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La tormenta de nieve

Электронная книга - «La tormenta de nieve». Краткое содержание книги:

Un relato inquietante y fantasmagórico sobre la tragedia de una familia y los secretos enterrados en la isla de Öland.
Un crudo invierno golpea la isla sueca de Öland. Katrine y Joakim Westin han abandonado la ciudad y se han mudado a la isla con sus hijos, donde han comprado la vieja y señorial casa de Eel Point, junto al faro. Sin embargo, su idílico retiro termina cuando el cadáver de Katrine es hallado en la playa.
A partir de ese funesto día, Joakim tendrá que luchar para mantener la cordura y ocuparse de sus hijos. Además, la casa que a priori parecía el perfecto hogar se va convirtiendo en una maligna influencia para él. Joakim nunca ha sido supersticioso, pero ¿de dónde proceden los susurros que oye en Eel Point? ¿Con quién habla su hija en sueños una noche tras otra?
El fin de año está al caer y una terrible tormenta de nieve se acerca a la isla; Joakim teme que las historias marineras que ha oído sobre maldiciones en Eel Point sean ciertas…
Los muertos son nuestros vecinos en la isla, y hay que aprender a convivir con ellos.
Un relato inquietante y fantasmagórico sobre la tragedia de una familia y los secretos enterrados en la isla de Öland.
Un crudo invierno golpea la isla sueca de Öland. Katrine y Joakim Westin han abandonado la ciudad y se han mudado a la isla con sus hijos, donde han comprado la vieja y señorial casa de Eel Point, junto al faro. Sin embargo, su idílico retiro termina cuando el cadáver de Katrine es hallado en la playa.
A partir de ese funesto día, Joakim tendrá que luchar para mantener la cordura y ocuparse de sus hijos. Además, la casa que a priori parecía el perfecto hogar se va convirtiendo en una maligna influencia para él. Joakim nunca ha sido supersticioso, pero ¿de dónde proceden los susurros que oye en Eel Point? ¿Con quién habla su hija en sueños una noche tras otra?
El fin de año está al caer y una terrible tormenta de nieve se acerca a la isla; Joakim teme que las historias marineras que ha oído sobre maldiciones en Eel Point sean ciertas…
Los muertos son nuestros vecinos en la isla, y hay que aprender a convivir con ellos.
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– Hiciste bien -opinó Gerlof.

Él asintió, aunque le habría gustado haber podido ahorrarse esa elección.

– Después de esa noche, le prohibí a Ethel que viniera a casa, pero siguió intentándolo. No la dejábamos entrar, y aun así, por las tardes, dos o tres veces por semana, se apostaba junto a la verja, con su gastada chaqueta vaquera y la vista fija en Åppelvillan. A veces abría nuestras cartas para ver si en los sobres había dinero o cheques. Y en alguna ocasión la acompañaba un chico…, otro esqueleto que se quedaba temblando junto a ella.

Hizo una pausa y pensó que aquel era uno de los últimos recuerdos que tenía de su hermana: de pie junto a la verja del jardín, con el rostro cadavérico y el pelo enmarañado.

– Ethel solía gritarnos -explicó-. Le gritaba cosas a Katrine. A veces también a mí, pero sobre todo a ella. Vociferaba y vociferaba hasta que los vecinos descorrían las cortinas y yo tenía que salir y darle dinero.

– ¿Servía de algo?

– Sí…, funcionaba un tiempo, pero claro, cuando se lo gastaba volvía a por más. Era un círculo vicioso. Katrine y yo nos sentíamos… acosados. A veces, me despertaba en mitad de la noche y oía gritar a Ethel desde la verja, pero cuando miraba fuera, la calle estaba desierta.

– ¿Estaba Livia en casa cuando tu hermana iba por allí?

– Sí, a menudo.

– ¿Oía sus gritos?

– Eso creo. No ha hablado nunca de ello, pero seguro que la oía.

Joakim cerró los ojos.

– Fueron unos meses negros…, una época terrible. Y Katrine empezó a desear que Ethel se muriera. Me lo decía por las noches, en la cama. Tarde o temprano Ethel tomaría una sobredosis. Cuanto antes mejor. Creo que ambos lo deseábamos.

– ¿Y ocurrió?

– Sí. Una noche, el teléfono sonó a las once y media. Cuando llamaban tan tarde sabíamos que se trataba de Ethel; siempre era así.

De eso hacía un año, pensó, pero parecían diez.

Fue Ingrid, su madre, quien le comunicó la noticia de la muerte. Habían encontrado a su hermana ahogada en Bromma, justo al lado de su casa.

Katrine la había oído esa misma tarde. Como de costumbre, Ethel había estado gritando desde la verja, luego los gritos habían cesado.

Cuando Katrine miró por la ventana, había desaparecido.

– Mi hermana fue hasta el paseo de la playa -prosiguió Joakim-. Se sentó en un cobertizo de barcos, se inyectó una dosis, y luego bajó tambaleándose al agua helada. Ese fue su final.

– ¿Tú no estabas en casa esa tarde? -preguntó Gerlof.

– Llegué después. Livia y yo estábamos en una fiesta de cumpleaños.

– Probablemente fue lo mejor para ella.

