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La Biblioteca De Los Muertos

Электронная книга - «La Biblioteca De Los Muertos». Краткое содержание книги:

Bretaña, año 777. En la abadía de Vectis crece Octavus, un niño sobre el que pesa una maldición: es el séptimo hijo engendrado por un séptimo hijo y la leyenda le vaticina poderes diabólicos. Octavus comienza a escribir una lista con fechas y nombres sin sentido. Cuando uno de los nombres y su fecha coinciden con una muerte en la abadía, el miedo se apodera de los monjes. Siglos después, los miembros de la Orden de los Nombres, descendientes todos de aquel niño, siguen escribiendo sin descanso para completar un misterioso listado de nombres y fechas… Hasta que empiezan a suicidarse.
Estados Unidos, en la actualidad. Nueve personas han aparecido muertas en Nueva York, desconocidos que nada tenían en común. Solo una cosa les unía: todas las víctimas recibieron postales de ataúdes, que anunciaban el día en que morirían, poco antes de su fallecimiento. Son las aparentes víctimas de un asesino en serie difícil de atrapar, cuyas muertes desafían toda lógica…
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Tenía la cabeza más despejada, casi estaba completamente sobrio.

– Vamos a tener que mantenerlo en secreto, lo sabes.

– Lo sé.

– Me refiero a tu carrera, mi jubilación…

– ¡Ya lo sé, Will! Debería irme.

– No tienes por qué.

– Gracias, pero no creo que de verdad quieras pasar la noche conmigo. -Antes de que él pudiera responder, dio una palmada a la portada del guión de Laura, que estaba en la mesilla-. ¿Lo vas a leer?

– No lo sé. Puede. -Y luego-: Probablemente.

– Creo que ella quiere que lo leas.

Cuando estuvo solo se sirvió un whisky, se sentó en el sofá y encendió la lámpara de mesa. El brillo de la bombilla hizo que los ojos le escocieran. Miró el guión de su hija; la imagen de la bombilla chamuscaba la cubierta. A medida que la imagen se desvanecía, le parecía ver una siniestra cara sonriente que lo miraba fijamente. Le desafiaba a que cogiera el guión. Aceptó el desafío.

– Maldita bola de demolición -musitó.

Nunca había leído un guión de cine. Sus relucientes anillas doradas le recordaron la última vez que había puesto sus ojos en uno, un mes antes, en casa de Mark Shackleton. Pasó la página de la portada y se puso manos a la obra… El formato, con todo ese mareo de interiores y exteriores, le confundía.

Tras unas páginas tuvo que volver a empezar, y esta vez le pilló el ritmo. Al parecer el personaje que estaba inspirado en él se llamaba Jack, un hombre cuya parca descripción daba la impresión de irle al pelo: un cuarentón fornido, un producto sureño de pelo rojizo, trato fácil y mal carácter.

No era sorprendente que Jack fuera un alcohólico de aúpa y un mujeriego. Su último desliz era Marie, una escultora demasiado lista para dejar que un hombre así entrara en su vida pero incapaz de resistirse a sus encantos. Al parecer, Jack había dejado una estela de mujeres en su camino y -eso a Will le dolió- una de ellas era su hija, una joven llamada Vicki. A Jack le perseguía la imagen de Amelia, una mujer emocionalmente frágil a la que había conseguido convertir en un desecho metafísico hasta que ella consiguió liberarse gracias al vodka y el monóxido de carbono. Amelia -un velado homenaje a Melanie, la primera esposa de Will y madre de Laura- era una mujer a la que navegar por las aguas de la vida le parecía demasiado difícil. A lo largo de todo el guión, Amelia se le aparece -de color rojo cereza por el efecto del veneno- para reprenderle por su crueldad con Marie.

A mitad del guión, Will se dio cuenta de que estaba demasiado sobrio para continuar, así que se puso tres dedos más de whisky. Esperó a que la bebida le anestesiara y luego siguió hasta llegar al amargo final, el suicidio de Marie, presenciado por el espectro lloroso de Amelia, y la decisión redentora de Vicki de dejar su propia relación de abuso y elegir a un hombre más atento aunque menos apasionado. ¿Y qué hay de Jack? Él sigue a lo suyo con Sarah, la prima de Marie, a la que ha conocido en el funeral. La bola de demolición continúa oscilando en el aire.

Cuando dejó el guión sobre la mesa, se preguntó por qué no estaba llorando.

Entonces, así era como lo veía su hija. ¿Tan grotesco era?

Pensó en sus ex esposas, en sus numerosas novias, en la larga línea de encuentros de una noche. Y ahora Nancy. La mayoría eran chicas majas y bonitas. Pensó en su hija, una manzana sana manchada por la manzana podrida que era su padre. Pensó en…

De repente su introspección derrapó. Cogió el guión y lo abrió por una página cualquiera.

