Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]
- Автор: Буджолд Лоис Макмастер
- Год: 1992
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-2526-X
- Переводчик: M
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «Fronteras del infinito [Borders of Infinity - es]». Краткое содержание книги:
Incluye los relatos:
Las Montañas de la Aflicción
Laberinto
Fronteras del Infinito
Premio Hugo a la mejor novela corta 1990 por Las Montañas de la Aflicción.
Con el tiempo, la presión aflojó y Miles se encontró cerca del borde de la multitud y se liberó. Se tambaleó alejándose y cayó sobre el polvo, sentado, tembloroso y aterrorizado, pálido y frío. Sentía el aliento áspero y desigual en la garganta. Tardó bastante tiempo en reponerse.
Por pura casualidad, la escena le había llegado al alma, había despertado sus peores miedos, amenazado la más peligrosa de sus debilidades. Puedo morir aquí, fue consciente de ello, sin ver siquiera la cara de mi enemigo. Pero no parecía haber más huesos rotos, excepto posiblemente en el pie izquierdo. No estaba muy seguro. El elefante que le había pisoteado el pie seguro que tenía más barras de rata de las que legalmente le correspondían.
De acuerdo, pensó Miles por fin. Ya has perdido suficiente tiempo en esta recuperación. De pie, soldado. Había llegado el momento de buscar al coronel Tremont.
Guy Tremont. El verdadero héroe del sitio de Núcleo Dormido. El desafiante, el que había aguantado y aguantado y aguantado después de la huida del general Xian, después de la muerte de Baneri.
Xian había jurado volver pero, claro, Xian se había encontrado con esa picadora de carne en la estación Vassily. Cuarteles Generales había prometido reacondicionarlo pero, claro, Cuarteles Generales y su puerto de transbordadores habían caído en manos de los cetagandanos.
Y para entonces, Tremont y sus tropas habían perdido contacto. Y aguantaron, esperando y deseando. Finalmente, los recursos con que contaban se redujeron a esperanza y rocas. Las rocas eran versátiles, podían hervirlas para hacer sopa o arrojárselas al enemigo. Finalmente, Núcleo Dormido cayó en manos del enemigo. No se rindió. Cayó.
Guy Tremont. Miles deseaba conocerlo con toda su alma.
De pie, Miles miró alrededor y vio a un espantapájaros tembloroso al que un grupo arrojaba manojos de polvo. Suegar se paró unos metros más allá del alcance de los misiles de los otros, señalando el harapo sobre la muñeca y hablando. Los tres o cuatro hombres que quería convencer le dieron la espalda.
Miles suspiró y empezó a arrastrarse hacia él.
—¡Eh, Suegar! —llamó e hizo un gesto con la mano cuando llegó un poco más cerca.
—Ah, estás ahí. —Suegar se volvió y se le Iluminaron los ojos y se reunió con él—. Te había perdido. —Se frotó los ojos para sacarse el polvo— Nadie quiere escucharme…
—Bueno, la mayoría de ellos ya te habrá escuchado antes, ¿verdad? Por lo menos una vez.
—Probablemente veinte veces. Sigo pensando que tal vez haya uno al que no se lo haya dicho. Tal vez ése es el Elegido, el otro Elegido.
—Bueno, a mí me encantaría escucharte, pero primero tengo que encontrar al coronel Tremont. Dijiste que conocías a alguien…
—Ah, sí, sí. Por aquí. —Suegar emprendió el camino otra vez.
—Gracias. Dime… ¿siempre es así cuando entregan la comida?
—Más o menos.
—¿Y qué impide que un grupo tome ese arco de la cúpula y se instale ahí para siempre?
Nunca dejan la comida dos veces en el mismo sitio. Se mueven por todo el perímetro. Una vez se debatió mucho si era mejor ponerse en el centro para no estar nunca más lejos que medio diámetro, o cerca del borde para estar más cerca por lo menos a veces. Algunos hasta lo calcularon matemáticamente, probabilidades y todo eso.
—¿Y tú qué crees?
—Ah, yo no tengo un lugar fijo. Me muevo y si logro algo, bien… —Se tocó el harapo con la mano derecha—. De todos modos, la comida no es lo más importante. Pero ha sido bueno comer… hoy, sea el día que sea.
—Hoy es 2 de noviembre del 97, era común de la Tierra.
