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El manuscrito carmesí

Электронная книга - «El manuscrito carmesí». Краткое содержание книги:

Premio Planeta 1990
En los papeles carmesíes que empleó la Cancillería de la Alhambra, Boabdil -el último sultán- da testimonio de su vida a la vez que la goza o la sufre. La luminosidad de sus recuerdos infantiles se oscurecerá pronto, al desplomársele sobre los hombros la responsabilidad de un reino desahuciado. Su formación de príncipe refinado y culto no le servirá para las tareas de gobierno; su actitud lírica la aniquilará fatídicamente una épica llamada a la derrota. Desde las rencillas de sus padres al afecto profundo de Moraima o Farax; desde la pasión por Jalib a la ambigua ternura por Amín y Amina; desde el abandono de los amigos de su niñez a la desconfianza en sus asesores políticos; desde la veneración por su tío el Zagal o Gonzalo Fernández de Córdoba al aborrecimiento de los Reyes Católicos, una larga galería de personajes dibuja el escenario en que se mueve a tientas Boabdil el Zogoibi, el Desventuradillo. La evidencia de estar viviendo una crisis perdida de antemano lo transforma en un campo de contradicción. Siempre simplificadora, la Historia acumuló sobre él acusaciones que se muestran injustas a lo largo de su relato, sincero y reflexivo. La culminación de la reconquista -con sus fanatismos, crueldades, sus traiciones y sus injusticias- sacude como un viento destructor la crónica, cuyo lenguaje es íntimo y apeado: el de un padre que se explica ante sus hijos, o el de un hombre a la deriva que habla consigo mismo hasta encontrar -desprovisto, pero sereno- su último refugio. La sabiduría, la esperanza, el amor y la religión sólo a ráfagas le asisten en el camino de la soledad. Y es ese desvalimiento ante el destino lo que lo erige en símbolo válido para el hombre de hoy. Esta novela obtuvo el Premio Planeta 1990.
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el último concierto que se hizo fue que la noche del mes de julio más arriba indicada, a las diez, comparecerían seis hombres con nueve caballos junto a una acequia en la falda del generalife. abul kasim benegas, sospechando que, a instancias de mi madre, me negaría a ir a loja, montó una guardia especial esa noche ante las puertas de nuestra forzosa residencia, lo que dificultaba nuestra fuga. los conspiradores se acercaron a pie, tras abrahén de mora, hasta el adarve exterior que se correspondía con nuestras ventanas, e hicieron la señal, que era un canto repetido de codornices. mi hermano yusuf y yo lo escuchamos, preciso e insistente, entre el clamoreo de los grillos. la noche era espesa y parada. no corría el aire. subía hasta las ventanas el denso olor de los jardines. mi madre entró en la alcoba con un apresuramiento desacostumbrado. le brillaban los ojos, y había una tensión en su boca cuando me dijo:

– esas aves cantan hoy para ti; mañana todo el reino será tuyo.

arroja por la ventana un cabo -me alargaba un cordel fino enrollado-: ésta va a ser la escala por la que subirás al trono que te pertenece.

yo, sin entender lo que decía, la obedecí. sentí que alguien tironeaba del cordelillo desde el pie de los muros.

– tira de él ya -gritó impaciente mi madre.

lo hice. habían atado a él una potente y gruesa soga.

– con ella ahorcarás a tus enemigos; pero ahora descuélgate por ella hasta unas manos que te conducirán sin riesgo a guadix.

se volvió a mi hermano:

– tú lo acompañarás.

mi hermano yusuf lanzó una carcajada; la novedad y la aventura aleteaban por la estancia como pájaros inauditos. aún se oía, casi perdido, abajo, el canto de la codorniz. entre yusuf y yo anudamos al parteluz de mármol la soga y la dejamos caer al vacío. fui a despedirme de mi madre.

