La Venganza De Moriarty
- Автор: Гарднер Джон Эдмунд
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Venganza De Moriarty». Краткое содержание книги:
En la calzada, el tráfico pasaba lentamente bajo la brillante iluminación de las farolas de gas: las parpadeantes lámparas de los cabriolés, las paradas totalmente iluminadas de los omnibuses, cada uno pintado con su particular y vivo color -el piso superior abierto para que los pasajeros tuvieran vistas panorámicas-, los anuncios en movimiento lanzando sus mensajes en blancos, rojos, verdes y amarillos: Sanitas Disinfectant, non-poisonous and fragant; Tomato Soup 57 Heinz varieties Baked Beans, los largos carteles debajo del pretil superior pidiendo que utilicen Okley's Knife Polish, Fry's Cocoa, Pears' Soap.
Grisombre intentó llamar a un cabriolé que pasaba, pero el conductor le gritó: «Me largo a cenar, jefe», así que se dio la vuelta e intentó avanzar entre la muchedumbre de las aceras y, quizá, retirarse por alguna calle lateral. Echó un vistazo a la estación y el hotel, no muy lejos en esa misma calle, y estaba seguro de que los hombres de Moriarty estaban en algún lugar entre el tráfico.
Estaba a punto de marcharse cuando uno de los omnibuses verdes Favourite aminoró. Los peldaños abiertos y en curva que se dirigían hacia el piso superior parecían ser una invitación tan atrevida como su modesto cartel anunciador de Ogden's «Guinea Gold» Cigarettes.
– ¿Dónde va, compañero? -le gritó el conductor cuando entró.
– A cualquier parte donde vaya -Grisombre apenas pudo balbucir.
– ¿Todo el trayecto, compañero? Seguro. Hornsey Rise, seis peniques.
Grisombre no tenía ni idea del valor real del dinero inglés y tenía muy poco en su bolsillo, así que puso un florín en la mano del hombre, cogió el cambio y su billete y subió las escaleras, prestando poca atención a lo que le decía el conductor.
– Vaya con cuidado. Agárrese fuerte.
En el piso de arriba, al aire libre, el autobús parecía balancearse y se vio obligado a agarrarse a los respaldos de los asientos mientras caminaba por el estrecho pasillo hacia la parte delantera, donde había un sitio doble vacío a la derecha. Mientras hacía su corto y precario viaje, pudo oír una conmoción abajo, en la plataforma: el sonido de una particular voz flotando en el aire. Los hombres de Moriarty estaban sin duda en el vehículo.
Ellos le esperarían abajo. Eso era todo lo que tenían que hacer: permanecer en la plataforma con el conductor o sentarse en el interior. Finalmente, Grisombre tendría que bajar y, cuando lo hiciera, estarían esperándole allí.
El ómnibus iba ahora un poco más rápido, el conductor abriéndose paso con sus caballos entre el tráfico, de forma que las ruedas iban casi rozando con los cabriolés, las carretas, los carros pesados y los omnibuses que se movían en dirección contraria, de vuelta hacia la estación. Pasaron dos omnibuses a un par de pies de distancia y los conductores, desde abajo, se saludaban o insultaban a gritos.
Grisombre miró hacia delante. Hacia ellos venía otro ómnibus, uno amarillo, Camden, con el piso superior medio lleno, los ocupantes embozados y abrochados para protegerse contra el frío aire de la noche, hablando y señalando, riéndose, y una pareja ajena a todo, excepto a ellos mismos.
Los omnibuses ahora se encontraban casi al mismo nivel. No podía vacilar por más tiempo. Los asientos de la parte trasera estaban vacíos y, cuando se encontraban de frente, Grisombre se levantó, se agarró al pretil y saltó aproximadamente un pie entre los dos vehículos, cayendo sobre la barandilla del Camden, con los pies en uno de los asientos; fue consciente del chillido de una mujer que viajaba cerca y el gruñido de protesta de su compañero.
Deslizándose en el asiento, miró hacia atrás. Uno de sus perseguidores le había visto y saltó de la plataforma del Favourite, corriendo y esquivando el tráfico para dirigirse al ómnibus en que él había aterrizado.
