La Ciudad Prohibida
- Автор: Мин Анчи
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Ciudad Prohibida». Краткое содержание книги:
Finales del siglo XIX. Envuelta en el marasmo de las ambiciones europeas, el arcaísmo de sus estructuras y la impotencia política, la dinastía Qing está viviendo sus últimos días. Pero aún conserva todo su esplendor. Justamente en esos tiempos Orquídea, una bella joven de diecisiete años perteneciente a una familia aristocrática venida a menos, es escogida para convertirse en concubina del Emperador.
Orquídea se introduce así en la Ciudad Prohibida de Pekín, un mundo de complejos rituales ancestrales que sugieren equilibrio y serenidad, pero tras los que se ocultan turbias intrigas que conducen a la traición y el asesinato. Todas las concubinas aspiran a ser la emperatriz, entre ellas Orquídea. La joven, con su belleza y talento innatos, llega a convertirse en maestra de la seducción y triunfa sobre sus rivales. Ya tiene el poder, pero es un poder sobre un país que se desmorona: Orquídea será la última emperatriz de China.
Partiendo de una recreación de la China imperial meticulosa y fiel, La Ciudad Prohibida es el relato de una ambición condenada por la historia y el cautivador fresco de un mundo desaparecido, en una novela absorbente e inolvidable…
Nuharoo se las arreglaba para mostrar espléndidas sonrisas en público, pero el cotilleo de sus eunucos y damas de honor revelaba que estaba afligida. Profundizaba en su fe budista y visitaba el templo para cantar con su maestro tres veces al día.
El emperador Hsien Feng me aconsejó que no «mirara a los demás por el ojo de una aguja», pero mi instinto me decía que no debía tomarme a la ligera los celos ocultos de Nuharoo. Yuan Ming Yuan no era un lugar seguro en absoluto. En apariencia Nuharoo y yo éramos amigas; ella se implicaba en los preparativos de la llegada del niño: había visitado el taller de ropa imperial para inspeccionar las prendas para el bebé, había visitado también los almacenes imperiales para asegurarse de que tendríamos fruta y nueces frescas y, por último, había revisado la piscifactoría. Como se decía que el pescado aumentaba el flujo de leche materna, Nuharoo se aseguró de que hubiera mucho pescado para alimentar a las nodrizas.
La selección de nodrizas se convirtió en el interés de Nuharoo. Inspeccionó a un ejército de mujeres embarazadas cuyos niños nacerían por las mismas fechas que el mío. Luego viajó en carruaje hasta Yuan Ming Yuan para hablarme del asunto.
– He comprobado el historial médico de tres generaciones -me explicó.
Cuanto más excitada estaba Nuharoo, más crecía mi temor. Deseaba que tuviera sus propios hijos. Todo el mundo en la Ciudad Prohibida, excepto el emperador, comprendía la presión a la que Nuharoo estaba sometida tras varios años de matrimonio y ningún signo de fertilidad. El hecho de que semejante presión la llevara a comportarse extrañamente era común en las mujeres sin hijos. Una manifestación de ello era la obsesión por los yoo-hoo-loos; tirarse a un pozo era otra. Yo aún ignoraba las verdaderas intenciones de Nuharoo.
Inmediatamente después de que el médico Sun Pao-tien me examinara y declarase que llevaría el embarazo a buen puerto, el emperador convocó a su astrólogo. Ambos fueron al templo del Cielo, donde Hsien Feng rezó para que nuestro hijo fuera niño. Poco más tarde, fue a ver a Nuharoo para felicitarla.
¡Pero si ella no es la madre de nuestro hijo!, grité para mí.
Nuharoo hizo bien su papel; demostró su felicidad con lágrimas de verdad. Yo pensé que tal vez me había equivocado, tal vez era hora de que cambiase mi opinión sobre ella; tal vez Nuharoo se había convertido en una auténtica budista.
Cuando yo llevaba cinco meses de embarazo, Nuharoo sugirió al emperador Hsien Feng que me trasladara de nuevo al palacio de la Belleza Concentrada.
– La dama Yehonala necesita paz absoluta -le dijo Nuharoo-. Necesita alejarse de cualquier clase de tensión, incluidas las malas noticias sobre la marcha del país que recibe a través de ti.
Me permití creer que Nuharoo pensaba en mi bienestar y consentí en mudarme, pero en cuanto abandoné el dormitorio del emperador, sentí que había cometido un error. Pronto la verdad saldría a la luz y ya nunca regresaría a aquel dormitorio.
