La mandolina del capitán Corelli
- Автор: де Берньер Луи
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La mandolina del capitán Corelli». Краткое содержание книги:
Louis de Bernières ha conseguido un bello canto al amor y una afirmación de la vida y todo lo verdaderamente humano que tenemos los hombres y las mujeres. La ternura lírica y la sutil ironía con que está narrado nos envuelve desde la primera página.
Desde el momento de su primera publicación en 1994, La mandolina del capitán Corelli ha sido un éxito continuo con casi dos millones de ejemplares vendidos en todo el mundo.
Ahora se ha convertido en una inolvidable película protagonizada por Penélope Cruz y Nicholas Cage.
Pelagia puso cara de escepticismo y se dispuso impacientemente a rebatir el argumento de que ella era guapa, pero en ese momento se fijó en que la nariz de Corelli no era del todo recta.
– ¿Qué es esto? -preguntó el capitán, señalando un águila-. Bueno, quiero decir, ¿cómo lo ha hecho?
Pelagia señaló con el dedo.
– Esto es fil-tiré, y eso otro festón.
El capitán pudo apreciar la elocuencia de sus dedos y el olor a romero de sus cabellos, pero meneó la cabeza, diciendo:
– Me suena a chino. ¿Me lo vendería? ¿Cuánto quiere por él?
– No está en venta.
– Se lo ruego, kyria Pelagia, le pagaré como prefiera: dracmas, liras, latas de jamón, frascos de aceitunas, tabaco. Usted ponga el precio. Tengo unos cuantos soberanos ingleses.
Pelagia meneó la cabeza; ya no tenía muchos motivos para no vender la prenda, pero el capitán le había hecho sentir suficientemente orgullosa de su obra como para inducirla a conservarla; además, vendérsela precisamente a él habría estado, en un sentido difícil de definir, bastante mal.
– Lo siento mucho -dijo el capitán-, pero eso me recuerda una cosa. ¿Qué debo pagarle de alquiler?
– ¿Alquiler? -preguntó Pelagia, casi muda de asombro.
– ¿Acaso pensaba que iba a vivir aquí de gorra? -El capitán hurgó en un bolsillo y extrajo un buen pedazo de salami, antes de añadir-: He pensado que aceptarían este préstamo del comedor de oficiales. Ya le he dado un rodaja al gato, y me parece que nos hemos hecho amigos.
– Ha convertido usted a Lemoni y a Psipsina en colaboracionistas -observó irónicamente Pelagia-, y en cuanto al alquiler, es mejor que le pregunte a mi padre.
Una semana después, tras haber sido saneado y dotado de ruedas nuevas el jeep voló espectacularmente por los aires cuando iba por las curvas en horquilla de la carretera a Kastro. El conductor era un jovencísimo cabo interino que había sido tenor en la sociedad operística de Corelli y esperaba el final de la guerra para casarse en Palermo con su novia de siempre.
Para entonces Mandras estaba ya en el corazón del Peloponeso, haciendo viudas y reconstruyendo a la Pelagia de sus sueños.
27. CHARLA SOBRE MANDOLINAS Y CONCIERTO
El doctor se despertó a la hora habitual y se dirigió a la kapheneia sin llamar a Pelagia; sólo la miró, la arropó en sus mantas sobre el piso de la cocina y no tuvo valor para turbar su sueño. Aquello contrariaba su innato sentido de la decencia de levantarse temprano, pero por otro lado ella le ayudaba mucho y empezaba a acusar la extenuación causada por la guerra. Además, estaba encantadora con sus cabellos desordenados sobre la almohada, la frazada subida hasta la nariz y sólo una pequeña oreja al descubierto. El doctor se había quedado observándola mientras notaba cómo surgían en su pecho emociones paternales, y luego había sido incapaz de no inclinarse a mirar si el oído estaba en perfectas condiciones; había una pequeñísima escama de piel suspendida sobre la punta de un pelo finísimo en la unión de la aurícula y el meato auditivo externo, pero la impresión general era de perfecta salud. El doctor sonrió mirando a su hija y luego se sintió mezquino por pensar que un día se haría vieja, se encorvaría y arrugaría, desaparecería su serena belleza como se marchitan las hojas, y nadie sabría que había sido hermosa. Sobrecogido por el carácter precioso de las cosas efímeras, se arrodilló y la besó en la mejilla. Se fue a la kapheneia de un humor trágico que encajaba mal con la serenidad de aquella mañana sin nubes.
