usted muy exigente, Adamsberg.
– Yo no maté a la muchacha.
– Todos dicen eso, ¿no es cierto?
– Pero no todos tienen un topo en su equipo. Alguien entró en mi casa la antevíspera de su visita, con la copia de mi llave que se queda en la Brigada. Alguien consultó las carpetas sobre el juez y se interesó por ellas desde antes de mi primer viaje.
Agarrándose a su dudoso relato, Adamsberg hablaba rápidamente, consciente de que Brézillon le daría poco tiempo y de que debía conmoverlo muy deprisa. Aquel ritmo de elocución no le convenía y tropezaba con las palabras como un corredor que acelera y tropieza con las piedras.
– Alguien sabía que yo tomaba el sendero de paso. Sabía que tenía una amiguita allí. Alguien la mató al modo del juez y puso mis huellas en el cinturón, dejó la prueba en el suelo y no en el agua helada. Son demasiados indicios, señor. El expediente está demasiado completo, sin claroscuros. ¿Ha visto usted alguna vez algo semejante?
– O es la lamentable verdad. Era su amiguita, eran las huellas de sus manos, era su borrachera. El sendero que usted tomaba y su obsesión con el juez.
– No es una obsesión, es un asunto policial.
– Según usted. Pero ¿quién nos dice que no es usted un enfermo, Adamsberg? ¿Debo recordarle el asunto Favre? Peor aún, y signo de un mayor extravío: ha borrado usted de su mente esa noche asesina.
– ¿Y cómo lo han sabido? -preguntó Adamsberg inclinándose hacia Brézillon-. Sólo Danglard estaba al corriente y no dijo nada. ¿Cómo lo han sabido?
Brézillon frunció el ceño y se aflojó el nudo de la corbata.
– Sólo otra persona podía saber que yo había perdido la memoria -prosiguió Adamsberg, copiando la frase de su adjunto-. La que me la arrebató. Prueba de que no estoy solo en el asunto ni en el sendero.
Brézillon se levantó pesadamente, tomó un cigarrillo de su anaquel y volvió a sentarse. Indicio de un atisbo de interés por el jefe de división, de un momentáneo olvido del timbre de alarma.
– También mi hermano había perdido la memoria, como todos los que fueron detenidos después de los crímenes del juez. Leyó usted los expedientes, ¿no es cierto?
El jefe inclinó la cabeza encendiendo su grueso cigarrillo, sin filtro, algo parecido a los de Clémentine.
– ¿Alguna prueba?
– Ninguna.
– Todo lo que tiene usted, como defensa, es un juez muerto desde hace dieciséis años.
– El juez o su discípulo.
– Pura quimera.
– Las quimeras merecen un poco de atención, como las figuras poéticas -aventuró Adamsberg. Ganarse al hombre por su otra faceta. ¿Acaso un poeta pulsa sin vacilar un timbre de alarma?
Brézillon, arrellanado ahora en su gran sillón, exhaló una bocanada e hizo una mueca.
– La GRC -dijo, pensativo-. Lo que no me gusta, Adamsberg, es el procedimiento. Le convocaron como auxiliar, y lo creí. No me gusta que me mientan y tiendan trampas a uno de mis hombres. Método perfectamente ilícito. Légalité me engañó con falsos motivos. Una extradición antes de hora y una estafa jurídica.
El orgullo y la rectitud profesional de Brézillon lastimados por el cepo del superintendente. Adamsberg no había pensado en este elemento favorable.
– Ciertamente -añadió Brézillon-, Légalité me aseguró que sólo más tarde había descubierto las pruebas de la acusación.
– Eso es falso. Había constituido ya su expediente.
– Desleal -dijo Brézillon con una expresión desdeñosa-. Pero huyó usted de la justicia y no espero semejante actitud por parte de uno de mis comisarios.
– No he huido de la justicia porque no se había puesto en marcha. No se había hecho acusación alguna, no se me leyeron mis derechos. Era libre aún.
