Jane Juega Y Gana
- Автор: Гибсон Рэйчел
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Jane Juega Y Gana». Краткое содержание книги:
Luc tiene clara su opinión acerca de esos parásitos llamados periodistas, incluida Jane. Además, desde que tiene uso de razón se ha visto a sí mismo como un hombre soltero. Lo último que necesita es una reportera entrometida que escarbe en su pasado y se interponga en su camino.
Ella sonrió y le dio un beso en el cuello. Ese algo venía a decir que él también la sentía en su interior. No era tan tonta como para decirse que se trataba de amor. Pero era algo. Se quedó con eso, porque, fuera lo que fuese, era muchísimo mejor que no tener nada en absoluto.
16. Apagar las luces
La tarde siguiente, cuando Jane entró en los vestuarios del Joe Louis Arena, sus emociones seguían sumidas en el caos. Luc pasó la noche en su habitación, y desayunaron en la cama antes de que él se fuese a entrenar. Él la besó, le acarició el pelo y le dijo que se verían después. Pero ¿de verdad le alegraría volver a verla?
– Hola, chicos -dijo mientras caminaba hacia el centro del vestuario.
– Hola, Tiburoncito.
Mientras los jugadores se ponían sus uniformes, ella pronunció deprisa su discurso mientras lanzaba miradas de reojo a Luc, que estaba conversando con el entrenador de porteros y no parecía haberse percatado de su presencia.
Le dio la mano a Bressler.
– Buena suerte con el partido, Asesino.
– Gracias. -Bressler se dio un golpecito en la mandíbula y estudió la cara de Jane-. Hoy pareces diferente -añadió.
Se había puesto algo de rimel, también un poco de maquillaje para cubrir las ojeras, y se había pintado ligeramente los labios de color rosa. Esperaba que él se fijara en eso y no en su arrobamiento.
– ¿Y es para bien?,
– Sí.
Fish y Sutter se unieron al capitán y también la piropearon. Cuando fue hacia Luc, todos sus miedos y sus deseos amorosos se mezclaron formando un nudo en su estómago.
Luc estaba de pie frente a su taquilla hablando todavía con el entrenador de porteros, y cuando ella se aproximó, la miró por un instante de reojo y volvió a fijar su atención en el entrenador, que en ese momento estaba diciéndole:
– El checo siempre dispara desde la parte alta. Si te mete gol será desde ahí. -Pasó la página de su libreta-. Y Federov cortará en diagonal y disparará desde cerca de la parte izquierda del círculo.
– Gracias, Don -dijo Luc, y se volvió hacia Jane cuando el entrenador de porteros se hubo alejado.
– ¿Qué te han dicho Fish y Sutter? -quiso saber.
– Me dijeron que esta noche parecía cambiada.
– ¿Te han molestado?
– No. Pedazo de tonto.
Él miró alrededor y dijo:
– He estado pensando.
– Oh, oh.
Luc bajó la voz.
– He pensado que para darme suerte deberías besar mi tatuaje antes de cada partido.
Jane tosió para evitar soltar una carcajada.
– Creo que estoy empezando a sufrir acoso sexual.
Él esbozó una sonrisa maliciosa.
– Por supuesto. ¿Qué opinas? ¿Quieres besar mi tatuaje?
– Ni hablar -respondió ella, y se volvió antes de que alguien pudiese oír la conversación.
Llegó a la cabina de prensa y se sentó junto a Darby. Este le dijo que estaba haciendo algunos progresos con ciertas gestiones que estaba llevando a cabo y le habló de un defensa que esperaba poder fichar antes de la fecha límite para los traspasos, el 19 de marzo, para la que faltaban cuatro semanas.
– Caroline dice que saldrá conmigo cuando volvamos a la ciudad -añadió después de hablar de sus negocios.
– ¿Adónde vas a llevarla?
– Al Columbia Tower Club, tal como sugeriste.
Ella observó su corbata con estampado de guindillas y demasiado corta y sonrió. Caroline había decidido convertir a Darby Hogue en su siguíente apaño de altos vuelos, y tenía el trabajo ideal para hacerlo. Jane sacó su bloc y tomó algunas notas, también anotó su cita en la agenda. En cuanto comenzó el partido, encendió su ordenador portátil.
Luc detuvo varios disparos de forma espectacular. Cubrió los ángulos con brillantez, y Jane tuvo que hacer un esfuerzo para concentrarse en el juego en lugar de hacerlo en el portero de los Chinooks.
