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Diez cosas que me gustan de ti

Электронная книга - «Diez cosas que me gustan de ti». Краткое содержание книги:

Es su primera temporada en Londres y la joven Annabel Winslow ya ha conseguido un pretendiente. El conde de Newbury, un anciano repugnante que solo busca heredero para su fortuna, le ha propuesto un matrimonio de conveniencia que solucionaría la penuria económica de su familia tras la muerte de su progenitor. A pesar de sus reservas hacia el noble, Annabel no ve otra salida a las difíciles circunstancias a las que se enfrentan los suyos y ya ha tomado una determinación.
Hasta que el atractivo canalla Sebastian Grey, sobrino del conde y aspirante a su título y fortuna, se cruza en su camino hacia el altar. ¿Qué hacer? ¿Seguir la lógica y los dictados de las convenciones y entregarse a una vida lúgubre e infeliz o capitular ante la desaforada pasión que ha nacido con una simple mirada y un roce casual?
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– ¿Y a usted, señorita Winslow, le está gustando?

Annabel se aclaró la garganta. No sabía si le estaba gustando, pero no le disgustaba. Además, había algo que la empujaba a seguir leyendo. De hecho, le recordaba a Sebastian. La señora Gorely era una de sus escritoras preferidas y lo entendía perfectamente. Partes del libro parecían salidas de su boca.

– ¿Señorita Winslow? -repitió lady Westfield-. ¿Le está gustando el libro?

Annabel volvió a la realidad y se dio cuenta de que no la había respondido.

– Creo que sí. La historia es entretenida, aunque un poco inverosímil.

– ¿Un poco? -se rió Louisa-. Es completamente inverosímil. Pero por eso es tan maravillosa.

– Supongo -respondió Annabel-. Sólo me gustaría que la narración fuera un poco menos cargada. A veces siento que navego entre adjetivos.

– Oh, acabo de tener una idea maravillosa -exclamó lady Challis, mientras juntaba las manos-. Dejemos las charadas para otro día.

Annabel suspiró aliviada. Siempre había odiado las charadas.

– ¡Organizaremos una lectura teatralizada!

Annabel levantó la cabeza de inmediato.

– ¿Qué?

– Una lectura. Ya tenemos dos libros, y seguro que yo tengo otro en la biblioteca. Con tres bastará.

– ¿Va a leer de La señorita Sainsbury y el misterioso coronel? -preguntó Louisa.

– Uy, yo no -respondió lady Challis, colocándose una mano en el pecho-. La anfitriona nunca participa.

Annabel estaba segura de que no era verdad, pero poco podía hacer al respecto.

– ¿Quiere ser una de nuestras actrices, señorita Winslow? -le preguntó lady Challis-. Tiene un aspecto muy teatral.

Otra de las cosas de las que Annabel estaba segura: no había sido un cumplido. Sin embargo, aceptó porque, una vez más, no podía hacer otra cosa.

– Debería pedirle al señor Grey que participara -sugirió Louisa.

Annabel decidió darle una patada después, porque ahora no llegaba.

– Es un gran aficionado a las novelas de la señora Gorely -continuó Louisa.

– ¿De veras? -murmuró lady Challis.

– Sí -confirmó Louisa-. Hace poco comentamos nuestra admiración mutua por la autora.

– Perfecto -decidió lady Challis-. Será el señor Grey. Y usted también, lady Louisa.

– Oh, no. -Louisa se sonrojó con furia, y ofrecía un aspecto muy furioso-. No podría. No… No se me dan nada bien estas cosas.

– Pues nada mejor que practicar, ¿no cree?

Annabel quería vengarse de su prima, pero incluso ella consideró aquel gesto demasiado cruel.

– Lady Challis, estoy segura de que podemos encontrar a otra persona que quiera participar. ¡O quizá Louisa pueda ser la directora!

– ¿Necesitamos una?

– Eh, sí. Claro que sí. ¿Acaso no hay siempre un director en cualquier obra de teatro? ¿Y qué es una lectura teatralizada, sino teatro?

– Muy bien -asintió lady Challis, agitando la mano en el aire-. Pueden acabar de resolverlo ustedes mismas. Si me disculpan, voy a ver por qué los caballeros tardan tanto.

– Gracias -dijo Louisa, en cuanto lady Challis desapareció-. No habría podido leer delante de tanta gente.

– Lo sé -respondió Annabel.

A ella tampoco le apetecía demasiado leer La señorita Sainsbury y el misterioso coronel delante de todos los invitados a la fiesta, pero al menos ella tenía un poco de práctica en esas cosas. Sus hermanos y ella solían representar obras de teatro y lecturas en casa.