– Jurídicamente exacto.
– Era libre de estar harto, libre de desconfiar y de partir.
– Con maquillaje y documentación falsa, comisario.
– Llamémoslo una experiencia necesaria -improvisó Adamsberg-. Un juego.
– Juega usted a menudo con Retancourt?
Adamsberg se interrumpió, pues la imagen del cuerpo a cuerpo turbaba su pensamiento.
– Sólo cumplió con su misión de protección. Le obedeció a usted estrictamente.
Brézillon aplastó la colilla con una presión del pulgar. Un padre cinquero y una madre planchadora, imaginó Adamsberg, como los padres de Danglard. Un origen del que nadie puede renegar pese al terciopelo de los sillones, una especie de nobleza de espada que se lleva en el ojal y a la que se honra al elegir los cigarrillos y con el rudo movimiento de un pulgar.
– ¿Qué espera de mí, Adamsberg? -prosiguió el jefe de división frotándose el dedo-. ¿Que crea en su palabra? Demasiadas pruebas contra usted. Su visita a este domicilio es un leve punto a su favor. Como el hecho de que Légalité conociera su amnesia. Dos puntos, muy tenues.
– Si me entrega usted, la credibilidad de su Brigada caerá conmigo. Es un escándalo que podría evitarse si yo tuviera las manos libres.
– ¿Para que declare la guerra al Ministerio y a la GRC?
– No. Sólo pido que se levante la vigilancia policial.
– ¿Sólo eso? Piense que he firmado acuerdos.
– Que tiene usted el poder de evitar. Certificando que estoy en territorio extranjero. Seguiré escondido, evidentemente.
– ¿Es seguro el lugar?
– Sí.
– ¿Qué más?
– Un arma. Una placa nueva con otro nombre. Dinero para sobrevivir. Que Retancourt se reintegre en la Brigada.
– ¿Qué estaba usted leyendo? -preguntó Brézillon señalando el pequeño libro de cuero.
– Buscaba Booz dormido.
– ¿Por qué?
– Por dos versos.
– ¿Cuáles?
– «¿Qué Dios, qué segador del eterno estío, había, alejándose, arrojado negligentemente aquella hoz de oro en el campo de estrellas?»
– ¿Quién es la hoz de oro?
– Mi hermano.
– ¿O usted mismo, ahora? La hoz no es sólo la bondadosa luna. También corta. Puede cortar una cabeza, un vientre, ser dulce o cruel. Una pregunta, Adamsberg, ¿no duda de usted mismo?
Por el modo en que Brézillon se inclinó hacia delante, Adamsberg consideró que aquella banal pregunta era decisiva. De su respuesta dependía la extradición o las manos libres. Vaciló. Como era lógico, Brézillon desearía una gran seguridad que le pusiera a salvo de problemas. Pero Adamsberg barruntaba una expectativa de mayor magnitud.
– Sospecho de mí a cada segundo -respondió.
– Es la mejor garantía de un hombre y de una lucha auténtica -enunció con sequedad Brézillon, apoyándose de nuevo en el respaldo-. A partir de esta noche, queda usted libre, armado e invisible. No para la eternidad, Adamsberg. Seis semanas. Transcurrido este tiempo, volverá usted aquí, a esta habitación y a este sillón. Y la próxima vez, llame antes de entrar.
XLIII
La última misión de Jean-Pierre Émile Roger Feuillet fue adquirir un nuevo teléfono móvil. Luego, Adamsberg se liberó con alivio de aquella identidad en la ducha de Clémentine. Con cierta pesadumbre también. No es que se sintiera vinculado a aquel ser algo comprimido, pero le parecía una desvergüenza dejar que se diluyera en un hilillo de agua blanca aquel Jean-Pierre Émile que tan inapreciables servicios le había prestado. Le rindió pues un breve homenaje antes de recobrar su pelo castaño, su silueta y su tez habituales. Quedaba la calva y sería necesario disimularla hasta que el pelo volviera a crecer.