Muerte en un país extraño
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Muerte en un país extraño». Краткое содержание книги:
«Las novelas policíacas de Donna Leon lo tienen todo. Venecia como un hermoso telón de fondo, un estilo deslumbrante y penetrante, y el carisma del comisario Brunetti, que merece ser tan famoso como Maigret.» Bookshelf
«Donna Leon evoca Venecia de un modo tan brillante que los canales respiran en cada página, pero es el calor humano universal el que persiste al cerrar el libro.» The Express on Sunday
«Donna Leon nos pasea por Venecia como James Ellroy por Los Ángeles o Manuel Vázquez Montalbán por Barcelona: con un ojo acostumbrado a detectar lo que pasa al otro lado del espejo.» Le Figaro Magazine
«Un relato fino, matizado y espectacularmente cínico.»
El conde meditó largamente la pregunta.
– No estoy seguro de haber comprendido lo que quieres decir con eso, Guido -respondió al fin.
Brunetti, que consideraba que la pregunta estaba ya lo bastante clara, hizo caso omiso de la observación del conde y pasó a relatar los hechos.
– Arriba, en las montañas, cerca del lago Barcis, hay un vertedero clandestino. Los bidones y latas que he visto allí proceden de la base norteamericana de Ramstein, en Alemania, y quizá de otras. Las etiquetas están en inglés y alemán.
– ¿Encontraron el sitio los dos norteamericanos?
– Yo diría que sí.
– ¿Y después murieron?
– Sí.
– ¿Lo sabe alguien más?
– Un oficial de carabinieri que trabaja en la base norteamericana. -No era necesario dar el nombre de Ambrogiani, y Brunetti tampoco consideró pertinente decir al conde que la única persona que sabía algo del asunto, además de ellos, era su única hija.
– ¿Confías en ese hombre?
– ¿Para qué?
– No te hagas el inocente, Guido -exclamó el conde-. Yo trato de ayudarte. -No sin esfuerzo, el conde dominó la impaciencia e insistió-: ¿Confías en que tendrá la boca cerrada?
– ¿Hasta cuándo?
– Hasta que se haga algo al respecto.
– ¿Qué significa eso?
– Significa que esta noche llamaré a ciertas personas para ver qué puede hacerse.
– ¿Para qué?
– Para limpiar ese vertedero y hacer que se lleven esos residuos.
– ¿Que se los lleven adonde? -preguntó Brunetti con voz áspera.
– A otro sitio, Guido.
– ¿A otro sitio de Italia?
Brunetti observó cómo el conde dudaba entre mentirle o no. Finalmente, optando por el no, Brunetti nunca comprendería por qué, dijo:
– Quizá. Pero es más probable que se lo lleven fuera del país. -Antes de que Brunetti pudiera hacer más preguntas, el conde levantó una mano para frenarle-. Guido, compréndelo, no puedo prometer más. Creo que ese vertedero puede limpiarse, pero temo que de ahí no puedo pasar.
– ¿Teme, literalmente?
– Literalmente.
– ¿Por qué?
– Prefiero no decírtelo, Guido.
Brunetti decidió hacer otro intento.
– La causa por la que descubrieron el vertedero fue que un niño se cayó allí y se quemó el brazo con las sustancias que se filtran de esos bidones. Hubiera podido ser cualquier niño. Hubiera podido ser Chiara.
– Guido, por favor, ahora tratas de pulsar la fibra sensible.
Era verdad.
– ¿Es que a usted no le afectan estas cosas? -preguntó, sin poder impedir que la pasión vibrara en su voz.
El conde humedeció la yema del dedo en las gotas de champaña que quedaban en su copa y la pasó por el borde. A medida que aceleraba el movimiento, un sonido agudo y plañidero brotaba del cristal hasta llenar la habitación. Cuando levantó el dedo, el sonido persistió en el aire, lo mismo que el eco de su conversación. El conde miró de la copa a Brunetti.
– Sí que me afecta, Guido, pero no del mismo modo que a ti. Tú has conseguido conservar vestigios de optimismo, incluso a pesar de tu trabajo. Yo, no. Ni respecto a mí y mi futuro, ni a este país y su futuro.
Volvió a mirar el fondo de su copa.