– ¿Qué escena representamos? -preguntó Luisa mientras hojeaba el libro.

– No lo sé. Ni siquiera he llegado a la mitad. Pero -advirtió, levantando el dedo-, nada de cabras.

Louisa se rió.

– No, no. Serás la señorita Sainsbury, por supuesto. Y el señor Grey será el coronel. Dios mío, vamos a necesitar un narrador. ¿Se lo pedimos al primo del señor Grey?

– Creo que sería mucho más divertido si el señor Grey hiciera de señorita Sainsbury -dijo Annabel, despreocupada.

Louisa contuvo el aliento.

– Annabel, eres muy mala.

Annabel se encogió de hombros.

– Yo puedo ser la narradora.

– No, no, no. Si quieres que el señor Grey haga de señorita Sainsbury, tú serás el coronel. Y el señor Valentine será el narrador. -Louisa frunció el ceño-. Quizá deberíamos pedirle al señor Valentine si quiere participar antes de asignarle un papel.

– A mí nadie me ha preguntado -le recordó Annabel.

Louisa se lo pensó unos instantes.

– Es cierto. Muy bien, deja que busque una escena apropiada. ¿Cuánto crees que debería durar la lectura?

– Lo menos posible -respondió Annabel con firmeza.

Louisa abrió el libro y pasó varias páginas.

– Si vamos a evitar la escena de la cabra, será difícil.

– Louisa… -la advirtió Annabel.

– Imagino que la prohibición es extensiva a las ovejas, ¿verdad?

– A cualquier criatura de cuatro patas.

Louisa meneó la cabeza.

– Me lo estás poniendo muy difícil. Tendré que eliminar todas las escenas que transcurren a bordo.

Annabel se apoyó en el hombro de su prima y susurró:

– Todavía no he llegado a esa parte.

– Cabras lecheras -confirmó Louisa.

– ¿Qué leen, señoras?

Annabel levantó la mirada y se derritió por dentro. Sebastian estaba de pie a su lado, y seguramente no veía nada, sólo sus cabezas hundidas en el libro.

– Representaremos una escena -dijo, con una sonrisa a modo de disculpa-. De La señorita Sainsbury y el misterioso coronel.

– ¿De veras? -Se sentó a su lado-. ¿Cuál?

– Estoy intentando decidirlo -le informó Louisa. Lo miró-. Ah, por cierto, usted hará de señorita Sainsbury.

Él parpadeó.

– ¿Yo?

Ella ladeó la cabeza ligeramente hacia Annabel.

– Annabel será el coronel.

– Un poco al revés, ¿no le parece?

– Así será más divertido -dijo Louisa-. Ha sido idea de Annabel.

Sebastian la miró fijamente.

– ¿Por qué no me sorprende? -murmuró.

Se sentó muy cerca de ella. Pero no la tocó; jamás sería tan indiscreto como para hacer algo así en público. Pero la sensación era que se estaban tocando. El aire entre ellos se había caldeado y la piel de Annabel empezó a erizarse y a temblar.

En un instante, viajó hasta el estanque, con sus manos en su piel y sus labios por todas partes. El corazón se le aceleró y pensó que ojalá se hubiera acordado de traerse un abanico. O un vaso de ponche.

– Su primo será el narrador -anunció Louisa, completamente ajena al estado acalorado de su prima.

– ¿Edward? -dijo Sebastian, que se reclinó en el sofá como si nada-. Le va a encantar.

– ¿Usted cree? -Louisa sonrió y levantó la mirada-. Sólo tengo que encontrar la escena adecuada.

– Algo dramático, espero.

Ella asintió.

– Pero Annabel ha insistido en dejar fuera a las cabras.

Annabel quería hacer un comentario conciso, pero todavía no tenía la respiración controlada.

– No creo que a lady Challis le hiciera gracia que metiéramos ganado en su salón -asintió Sebastian.

Annabel consiguió, por fin, normalizar la respiración, pero tenía una sensación muy extraña en el resto del cuerpo. Temblorosa, como si necesitara mover las extremidades y empezaba a notar cierta tensión en su interior.

– No se me ha pasado por la cabeza traer una cabra viva -dijo Louisa, riéndose.

– Podría intentar traer al señor Hammond-Betts -sugirió Sebastian-. Tiene mucho pelo.

Annabel intentó mirar fijamente a algún punto delante de ella. Estaban hablando de cabras allí mismo, a su lado, y ella tenía la sensación de que en cualquier momento iba a arder en llamas. ¿Cómo era posible que no se dieran cuenta?

– No sé si se lo tomaría demasiado bien -dijo Louisa, con una pequeña risita.

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