Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El emblema del traidor
El emblema del traidor - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El emblema del traidor

Электронная книга - «El emblema del traidor». Краткое содержание книги:

Esta obra obtuvo el VII PREMIO DE NOVELA CIUDAD DE TORREVIEJA 2008
otorgado el 26 de septiembre de 2008, en Torrevieja (Alicante), por el siguiente jurado: J. J. Armas Marcelo, José Calvo Poyato, Julio Ollero, Nuria Tey (directora editorial de Plaza Janes) y Eduardo Dolón (concejal de Cultura del Excmo. Ayuntamiento de Torrevieja), actuando como secretario Alberto Marcos.
***
Estrecho de Gibraltar, 1940. En el epicentro de una tormenta, el capitán González rescata a un grupo de náufragos alemanes. Cuando cesa el temporal, el cabecilla le obsequia con un emblema de oro macizo. De la conversación con ellos, González no olvidará dos palabras: traición y salvación. En torno a este emblema gira la aventura de Paul, un joven huérfano que vive con su madre y sus tíos, los barones von Schroeder. Una revelación oculta sobre la extraña muerte del padre de Paul precipitará una peligrosa investigación en el Munich de entreguerras. Ni siquiera su amor por Alys, una intrépida fotógrafa judía, acabará con su obsesión por descubrir qué le sucedió realmente a su padre. Pero lo que Paul no sabe es que su indagación traerá consecuencias imprevisibles y cambiará para siempre el destino de las personas que le rodean.
1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 71
Перейти на страницу:

Quiso correr hacia él, pero creyó que si lo hacía podría perderle para siempre. Y, aunque había madurado mucho desde que era madre, la cadena dorada del orgullo seguía aún atándole los pies bien corto.

Tengo que aproximarme a él despacio. Saber dónde ha estado, qué ha hecho. Si aún siente algo.

El funeral terminó. Manfred y ella recibieron el pésame de los asistentes. El último era Paul, que se acercó con una mirada cautelosa.

– Buenos días. Gracias por venir -le dijo Manfred, tendiéndole la mano, sin reconocerle.

– Le acompaño en el sentimiento -respondió Paul, adelantándose a estrecharla.

– ¿Conocía usted a mi padre?

– Un poco. Me llamo Paul Reiner.

Manfred soltó la mano de Paul como si quemase y se encaró con el joven. Aunque era bastante más bajo y delgado que Paul, consiguió que éste diera un paso atrás, sorprendido.

– ¿Qué haces aquí? ¿Crees que puedes aparecer otra vez en su vida, como si tal cosa? ¿Después de once años sin dar señales de vida?

– Escribí decenas de cartas, pero ninguna obtuvo respuesta -se defendió Paul, azorado.

– Eso no cambia lo que hiciste.

¡No lo digas!, gritó Alys en su interior.

– Está bien, Manfred -intervino poniéndole una mano en el hombro-. Ve yendo a casa.

– ¿Estás segura? -dijo él, mirando de reojo a Paul.

– Sí -mintió ella.

– De acuerdo. Iré a casa a ver a…

– Muy bien -le interrumpió antes de que pronunciase el nombre-. Yo iré luego.

Manfred, echando un último vistazo rencoroso a Paul, se caló el sombrero y se marchó. Alys comenzó a andar por el paseo central del cementerio en silencio, con Paul a su lado. El contacto de sus ojos había sido muy breve pero intenso y doloroso. Ella no estaba dispuesta a volver a repetirlo, así que prefirió caminar para no tener que cruzar su mirada con él.

– Así que has vuelto.

– Regresé la semana pasada, siguiendo una pista que salió mal. Ayer me encontré con un conocido de tu padre que me contó lo que había ocurrido. Espero que en estos años pudieseis acercaros.

– Hay veces en que lo mejor es la distancia.

– Comprendo.

¿Por qué habré dicho eso? Ahora se va a creer que lo he dicho por él. Pero tampoco le puedo sacar del error. ¿Qué digo ahora?

– ¿Qué hay de tus viajes, Paul? ¿Encontraste lo que deseabas?

– No.

Di que te equivocaste al marcharte, maldito seas. Di que te equivocaste y yo admitiré mis errores y los tuyos, hasta el último de ellos y caeré de nuevo en tus brazos. ¡Dilo!

– De hecho he decidido renunciar -continuó Paul-, Me he quedado sin salidas, sin pistas ni opciones. No tengo familia, no tengo dinero, no tengo una carrera, no tengo ni siquiera un país al que volver, porque esto que me he encontrado no es Alemania.

Ella se paró y se giró para mirarle de cerca por primera vez. Le sorprendió ver que su rostro no había cambiado gran cosa. Sus rasgos se habían endurecido, tenía profundas ojeras alrededor de los ojos y había ganado peso, pero seguía siendo Paul. Su Paul.

