El cuento número trece
- Автор: Setterfield Diane
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El cuento número trece». Краткое содержание книги:
Más tarde, muchas horas más tarde.
Terminado el entierro, por fin podría llorar.
Pero no pude. Mis lágrimas, contenidas durante demasiado tiempo, se habían secado.
Tendrían que quedarse dentro para siempre.
Lágrimas secas
– Disculpe… -comenzó Judith. Apretó los labios. Luego, con un revuelo de manos inusitado en ella, añadió-: El médico está visitando a un paciente y todavía tardará una hora en llegar. Se lo ruego…
Me anudé la bata y la seguí; Judith caminaba deprisa unos pasos por delante de mí. Después de subir y bajar escaleras y girar por pasillos y corredores llegamos a la planta baja, pero era una zona de la casa donde yo no había estado antes. Finalmente llegamos a una serie de habitaciones que supuse eran los aposentos de la señorita Winter. Nos detuvimos ante una puerta y Judith me miró preocupada. Comprendía muy bien su angustia. Del otro lado de la puerta llegaban sonidos inhumanos, guturales, bramidos de dolor interrumpidos por jadeos entrecortados. Judith abrió la última puerta y entró.
Quedé petrificada. ¡Con razón el sonido retumbaba de ese modo! A diferencia del resto de la casa, con sus cortinajes y su mullida tapicería, sus paredes forradas y sus tapices, aquella habitación era pequeña, sobria y desnuda. Las paredes eran de yeso pelado y el suelo de madera. En un rincón había una sencilla librería abarrotada de papeles amarillentos y, en otro, una cama angosta cubierta con una sencilla colcha blanca. En la ventana, sendas cortinas de percal pendían lánguidamente a uno y otro lado del cristal, dejando entrar la noche. Desplomada sobre un pupitre, de espaldas a mí, estaba la señorita Winter. Sus feroces naranjas y llamativos morados habían desaparecido. Vestía un blusón blanco de manga larga y estaba llorando.
Un chirrido de aire, áspero y atonal, sobre cuerdas vocales. Lamentos discordantes que desembocaban en espeluznantes gemidos. Sus hombros subían y bajaban con violencia y el torso le temblaba; la fuerza de esa convulsión viajaba por el delicado cuello hasta la cabeza y descendía por los brazos hasta alcanzar unas manos que aporreaban espasmódicamente la superficie del pupitre. Judith se apresuró a colocar de nuevo el cojín bajo la sien de la señorita Winter, que, poseída por la crisis, parecía ajena a nuestra presencia.
– Nunca la había visto así -dijo Judith con los dedos apretados contra los labios. Y con un tono de pánico creciente añadió-: No sé qué hacer.
La boca de la señorita Winter se abría y retorcía en espantosas y delirantes muecas de dolor, un dolor demasiado grande para caber en su boca.
– No se preocupe -le dije a Judith. Conocía aquel sufrimiento. Arrastré una silla y me senté junto a la señorita Winter.
– Chist, chist, lo sé. -Le rodeé los hombros con un brazo y cubrí sus manos con la mía. Envolviéndola con mi cuerpo, acerqué mi oreja a su cabeza y proseguí con el conjuro-. Tranquila, pronto pasará. Chist, mi niña, no está sola. -La mecí sin dejar en ningún momento de susurrar las palabras mágicas. No eran palabras mías, sino de mi padre. Palabras que sabía que funcionarían porque siempre había sido así conmigo-. Chist -susurré-. Lo sé. Pronto pasará.
Las convulsiones no cesaron, ni los gritos se hicieron menos dolorosos, pero poco a poco perdieron violencia. Entre un acceso y otro, la señorita Winter tenía tiempo de inspirar desesperadas bocanadas de aire.
– No está sola. Estoy con usted.
Finalmente calló. Tenía la curva del cráneo apretada contra mi mejilla. Algunos mechones de su pelo me rozaban los labios. Podía notar en mis costillas su respiración trémula, las delicadas convulsiones de sus pulmones. Tenía las manos heladas.
– Tranquila, tranquila.
Nos quedamos un rato en silencio. Tiré del chal hacia arriba para cubrirle mejor los hombros y le froté las manos para darles calor. Tenía el rostro desfigurado. Apenas podía ver a través de sus hinchados párpados y tenía los labios secos y agrietados. El nacimiento de un moretón señalaba el lugar donde su cabeza había estado golpeando el pupitre.
– Era un buen hombre -dije-. Un buen hombre. Y la quería.
Asintió lentamente. Su boca tembló. ¿Había intentado decir algo? Movió de nuevo los labios.
¿El seguro? ¿Era eso lo que había dicho?
– ¿Fue su hermana quien estuvo toqueteando el seguro? -Ahora parece una pregunta dura, pero en aquel momento, tras haber arrastrado consigo el torrente de lágrimas toda formalidad, mi franqueza no pareció fuera de lugar.
Mi pregunta provocó en la señorita Winter un último espasmo de dolor, pero cuando habló, lo hizo con rotundidad.
– No fue Emmeline. No fue ella. No fue ella.
– Entonces, ¿quién?
