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Alguien te observa

Электронная книга - «Alguien te observa». Краткое содержание книги:

Conocida como la Reina de Hielo en los juzgados de Chicago, la joven abogada Kristen Mayhew vive por y para su trabajo. Posee el índice más alto de casos ganados en la fiscalía. Es una mujer fuerte, una profesional, incorruptible, apreciada por su tenacidad y dedicación. Pero ahora acaba de descubrir que tiene un peligroso admirador secreto.
Lleva tiempo observándote. Conoce todos sus movimientos, todos sus pensamientos. Le envía cartas. Y ha empezado a asesinar, en su nombre, a los delincuentes y criminales que ella no logró meter entre rejas.
Abe Reagan acaba de incorporarse al departamento de homicidios de Chicago. Este es su primer caso después de cinco años de trabajar como agente encubierto. Ahora empieza una nueva etapa de su vida, intentando dejar atrás un pasado donde perdió lo que más le importaba.
Mientras Kristen y Abe empiezan a redescubrir unos sentimientos que creían olvidados, un asesino frío y calculador sigue actuando de manera implacable. Y ahora su sed de castigo ha convertido a Kristen en el blanco perfecto.
En su novela más elogiada, Karen Rose, la escritora que está subiendo con más fuerza dentro del género romántico con suspense, combina admirablemente una inquietante intriga y una conmovedora historia de amor.
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– Gracias. Haced el favor de encontrar a ese tipo antes de que me dé más trabajo. Esta noche he quedado con un niño de tres años que no entiende por qué su mamá lo deja plantado para trocear a los muertos. -dijo, y se despidió con un gesto de la mano.

Abe se volvió hacia Mia.

– ¿Tiene un hijo?

– Es una ricura. Su marido la abandonó y desde entonces hace lo imposible por ser una buena madre soltera.

– Qué duro. -Abe miró a Jack; estaba observando cómo Julia daba instrucciones a sus ayudantes para que colocaran el cadáver en la furgoneta del equipo forense-. ¿Y qué tiene que ver Jack en todo eso?

– Nada. -Mia alzó los ojos-. Está sola. -Su semblante se tornó pícaro-. No puedo decir lo mismo de otra persona.

A su pesar, Abe notó que le ardían las mejillas.

– Ya está bien, Mia. Vamos a tomar unas fotos del escenario. Yo… -Lo interrumpió un grito alarmado. Giró sobre sus talones y vio que un hombre de pelo cano empujaba a Julia contra su coche-. Mierda. Es Jacob Conti -dijo, y salió corriendo hacia allí.

Jack fue más rápido. Cuando Abe llegó al coche, seguido de muy cerca por Mia, Jack tiraba de Conti para apartarlo de Julia.

– Quítele las manos de encima -dijo con furia.

Abe los separó.

– Tranquilízate, Jack. -Este dio un paso atrás a pesar de que estaba temblando de rabia. Abe se volvió hacia Conti, quien le clavó una mirada encendida-. Estamos en el escenario del crimen, señor Conti. Me veo obligado a pedirle que se retire.

– Es su hijo, maldita sea.

Se acercó otro hombre, era corpulento y tenía un aspecto amenazador.

Mia sacó el cuaderno.

– ¿Y usted quién es, señor?

– Drake Edwards. Soy el jefe de seguridad del señor Conti. Queremos ver a Angelo.

Mia exhaló un suspiro.

– Pensábamos informarle de la muerte de su hijo en mejores circunstancias, señor Conti. Por ahora creo que es preferible que no lo vea.

Conti cerró los ojos y se encorvó. Drake Edwards le pasó el brazo por los hombros.

– Entonces, ¿es cierto? -masculló Edwards-. ¿Es Angelo?

Mia asintió.

– Sí, señor. Eso creemos.

Conti abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo que eso creen? ¿No lo saben seguro? Son… -Abrió más los ojos al asaltarlo la cruda realidad-. Le ha hecho algo en la cara. Por eso no han podido reconocerlo. -Se abalanzó sobre la furgoneta del equipo forense, pero Edwards lo retuvo y le murmuró unas palabras al oído que consiguieron que se esforzara por recobrar la calma. La transmutación resultó fascinante. Un instante después, el señor Conti, sereno, se volvió hacia Julia, todavía pálida, y le preguntó con sangre fría-: ¿Cuándo nos entregarán el cuerpo? Su madre querrá enterrarlo.

– En cuanto terminen el examen forense -le espetó Jack, pero Julia le puso una mano en el hombro.

– Haré lo posible por terminar la investigación cuanto antes, señor Conti -dijo con voz algo trémula-. Lo siento mucho.

Conti asintió con formalidad y se dio media vuelta.

– ¿Cómo se ha enterado? -preguntó Julia, con voz temblorosa-. ¿Cómo sabía que se trataba de Angelo?

Mientras la limusina de Conti se alejaba, Abe captó la presencia de Zoe Richardson y su cámara filmándolo todo. Sin dudarlo ni un segundo, Zoe se le acercó con el micrófono en la mano.

