Cuentos de Terramar [Tales from Earthsea - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Серия: Terramar #5
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 978-84-450-7371-1
- Переводчик: Franca Borsani
- Жанр: Фэнтези
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Y la última historia, Dragonvolador, que tiene lugar algunos años después del final de Tehanu, muestra como la determinación de una mujer puede romper el férreo control masculino sobre la magia de Terramar.
Los cuentos se completan con un ensayo sobre las gentes, las lenguas, la historia y la magia de Terramar.
Esta aclamada continuación del reino mágico de Terramar confirma a Ursula K. Le Guin como una de las más brillantes escritoras de nuestro tiempo.
Si era experiencia lo que el joven hechicero estaba buscando, no obtuvo mucha en el Estanque del Oeste. Siempre que Abedul tenía invitados de Kem-bermouth o de cualquier otro terreno vecino, la manada de ciervos, los cisnes y la fuente de vino dorado hacían su aparición. También hacía unos fuegos de artificio muy bonitos en las noches de primavera. Si los encargados de los huertos y de los viñedos acudían al Señor para preguntarle si su mago podría urdir un sortilegio de crecimiento en los perales aquel año, o tal vez un encantamiento para que alejara la podredumbre de los viñedos de Fanian en la colina del sur, Abedul les decía: —Un mago de Roke no se rebaja a hacer tales cosas. ¡Id a decirle al hechicero de la aldea que se gane el pan!
Y cuando la hija más pequeña llegaba con una tos debilitante, la esposa de Abedul no se atrevía a molestar al joven sabio por ello, sino que enviaba humildemente a alguien hasta la casa de Rosa de la Antigua Iría, para pedirle que entrara por la puerta trasera y tal vez hiciera una cataplasma o cantara un canto para que la niña se curara.
Marfil nunca notó que la niña estaba enferma, ni tampoco los árboles de peras, ni los viñedos. No tenía mucho trato con nadie, tal como debe hacerlo un hombre de arte y erudición. Pasaba sus días cabalgando por los campos en la preciosa yegua negra que le había dado su patrón para su uso exclusivo después de que él dejara bien claro que no había venido desde Roke para caminar con dificultad por el barro y por la tierra de caminos campestres poco frecuentados.
Durante sus cabalgatas, a veces pasaba por una antigua casa que estaba sobre una colina, entre grandes robles. Una vez se salió del sendero de la aldea y comenzó a subir la colina, pero una jauría de perros flacos y de fauces feroces llegó corriendo a toda prisa y bramando hacia donde él se encontraba. La yegua temía a los perros y era propensa a encabritarse y a salir disparada, así que después de aquello mantuvo cierta distancia. Pero tenía buen ojo para la belleza, disfrutaba de ella, y le gustaba mirar la vieja casa soñando en la moteada luz de las tempranas tardes de verano.
Preguntó a Abedul sobre aquel lugar. —Ésa es Iria —le contestó Abedul—, la Antigua Iria, quiero decir. Esa casa me pertenece. Pero después de un siglo de disputas y peleas por ella, mi abuelo dejó el lugar para acabar con la riña. Aunque el Señor que allí se encuentra todavía se estaría peleando conmigo si no estuviera demasiado borracho como para poder hablar. Hace años que no veo a ese viejo. Creo que tenía una hija.
—Su nombre es Dragónvolador, y es quien hace todo el trabajo, y yo la vi una vez el año pasado. Es alta y tan hermosa como un árbol en flor —dijo la hija más pequeña, Rosa, quien se distraía ocupando sus catorce años de vida con agudas observaciones, que era todo lo que podía hacer. Se interrumpió, tosiendo. Su madre le lanzó una angustiada y suplicante mirada al mago. Seguramente había oído aquella tos, esta vez. Él sonrió a la pequeña Rosa, y el corazón de la madre se exaltó. Seguramente no habría sonreído así si la tos de Rosa fuera algo serio, ¿verdad? —Esa gente de la casa vieja no tiene nada que ver con nosotros —dijo Abedul, enfadado. El discreto Marfil no preguntó nada más. Pero quería ver a la muchacha tan hermosa como un árbol en flor. A menudo cabalgaba cerca de la casa vieja. Intentó detenerse en la aldea que estaba al pie de la colina para hacer algunas preguntas, pero no había ningún sitio donde parar y nadie que contestara sus preguntas.
