Un paseo entre las tumbas
- Автор: Блок Лоуренс
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Un paseo entre las tumbas». Краткое содержание книги:
– Pero si los vuelve locos…
– Ya están más locos que una cabra. Entiendo lo que está pensando. No quiere darles una excusa para que la maten, pero le aseguro que no necesitan ninguna excusa. Ya lo tienen previsto en su agenda. Tienen que tener un motivo para mantenerla viva.
Kenan me apoyó.
– Yo lo hice todo a su manera -dijo-, todo lo que quisieron. Me la devolvieron…
Vaciló y yo completé la oración mentalmente: «Hecha pedazos». Pero él no le había dicho a Yuri lo que hicieron con Francine y tampoco lo hizo ahora.
– …la devolvieron muerta.
– Vamos a necesitar efectivo -afirmé-. ¿Cuánto tienen? ¿Cuánto pueden reunir?
– ¡No lo sé! -dijo Yuri-. Tengo muy poco efectivo. ¿Los hijos de puta quieren cocaína? Tengo quince kilos de planchas a diez minutos de aquí. -Miró a Kenan-. ¿Quieres comprarla? Dime cuánto quieres pagarme.
Kenan meneó la cabeza.
– Te prestaré lo que tengo en la caja de seguridad, Yuri. Ya estoy en el bote esperando que un negocio de hachís se deshaga. Puse algún dinero y creo que fue un error.
– ¿Qué clase de hachís?
– De Turquía vía Chipre. Hachís de opio. ¿Qué diferencia hay? No se va a producir. Tal vez tenga cien mil en la caja. Cuando llegue el momento correré a casa y lo buscaré. Te lo daré con gusto.
– Sabes que soy bueno para eso.
– No te preocupes por nada.
A Landau se le llenaron los ojos de lágrimas y, cuando trató de hablar, tenía la voz compungida. Apenas podía pronunciar las palabras. Dijo:
– Escuchen a este hombre. Apenas lo conozco, y este maldito árabe me está dando cien mil dólares.
Estrechó a Kenan en sus brazos, sollozando.
Sonó el teléfono en la habitación de Lucía. Fui a cogerlo. Era TJ que hablaba desde Brooklyn.
– Estoy en la lavandería -dijo-. ¿Qué hago? ¿Espero que entre algún lechuguino blanco y use el teléfono?
– Eso es. Deberá llegar ahí, tarde o temprano. Si puedes métete en el restaurante, al otro lado de la calle, y no pierdas de vista la entrada de la lavandería…
– Haré algo mejor que eso, hombre. Estaré aquí mismo, en la lavandería, como un gato más esperando su ropa. El vecindario de aquí es de colores bastante diferentes, de manera que yo no desentono mucho. ¿Te llamaron los Kong?
– No. ¿Los encontraste?
– Los llamé y dejé tu número, pero si Jimmy no lleva el busca encima, es como si no sonara.
– Igual que ese árbol del bosque…
– ¿Qué dices?
– No importa.
– Estaré en contacto -dijo.
Cuando se produjo la siguiente llamada, Yuri contestó. Escuchó un momento, dijo «Un minuto» y me pasó el teléfono. La voz que oí era distinta esta vez, más suave, más culta. Había algo muy desagradable en ella, pero con menos del fingido enfado del que había hablado antes.
– Tengo entendido que tenemos un nuevo jugador -susurró-. No creo que nos hayan presentado.
– Soy un amigo del señor Landau. Mi nombre no es importante.
– A uno le gusta saber quién está al otro lado del teléfono.
– En cierto sentido -repliqué- estamos en el mismo lado, ¿no? Los dos queremos que el intercambio se lleve a cabo.
– Entonces todo lo que tienes que hacer es seguir nuestras instrucciones.
– No, no es así de simple.
– Claro que lo es. Os decimos qué debéis hacer y vosotros lo haréis si queréis volver a ver a la chica alguna vez.
– Me tenéis que convencer de que está viva.
– Tienes mi palabra.
– Lo lamento. No me vale.
– ¿No es lo bastante buena?
– Perdisteis mucha credibilidad cuando devolvisteis a la señora Khoury en tan mal estado.