Como para añadir más caos a mi vida, el eunuco jefe Shim me comunicó que no se me permitiría criar a mi propio hijo. Yo era considerada «una de las madres del príncipe», pero no la única.
– Esta es la tradición imperial -dijo Shim fríamente.
Nuharoo también sería responsable del cuidado y la educación diarios de mi hijo y tendría el derecho a apartarlo de mi lado si yo me negaba a cooperar con ella. Tanto el clan manchú como el emperador Hsien Feng creían en que la sangre imperial de Nuharoo la calificaba para ser la madre principal del futuro príncipe. Nadie me acusaría nunca de ser una concubina de clase baja, pero mi pasado, el hecho de ser una muchacha de pueblo, y el estatus de mi padre, un gobernador de bajo rango, resultaba una vergüenza que la corte y el emperador nunca olvidarían.
Capítulo 14
Al cabo de un mes de que yo desapareciera de su vista, el emperador Hsien Feng tomó cuatro nuevas concubinas chinas de origen Han. Como las reglas imperiales no permitían mujeres que no fueran manchúes en el palacio, Nuharoo lo arregló todo para introducirlas.
Es duro para mí hablar de aquel dolor. Era como si me ahogara lentamente; me habían cortado el aire en los pulmones y la muerte aún no llegaba.
– Sus pies adolescentes en forma de loto han cautivado a su majestad -me informó An-te-hai-. Las damas han sido un regalo del gobernador de Soochow.
Supuse que a Nuharoo no le había costado sugerir a los gobernadores que era el momento de complacer a su amo. An-te-hai descubrió que Nuharoo había alojado a las nuevas concubinas en la ciudad en miniatura de Soochow, dentro del más grande jardín imperial del palacio de Verano, situado a varios kilómetros de Yuan Ming Yuan. El palacio de Verano, con su pequeña Soochow, había sido levantado alrededor de un lago y estaba formado por más de trescientas construcciones en casi trescientas hectáreas.
¿Habría actuado de otro modo de haber estado en su pellejo? ¿De qué me quejaba? ¿Acaso no había acudido yo con todo el descaro a una casa de putas para aprender técnicas para complacer a un hombre?
El emperador Hsien Feng no me había visitado desde mi partida. Mi añoranza de él me hacía pensar en cuerdas blancas de seda. Las pataditas del interior de mi vientre me animaban y fortalecían mi voluntad de sobrevivir. Reflexionaba sobre mi vida y luchaba para mantener la compostura. Para empezar, Hsien Feng nunca había sido mío; así eran las cosas. La ironía era que se suponía que el emperador, después de la muerte de su madre, tenía que permanecer sobrio y abstenerse de hacer el amor durante tres meses pero él solo respetaba las tradiciones que le convenían. No podía imaginar a mi hijo educado del mismo modo que su padre. Necesitaba convencer a Nuharoo de que yo no sería una amenaza para ella con el fin de estar siempre cerca de mi hijo.
Los rumores de la obsesión de su majestad por las damas chinas se esparcieron por todos los rincones de la Ciudad Prohibida. Yo empezaba a tener sueños horribles. Soñaba que estaba durmiendo y alguien intentaba tirarme de la cama. Yo me resistía en vano y era arrastrada fuera de la habitación; mientras tanto, veía claramente que mi cuerpo estaba aún en la cama, inmóvil.
En mis sueños también veía bayas rojas que caían prematuramente de los árboles, e incluso las oía caer: pop, pop, pop. Según la superstición, aquello profetizaba un aborto, así que en medio de un ataque de pánico, envié a An-te-hai afuera para comprobar si era cierto que los arbustos de bayas de la parte trasera de mi palacio habían empezado a soltar sus frutos. An-te-hai regresó y me informó de que no había encontrado ninguna baya en el suelo.
Día tras día oía los sonidos de las bayas que caían en mis sueños. Sospechaba que las bayas podían haber quedado atrapadas entre las tejas del tejado. Para reconfortarme, Ante-hai, junto con otros eunucos, subió por una escalera hasta el tejado y miró entre las tejas, pero no encontró ninguna baya.
Seguía sin noticias de su majestad hasta que llegó Nuharoo con una amplia sonrisa. Me sorprendió ver al emperador Hsien Feng detrás de ella.
Mi amante parecía un poco incómodo, pero pronto recuperó la compostura. No podría decir si me había echado de menos, supongo que no. Lo habían educado para no comprender el sufrimiento ajeno. Me preguntaba si había estado disfrutando de su mujer. ¿Habían estado dando paseos «hombro con hombro, bañados por la luz del sol poniente»? ¿Había deseado su majestad «besar las flores de sus manos»?