– ¿Es cierto que me escribiste?

– Muchas veces. Envié cartas a tu dirección de la pensión, y también a casa de tu padre.

Otra cosa por la que estarle agradecida a mi padre.

– ¿Y bien? ¿Qué vas a hacer? -dijo, y los labios y la voz le temblaron sin poder evitarlo. Tal vez era su cuerpo mandándole el mensaje que ella no se atrevía a enviar, y llegó a su destino, al menos en parte, pues cuando Paul respondió también lo hizo con una nota de emoción.

– Había pensado en volver a África, Alys. Pero cuando escuché lo sucedido a tu padre pensé que…

– ¿Qué?

– No me interpretes mal, pero me gustaría hablar contigo más despacio, contarte por lo que he pasado todos estos años.

– No es una buena idea -se forzó a decir ella.

– Alys, sé que no tengo ningún derecho a entrar en tu vida cuando me da la gana. Yo… fue un gran error marcharme aquella vez, fue un error tremendo, y me avergüenzo de ello. Me ha costado mucho darme cuenta, y sólo te pido que quedemos para tomar un café algún día.

¿Y si te dijese que tienes un hijo, Paul? ¿Un niño precioso, de ojos azul cielo como los tuyos, rubio y testarudo como su padre? ¿Qué harías, Paul? ¿Y si te admitiese en nuestras vidas y luego saliese mal? Por mucho que te desee, por mucho que mi cuerpo y mi alma quieran estar contigo, no puedo permitir que le hagas daño.

– Necesito un poco de tiempo para pensarlo.

Él sonrió y unas pequeñas arrugas que Alys no conocía se le formaron alrededor de los ojos.

– Estaré aquí -dijo Paul, tendiéndole un papelito con su dirección-. El tiempo que necesites.

Alys tomó el papelito y sus dedos se rozaron durante un instante.

– Está bien, Paul. Pero no te prometo nada. Y ahora vete.

Paul, algo dolido por aquella brusca despedida, se marchó sin decir palabra.

Mientras el joven desaparecía paseo abajo, rogó que no se diera la vuelta para que no apreciara el temblor de sus piernas.

51

Vaya, vaya. Parece que la rata ha mordido el cebo -dijo Jürgen apretando con fuerza los prismáticos. Desde aquella posición, en una loma a ochenta metros del lugar donde estaban enterrando las cenizas de Josef, sólo podía verle de lado, avanzando en la cola de personas que acudían a dar el pésame a los Tannenbaum, pero le reconoció al instante-. ¿Tenía razón, Adolf?

– Tenía razón, señor -dijo Eichmann, algo nervioso. Estaba visiblemente incómodo con aquella desviación del programa. En los seis meses que llevaba trabajando con Jürgen, el flamante barón había conseguido penetrar en varias logias exhibiendo su título, su encanto superficial y unas credenciales falsas suministradas por la Logia de la Espada Prusiana. Su Gran Maestre, un nacionalista recalcitrante conocido de Heydrich, apoyaba a los nazis con toda su alma. Sin ningún escrúpulo, le había otorgado a Jürgen el grado de Maestro y dado un curso intensivo sobre cómo parecer un masón experimentado. Después le había entregado una carta personal suya a los Grandes Maestres de las logias humanitarias, instándoles a la colaboración «para capear el temporal de la situación política».

Con una visita a una logia diferente cada semana, y valiéndose de trucos y argucias, Jürgen había conseguido ya más de tres mil nombres de miembros de las logias humanitarias. Heydrich estaba exultante con aquel progreso, y Eichmann también, pues veía cada vez más cerca su sueño de escapar de su gris empleo en Dachau. No le había importado mecanografiar las fichas para Heydrich en su tiempo libre, incluso hacer ocasionales viajes de fin de semana con Jürgen a ciudades cercanas como Augsburgo, Ingolstadt o Stuttgart. Pero aquella obsesión que se había desatado en Jürgen desde hacía unos días le preocupaba mucho. Prácticamente no pensaba en otra cosa que en ese Paul Reiner. Ni siquiera le había explicado qué papel representaba en la misión que Heydrich les había encargado, sólo había dicho que quería encontrarle.

– Yo tenía razón -repitió Jürgen, más para sí que para su nervioso acompañante-. Ella era la clave.

Ajustó un poco la lente de los prismáticos. Su uso le resultaba muy incómodo al tener un solo ojo, y tenía que retirarlos de tanto en tanto. Al volver a enfocar, se desvió un poco y la imagen de Alys entró en su campo de visión. Estaba muy hermosa, más madura desde la última vez que la vio. Se fijó en cómo la blusa negra de manga corta que llevaba le marcaba los pechos, y deseó que alzase la vista un poco para verla mejor.

1 ... 52 53 54 55 56 57 58 59 60 ... 71
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)