– Me afecta que pasen estas cosas, que nos envenenemos a nosotros mismos y a nuestros descendientes, que deliberadamente destruyamos nuestro futuro, pero no creo, repito, no creo que pueda hacerse algo para remediarlo. Somos una nación de egoístas. Ello fue nuestra gloria y será nuestra perdición, porque no es posible conseguir que nos preocupemos por algo tan abstracto como «el bien común». Los mejores de nosotros podemos sentir ansiedad por nuestras familias, pero como nación somos incapaces de más.
– Me resisto a creerlo -insistió Brunetti.
– Que no lo creas no impide que sea verdad, Guido.
– Su hija tampoco lo cree -insistió Brunetti.
– Es una bendición por la que todos los días doy gracias -murmuró el conde con voz suave-. Quizá eso sea lo mejor que he conseguido en mi vida, que mi hija no comparta mis convicciones.
Brunetti buscaba ironía o sarcasmo en el tono del conde, pero encontró sólo una dolorida sinceridad.
– Dice usted que podría encargarse de que el vertedero quedara limpio, de que se llevasen los residuos. ¿Por qué no puede hacer más?
El conde volvió a dedicar a su yerno aquella sonrisa triste.
– Me parece que ésta es la primera vez en todos estos años que tú y yo hemos hablado, Guido. -Y, cambiando de tono-: Porque hay demasiados vertederos y demasiados Gamberettos.
– ¿Podrá hacer algo respecto a él?
– Ah, ahí no puedo hacer nada.
– ¿No puede o no quiere?
– En ciertas situaciones, Guido, poder y querer vienen a ser lo mismo.
– Sofismas -espetó Brunetti.
El conde rió.
– Tienes razón. Bien, te lo diré de otra manera: prefiero no hacer nada más que lo que te he dicho que haría.
– ¿Y eso por qué?
– Porque no soy capaz de preocuparme por algo que no sea mi familia. -Su tono era terminante; Brunetti no conseguiría más explicaciones.
– ¿Me permite una última pregunta?
– Sí.
– Cuando le llamé para preguntar si podíamos hablar, me dijo si quería hablar de Viscardi. ¿Por qué?
El conde lo miró con involuntaria sorpresa y luego se volvió hacia las embarcaciones del canal. Después de seguir con la mirada a varias de ellas, respondió:
– El signor Viscardi y yo tenemos intereses comunes.
– ¿Qué significa eso?
– Ni más ni menos que lo dicho, que tenemos intereses comunes.
– ¿Puedo preguntar qué intereses?
El conde lo miró fijamente antes de contestar:
– Guido, yo sólo hablo de mis intereses con las personas directamente implicadas.
Guido deseaba preguntar al conde si sus tratos con el signor Viscardi eran lícitos, pero no sabía cómo formular la pregunta sin ofender a su suegro. Lo que era peor, Brunetti temía no saber ya con exactitud qué significaba la palabra «lícito».
– ¿Puede decirme algo acerca del signor Viscardi?
La respuesta del conde tardó en llegar.
– Hace negocios con gente muy diversa. Muchos son personas muy poderosas.
Brunetti percibió la nota de advertencia que había en la voz del conde, pero no se le escapaba que aquí podía haber un eslabón.
– ¿No habremos estado hablando ahora mismo de una de esas personas?
El conde asintió.
– ¿Y puede decirme qué clase de intereses les unen?
– No puedo, ni quiero, decirte sino que te mantengas alejado de uno y otro.
– ¿O si no?
– Me gustaría que me hicieras caso.
Brunetti no pudo resistir la tentación de decir:
– A mí me gustaría que me hablara usted de esos intereses.
– Pues me parece que estamos en un callejón sin salida -espetó el conde con fingida jovialidad.
Antes de que Brunetti pudiera contestar, oyeron ruido a su espalda y al volverse vieron entrar a la condesa, que se adelantó con un alegre taconeo en el parquet. Los dos hombres se levantaron.
– Guido, qué alegría verte -exclamó empinándose para besarle en las mejillas.
– Ah, carissima -dijo el conde inclinándose sobre la mano de su mujer. Cuarenta años de matrimonio, pensó Brunetti, y aún le besa la mano. Menos mal que no saluda con un taconazo.
– Estábamos hablando de Chiara -explicó el conde sonriendo beatíficamente a su esposa.
– Sí -abundó Brunetti-, precisamente hablábamos de lo afortunados que somos Paola y yo por lo sanos que están nuestros dos hijos. -El conde lo asaeteó con la mirada por encima de la cabeza de su mujer, que sonriendo a ambos dijo:
– Sí, demos gracias a Dios por ello. Es una suerte vivir en un país tan saludable como Italia.