El manuscrito de Avicena
- Автор: Teodoro Ezequiel
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Год: Entrelineas Editores
- ISBN: 9788498025170
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El manuscrito de Avicena». Краткое содержание книги:
—Puede que tengas razón, doctor. Discúlpame, no pretendía obligarte. La tensión ha podido conmigo.
—No estoy enfadado. Has sido la única persona que me ha ayudado en estos días. Sólo te debo agradecimiento..., y si de verdad crees que lo mejor para mí y mi esposa es buscar ese dichoso manuscrito, lo haré.
El agente se le quedó mirando. Disponía de la oportunidad de inclinar la balanza a su favor, simplemente tenía que decir que sí y su objetivo volvería a estar a un paso. Sin embargo, negó con un movimiento de cabeza.
—Lo que tú creas estará correcto —le contestó apenas en un susurro.
Mientras tanto, en Alex comenzaba una pugna interna. Había intervenido a favor del médico cuando creía que el agente no estaba siendo justo con él, con todo luego advirtió que si se alejaban de la posibilidad de encontrar ese manuscrito del que hablaban, también se distanciaría de la búsqueda del asesino o asesinos de su padre, propósito que continuaba inserto en su mente y que no iba a abandonar pese a la muerte de Jeff o a los contratiempos que le surgieran. Renacía aquella Alex que conoció el inspector, y, lo que es más importante, la inglesa volvía a tomar conciencia de ello.
—Aunque no vayamos tras el manuscrito, sí tenemos que buscar a su mujer —indicó Alex de improviso.
Los dos hombres la miraron.
—Sí... Tienes razón —titubeó el médico.
—¿Y por dónde comenzamos?
En circunstancias normales, la policía sería una buena opción, aunque en un país como ese, y con terroristas y agentes internacionales tras su pista, no parecía la más adecuada. El agente, más ducho en este tipo de circunstancias, habló primero.
—Vamos a suponer que Silvia no está secuestrada ni la han... —contempló al médico con detenimiento, tratando de discernir si debía pronunciar una palabra tan cruda— asesinado.
El médico le mantuvo la mirada.
—Si hubiese sido secuestrada —prosiguió, obviando la segunda posibilidad—, alguien se habría puesto en contacto con el doctor, pero no ha sido el caso. Por tanto, debemos pensar que ha desaparecido por su propia voluntad, y si es así, en algún momento se comunicará contigo o con alguien que conozca aquí en San Petersburgo. ¿Sabes de algún amigo?
El médico trataba de hacer memoria y no recordaba que Silvia le hubiera hablado de alguien fuera del trabajo. Siempre se había dedicado por entero a la ciencia o a su familia. La verdad, se decía, es que ni él mismo ni ella habían prosperado mucho en materia de relaciones sociales.
—No creo que tenga amigos fuera de los laboratorios.
—Entonces, la única opción es que haya intentado hablar contigo y no haya podido. Hay que tener en cuenta que te quedaste sin móvil en París.
Asintió. Parecía que hubieran transcurrido meses desde que los arrestaron en Francia, sin embargo no hacía ni una semana de aquello.
—Cabe una posibilidad —interrumpió Alex—. Su esposa podría haberle enviado un correo electrónico.
—Tal vez.
—¿Tiene algún correo virtual?
Al agente no le gustaba la actitud decidida de su nueva compañera, podía poner en peligro la misión por la que se encontraba en esos momentos junto al médico en mitad de San Petersburgo. Lamentablemente para Javier, el doctor Salvatierra valoraba la espontaneidad que adivinaba en Alex y, sobre todo, la fuerza de voluntad que parecía rezumar, tan parecida a aquella que emanaba su esposa, siempre tan dada a llevar la voz cantante. Lo cierto es que Alex y Silvia se parecían más de lo que el doctor se hubiera atrevido a confesar, y por ello en esos momentos confiaba plenamente en su juicio.
—Puede que tengas razón. La mejor opción sería acceder a mi correo, si me ha enviado algún mensaje, allí lo podré encontrar.