Una bruja de ojos incoloros lo miro solo una vez y se metió dentro de su choza. Si decidía subir a la casa, tendría que enfrentarse con la jauría de sabuesos del infierno, y probablemente con un viejo borracho. Pero valía la pena correr el riesgo, pensó; estaba cansado de la aburrida vida del Estanque del Oeste, y nunca había sido alguien que dudara demasiado antes de arriesgarse. Cabalgó cuesta arriba por la colina hasta que los perros estuvieron bramando a su alrededor en un frenesí, tratando de morder las patas de la yegua. Ésta cayó al suelo y comenzó a golpearlos con sus cascos, y él pudo evitar salir disparado únicamente urdiendo un sortilegio de detención y utilizando toda la fuerza de sus brazos. Los perros saltaban e intentaban morder ahora las piernas de Marfil, y éste estaba ya a punto de dar rienda suelta a la yegua cuando alguien apareció entre los perros gritando palabrotas y golpeándolos con una correa. Cuando logró que la yegua, agotada y muerta de sed, se pusiera de pie, vio a la muchacha tan hermosa como un árbol en flor. Era muy alta, estaba furiosa, de grandes manos y pies y boca y nariz y ojos, y una cabeza de cabellos enmarañados y polvorientos. Les gritaba:
—¡Abajo! ¡Volved a la casa, carroña, malditos hijos de perra! —a los ahora quejosos y acobardados perros. Marfil se cogió la pierna derecha con ambas manos. Los dientes de uno de los perros le habían arrancado un trozo de los pantalones de montar de un mordisco, y por allí le goteaba un hilo de sangre.
—¿Está la yegua herida? —preguntó la mujer—. ¡Oh, esos parásitos traidores! —Acariciaba suavemente la pata delantera derecha de la yegua. Sus manos se mancharon del sudor y la sangre del animal.— Aquí, aquí—dijo—. Buena chica, valiente. —La yegua apoyó la cabeza en el suelo y todo su cuerpo tembló aliviado.— ¿Por qué la has dejado en medio de los perros sin poder moverse? —preguntó la mujer llena de furia. Estaba arrodillada a las patas del caballo, con la cabeza levantada mirando a Marfil. Él la miraba desde el lomo del caballo, y así y todo se sentía bajo; se sentía pequeño. Ella no esperó la respuesta—. Yo la guiaré —dijo, poniéndose de pie, y estiró la mano para alcanzar las riendas. Marfil se dio cuenta de que tenía que bajar del caballo. Lo hizo, mientras le preguntaba:
—¿Está muy mal? —Y miraba la pata de la yegua, donde sólo veía una espuma brillante y llena de sangre.
—Ven, mi amor —dijo la muchacha a la yegua, no a él. La yegua la siguió con confianza. Comenzaron a caminar por el escabroso camino que rodeaba la ladera de la colina hasta llegar a un viejo establo de piedras y ladrillos, sin caballos, habitado únicamente por nidos de golondrina y golondrinas que se abatían sobre el tejado cantando su agudo murmullo.
—Mantenla tranquila —dijo la muchacha, y lo dejó sosteniendo las riendas de la yegua en aquel desértico lugar. Regresó al cabo de un rato arrastrando un pesado cubo, y se puso a lavarle la pata a la yegua con una esponja—. Quítale la silla de montar —le dijo a él, y su tono de voz contenía un silencioso e impaciente «¡estúpido!» al que Marfil obedeció, medio molesto por su tosca grandeza y medio intrigado. Ahora no lo hacía pensar en absoluto en un árbol en flor, pero realmente era hermosa, de una manera grande y feroz. La yegua se entregaba a ella totalmente. Cuando le decía: «¡Mueve la pata!», la yegua movía la pata. La mujer la limpió de pies a cabeza, le puso otra vez la silla de montar, y se aseguró de que se pusiera al sol—. Se pondrá bien —dijo—. Tiene una herida, pero si la lavas con agua salada y tibia cuatro o cinco veces al día, se curará bien. Lo siento. —Esto último lo dijo con sinceridad, aunque bruscamente, como si todavía se estuviese preguntando cómo había podido él dejar que su yegua se quedara allí inmóvil sólo para ser atacada, y lo miró directo a los ojos por primera vez. Tenía los ojos claros, de un marrón anaranjado, como de color topacio oscuro, o ámbar. Eran unos ojos extraños, justo a la altura de los suyos.