– Menuda pájara -dijo Julia en voz baja.

– Menudo buitre -añadió Abe en tono mordaz.

– Menuda zorra -escupió Jack.

– Dios, qué sangre fría -se maravilló Mia.

Abe avanzó un poco; sabía que tenía que controlar la ira que sentía. Aquella mujer empeoraba las cosas sistemáticamente.

– Señorita Richardson, me veo obligado a pedirle que se marche. Estamos en el escenario de un crimen y no le está permitido permanecer aquí.

Ella hizo oídos sordos.

– Doctora VanderBeck, ¿la ha lastimado el señor Conti?

Julia miró a Richardson tan pasmada como si tuviese tres cabezas.

Mia se plantó delante de la cámara.

– Sin comentarios -respondió-. Váyase ahora mismo, señorita Richardson, o la detendré por interferir en la investigación policial.

– Pero…

– Ahora mismo.

Mia cogió las esposas y el cámara bajó el aparato.

– Vámonos -dijo, mirando a Richardson de reojo.

Ella parecía furiosa.

– No; nos quedamos. Son ustedes quienes no están respetando la Primera Enmienda. La gente tiene derecho a estar informada.

– Te he dicho que nos vamos -insistió el cámara, y Zoe se volvió despacio. La estupefacción afeaba sus rasgos habitualmente perfectos.

– Me parece que se iban -dijo Abe en tono seco.

Richardson se lo quedó mirando con ojos envenenados.

– Por cierto, ¿dónde está Mayhew?

– Fuera de su alcance. Si no quiere tener que entregarme una vez más la cinta, le aconsejo que siga a su compañero.

La chica se marchó dando fuertes pisotones.

– De verdad que odio a esa mujer -dijo Abe.

Julia se alisó el abrigo.

– Lo entiendo perfectamente. Me voy al depósito de cadáveres, allí se está más tranquilo. Te llamaré si descubro algo. -Miró a Jack-. Gracias -dijo en tono suave, y se alejó dejando a Jack ruborizado.

– A lo mejor no está tan sola -susurró Mia con una sonrisita-. Siempre llueve sobre mojado.

Capítulo 14

Domingo, 22 de febrero, 17.30 horas

La cena del domingo en casa de los Reagan fue como encontrarse en medio de un tornado de los de Kansas. Dos televisores se disputaban la audiencia; el de la sala de estar retransmitía un partido que tenía a todos los hombres refunfuñando; el de la cocina estaba sintonizado en el canal de teletienda QVC, cuyas existencias de collares de perlas casi se habían agotado. En la cocina, la señora Reagan preparaba un puré de patatas y vigilaba el asado. Cada vez que abría un poquito el horno, el olor que invadía la cocina conseguía que a Kristen se le hiciese la boca agua.

– Qué bien huele -dijo.

Estaba sentada junto a Rachel a la mesa de la cocina, donde la hermanita de Reagan había dispuesto en semicírculo un montón de libros y una pequeña grabadora.

– Mamá es la mejor cocinera del mundo. Todos mis amigos lo dicen. -Abrió el cuaderno por una hoja en blanco-. Gracias por acceder a que te haga la entrevista. Mi madre dice que no debería molestarte, que ya tienes bastante con todo lo que está ocurriendo.

– No te preocupes. Después de tantas horas encerrada sola en casa, estaba a punto de volverme loca. -Se oyó un clamor procedente de la sala-. Pensaba que la temporada de fútbol había terminado.

Rachel se echó hacia atrás en la silla para poder ver la sala de estar.

– Así es. Están viendo a la vez un partido de hockey y un derby interuniversitario de baloncesto. El año pasado, para Navidad, Sean le regaló a papá uno de esos televisores de pantalla doble. -Esbozó una pícara sonrisa de adolescente-. A mamá le sentó fatal. ¿Te importa si grabo la entrevista?

– ¿Tú crees que se oirá algo?

– Seguro que sí. Estoy acostumbrada al ruido que suele haber en esta casa y he desarrollado una excelente audición selectiva. -Rachel accionó la grabadora-. Estamos entrevistando a la ayudante del fiscal del Estado Kristen Mayhew. Para empezar, ¿podría decirnos por qué decidió dedicarse a la abogacía?

Kristen abrió la boca y se dispuso a soltar la respuesta habitual, aquella que no se parecía en nada a la verdad. Sin embargo, algo en los ojos azules de Rachel Reagan la disuadió.

– Al principio no pensaba dedicarme a esto -dijo con sinceridad-. Quería estudiar arte. Me dieron una beca. Pero durante el segundo año de la carrera una persona muy cercana fue víctima de una agresión.

Rachel abrió los ojos como platos.

– ¿Quién?

– Prefiero no decirlo. Ella quiere que se mantenga en secreto. La cuestión es que el autor de la agresión no recibió castigo alguno y yo pensé que aquello no era justo.

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