Sangre Derramada
- Автор: Ларссон Оса
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Sangre Derramada». Краткое содержание книги:
Rebecka Martinsson vuelve a Kiruna, el lugar donde creció, y pronto se ve envuelta en este misterioso caso: sólo ella es capaz de desenmascarar a los habitantes de esta gélida ciudad.
· «Una brillante novela negra diferente a todas. Su único competidor será el próximo libro de la misma autora», Skånska Dagbladet.
· «Asa Larsson consigue hacer magia. Es uno de los pocos autores capaces de introducir al lector en el corazón y la mente de sus personajes mientras mantiene el suspense hasta el final», Mystery News.
· «Una arrebatadora obra maestra literaria», Deggendorfer Zeitung.
· «Una escritora elegante, sutil y atmosférica, que nos aproxima al horror con la suave pero firme mano femenina de su protagonista», Lorenzo Silva.
· «Llena de suspense… Evoca de manera magnífica el verano en la Suecia rural, donde la luz interminable no evita que se cometan oscuros actos», Booklist.
· «Un nuevo valor del género negro… Una narradora incisiva y valiente», Lilian Neu-man, Culturals, La Vanguardia.
· «Los libros de Åsa Larsson son pequeños milagros… El gen policiaco está en Kiruna», Die Zeit.
· «Una novela de atmósfera virtuosa», Kirkus Reviews.
· «Con Sangre derramada, Åsa Larsson se ha confirmado como una autora de renombre de novela negra. Demuestra su capacidad para enganchar al lector y su talento», Borås Tidning.
· «Asa Larsson tiene una forma de narrar fascinante y su relato abre un espacio a la imaginación y a la interpretación. Una obra de arte honesta y una novela negra clásica», Die Tageszeitung Taz.
· «Una novela excelente», Mystery Scene.
· «La riqueza del libro está en el arte con el que la autora mezcla personajes modernos con sentimientos arcaicos. Odio desesperante, amor y sufrimiento incondicional arden en este paisaje que está al margen del mundo», Offenbach Post.
· «Como novela negra está construida de manera inteligente, pero lo que aparece en primer plano, la caza del asesino, no es lo más importante: Åsa Larsson se deleita en mostrar el retrato de ese mundo cerrado que constituye el perfecto abono para el crimen», Der Kleine Bund.
– ¿Estás de fiesta? -preguntó Måns.
– En realidad, no, estoy trabajando en negro.
«Ahora se pondrá como una moto -pensó-. O quizá no, había que probar.»
Y Måns soltó una risotada.
– ¿Ah, sí? ¿Haciendo qué?
– Me han dado un puesto de friegaplatos -dijo con un entusiasmo exagerado-. Me pagan cincuenta la hora, hoy me sacaré doscientas cincuenta. Y me han dicho que me puedo quedar con las propinas, pero no sé, los que entran en la cocina para echarle una moneda al friegaplatos no son muchos, así que creo que me han engañado un poco.
Måns se rió al otro lado. Un jo, jo con resoplido acabado con un ju, ju casi suplicante. Rebecka sabía que ese ju, ju era lo que acompañaba a su gesto de cuando se secaba los ojos.
– Joder, Martinsson -moqueó.
Mimmi asomó la cabeza por la puerta y miró a Rebecka con ojos que indicaban crisis.
– Oye, tengo que colgar -dijo Rebecka-. Si no, me rebajarán el sueldo.
– En ese caso aún les deberás dinero. ¿Cuándo vuelves?
– No lo sé.
– Tendré que subir a buscarte -dijo Måns-. No estás en tus cabales.
«Hazlo», pensó Rebecka.
A las once y media llegó Lars-Gunnar al bar. Nalle no iba con él. Se quedó de pie un instante y paseó la mirada por el local como el viento por la hierba. Su presencia impresionaba a todo el mundo. Algunas manos y cabezas se alzaron ligeramente a modo de saludo; algunas conversaciones pararon, frenaban para luego arrancar de nuevo; algunas caras se volvieron para mirar. Su presencia quedó registrada y luego se inclinó sobre la barra y le dijo a Micke:
– La Rebecka Martinsson ésa, ¿se ha largado?
– No -respondió Micke-. Esta noche está currando aquí.
Algo en Lars-Gunnar le hizo seguir hablando.
– Sólo por hoy. Hay mucha gente esta noche y aun así Mimmi está hasta el cuello.
Lars-Gunnar pasó su brazo de oso por encima de la barra y se llevó a Micke hacia la cocina.
– Ven, quiero hablar con ella y quiero que estés presente.
Mimmi y Micke tuvieron tiempo de intercambiar una mirada antes de que los dos hombres desaparecieran tras las puertas batientes.
«¿Qué pasa?», preguntaban los ojos de Mimmi.
«Yo qué sé», respondían los de Micke.
Viento sobre la hierba una vez más.
Rebecka Martinsson estaba en la cocina enjuagando platos.
– Vaya, Rebecka Martinsson -dijo Lars-Gunnar-. Acompáñanos a Micke y a mí a la parte de atrás para hablar un momento.
Salieron por la puerta trasera. La luna se reflejaba como escamas en el agua del río. De fondo se oía el ruido apagado del bar. El viento siseaba en las copas de los abetos.
– Quiero que le cuentes a Micke quién eres -dijo Lars-Gunnar Vinsa tranquilo.
– ¿Qué quieres saber? -dijo Rebecka-. Me llamo Rebecka Martinsson.
– Quizá deberías explicar qué haces aquí.
