El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
Unos segundos después, con el puño cerrado y la mandíbula tensa, descolgó el teléfono y llamó a su hermano. Nadie contestó.
Félix contempló el teléfono. Sonaba con exigencia, tan insistente y desconsiderado como la persona que le llamaba. Esa noche, él, que siempre había hecho acopio de paciencia ante el egoísmo de Enric, no tenía la menor intención de descolgar. Sabía lo que quería preguntarle. ¿Quién era esa Iris? ¿A qué venía ese relato macabro? Enric no se acordaba de nada, por supuesto. Otro padre se acordaría, pero Enric no. A lo sumo, y vagamente, quizá recordara que aquel verano los campamentos acabaron antes debido a un accidente. Aunque, en honor a la verdad, él tampoco le había dado muchos detalles. En cambio, sí había observado de cerca a su sobrino, pero Marc no había sufrido pesadillas; de hecho, en cuanto volvió a casa, a su rutina habitual, pareció olvidarse de Iris. Sí. Todos habían fingido olvidarse de Iris. Era lo mejor.
«Era lo mejor», se repitió, casi en voz alta, convencido de que, dadas las circunstancias, hizo lo que debía. La pobre niña estaba fuera de toda ayuda, en manos del Señor; pero el resto, los que aún vivían, eran responsabilidad suya. Él debía decidir y lo había hecho. Eso llevaba diciéndose todo el día; pero en cuanto sus ojos habían visto la foto borrosa de Iris en el blog de su sobrino, esa seguridad en sí mismo se rompía en mil pedazos. Porque sabía que esa pretensión, la de haber hecho lo correcto aquel verano, tal vez se alzaba sobre los cenagosos cimientos de la mentira. La carita de Iris se lo recordaba.
Esa noche, frente a la imagen de aquella niña rubia, Félix bajó la vista y pidió perdón. Por sus pecados, por su arrogancia, por sus prejuicios. Mientras rezaba, recordó las palabras de Joana días atrás, cuando le dijo que las culpas no se expiaban, sino que se cargaban. Quizá tenía razón. Y quizá había llegado el momento de dar un paso atrás, dejar que la justicia siguiera su curso con todas las consecuencias. «Basta de jugar a ser Dios», se dijo. Que cada uno cargue con sus culpas. Que la verdad salga a la luz. «Y que el Señor perdone mis actos y mis omisiones, y conceda a los muertos el descanso eterno.»
«RIP», rezaba la nota que apareció esa tarde en el sillín de su bici, clavada al cuerpo inerte de un gatito. Aleix había tenido que vencer toda su repugnancia para sacarlo de ahí, y horas después tenía la sensación de que sus dedos conservaban el tacto y el olor del bicho muerto. El tiempo se acababa y sus problemas, su problema, estaba cada vez más lejos de resolverse. No había que ser un genio para deducir quién había mandado ese mensaje, ni su significado. Faltaban poco más de cuarenta y ocho horas para el martes. Había llamado a Rubén varias veces sin obtener respuesta. Eso en sí mismo ya era otro mensaje, pensó. Las ratas abandonaban el barco. Se quedaba solo ante la amenaza.
Encerrado en su habitación, Aleix repasó todas las posibilidades. Afortunadamente, su cerebro seguía funcionando en los momentos de mayor estrés, aunque una rayita le hubiera ayudado a despejar sus dudas. Por fin, mientras contemplaba cómo el cielo se oscurecía, al otro lado de la ventana de su cuarto, comprendió que no había otra opción. Aunque le costara el mayor esfuerzo de su vida, aunque se le revolviera el estómago al pensarlo, sólo había una persona a la que recurrir. Edu le dejaría el dinero. Por las buenas o por las malas. No quiso darle más vueltas; salió de su habitación y se encaminó con paso rápido, febril, hacia el cuarto de su hermano mayor.