– Sí. Y durante un tiempo confiamos en que todo se calmaría -dijo Joakim-. Pero yo seguía despertándome por las noches y creía oír gritar a Ethel en la calle. Y Katrine perdió la alegría de vivir. A esas alturas, Åppelvillan ya estaba reformada, y había quedado preciosa, pero mi mujer no se sentía tranquila allí. Así que el invierno pasado empezamos a hablar de mudarnos al campo; al sur, quizá a alguna casa de Öland. Y al final lo hicimos.

Guardó silencio y miró el reloj. Las cuatro y veinte. Le pareció que había hablado más durante aquella última hora que en todo el otoño.

– Tengo que ir a buscar a mis hijos -dijo en voz baja.

– ¿Te preguntó alguien cómo te sentías respecto a lo ocurrido? -inquirió Gerlof.

– ¿A mí? -se extrañó Joakim, y se levantó-. Yo estaba muy bien.

– No lo creo.

– No. Pero en mi familia nunca hemos hablado de nuestros sentimientos. Y, en realidad, tampoco hablamos nunca del problema de Ethel. -Miró a Gerlof-. Uno no le va contando a la gente que tiene una hermana drogadicta. Katrine fue la primera…, se podría decir que yo la metí en aquello.

El anciano permanecía sentado en silencio y parecía meditar.

– ¿Qué quería Ethel? -preguntó al fin-. ¿Por qué iba todo el tiempo a vuestra casa? ¿Era solo por el dinero?

Joakim se puso la chaqueta sin responder.

– No era solo eso -dijo finalmente-. También quería que le entregáramos a su hija.

– ¿A su hija?

Joakim titubeó. También resultaba difícil hablar de aquello, pero al fin lo hizo:

– No tenía padre…, había muerto de una sobredosis. Katrine y yo éramos los padrinos de Livia y asuntos sociales nos concedieron la custodia hace cuatro años. La adoptamos el año pasado… Ahora Livia es nuestra.

– Pero es la hija de Ethel, ¿verdad? -dijo Gerlof.

– No. Ya no.

23

Al informar sobre la furgoneta negra a la central en Borgholm Tilda la había descrito como un vehículo «interesante» que se debía vigilar. Pero Öland era grande y el número de coches patrulla reducido.

¿Y lo que le había dicho Gerlof sobre un asesino con un bichero en ludden? Eso era algo de lo que no había informado. Sin pruebas de que una barca hubiese estado en el cabo no se podía poner en marcha una investigación criminaclass="underline" era necesario algo más que unos agujeros en un jersey.

– Le he devuelto la ropa a Joakim Westin -le dijo el anciano cuando la llamó.

– ¿Le has hablado de tu teoría del asesinato? -preguntó Tilda.

– No…, no era el momento adecuado. Aún no está bien del todo. Seguramente creería que un fantasma había arrastrado a su mujer al agua.

– ¿Un fantasma?

– La hermana de Westin…, que era drogadicta.

Luego, Gerlof le contó por encima la historia de Ethel, la hermana mayor de Joakim, una yonqui que perturbaba su tranquilidad.

– Así que esa fue la razón de que la familia se fuera de Estocolmo -comentó Tilda cuando él terminó-. Los echó de allí una muerte.

– Esa fue una de las razones. Öland también debió de atraerles.

Tilda pensó en lo cansado y demacrado que estaba Joakim Westin cuando fueron a visitarlo, y añadió:

– Creo que debería hablar con un psicólogo. O quizá con un sacerdote.

– ¿Así que yo no valgo como confesor? -le espetó Gerlof.

Casi todas las tardes, al salir del trabajo, cuando Tilda pasaba junto al buzón, sentía el impulso de sacar la carta para la mujer de Martin y enviarla. Sin embargo, la misiva seguía en su bolso. Le parecía cargar con una hacha: la carta le daba poder sobre una persona a la que no conocía.

También tenía poder sobre Martin. Este seguía llamándola para charlar con ella. Tilda no sabía qué respondería si él le volvía a preguntar si podía ir a verla.

Habían pasado dos semanas sin que se comunicara un solo robo de casas en el norte de Öland. Pero una mañana sonó el teléfono de la comisaría. La llamada procedía de Stenvik, en la costa oeste de la isla, y el hombre que telefoneaba hablaba en voz baja, en cerrado dialecto ölandés. Dijo llamarse John Hagman. A ella le sonó ese nombre: Hagman era uno de los conocidos de Gerlof.

– ¿Están buscando ladrones de casas? -preguntó.

– Sí, en efecto -respondió Tilda-. Había pensado llamarle…

– Sí, Gerlof me lo dijo.

– ¿Ha visto algún ladrón?

– No.

Luego el hombre guardó silencio. Tilda esperó y preguntó:

– ¿Ha descubierto quizá algún rastro de los ladrones?

– Sí. Han estado aquí, en el pueblo.

– ¿Hace poco?

– No sé cuándo, pero tuvo que ser en otoño. Parece que han entrado en varias casas.

– Pasaré a ver -dijo Tilda-. ¿Cómo podré encontrarle?

– Ahora soy el único que vive aquí.

Tilda se apeó del coche patrulla en un camino de grava, entre una hilera de casas de verano cerradas, a unos metros sobre el estrecho y miró alrededor. El viento era muy frío y pensó en su familia. Procedían de allí, de Stenvik, y de alguna manera habían conseguido sobrevivir en aquel paisaje pedregoso.

Un anciano de baja estatura con un mono azul oscuro y gorra marrón se acercó al coche.

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