El capitán, a quien había despertado el aguijonazo de un hemorroide, fue a la cocina, vio a Pelagia dormida y no supo qué hacer. Le habría gustado prepararse una taza de café y comer una pieza de fruta, pero también a él lo cautivó la apabullante tranquilidad de la muchacha durmiente, y creyó que despertarla con ruido de cacharros habría sido una profanación. Por añadidura, no quería causarle ningún engorro por el hecho de que él fuera en camisa de dormir, y tampoco quería exponerse a que le recordaran la ignominia de haber sacado de su cama a la legítima propietaria de la misma. La miró y experimentó de pronto un intenso impulso de acostarse a su lado -nada habría más natural- pero, en cambio, volvió a su cuarto y sacó a Antonia de su estuche. Se dedicó a practicar digitaciones con la mano izquierda, haciendo sonar las notas el mínimo posible a base de pisar las cuerdas y levantar rápidamente los dedos en vez de utilizar una púa. Cansado de este sistema, cogió una púa y apoyó el canto de la mano derecha en el puente para así apagar las cuerdas y tocar «sordo». Sonaba bastante parecido a un pizzicato de violín, y, procurando concentrarse al máximo, se dispuso a interpretar una rápida y muy difícil pieza de Paganini que consistía básicamente en ese efecto.
A medio camino entre el dormir y el despertar, el lúcido sueño de Pelagia se apropió del ritmo distante de la composición y se ambientó en el día anterior, cuando el capitán había llegado a la casa a lomos de un caballo gris que le había prestado uno de los soldados que hacía la ronda nocturna. Aquel caprichoso animal estaba entrenado para hacer caracolas, y a su propietario le había dado por impresionar a las chicas haciéndolo ejecutar este bonito truco en cuanto divisaba a una. El animal había captado enseguida la idea, y se aprestaba a hacer su numerito espontáneamente siempre que se cruzaba con un ser humano con faldas, pelo largo y ojos luminosos. Todos los soldados sentían envidia de aquel caballo, y su jinete estaba siempre dispuesto a dejárselo a algún oficial en el entendido de que conseguiría ciertas ventajas en las listas de facción. El día en que el capitán Corelli se lo llevó prestado, su jinete iba a ser rebajado a limpiar letrinas.
Tan sólo llegar Corelli a la puerta del patio y levantar Pelagia la vista de la cabra que estaba cepillando, el caballo había aguzado las orejas y ejecutado unas caracolas. El capitán había levantado la gorra, risueño, y Pelagia había experimentado un flechazo de placer como raramente había sentido alguna vez. Fue como el placer que uno siente cuando un bailarín que ha estado lanzando sus piernas a alturas imposibles da un salto mortal hacia atrás, o cuando una manzana cae rodando de un anaquel, le da a una cuchara, la cuchara salta por los aires y aterriza en un tazón, con el cazo hacia abajo. Pelagia había contemplado a Corelli y su caballo exhibicionista y había sonreído y aplaudido mientras el rostro de Corelli se abría en una sonrisa tan amplia como la del chiquillo al que le regalan un balón de fútbol después de años de gimotear e implorar.
En su sueño el caballo caracoleaba al tempo de Paganini y su jinete tenía unas veces la cara de Mandras y otras la del capitán. A ella no le gustó esto, e hizo un esfuerzo mental para reducir las caras a una sola. Ganó Mandras, pero, insatisfecha del resultado, Pelagia la cambió por Corelli. De haber habido alguien en la habitación, la habría visto sonreír en sueños: estaba reviviendo el retintín de los jaeces, el crujir del cuero, el acre y dulce olor del sudor del caballo, su inteligente forma de aguzar los oídos, el minúsculo movimiento lateral de los cascos al posarse en el polvo y las piedras del camino, el tensar y aflojar de los músculos de los cuartos traseros, el gesto magnífico del sonriente soldado al quitarse la gorra.