El tercer secreto
- Автор: Берри Стив
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer secreto». Краткое содержание книги:
Valendrea escribió su nombre en la papeleta, esmerándose en disimular su letra para que nadie supiera que era suya, dobló el papel en dos y esperó su turno para aproximarse al altar.
El depósito de votos se hacía según la jerarquía: cardenales obispos delante de cardenales sacerdotes, siendo los últimos los cardenales diáconos, cada grupo ordenado por su fecha de investidura. Vio cómo el primer cardenal obispo, el de mayor antigüedad, un veneciano de cabello plateado, subía los cuatro escalones de mármol que conducían al altar, la papeleta doblada en alto para que todos la vieran.
Cuando llegó su turno, Valendrea fue hasta el altar. Sabía que los otros cardenales lo estarían observando, de manera que se arrodilló un instante para rezar, si bien no le dijo nada a Dios. En su lugar, esperó una cantidad prudencial de tiempo antes de ponerse en pie y luego repitió en voz alta lo que tenían que decir todos los cardenales:
– Pongo por testigo a Cristo nuestro Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido.
Depositó la papeleta en la patena, levantó el reluciente platillo y dejó que la tarjeta cayera dentro del cáliz. Aquel método poco ortodoxo era un modo de asegurarse de que cada cardenal emitía un solo voto. Acto seguido devolvió la patena a su sitio con suavidad, unió las manos en oración y volvió a su asiento.
Tardaron casi una hora en completar la votación. Después de que la última papeleta cayera en el cáliz, el recipiente pasó a otra mesa. Tras agitar la copa, los tres escrutadores contaron los votos. Los revisores lo observaban todo, sus ojos siempre fijos en la mesa. A medida que iban desdoblando cada papeleta iban leyendo el nombre escrito en ella. Cada cual llevaba su propia cuenta. El número total de votos debía sumar 113, de lo contrario las papeletas serían destruidas y el escrutinio declarado nulo.
Cuando se leyó el último nombre, Valendrea analizó el resultado: había obtenido treinta y dos votos. No estaba mal para ser la primera ronda. Sin embargo Ngovi había acumulado veinticuatro. Los restantes cincuenta y siete votos se repartían entre una veintena de candidatos.
Miró a los presentes.
Estaba claro que todos pensaban lo mismo que él.
Aquélla iba a ser una carrera de dos caballos.
42
Medjugorje, Bosnia-Herzegovina
18:30
Michener consiguió dos habitaciones en uno de los hoteles más nuevos. La lluvia había empezado a caer nada más salir de casa de Jasna, y apenas lograron llegar al hotel antes de que el cielo estallara en una exhibición de pirotecnia. Estaban en época de lluvias, les informó un recepcionista. El diluvio no tardó en llegar, alimentado por la mezcla de aire cálido procedente del Adriático y las frías brisas del norte.
Cenaron en un café cercano que se hallaba atestado de peregrinos. Las conversaciones, en su mayor parte en inglés, francés y alemán, se centraban en el santuario. Alguien comentó que dos de los visionarios habían estado antes en la iglesia de Santiago. Se suponía que Jasna iba a presentarse, pero no lo había hecho, y uno de los peregrinos observó que no era extraño que se quedara a solas durante la aparición.
– Encontraremos a esos dos visionarios mañana -le dijo Michener a Katerina mientras comían-. Espero que sea más fácil lidiar con ellos.
– Esa Jasna es vehemente, ¿eh?
– O es una impostora consumada o es sincera.
– ¿Por qué te molestó que mencionara Bamberg? No es ningún secreto que el Papa le tenía cariño a su ciudad natal. No me creo que no supiera qué era el nombre.
Le contó lo que Clemente le había dicho de Bamberg en su último mensaje. «Haced con mi cuerpo lo que os plazca. La pompa y la ceremonia no lo convierten a uno en piadoso. Sin embargo, en lo que a mí respecta preferiría la santidad de Bamberg, esa preciosa ciudad a orillas del río, y la catedral que tanto amé. Sólo lamento no haber podido contemplar su belleza una vez más. No obstante, tal vez mi legado pueda descansar allí.» Omitió que el correo era lo último que había escrito un papa que se había quitado la vida, lo cual le trajo a la memoria otra cosa que Jasna había dicho: «He rezado por el Papa. Su alma necesita nuestras plegarias.» Era una locura pensar que conocía la verdad sobre la defunción de Clemente.
– No creerás en serio que esta tarde presenciamos una aparición, ¿no? -quiso saber Katerina-. Esa mujer estaba ida.
– Creo que las visiones de Jasna son sólo suyas.
– ¿Es ésa tu forma de decir que la Virgen no ha estado aquí hoy?
– Igual que no estuvo en Fátima, Lourdes o La Salette.
– Me recuerda a Lucía -aseguró Katerina-. Cuando estuvimos con el padre Tibor en Bucarest no dije nada, pero del artículo que escribí hace unos años recuerdo que Lucía era una niña atribulada. Su padre era alcohólico, y a ella la criaron sus hermanas mayores. Había siete niños en la casa, y ella era la menor. Justo antes de que comenzaran las apariciones, su padre perdió parte de las tierras de la familia, un par de hermanas se casaron, y las restantes aceptaron un empleo. Ella se quedó sola con su hermano, su madre y un padre borracho.
– Parte de eso estaba en el informe de la Iglesia -corroboró él-. El obispo encargado de la investigación desechó la mayor parte, aduciendo que era habitual en esa época. Lo que más me preocupó fueron las similitudes entre Fátima y Lourdes. El párroco de Fátima incluso declaró que algunas de las palabras de la Virgen eran casi idénticas a las que pronunció en Lourdes. Las visiones de Lourdes eran conocidas en Fátima, y Lucía estaba al tanto de ellas. -Bebió un trago de cerveza-. He leído todos los informes de estos cuatrocientos años de apariciones, y hay un montón de detalles que coinciden: los niños que siempre son pastores, sobre todo pequeñas con escasos o nulos estudios; las visiones en los bosques; la belleza de Nuestra Señora; los secretos del Cielo. Hay numerosas coincidencias.
– Por no hablar de que todos los informes existentes fueron escritos años después de la aparición en cuestión -apuntó Katerina-. Sería fácil añadir detalles para dotarlos de mayor autenticidad. ¿No es extraño que ninguno de los visionarios jamás revelara su mensaje justo después de la aparición? Siempre pasan décadas, y luego salen a la luz retazos.
Michener estaba de acuerdo. La hermana Lucía no había ofrecido un relato detallado de Fátima hasta 1925, y luego de nuevo en 1944. Muchos afirmaban que adornaba sus mensajes con hechos posteriores, como las menciones del papado de Pío XI, la Segunda Guerra Mundial y el auge de Rusia, todo lo cual ocurrió mucho después de 1917. Y con Francisco y Jacinta muertos, no había nadie que pudiera contradecir eso.
Y había otro dato al que su cabeza de abogado no paraba de dar vueltas.
En julio de 1917 la Virgen de Fátima habló, como parte del segundo secreto, de la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón. Pero, por aquel entonces, Rusia era una devota nación cristiana. Los comunistas no se hicieron con el poder hasta meses después. En tal caso ¿qué sentido tenía esa consagración?
– Los visionarios de La Salette eran un absoluto desastre -decía Katerina-. La madre de Maxim, el chico, murió cuando él era un niño y su madrastra le pegaba. La primera vez que lo entrevistaron después de la visión interpretó lo que había visto como una madre que se quejaba de que su hijo le pegaba, no como la Virgen María.