– Ya está bien. No quiero bromas en mi ómnibus -el conductor estaba asomando la cabeza por las escaleras, sólo a unos pies de distancia-. Eh, muchacho, deberías comportarte mejor a tu edad. Te harás daño tú solo. La semana pasada casi se mata un muchacho por jugar al ratón y al gato. Se está convirtiendo en una moda. Venga, estate quieto antes de que llame a la poli.
El hombre de Moriarty estaba detrás del conductor, en las escaleras, diciéndole algo. El conductor mostró sorpresa, luego deferencia, y comenzó a aminorar para que el enorme sujeto pudiera subir las escaleras.
Grisombre miraba a su alrededor frenéticamente. Otro ómnibus verde -el Harverstock-Hill- estaba casi al lado, el piso superior vacío, pero el hueco entre los dos omnibuses era ancho, de casi tres pies.
El hombre de las escaleras estaba llegando arriba. Grisombre se volvió hacia el hueco que quedaba entre los dos vehículos que se movían en direcciones opuestas. Podía ver el otro cartel que anunciaba la eficacia de Grape Nuts. Se agarró al pretil, colocando un pie encima para darse el impulso necesario, y se lanzó hacia el otro bus.
Se dio cuenta de que su salto no había sido bueno, ya que parecía que los dos omnibuses se separaban, se distanciaban uno de otro mientras saltaba, asiéndose con sus manos como si fueran ganchos.
Sus dedos engancharon momentáneamente el pretil del Harverstock-Hill, luego se escurrieron. Vio el anuncio -la N de Nuts en su nariz y en sus ojos- durante una fracción de segundo, antes de que cayera entre las fustas de un cabriolé que caminaba entre los omnibuses. Hubo gritos, sonido de cascos, otros ruidos. Luego oscuridad.
Crow regresó a King Street un poco antes de las once y encontró a Sylvia con una cara inexpresiva y un duro semblante parecido al de las gárgolas que habían visto en la catedral de Notre Dame en París durante su luna de miel.
– Angus, han estado aquí, buscándote. De Scotland Yard -su inflexión era más de lo que se hubiera esperado de una gárgola.
– ¿Sí?, querida -la cabeza de Crow daba vueltas, esforzándose por dar las respuestas correctas a las preguntas que todavía no se habían pronunciado.
– Dijeron que tú no estabas trabajando anoche. ¿Puedes explicarme eso?
– No -dijo Crow con firmeza-. Hay algunas cosas relacionadas con el trabajo que no tengo que explicar. De ninguna manera te aburriría con el recital de esas extrañas cosas que un detective está obligado a hacer para ganar su sueldo.
– ¿De verdad? -era evidente que ella no le acababa de creer.
– ¿Y qué es lo que querían los de la oficina de policía, querida?
– Dijeron que debías ir cuanto antes al Hotel Grosvenor… algo sobre un tal Morningdale.
Crow ya estaba volviendo a coger el sombrero que acababa de quitarse.
– ¿Jarvis Morningdale?
– Eso parece.
– ¡Por fín! -exclamó, con una mano en la puerta de la calle.
– Estuvo allí antes, según parece. También ha habido una especie de refriega cerca de Victoria Street. En cualquier caso, se requiere tu presencia con urgencia.
– No me esperes, Sylvia. Esto puede llevar su tiempo.
En la esquina se chocó con Harriet, que regresaba de su noche libre. Crow levantó su sombrero para saludar a la chica, su corazón palpitaba alegremente y su estómago se revolvía con su sonrisa, que era tan cálida como la que ella le había ofrecido una hora antes cuando se separaron.
El paso de Crow era ligero, casi danzaba sobre el reluciente pavimento, en busca de un cabriolé que le llevara a Grosvenor. El mundo, le parecía, le sonreía. Crow creía que por fin había encontrado en Harriet la respuesta a todos sus secretos pensamientos y ocultas ansias. Porque ella, una simple jovenzuela, le hacía sentirse como un joven muchacho otra vez, un aturdido muchacho lleno de sentimiento. Hasta el hollín de la ciudad olía como el aromático brezo de su juventud. Al tocarla sentía un delirio, y tenerla cerca, en sus brazos, era como estar en el paraíso.