Esa noche, en el avión en que viajaba el equipo, camino de Toronto, ella escribió su crónica para el Seattle Times. Durante el vuelo, sintió que Luc la miraba, y ella también lo miró un par de veces. Estaba apoyado contra la pared del avión, con las manos detrás de la cabeza, observándola trabajar. Se preguntó qué estaría pensando, y decidió que, probablemente, fuese mejor no saberlo.
Ella seguía sin saber qué era ese algo que había cambiado en su relación sexual la noche anterior. Se preguntaba si se lo había imaginado, pero cuando Luc acudió a su habitación del hotel esa noche, la tomó de la mano y la llevó a su propia habitación, ella supo a ciencia cierta que iba a sentirlo de nuevo. Pasó unas cuantas horas en su cama intentando hacerse a la idea. No tuvo éxito esa noche, por lo que volvió a intentarlo en Boston, en Nueva York y en San Luis. Cuando volvieron a estar juntos en Seattle, ella ya estaba cansada de intentar descubrir en qué consistía ese algo y decidió que no volvería a analizar una y otra vez cada palabra y cada gesto. Iba a seguir adelante mientras durase.
Había intentado no enamorarse de Luc, y había perdido. Contrariamente a lo que dictaba el buen juicio, se estaba acostando con él. Y lo estaban pasando de maravilla. Sus sesiones sexuales ponían en peligro su trabajo, pero sabía que no podía evitarlo a pesar de las consecuencias que ello podría suponer para su carrera o para su corazón. Estaba enamorada de él y no tenía otra alternativa. A lo largo de las siguientes semanas, su amor creció y se expandió hasta llenar su vida. En cuerpo y alma. Estaba demasiado atrapada para librarse de ese sentimiento.
Una mañana, poco después de su regreso de San Luis, llegó a casa con las bolsas de la ropa limpia y se encontró a Luc esperándola en el porche. El cielo era del mismo color azul que los ojos de Luc. Parecía llevar un cartel que rezaba: «Peligroso para tu salud.» Le dio un beso de bienvenida y la ayudó con las bolsas de la ropa. Después la llevó hasta su moto, que tenía aparcada en la acera.
– Con esto nadie te verá la cara -le dijo pasándole un casco-. Así que no tendrás que preocuparte de mi mala reputación.
Si no le hubiese conocido tan bien, habría pensado que se sentía ofendido.
– No me preocupa tu reputación, sino el hecho de que la gente dé por sentado que me acosté contigo para conseguir la entrevista.
– Había pensado hablar contigo acerca de eso.
– ¿Por qué?
Fijó la correa del casco de Jane en su mandíbula y rozó con los dedos su garganta.
– Dices que soy distante.
– ¿Y qué?
– No soy distante. Lo que pasa es que no concedo entrevistas.
Ella puso los ojos en blanco.
– ¿Qué te pareció el resto del artículo?
Él la besó en los labios.
– La próxima vez que hables de la rapidez de mis manos, podrías decir algo acerca de lo grandes que son. Y también mis pies.
Ella rió.
– Grandes pies. Grandes manos. Gran… corazón.
– Eso es.
Jane se acomodó en la moto, detrás de él, y partieron rumbo a las cataratas de Snoqualmie. No hacía precisamente calor, y Jane llevaba vaqueros, un jersey y un chaquetón ligero para un paseo de treinta minutos. Las cataratas no eran nada nuevo para ella. Había estado allí unas cuantas veces, casi siempre en excursiones escolares, pero nunca se había dejado impresionar por el fascinante poder y la belleza de aquel salto de agua de ochenta metros de altura.
Estaban solos en la plataforma de observación, Luc detrás de ella y con los brazos alrededor de su cuerpo. El sol de la tarde formaba un arco iris en la cortina de agua que había encima de ellos. Bajo sus pies, la plataforma temblaba debido a las fuerzas de la naturaleza. Entre los brazos de Luc, Jane sentía que le temblaba el corazón.
Él apoyó su barbilla en la cabeza de Jane, y hablaron de la cascada y de la temporada de hockey. Los Chinooks habían ganado cuarenta de los sesenta y un partidos que habían disputado, y a menos que ocurriese una catástrofe antes del 15 de abril, prácticamente tenían asegurada una plaza en los playoffs. El porcentaje de paradas de Luc había ascendido hasta un impresionante 1,96, el mejor de su carrera.