El septimo hijo [Seventh Son - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Alvin Maker (es) #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-1269-9
- Переводчик: Paula Tizzano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El septimo hijo [Seventh Son - es]». Краткое содержание книги:
En ese mundo rural, mágico y complejo, transcurren las historias de Alvin (séptimo hijo varón de un séptimo hijo varón) llamado por la magia de su prodigioso nacimiento y las circunstancias que en él concurren, a poseer un don poco corriente, el de ser un Hacedor. Ello le enfrenta, incluso sin él saberlo a los poderes aniquiladores del Deshacedor. Sólo logrará sobrevivir y cumplir su misión con el uso de su excepcional don si llega a dominar su poder y evade las fuerzas ocultas que buscan su muerte antes de llegar a la edad adulta.
Y sea lo que fuere aquello que ocupaba los pensamientos de Miller en ese momento, sin duda no era la mejor ocasión para provocarlo. Avanzó lentamente hacia Soldado de Dios.
—¿Me estás diciendo que lo que irrumpe en casa de un hombre para provocar maldades es el diablo?
—Lo tengo como alguien que ama a Nuestro Señor Jesucristo… —comenzó Soldado, pero antes de poder proseguir con su testimonio, Miller ya lo había cogido por la hombrera de la chaqueta y la cintura del pantalón para encaminarlo hacia la puerta.
—¡Más vale que alguien abra esa puerta! —rugió Miller—. O en medio de ella quedará un gujero de esos que no se olvidan.
—¿Qué crees que estás haciendo, Alvin Miller? —gritó su esposa.
—¡Expulsando a los demonios! —explotó Miller. Cally ya había abierto la puerta de par en par. Miller llevó a su yerno hasta la salida y lo echó volando de un empellón. El grito furioso de Soldado de Dios quedó ahogado por la nieve que había sobre el suelo, pero después de eso no hubo ocasión de seguir oyendo sus improperios, pues Miller cerró la puerta y puso la tranca.
—¿Te crees tan gran hombre —preguntó la buena de Fe— para arrojar de tu casa al esposo de tu propia hija?
—Sólo hice lo que, según él, deseaba el Señor —dijo Miller.
Y luego se volvió hacia el pastor.
—Soldado de Dios no habló por mí —lo atajó Thrower.
—Si llegas a poner una mano sobre un hombre de la iglesia —advirtió la buena de Fe—, dormirás en una cama fría por el resto de tus días.
—Jamás pensaría en tocar a este hombre —dijo Miller—. Pero tal como yo lo entiendo, igual que yo me mantengo fuera de sus dominios, él debiera permanecer alejado de los míos.
—Tal vez usted no crea en el poder de la oración —aventuró Thrower.
—Supongo que depende de quién eleve las plegarias y quién las escuche —repuso Miller.
—Aun así —prosiguió Thrower—, su esposa cree en la religión de Jesucristo, en la cual he sido ordenado ministro. Es su creencia, y la mía, que el hecho de que pueda rezar al lado del niño podría ser expeditivo para su curación.
—Si usa mesejantes palabras en sus oraciones —observó Miller—, ya es un milagro que el mismo Señor sepa de lo que habla.
—Aunque usted no crea que esa oración pueda ser de ayuda —argumentó Thrower—, por cierto que daño no ha de hacer, ¿verdad?
Miller pasó la mirada de Thrower a su esposa, y de ésta a aquél. Thrower no tenía la menor duda de que si Fe no hubiera estado allí, él habría terminado masticando nieve al lado de Soldado de Dios. Pero Fe estaba allí, y ya había pronunciado la amenaza de Lisístrata. Un hombre no llega a tener catorce hijos si el lecho de su esposa no le resulta atractivo. Miller cedió.
—Entre, pero no fastidie mucho al pequeño.
Thrower asintió graciosamente.
—Serán sólo unas horas.
—¡Minutos! —insistió Miller. Pero Thrower ya se había dirigido hacia la puerta que daba a las escaleras y Miller no hizo nada por detenerlo. Podía quedarse horas con el niño, si eso era lo que quería.
Cerró la puerta tras él. No tenía sentido que interfiriera ningún pagano. —Alvin—dijo.
El niño estaba tendido bajo una manta, con la frente perlada de sudor. Los ojos, cerrados. Al cabo de un rato, abrió apenas la boca.
—Reverendo Thrower —musitó.
—El mismo —respondió Thrower—. Alvin, he venido a rezar por ti, para que el Señor libere tu cuerpo del dominio que está enfermándote.