Hubo una pausa. Y luego:
– Qué interesante. Tú no pareces muy ruso, ¿sabes? Ni siquiera los dejes de Brooklyn encuentran eco en tu manera de hablar. Hubo circunstancias especiales con la señora Khoury. Su marido trató de regatear. Está en la naturaleza de su raza. Recortó el precio y nosotros, por nuestra parte… Bien, puedes terminar ese pensamiento tú mismo, ¿verdad?
Y Pam Cassidy pensé. «¿Qué hizo ella para provocarte?» Pero lo que dije fue:
– No discutiremos el precio.
– Pagaréis el millón.
– Por la chica viva y bien.
– Te aseguro que lo está.
– Todavía necesito algo más que tu palabra. Que se ponga al teléfono. Deja que su padre hable con ella.
– Me temo que eso no será… -No concluyó la frase y la voz grabada de una locutora de NYNEX le interrumpió para pedir más dinero-. Te volveré a llamar -dijo.
– ¿Te has quedado sin cambio? Dame tu número, te llamaré yo.
Se echó a reír y cortó la comunicación.
Yo estaba solo en el apartamento con Yuri cuando se produjo la siguiente llamada. Kenan y Peter estaban fuera, con uno de los dos guardias de abajo, tratando de reunir todo el dinero en efectivo que pudieran. Yuri les había dado una lista de nombres y números telefónicos y ellos tenían algunos recursos propios. Hubiera sido más simple si hubiéramos podido hacer las llamadas desde el apartamento de la terraza, pero sólo teníamos las dos líneas telefónicas y yo quería mantenerlas abiertas las dos.
– Tú no estás en el negocio -dijo Yuri-. Eres una especie de policía, ¿no?
– Privado.
– Privado, y has estado trabajando para Kenan. Ahora estás trabajando para mí, ¿no?
– Sólo estoy trabajando. No busco estar en tu nómina, si es eso lo que quieres decir.
Descartó la cuestión.
– Esto es un buen negocio, pero al mismo tiempo no es bueno, ¿entiendes?
– Creo que sí.
– Quiero dejarlo. Ésa es una de las razones por las cuales no tengo efectivo. Hago muchísimo dinero pero no lo quiero en efectivo y no lo quiero en mercadería. Soy dueño de unos aparcamientos, tengo un restaurante, lo desparramo todo, ¿comprendes? En poco tiempo saldré del negocio de la droga por completo. Muchos norteamericanos empiezan como pistoleros, ¿no?, y terminan siendo honestos hombres de negocios.
– A veces pasa.
– Algunos son pistoleros para siempre, pero no todos. Si no hubiera sido por Devorah ya lo habría dejado.
– ¿Tu esposa?
– Las cuentas del hospital, los médicos. ¡Dios mío, lo que llegó a costar! Ningún seguro. Éramos novatos, ¿qué sabíamos de la Cruz Azul? No importa lo que costara si lo pude pagar. Me alegré de pagarlo. Hubiera pagado más por mantenerla viva, hubiera pagado cualquier cosa. Hubiera vendido los empastes de mis muelas si le hubiera podido comprar un día más de vida. Pagué cientos de miles de dólares y vivió cada día que los médicos pudieron darle. ¡Y qué días fueron, pobre mujer, lo que sufrió! Pero ella quería toda la vida que pudiera conseguir, ¿comprendes?
Se pasó la mano por la ancha frente. Estaba a punto de decir algo más cuando sonó el teléfono. Sin decir una palabra, lo señaló.
Yo descolgué.
El mismo hombre dijo:
– ¿Volvemos a probar? Me temo que la chica no puede venir al teléfono, eso está fuera de toda discusión. ¿De qué otra manera podemos asegurarte que está bien?
Tapé el micrófono.
– ¿Algo que tu hija supiera?
Se encogió de hombros.
– ¿El nombre del perro?
Al teléfono, dije:
– Haz que te diga… No, espera un minuto.
Cubrí de nuevo el teléfono y le dije a Yuri:
– Podrían saber eso, la han estado siguiendo durante una semana o más, conocen sus horarios y sin duda la han visto pasear al perro, la han oído llamarlo por su nombre. Piensa en otra cosa.
– Tuvimos otro perro antes que éste -dijo-. Uno pequeño, blanco y negro, lo atropelló un coche. Ella misma era muy pequeña cuando teníamos ese perro.
– ¿Pero lo recordaría?