Capítulo 35
Leire recogió al inspector al pie de la torre sin hacer preguntas, y trató de no fijarse en su aspecto cansado. Aún llevaba la misma camisa que le había visto por la mañana y hablaba despacio, como si tuviera que hacer un esfuerzo para mantener la atención. Pero a medida que ella iba poniéndolo al tanto de la declaración de Rubén, a esos ojos fatigados asomó cierto brillo de interés.
– Siento haber ido por libre -dijo ella cuando terminó su relato.
– Ya está hecho -repuso él.
– ¿Se da cuenta, inspector? Tenemos un testigo, un testigo colocado que cree que vio que alguien empujaba a Marc Castells. No es el testimonio del año, pero yo juraría que decía la verdad.
Héctor intentó concentrarse en el caso, pero le costaba. Por fin, cuando ya estaban en el centro de la ciudad y no sin cierta timidez, se le ocurrió invitarla a cenar. Si a ella le pareció raro, no lo dijo, probablemente porque estaba muerta de hambre y en casa no tenía nada que le apeteciera comer. La perspectiva de unos ravioli de pato con foie, especialidad de un restaurante chino que conocía, se impuso sobre cualquier otra consideración.
– ¿Le gusta la comida china?
– Sí -mintió él-. Y no me llames de usted. Al menos durante un rato. -Le sonrió y siguió en voz baja, pensando en que al día siguiente podía dejar de ser inspector para convertirse en un simple acusado de asesinato-. Tal vez para siempre.
Ella no comprendió la frase del todo, pero intuyó que las preguntas estaban fuera de lugar, así que se mordió la lengua.
– Tú mandas. Pero, en ese caso, pagamos a medias.
– Eso nunca. Mi religión me lo prohíbe.
– Espero que no te prohíba también comer pato.
– De eso no estoy seguro. Tendré que consultarlo.
Ella se rió.
– Pues consúltalo mañana… por si acaso.
La decisión de Héctor de pagar la cuenta de la cena había resultado inamovible, así que fue Leire quien, en un arranque de igualdad femenina, le propuso ir luego a tomar una copa a un pequeño bar cercano donde servían «los mejores mojitos de Barcelona». El REC era un espacio pequeño, decorado en blancos, grises y rojos, que solía estar lleno en invierno, cuando los clientes preferían los interiores acogedores a las terrazas callejeras. Esa noche sólo había un par de personas en la barra, charlando con el dueño del local, un tipo musculoso que saludó a Leire con dos besos.
– Por lo que veo eres muy conocida acá -comentó Héctor, tras sentarse en una mesa.
– Vengo bastante -repuso ella-. Con una amiga.
– Leire, ¿dos mojitos? -preguntó el dueño.
– No. Uno solo. Un san francisco para mí. Sin alcohol.
Él le guiñó un ojo, sin más comentarios; si Leire quería ir de abstemia esa noche ante ese acompañante, era cosa suya. Sirvió las dos copas y volvió a la barra.
– ¿Está bueno? -le preguntó ella. La verdad era que se moría de ganas de tomar uno, pero la imagen de un bebé con tres cabezas reprimía cualquier intento de probar el alcohol.
– Sí. ¿Seguro que no quieres?
– Tengo que conducir -dijo Leire, agradeciendo por única vez en su vida los cientos de controles de alcoholemia que se diseminaban todos los sábados por la noche en la ciudad.
– Buena chica.
El removió el azúcar del fondo y dio otro sorbo. Habían estado repasando el caso durante la cena y habían llegado de nuevo a un punto muerto: Iris, o mejor dicho, Inés Alonso. Habían acordado que Leire iría al aeropuerto a recogerla y se aseguraría de que esa joven llegaba sin problemas al piso de Joana Vidal, o adónde quisiera ir primero. Obviamente, de paso hablaría con ella sobre Marc. Héctor había optado por mantenerse al margen, sin que Leire supiera por qué. Tampoco podía decírselo sin meter en un lío a Andreu. Por enésima vez su mirada fue hacia el móvil, que seguía insolentemente callado encima de la mesa. Ni siquiera Ruth se había molestado en contestar.