– ¡Joder!

El tipo de letra.

Era una Courier de cuerpo 12, como la de las postales del Juicio Final.

Había olvidado el asombro inicial que le había causado el tipo de letra de la postal, muy normal en los días de las máquinas de escribir pero mucho menos común en la era de las impresoras y la informática. Times New Román, Garamond, Arial, Helvética eran los nuevos estándares en el mundo de las pestañas que abren menús.

Navegó por internet y encontró la respuesta. La Courier 12 era la fuente obligatoria en los guiones de cine, de un rigor inexcusable. Si enviabas un guión a un productor en otro formato serías el hazmerreír del gremio. Y otro dato suculento: los programadores informáticos lo usaban para escribir código fuente.

Una visión mental irrumpió en sus pensamientos. Un par de guiones a nombre de Peter Benedict y unos cuantos bolígrafos Pentel negros sobre un escritorio blanco junto a una estantería llena de libros de programación informática. La voz de Mark Shackleton completó las imágenes: «No creo que vayáis a coger al tipo».

Se pasó un buen rato considerando las asociaciones, por raras que fueran, antes de desechar como absurda la noción de que pudiera haber una conexión entre el caso Juicio Final y su antiguo compañero de habitación. ¡El bicho raro y ya mayorcito de Shackleton corriendo por Nueva York apuñalando, disparando, sembrando el caos y la destrucción! ¡Anda ya!

No obstante, la fuente de la postal era una pista no sondeada, el presentimiento era cada vez más fuerte, y sabía que hacer caso omiso de una de sus corazonadas sería una insensatez, sobre todo cuando estaban en un callejón sin salida.

Cogió su teléfono móvil y, nervioso, le mandó un mensaje a Nancy: «Tú y yo vamos a leer guiones. Puede que nuestro asesino sea guionista».

28 de julio de 2009,

Las Vegas

La chica sintió los suaves eslabones de catorce quilates de la correa y pasó los dedos por el áspero borde de diamantes de la esfera.

– Me gusta este -murmuró.

– Excelente elección, señora -dijo el joyero-.Este Harry Winston tiene mucho éxito. Se llama Avenue Lady.

El nombre la hizo reír.

– ¿Has oído cómo se llama? -preguntó a su acompañante.

– Aja.

– ¿No es genial?

– ¿Cuánto? -preguntó él.

El joyero le miró a los ojos. Si aquel hombre fuera japonés, coreano o árabe habría tenido claro que la venta estaba hecha. Cuando se trataba de estadounidenses con ropa deportiva y gorra de béisbol la cosa resultaba más complicada.

– Hoy puedo ofrecérselo al señor por veinticuatro mil dólares.

Ella abrió los ojos como platos. Era el más caro. Pero le encantaba, y se lo hizo saber rozándole la desnuda piel del antebrazo.

– Nos lo llevamos -dijo él sin dudarlo.

– Muy bien, señor. ¿Cómo quiere pagarlo?

– Apúntelo a mi habitación. Estamos en la suite Piazza.

El joyero tendría que ir a la trastienda para confirmar la venta, pero ya la sentía como algo sólido. Esa suite era una de las mejores, ciento treinta metros cuadrados de mármol y opulencia, con hidromasaje y salón a nivel inferior.

Cuando salieron de la tienda, ella ya llevaba puesto el reloj. El cielo que cubría la plaza de San Marcos era de un azul celeste perfecto, con la cantidad justa de nubecillas esponjosas. Pasó una góndola que llevaba a una pareja de suizos rígidos y con semblante serio. Al gondolero le dio por soltarse con una canción para provocar alguna emoción en su carga y el eco de su rica voz resonó en la bóveda. Todo era perfecto, pensaba su acompañante. La temperatura nada mediterránea, la ausencia de olores salobres de los canales auténticos, y que no hubiera palomas. Odiaba esos sucios pájaros desde aquella vez en que sus padres le llevaron a la plaza de San Marcos, la de verdad, y un chico tímido y sensible y un turista lanzaron un puñado de migas de pan cerca de sus pies. El revoloteo enfebrecido de las palomas le abrumó; ya de adulto, verlas aletear bastaba para que se apartara.

Llevaba puesto el reloj cuando atravesaron cogidos del brazo el vestíbulo del hotel Venetian. Llevaba puesto el reloj en el ascensor, cuando alzó el brazo y lo dobló para llamar la atención de las tres señoritas que hacían el viaje con ellos.

Y llevaba puesto el reloj y nada más cuando estaban en la suite y ella le dio el mejor polvo de su vida.

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