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Cuestión de fe

Электронная книга - «Cuestión de fe». Краткое содержание книги:

En pleno mes de agosto, el ispettore Vianello acude al despacho de Brunetti en busca de ayuda: su tía se ha puesto en manos de un adivino y la familia sospecha que, mediante una serie de ardides, éste le está sacando dinero. Mientras el detective escarba en un turbio negocio de manipulación, plagado de falsos videntes, consultores astrales y tarotistas, tiene lugar un asesinato en la ciudad: el muerto es Araldo Fontana, un ujier del Tribunal de Justicia al que se estaba investigando por su participación en una sutil trama de corrupción dentro de la monstruosa maquinaria judicial de Venecia. Brunetti se tendrá que valer de su intuición para navegar por un mundo de sugestión y descarado engaño, así como para enfrentarse a un caso de sangre, sobornos y sexo ilícito.
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– ¿Qué le pasará?

– ¿A él? Nada, probablemente. Se irá a otro sitio, embaucará a otra infeliz y seguirá timando a ingenuos.

– ¿Como la tía de Vianello?

– Supongo. Nunca falta la gente que se deja engañar.

Abandonando a la tía de Vianello y otros crédulos a su suerte, Paola preguntó:

– ¿Y los Fulgoni?

Brunetti resopló ligeramente y tomó un sorbito de schnapps.

– Ella dice que, cuando bajó, encontró a Fontana en el suelo y se quitó el jersey para tratar de contener la hemorragia. Que entonces su marido salió del trastero y ella comprendió lo que había entre ellos y lo que había sucedido. Dice que subió corriendo a su casa pero no se decidió a llamar a la policía.

– ¿Y lo de que había oído las campanadas de la iglesia? ¿Por qué había de decir eso como no fuera para dar la impresión de que Fontana había sido asesinado más tarde?

– Según ella, fue idea de su marido que me dijera eso, para que pareciera que Fontana había sido asesinado después de que ellos subieran a su apartamento. Si no estaba el cadáver cuando ellos volvieron, y ya era más de medianoche, sería indudable que lo habían matado cuando ellos ya estaban en casa.

– Entonces, ¿por qué te habló del jersey?

Brunetti había reflexionado sobre ello durante el largo viaje en tren desde Venecia.

– Vete a saber. Quizá pensó que alguien podía haber visto a su marido y creyó conveniente decir a la policía que había salido. Así nos creeríamos el resto de la historia.

– ¿Crees que trataba de protegerlo?

– Quizás al principio -dijo Brunetti.

– ¿Entonces por qué mintió diciendo que el jersey era de él?

Brunetti se encogió de hombros.

– ¿Efecto sorpresa? Quizá, instintivamente, pretendía distanciarse del crimen o hacer recaer en él las sospechas. O quizá sea que miente mal.

– ¿Cómo acabará esto?

Brunetti se inclinó, dejó la copa vacía en la mesa y se arrellanó en el sofá.

– Hasta que uno de los dos confiese, no conseguiremos nada.

– ¿Y si ninguno confiesa?

– El caso se prolongará indefinidamente y los abogados los desplumarán-explicó Brunetti.

– ¿No hay pruebas suficientes para condenar a uno u otro? -preguntó ella con una voz en la que se confundían la extrañeza y la irritación.

Brunetti, quizá para evitar quedarse dormido, se levantó y se acercó al fuego, pero sólo para sentir su calor. Qué sensación tan extraña, y tan deliciosa, producía arrimar las piernas a la lumbre. Miró por la ventana orientada al norte y señaló una pendiente blanca que relucía bajo la luna. No podía calcular la distancia, debía de estar lejos pero parecía muy próxima.

– ¿Es el Ortler? -preguntó.

– Sí.

Se apartó de la chimenea y volvió sobre la pregunta de ella.

– Hay pruebas suficientes para condenar a uno y otro, pero el verdadero problema es que también hay pruebas suficientes para condenarlos a los dos. -Pensó con repugnancia en el espectáculo que montarían los medios: sangre y muerte y sexo ilícito entre jaulas de pájaros. Todo y más de lo que un público ávido de morbo podía devorar-. Aunque no es probable.

– ¿Tú le crees a él? -preguntó Paola.

Brunetti tardó en responder.

– Me gustaría creerle. -Y, tras una pausa aún más larga, añadió-: O eso me temo.

Paola esperó hasta asegurarse de que él había terminado y dijo:

– Vamos a la cama.

Brunetti, despierto en la cama, contemplaba el lejano Ortler que refulgía en su soledad.

– Mi talismán -dijo abrazándose a su mujer, y se durmió.

Donna Leon

***
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