Javier, sintiendo que había perdido una pequeña batalla, acercó su disco duro al médico.
—Déjame que lo prepare y podrás conectarte a tu correo.
Minutos después el médico comprobó que no existía ningún mensaje de su esposa.
Los tres se sentaron derrotados en una de las camas. La búsqueda se iniciaba con más dificultades de las esperadas. Quizá debían meditar un poco más antes de emprender la acción, pensó el agente mientras jugueteaba descuidadamente con sus dedos sobre la pantalla prestada por el hotel. Alex le miraba pulsar el polímero plástico absorta en sus pensamientos, y el médico observaba la pared, como si en sus manchas moteadas pudiera ver dibujada la solución a sus pesares.
—Si existiera otra forma de comunicarse conmigo... —cavilaba en voz alta.
La inglesa mantenía los ojos fijos en el agente.
—Quizá sí —planteó al tiempo que giraba la cabeza para mirar al médico con cara de niña sabelotodo—. No sé cómo no hemos caído antes, es tan sencillo.
—¿A qué te refieres? —intervino Javier.
—Al buzón de voz de su móvil.
Alex guardó un silencio expectante, esperando escuchar ahora los halagos de su público, pero ninguno de los dos hizo comentario alguno. Luego el doctor pareció despertar.
—Creo que no tengo contraseña, o por lo menos no me acuerdo.
—Si no la has cambiado nunca la contraseña por defecto es 1234 —contestó Javier—, aunque no creo que funcione.
Alex le miró con reprobación, estaba claro que el agente no se iba a mostrar de acuerdo con ninguna de sus ideas.
—Tal vez resulte —intervino el médico—. Después de todo, no disponemos de otras opciones.
—Necesitamos el número de teléfono del buzón de voz.
—Marca el 609 123 123 —musitó Javier, no deseaba que aquello saliera bien, sin embargo no veía por qué no debía ayudar— con el +34 delante.
Tenía dos mensajes y varias llamadas perdidas. El primero era de Silvia, le pedía ayuda y le decía que estaba perdida, que habían asesinado a un compañero y no sabía qué hacer. Lloraba. Alex había encendido el altavoz al comienzo de la llamada y ahora trataba de apagarlo para evitarle más sufrimientos al doctor aunque él ya la oía verter lágrimas.
—¡Tenemos que buscarla!
El segundo mensaje sonaba distinto.
—Hola Simón. —Era su mujer.
Unos crujidos y un murmullo delataban que no estaba sola.
—Unos señores me han secuestrado. No sé quiénes son, al menos no sé quiénes son todos... —se aventuró a decir.
De pronto se oyó un sonido brusco y Silvia emitió un quejido, la habían golpeado. El doctor se derrumbó en el sofá. Después Silvia volvió a hablar.
—Sé qué es lo que quieren y... —calló unos segundos— también sé qué estarían dispuestos a hacer por conseguirlo. Sólo hay una solución: debes traerles el manuscrito... Te quiero, mi amor.
La grabación se interrumpió definitivamente.
Alex contempló al médico sentado en el sofá con la cabeza agachada y las manos revolviéndose el pelo. Estaba desesperado, tan desesperado como ella había estado en los últimos días, a punto de perder a alguien para siempre, como a ella ya le había ocurrido, y quizá por la misma mano que le arrancó la vida a su padre.
—Descansemos un poco —dijo lacónicamente Javier—, esta tarde comenzaremos a buscar ese manuscrito— sentenció mientras encendía de nuevo la pantalla que le habían prestado.
Capítulo IX
1099 de la Era Cristiana... 492 de la Hégira...
Aquella noche el campamento era un hervidero. Godofredo de Bouillon se había reunido con los generales de su Ejército para planificar la batalla de la mañana siguiente; en unas horas empuñarían de nuevo las armas y cargarían contra los sarracenos que protegen Jerusalén. El asedio se había prolongado demasiado, los soldados se desanimaban y los víveres comenzaban a escasear; la única solución era romper la resistencia de esos demonios y tomar la Ciudad Santa para la Cristiandad.