La señorita Winter cerró los ojos y empezó a balancear y mover la cabeza de un lado a otro. He visto ese mismo comportamiento en animales del zoo enloquecidos por su cautiverio. Temiendo que el tormento la asaltara de nuevo, recordé lo que mi padre acostumbraba hacer para consolarme cuando era niña. Suave, tiernamente, le acaricié el cabello hasta que, aplacada, dejó descargar la cabeza en mi hombro.
Finalmente estuvo lo bastante tranquila para que Judith pudiera acostarla. En un tono infantil y somnoliento, la señorita Winter me pidió que me quedara. Arrodillada junto a su cama, la contemplé mientras se dormía. De vez en cuando un espasmo perturbaba su sueño y en su rostro se dibujaba el miedo. Cuando eso ocurría, le acariciaba el pelo hasta que los párpados se calmaban.
¿Cuándo me había consolado mi padre de ese modo? Un incidente emergió de las profundidades de mi memoria. Yo debía de tener entonces doce años. Era domingo y papá y yo estábamos comiendo unos sándwiches frente al río cuando llegaron unas gemelas. Dos niñas rubias con unos padres rubios que habían ido a pasar el día para admirar la arquitectura y disfrutar del sol. Todo el mundo reparaba en ellas. Probablemente estaban acostumbradas a las miradas de los desconocidos, pero no a la mía. En cuanto las vi el corazón me dio un vuelco. Fue como contemplarme en un espejo y verme completa. Con qué ardor me quedé observándolas, con qué avidez. Nerviosas, las gemelas le dieron la espalda a la niña de los ojos voraces y se aferraron a las manos de sus padres. Pude ver su miedo, y una mano dura me estrujó los pulmones hasta que el cielo se volvió negro. Más tarde, en la librería, yo en el asiento de la ventana, entre el sueño y la pesadilla; papá en el suelo, de cuclillas, acariciándome el pelo y murmurando su conjuro: «Chist, pronto pasará. Tranquila. No estás sola».
Poco después llegó el doctor Clifton. Cuando me di la vuelta y lo vi en el umbral, tuve la sensación de que llevaba allí un buen rato. Al pasar frente a él cuando me iba, vi algo en su semblante que no supe interpretar.
Criptografía submarina
Regresé a mis habitaciones, con los pies avanzando con la misma lentitud que mis pensamientos. Nada tenía sentido. ¿Por qué había muerto John-the-dig? Porque alguien había toqueteado el seguro de la escalera de mano. No pudo ser el muchacho. De acuerdo con la historia de la señorita Winter, tenía una coartada clara: mientras John y su escalera salían volando desde la balaustrada hasta chocar contra el suelo, el muchacho estaba contemplando el cigarrillo de la señorita Winter sin atreverse a pedirle una calada. Por tanto, tuvo que ser Emmeline. Pero nada en la historia indicaba que Emmeline fuera capaz de algo así. Ella era una niña inofensiva, la propia Hester lo decía. Y la señorita Winter lo había expresado con claridad. No, no fue Emmeline. Entonces, ¿quién? Isabelle estaba muerta. Charlie había desaparecido.
Entré en mi habitación y me detuve frente a la ventana. La oscuridad era impenetrable; en el cristal solo aparecía mi reflejo, una sombra pálida a través de la cual se podía ver la noche.
– ¿Quién? -le pregunté.
Finalmente escuché la voz en mi cabeza, queda y persistente, que había estado intentando desoír: Adeline.
«No», dije.
«Sí», dijo la voz. Adeline.
No podía ser. Los gritos de dolor por John-the-dig seguían frescos en mi mente. Nadie podría llorar así por un hombre al que ha matado, ¿o sí? Nadie podría asesinar a un hombre al que quiere lo suficiente para derramar todas esas lágrimas, ¿o sí?
Pero la voz en mi cabeza me narró, episodio tras episodio, la historia que tan bien conocía. La violencia en el jardín de las figuras, cada acometida de las tijeras de podar un golpe en el corazón de John; los ataques contra Emmeline, los tirones de pelo, las palizas y mordiscos; el bebé arrancado del cochecito y abandonado a su suerte, para que muriera o fuera encontrado. Una de las gemelas no estaba muy bien de la cabeza, decían en el pueblo. Hice memoria y cavilé. ¿Era posible? ¿Habían sido las lágrimas que acababa de presenciar lágrimas de culpa, lágrimas de remordimiento? ¿Había estado abrazando y consolando a una asesina? ¿Era ese el secreto que la señorita Winter había estado ocultando al mundo durante toda su vida? Me asaltó una desagradable sospecha. ¿Era esa la intención de la señorita Winter contándome su historia, que la compadeciera, que la exonerara, que la perdonara? Sentí un escalofrío.
De una cosa por lo menos estaba segura: la señorita Winter había querido a John-the-dig; no podía ser de otro modo. Recordé su cuerpo, convulso y atormentado, apretado contra el mío, y comprendí que solo un amor truncado podía generar semejante desesperación. Recordé a la niña Adeline tendiendo una mano a John y a su soledad después de la muerte del ama, devolviéndolo a la vida al pedirle que le enseñara a podar las figuras del jardín.