– ve ya -me dijo-. la próxima vez que te vea, veré al rey de granada.

no comprendo todavía cómo pude decidirme a saltar al espacio agarrado a una cuerda que me desollaba las manos, ni cómo pude resistir sin soltarme. quizá el temor de herir a yusuf, que me precedía, fue lo que me impidió abandonar la empresa, y dejarme caer y terminar.

yusuf y yo fuimos recibidos por los conspiradores con acatamiento y reverencia. al llegar al sitio donde aguardaban los caballos nos entregaron armas y adargas. no era aún medianoche cuando partimos hacia guadix a galope tendido.

apenas había pasado la hora en que tenía que salir para loja; mi padre y sus esbirros habían sido burlados. aben comisa, cómplice de mi madre, permaneció junto a ella, atando bien los nudos para que en el tapiz que planeaban se dibujasen sus deseos.

siempre he sentido hacia guadix una especial inclinación.

bajo sus abiertos cielos se yergue la alcazaba, en el centro de lo que hace mil años fue un lago circular, cuyas riberas son hoy naturales murallas recamadas. en ellas viven felices trogloditas, gentes de sonrisa franca y expresivos ojos, rodeados de una vegetación exuberante con que verdean y se enriquecen hoy los fondos que ayer fueron el sostén de las aguas.

llegamos a guadix mientras amanecía. desde la azotea de la alcazaba vi una vez más sus rojas tierras, sus cuevas, su paisaje cercado de estribaciones dentadas, en las que la naturaleza ha construido torreones labrados por la erosión del tiempo, casas reales, cubos de murallas bien trazadas.

allí vino el alcaide a rendirnos pleitesía y a ponerse, con los suyos, a nuestras órdenes.

– no me gusta -le comenté en voz baja a yusuf-; tiene la mirada huidiza.

– tan huidiza que le falta un ojo -me contestó.

se acercó recatado a nosotros y, confundido quizá, fue a besar primero la mano de yusuf. mi hermano, inexplicablemente más agotado que yo por la noche sin sueño, ojeroso y pálido, le dirigió una pequeña sonrisa y lo detuvo con un gesto; luego dobló su rodilla derecha y me besó él a mí la mano.

la reverencia de yusuf fue la primera que recibí como sultán. se me saltaron las lágrimas. yusuf, que lo notó, para librarme de una emoción inoportuna, me enseñó riendo su mano derecha deformada como dándome a entender que no era digno de que se la besasen. calculó mal su gesto: la emoción, duplicada, me desbordó los ojos y sentí que se mojaban mis mejillas. le apreté aquella mano con mi mano izquierda, y, con la derecha, le acaricié y alboroté el pelo, aún más claro que de costumbre por el polvo de la cabalgada.

el alcaide tuerto nos tranquilizó. hablaba sin cesar, acaso rebasado él mismo por la solemnidad de las circunstancias en que se veía inmerso. la conspiración de mi madre se hallaba mucho más avanzada y su urdimbre era mucho más meticulosa de lo que creíamos; casi todas las ciudades del reino habían sido advertidas y tomado nuestro partido.

– la sultana aixa -decía el alcaide con admiración- ha sido una heroína previsora: qué gran madre tenéis. y probablemente será tan inflexible como previsora con quienes no la acaten -agregó de buen humor-: sin duda a una mujer le resulta más difícil que a un hombre no ejercer el poder cuando lo agarra. ¿será ésa la respuesta a su hábito de subyugación? les sucede como a los tímidos -¿me miraba a mí con su único ojo?-, que pasan de la cortedad al desenfreno apenas se les proporciona el pretexto.

el calor asentaba, a cada instante con más peso, sus doradas manos sobre las cosas. la mañana era interminablemente pura e interminablemente azul, demasiado como para perderla escuchando los ingenios sobados de un alcaide. fui hacia el pretil de la azotea. miré el ancho mundo que se me ofrecía.

me flotaba la cabeza, tras la noche de viaje, como si la hubiese pasado bebiendo. pensé aturdidamente: ‘al hombre le gusta hacerse la ilusión de que es poderoso y de que es libre.’ apenas oía el murmullo del alcaide aburriendo a mi hermano. no me sentí ni libre ni poderoso en aquella suntuosa mañana. y no sólo en aquella mañana; quizá no lo fui nunca, ni nunca lo sería. ni deseaba serlo… acaso nadie lo desea de veras, y se conforma sólo con la ilusión, más llevadera que la realidad. y acaso, lo que es peor, el hombre actúa bajo esa misma confusión que él se provoca. [luego -debo confesarlo- los acontecimientos me arrastraron, y yo incurrí también en tal error.] me volví hacia la torre de la fortaleza, recortada contra el profundo azul.

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