Rebecka miró a Lars-Gunnar. Si algo había aprendido en el trabajo era no empezar nunca a hablar así sin más.
– Creo que tienes algo en mente -dijo-. Habla tú.
– Eres de aquí. Bueno, no de aquí, sino de Kurravaara. Trabajas de abogada y fuiste tú la que se cargó a los tres pastores de Jiekajärvi hace dos años.
«Dos pastores y un chico enfermo», pensó ella.
Pero no lo corrigió, sino que permaneció callada.
– Creía que eras secretaria -intervino Micke.
– Como comprenderás, los que vivimos en el pueblo sentimos curiosidad -continuó Lars-Gunnar-. ¿Por qué una abogada se mete a trabajar en la cocina de un bar con una bandera falsa? Lo que ganes esta noche será lo que te cuesta normalmente una comida en la capital. Nos preguntamos por qué te cuelas aquí…, por qué metes las narices. ¿Sabes? A mí en realidad me da igual. Por mí, la gente es libre de hacer lo que quiera, pero me parecía que Micke tenía derecho a saberlo. Y además…
Apartó la vista y miró al río mientras expulsaba el aire. La seriedad invadió su cuerpo.
– … que utilizaras a Nalle, que tiene la cabeza de un niño. Y que tuvieras estómago para meterte escudándote en él.
Mimmi apareció en la puerta y Micke le lanzó una mirada que hizo que ella también saliera cerrando la puerta tras de sí.
– Me pareció reconocer tu nombre -prosiguió Lars-Gunnar-. Soy un antiguo policía, ¿sabes?, así que conozco muy bien esa historia de Jiekajärvi. Pero de pronto se me encendió la luz. Mataste a aquellas personas. Por lo menos a Vesa Larsson. Quizá al fiscal le pareció que no era como para dictar un auto de procesamiento, pero debes saber que para los policías eso no significa una mierda. El noventa por ciento de los casos en los que se sabe que hay un culpable, acaba en que ni siquiera se dictamina procedimiento. Puedes estar contenta. Librarte con un asesinato a la espalda, eso sí que tiene mérito. Y no sé qué estás haciendo aquí. Si le cogiste el gusto al tema con el asunto de Viktor Strandgård y estás jugando a detective privado por tu propia cuenta o si puede que estés trabajando para un periódico. En cualquier caso, se acabó la farsa.
Rebecka los miró.
«Obviamente, debería soltar un discurso», pensó. «Defenderme.»
¿Y decir qué? Que había tenido otras cosas en que pensar más que en ponerse una soga al cuello. Que ya no podía con el trabajo de abogada. Que pertenecía a este río. Que ella les salvó la vida a las hijas de Sanna Strandgård.
Se desató el delantal, se lo pasó a Micke y se dio la vuelta sin decir nada. No atravesó el bar sino que cruzó por delante del gallinero y la carretera hasta llegar a su cabaña.
«¡No corras!», se decía a sí misma pudiendo sentir sus miradas en la nuca.
Nadie la siguió para pedir explicaciones. Metió todas sus cosas en la maleta y el neceser, los tiró dentro del maletero del coche de alquiler y se marchó.
No derramó ni una lágrima.
«¿Qué más da? -pensó-. Son completamente insignificantes. Todo el mundo es insignificante. Nadie importa nada.»
PATAS DORADAS
Febrero con un frío que tira para atrás. Los días son cada vez más largos, pero el frío es como el puño duro de Dios. Todavía implacable. El sol no es más que un esbozo en el cielo y el aire como una placa de cristal. Bajo un grueso manto blanco, los ratones y campañoles encuentran sus caminitos. Los rumiantes van comiendo la corteza helada de los árboles. Adelgazan mientras esperan que llegue la primavera.
Pero ni el frío de cuarenta grados bajo cero, ni las tormentas de nieve que arrastran consigo todo el paisaje en una lenta ola blanca de exterminio, preocupan a la manada de lobos. Al contrario. Es la mejor época, el mejor clima. Hacen picnic con actividades bajo la nieve que cae. Hay comida de sobra, tienen un buen territorio y un buen grupo de caza. Ni calor aplastante ni insectos chupasangre.
A Patas Doradas se le ha acabado el tiempo. Los colmillos brillantes de la hembra alfa avisan de que es la hora.
Pronto. Pronto. Ya.
Patas Doradas lo ha intentado todo. Se ha arrastrado hasta las rodillas pidiendo que la dejaran quedarse, pero esta mañana de febrero es el día señalado. No la dejan acercarse a la familia. La hembra alfa muestra hostilidad. Sus fauces cortan el aire.
Patas Doradas no se marcha directamente y las horas pasan mientras ella se mantiene algo apartada de la manada. Espera una señal de que la dejan volver. Pero la loba alfa es inamovible y una y otra vez se levanta para echarla.
Uno de los machos, el hermano de Patas Doradas, le aparta la mirada. Ella siente el deseo de hurgar con el hocico en su pelo y de dormirse a su lado.
Los lobos jóvenes miran a Patas Doradas con la cola caída. Las patas amarillas de ella quieren salir de caza entre los antiguos abetos tras ellos, voltearse jugando, incorporarse de nuevo y dejarse cazar en la nieve.
Los lobeznos que pronto cumplirán un año, intrépidos, temerarios, todavía son cachorros. Comprenden lo suficiente de lo que está pasando como para mantenerse tranquilos y en su sitio. Gimotean inseguros. A Patas Doradas le gustaría dejarles una liebre herida entre las patas y mirar cómo la persiguen en una caza salvaje y, en su empeño, cómo se tropiezan unos con otros.