—¿Ah, sí? —Suegar se estiró los pelos de la cara y trató de mirarlos—. Pensé que hacía más tiempo que estaba aquí. Vamos, no han pasado ni siquiera tres años… Ah. —Y agregó, como disculpándose—: Aquí dentro siempre es hoy.
—Mmmm —calculó Miles—. Así que siempre ponen las barras de rata en un montón, ¿eh?
—Sí.
—Muy ingenioso.
—Sí.
Suegar suspiró. En ese suspiro, escondida apenas bajo la superficie había rabia, rabia en sus manos crispadas. Así que mi loco no es tan simplón…
—Ya llegamos —prosiguió Suegar.
Se detuvieron frente a un grupo definido por una serie de mantas tendidas en el suelo formando un círculo desigual. Uno de los hombres levantó la vista y miró a Suegar con rabia.
—Vete, Suegar. No estoy de humor para un sermón.
—¿Ése es el coronel? —susurró Miles.
—No, se llama Oliver. Lo conocí… hace mucho tiempo. Pero estuvo en Núcleo Dormido —susurró Suegar en respuesta—. Él puede llevarte.
Suegar empujó a Miles hacia delante.
—Él es Miles. Es nuevo. Quiere hablarte. —Y después se alejó. Me está haciendo un favor, pensó Miles. Suegar se daba cuenta de lo impopular que era, eso era evidente.
Miles estudió al próximo eslabón de su cadena. Oliver se las había arreglado para preservar sus pijamas grises, la bolsa de dormir y la taza, lo cual hizo que Miles fuera consciente de su desnudez. Por otra parte, no parecía tener ningún duplicado de procedencia nefasta. Tal vez era tan robusto como los hermanitos del comité de bienvenida, pero no estaba relacionado con ellos en ninguna otra manera. Eso era bueno. No porque Miles tuviera que volver a preocuparse por los ladrones en el estado en que se encontraba, por supuesto.
Oliver lo miró sin invitarlo a hablar, después pareció suavizarse.
—¿Qué quieres? —gruñó.
Miles abrió las manos.
—Busco al coronel Tremont.
—Aquí no hay coroneles, muchacho.
—Era primo de mi madre. Nadie de la familia… nadie sabe nada de él desde que cayó Núcleo Dormido. No soy de ninguna de las otras unidades ni restos de unidades… El coronel Tremont es la única persona que conozco. —Miles unió las manos y trató de parecer lo más desprotegido posible. De pronto, lo sacudió una duda horrible y frunció el ceño—. ¿Vive, por lo menos?
Oliver se quedó pensativo.
—Pariente, ¿eh? —Se rascó el borde de la nariz con un dedo grueso—. Supongo que tienes derecho. Pero no te sentirás mejor, muchacho, si eso es lo que pretendes.
—Bueno. . . —Miles se encogió de hombros—. Lo que quiero es saber.
—Ven, entonces. —Oliver se levantó rezongando y empezó a caminar sin mirar atrás ni siquiera una vez.
Miles lo siguió, renqueando.
—¿Me llevas con él?
Oliver no contestó hasta que terminaron el viaje, a unos doce metros, entre mantas. Un hombre los maldijo, otro les escupió; la mayoría los ignoró.
Al final del grupo había otra de esas mantas, casi lo bastante lejos como para parecer sola. Y una figura, enroscada de lado dándoles la espalda. Oliver se quedó de pie, en silencio, con las manos crispadas sobre las caderas, y la miró.
—¿El es el coronel? —susurró Miles, nervioso.
—No, hijo. —Oliver se mordió el labio inferior—. Sólo lo que queda de él.
Miles, alarmado, se arrodilló. Oliver hablaba figurativamente, se dio cuenta aliviado. El hombre respiraba.
—¿Coronel Tremont? ¿Señor?
El corazón de Miles se hundió de nuevo cuando vio que lo único que hacía Tremont era respirar. Estaba acostado, inerte, los ojos abiertos pero fijos en la nada. Ni siquiera parpadeó cuando miró a Miles. Ni siquiera lo descartó con desprecio. Estaba flaco, más flaco que Suegar incluso. Miles buscó el ángulo de la mandíbula, la forma de la oreja y reconoció los holovídeos que había visto. Los restos de una cara, como la fortaleza en ruinas de Núcleo Dormido. Hacía falta casi la visión de un arqueólogo para reconocer las conexiones entre pasado y presente.