Nuevamente se hizo una pausa, como si las palabras de Thrower tardaran en llegar hasta Alvin y la respuesta del niño se demorara en volver. —No hay ningún diablo… —repuso Alvin.
—No puede esperarse que un niño esté versado en asuntos de religión —comenzó Thrower—. Pero debo decirte que la curación sólo tiene lugar en aquellos que tienen fe en que serán curados. —Luego dedicó varios minutos en recordar la historia de la hija del centurión y el relato de la mujer que perdía sangre y sólo tocó las vestiduras del Salvador—. ¿Recuerdas lo que él le dijo? Tu fe te ha hecho sanar. Así, Alvin Miller, tu fe debe ser poderosa para que el Señor pueda curarte.
El niño no replicó. Ya que Thrower había empleado su considerable elocuencia en el relato de ambas historias, le ofendió un tanto que el niño pudiera haberse dormido. Extendió uno de sus largos dedos y lo hundió en el hombro de Alvin. El pequeño se apartó. —Ya le he oído —dijo. No era bueno que el niño pudiera seguir mostrándose hosco después de oír la palabra esclarece-dora del Señor.
—¿Y bien? —preguntó Thrower—. ¿Crees?
—¿En qué? —murmuró el niño.
—¡En los evangelios! En el Dios que te curaría si tan sólo abrieras tu corazón…
—Creo —susurró— en Dios.
Eso debiera haber bastado. Pero Thrower conocía demasiado bien la historia de la religión como para no insistir en más detalles. No era suficiente confesar fe en una deidad. Había muchas deidades, y todas eran falsas menos una.
—¿En qué Dios crees, Al Júnior?
—En Dios —repuso el pequeño.
—Hasta el moro salvaje ora hacia la Piedra Negra de la Meca y la llama Dios. ¿Crees en el Dios verdadero, y crees en Él correctamente? No… Entiendo que estás demasiado débil y febril para explicar tu fe. Te ayudaré, joven Alvin. Te haré preguntas y tú me dirás sí o no, según sea lo que creas.
Alvin permaneció a la espera.
—Alvin Miller, ¿crees en un Dios sin cuerpo, partes ni pasiones? ¿En el Creador inengendrado, cuyo centro está en todas partes, pero cuya circunferencia jamás puede ser hallada?
El niño pareció sopesar la cuestión un rato antes de hablar.
—Para mí eso no tiene ni pizca de sentido —repuso.
—No se supone que Él deba tener sentido para la mente carnal —dijo Thrower—. Sólo te pregunto ¿si crees en Aquel que ocupa el Trono sin Sitial, en el Ser que existe por sí mismo y que es tan vasto que colma el universo, pero tan ubicuo que mora hasta en tu corazón?
—¿Cómo puede estar sentado encima de algo que no tiene dónde apoyarse? —preguntó el niño—. ¿Cómo puede entrar en mi corazón algo tan grande?
Obviamente, el pequeño era demasiado poco instruido y simple para aprehender las complejas paradojas teológicas. Pero allí había en juego algo más que una vida o un alma. El Visitante había dicho que si no lograba convertirlo a la fe verdadera, este niño echaría a perder todas las almas.
—He ahí su belleza —dijo Thrower, dejando que la emoción invadiera su voz—. Dios está más allá de nuestra comprensión, pero, en su infinito amor, El condesciende a salvarnos, a pesar de nuestra ignorancia y necedad.
—¿No es una pasión el amor? —razonó Alvin.
—Si te causa problema la idea de Dios —dijo Thrower—, permíteme plantearte otra pregunta, que tal vez sea más pertinente. ¿Crees en el abismo sin final del infierno, donde los perversos se retuercen entre las llamas, sin consumirse jamás? ¿Crees en Satán, enemigo de Dios, que desea apoderarse de tu alma y llevarte cautivo a su reino, para atormentarte por toda la eternidad?
El niño pareció incorporarse un poco, y volver la cabeza hacia Thrower, aunque tampoco esta vez abrió los ojos.
—Podría creer en algo así—reconoció.
Ah, sí, pensó Thrower. El niño tiene cierta experiencia con el diablo.
—¿Lo has visto, pequeño?
—¿Qué aspecto tiene su diablo? —susurró Alvin.
—No es mi diablo —repuso Thrower—. Y si hubieras prestado atención a los sermones lo sabrías, pues lo he descrito muchas veces. Allí donde el hombre tiene cabello sobre la cabeza, el diablo tiene los cuernos de un toro. Donde un hombre tiene manos, el diablo tiene las garras de un oso. Posee las pezuñas de una cabra y su voz es como el rugido de un león enfurecido.