Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Los inconsolables [The Unconsoled - es]». Краткое содержание книги:

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. Los inconsolables es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar El hombre sin atributos de Musil.
1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 155
Перейти на страницу:

Habíamos entrado en una autopista. La calzada era ancha y recta. Ante ella se abría un vasto espacio de cielo. Frente a nosotros, en la lejanía, vi dos pesados camiones que circulaban por el carril lento. A excepción de ellos, la autopista estaba prácticamente vacía.

– Espero que no piense -dijo Christoff al cabo de unos instantes- que el traerle hoy a este almuerzo sólo es una estratagema para recuperar mi preeminencia en la ciudad. Soy perfectamente consciente de que mi posición personal no admite vuelta atrás. Además, ya no me queda nada que dar. Lo he dado todo, todo lo que tenía; se lo he dado todo a esta ciudad. Quiero marcharme a alguna parte, muy lejos, a algún lugar tranquilo, yo solo, y olvidarme para siempre de la música. Mis protegidos, por supuesto, se quedarán desolados cuando me vaya. Aún no han aceptado la idea. Quieren que me quede y luche. Una palabra mía, y se pondrían manos a la obra, harían todo lo imaginable, incluso ir de puerta en puerta. Les he dicho cómo están las cosas, se lo he explicado con toda franqueza, pero ellos siguen sin aceptarlo. Les resulta tan difícil… Me han venerado durante tanto tiempo… Encontraban sentido a las cosas a través de mí. Se quedarán anonadados. Pero no importa: esto tiene que terminar. Quiero que termine. Todo, hasta Rosa. Cada minuto de nuestro matrimonio ha sido para mí precioso, señor Ryder. Pero saber que ha de acabar, aunque sin saber bien cuándo… Ha sido terrible. Quiero que todo termine ahora mismo. Quiero bien a Rosa. Espero que encuentre a alguien, a alguien de la talla adecuada. Sólo espero que tenga el buen juicio de mirar más allá de esta ciudad. Esta ciudad no puede proporcionarle el perfil humano que ella necesita en un marido. Nadie aquí entiende la música lo bastante. ¡Ah, si yo tuviera su talento, señor Ryder…! Rosa y yo envejeceríamos juntos…

El cielo se había encapotado. El tráfico seguía siendo escaso, y de cuando en cuando teníamos que adelantar a camiones de transporte de larga distancia antes de poder volver a pisar el acelerador. Surgieron densos bosques a ambos lados del asfalto, que al final dieron paso a vastas extensiones llanas de tierra de labrantío. El cansancio de los últimos días empezó a vencer mi resistencia física, y mientras contemplaba cómo se iba desplegando ante nosotros la autopista me resultaba difícil resistirme al apremio de echar una cabezada. Entonces oí la voz de Christoff que me decía:

– Hemos llegado.

Y abrí los ojos de nuevo.

14

Habíamos aminorado la marcha y nos acercábamos a un pequeño café -un bungalow blanco- que se alzaba aislado a un lado de la autopista. Era el tipo de lugar que uno imagina frecuentado por camioneros que se detienen un rato para tomarse un bocadillo; cuando Christoff entró en el patio delantero de suelo de grava, sin embargo, no había ningún vehículo aparcado.

– ¿Es aquí el almuerzo? -pregunté.

– Sí. Nuestro pequeño círculo lleva reuniéndose aquí años. Verá que todo es muy informal…

Nos bajamos del coche y caminamos hacia el café. Al acercarme pude ver, colgados de la marquesina, unos brillantes carteles de cartón que anunciaban varias ofertas especiales.

– Todo es muy informal -repitió Christoff, abriendo la puerta del local e invitándome a pasar-. Por favor, considérese en su casa.

La decoración interior era bastante básica. Grandes ventanales rodeaban el local; aquí y allá, había pósters con anuncios de refrescos y cacahuetes pegados en la pared con celo. Algunos estaban descoloridos por el sol, y uno no era ya sino un rectángulo de un desvaído azul. Incluso ahora, con el cielo nublado, había cierta crudeza en la luz que inundaba el recinto.

Había ocho o nueve hombres sentados a las mesas del fondo. Tenían delante sendos boles humeantes de algo que parecía puré de patatas. Al entrar los había visto comer ávidamente con largas cucharas de madera, pero habían dejado de hacerlo y me miraban con fijeza. Uno o dos hicieron ademán de levantarse, pero Christoff les saludó jovialmente y les hizo una seña con la mano para que siguieran sentados. Luego, volviéndose a mí, dijo:

– Como ve, el almuerzo ha empezado sin nosotros. Pero dada nuestra tardanza, estoy seguro de que no tendrá inconveniente en disculparles. En cuanto a los que faltan, bueno, seguro que no tardarán mucho. En cualquier caso, no deberíamos perder más tiempo. Si hace el favor de acercarse, señor Ryder: voy a presentarle a estos buenos amigos.

Iba a acercarme hacia ellos cuando advertí que un hombre corpulento, con barba y delantal a rayas nos dirigía furtivas señas desde detrás de la barra.

– Muy bien, Gerhard -dijo Christoff, volviéndose al hombre barbudo con un encogimiento de hombros-. Empezaré por ti. Éste es el señor Ryder.

El hombre barbudo me estrechó la mano y dijo:

– Su comida estará lista en un momento, señor. Debe de estar hambriento.

Le susurró a Christoff unas palabras rápidas, mirando mientras lo hacía hacia el fondo del café.

Christoff y yo seguimos la mirada del hombre barbudo. Como si hubiera estado esperando que nuestra atención se fijara en él, un hombre que estaba sentado a solas en el último rincón del local se levantó de su asiento. Era robusto y de pelo gris, de unos cincuenta y tantos años, con camisa y una brillante chaqueta blanca. Empezó a acercarse hacia nosotros y, de pronto, se detuvo en mitad del salón y sonrió a Christoff.

1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 155
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)