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Orgullo y Prejuicio - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Orgullo y Prejuicio

Электронная книга - «Orgullo y Prejuicio». Краткое содержание книги:

Orgullo y prejuicio es la historia del señor y la señora Bennet, sus cinco hijas, y varias aventuras románticas en su residencia Hertfordshire de Longbourn.
Los caracteres de los padres son contrastados enormemente: el señor Bennet es un caballero sabio e ingenioso, mientras que la señora Bennet está permanentemente preocupada por la cuestión del casamiento de sus hijas a cualquier coste. La razón de esta obsesión es porque su patrimonio pasará por ley después de la muerte de su esposo, a su pariente de sangre más cercano: su primo, Guillermo Collins, un hombre fatuo, indiscreto y pomposo.
La historia de Austen cobra emoción con la llegada del joven soltero y rico Charles Bingley y su amigo Fitzwilliam Darcy.
Esta es una historia de sentimientos, afectos, fingimientos, y la relación tempestuosa de Darcy con Elizabeth Bennet a la que Jane Austen reclamó como su favorita entre sus descendientes literarias.
La primera versión, en 1797, fue rechazada y recién se publicó en 1813.
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Bajaron la colina, cruzaron un puente y siguieron hasta la puerta. Mientras examinaban el aspecto de la casa de cerca, Elizabeth temió otra vez encontrarse con el dueño. ¿Y si la camarera se hubiese equivocado? Después de pedir permiso para ver la mansión, les introdujeron en el vestíbulo. Mientras esperaban al ama de llaves, Elizabeth tuvo tiempo para maravillarse de encontrarse en semejante lugar.

El ama de llaves era una mujer de edad, de aspecto respetable, mucho menos estirada y mucho más cortés de lo que Elizabeth había imaginado. Los llevó al comedor. Era una pieza de buenas proporciones y elegantemente amueblada. Elizabeth la miró ligeramente y se dirigió a una de las ventanas para contemplar la vista. La colina coronada de bosque por la que habían descendido, a distancia resultaba más abrupta y más hermosa. Toda la disposición del terreno era buena; miró con delicia aquel paisaje: el arroyo, los árboles de las orillas y la curva del valle hasta donde alcanzaba la vista. Al pasar a otras habitaciones, el paisaje aparecía en ángulos distintos, pero desde todas las ventanas se divisaban panoramas magníficos. Las piezas eran altas y bellas, y su mobiliario estaba en armonía con la fortuna de su propietario. Elizabeth notó, admirando el gusto de éste, que no había nada llamativo ni cursi y que había allí menos pompa pero más elegancia que en Rosings.

«¡Y pensar -se decía- que habría podido ser dueña de todo esto! ¡Estas habitaciones podrían ahora ser las mías! ¡En lugar de visitarlas como una forastera, podría disfrutarlas y recibir en ellas la visita de mis tíos! Pero no -repuso recobrándose-, no habría sido posible, hubiese tenido que renunciar a mis tíos; no se me hubiese permitido invitarlos.»

Esto la reanimó y la salvó de algo parecido al arrepentimiento.

Quería averiguar por el ama de llaves si su amo estaba de veras ausente, pero le faltaba valor. Por fin fue su tío el que hizo la pregunta y Elizabeth se volvió asustada cuando la señora Reynolds dijo que sí, añadiendo:

– Pero le esperamos mañana. Va a venir con muchos amigos.

Elizabeth se alegró de que su viaje no se hubiese aplazado un día por cualquier circunstancia.

Su tía la llamó para que viese un cuadro. Elizabeth se acercó y vio un retrato de Wickham encima de la repisa de la chimenea entre otras miniaturas. Su tía le preguntó sonriente qué le parecía. El ama de llaves vino a decirles que aquel era una joven hijo del último administrador de su señor, educado por éste a expensas suyas.

– Ahora ha entrado en el ejército --añadió- y creo que es un bala perdida.

La señora Gardiner miró a su sobrina con una sonrisa, pero Elizabeth se quedó muy seria.

– Y éste -dijo la señora Reynolds indicando otra de las miniaturas- es mi amo, y está muy parecido. Lo pintaron al mismo tiempo que el otro, hará unos ocho años.

– He oído hablar mucho de la distinción de su amo -replicó la señora Gardiner contemplando el retrato-, es guapo. Elizabeth, dime si está o no parecido.

El respeto de la señora Reynolds hacia Elizabeth pareció aumentar al ver que conocía a su señor -¿Conoce la señorita al señor Darcy?

Elizabeth se sonrojó y respondió:

– Un poco.

– ¿Y no cree la señorita que es un caballero muy apuesto?

– Sí, muy guapo.

– Juraría que es el más guapo que he visto; pero en la galería del piso de arriba verán ustedes un retrato suyo mejor y más grande. Este cuarto era el favorito de mi anterior señor, y estas miniaturas están tal y como estaban en vida suya. Le gustaban mucho.

Elizabeth se explicó entonces porque estaba entre ellas la de Wickham.

La señora Reynolds les enseñó entonces un retrato de la señorita Darcy, pintado cuando sólo tenía ocho años.

– ¿Y la señorita Darcy es tan guapa como su hermano?

– ¡Oh, sí! ¡Es la joven más bella que se haya visto jamás! ¡Y tan aplicada! Toca y canta todo el día. En la siguiente habitación hay un piano nuevo que le acaban de traer, regalo de mi señor. Ella también llegará mañana con él.

El señor Gardiner, con amabilidad y destreza, le tiraba de la lengua, y la señora Reynolds, por orgullo y por afecto, se complacía evidentemente en hablar de su señor y de la hermana.

– ¿Viene su señor muy a menudo a Pemberley a lo largo del año?

– No tanto como yo querría, señor; pero diría que pasa aquí la mitad del tiempo; la señorita Darcy siempre está aquí durante los meses de verano. «Excepto -pensó Elizabeth- cuando va a Ramsgate.»

– Si su amo se casara, lo vería usted más.

– Sí, señor; pero no sé cuando será. No sé si habrá alguien que lo merezca.

Los señores Gardiner se sonrieron. Elizabeth no pudo menos que decir:

– Si así lo cree, eso dice mucho en favor del señor Darcy.

– No digo más que la verdad y lo que diría cualquiera que le conozca -replicó la señora Reynolds. Elizabeth creyó que la cosa estaba yendo demasiado lejos, y escuchó con creciente asombro lo que continuó diciendo el ama de llaves.

– Nunca en la vida tuvo una palabra de enojo conmigo. Y le conozco desde que tenía cuatro años. Era un elogio más importante que todos los otros y más opuesto a lo que Elizabeth pensaba de Darcy. Siempre creyó firmemente que era hombre de mal carácter. Con viva curiosidad esperaba seguir oyendo lo que decía el ama, cuando su tío observó:

– Pocas personas hay de quienes se pueda decir eso. Es una suerte para usted tener un señor así.

– Sí, señor; es una suerte. Aunque diese la vuelta al mundo, no encontraría otro mejor. Siempre me he fijado en que los que son bondadosos de pequeños, siguen siéndolo de mayores. Y el señor Darcy era el niño más dulce y generoso de la tierra.

Elizabeth se quedó mirando fijamente a la anciana: «¿Puede ser ése Darcy?», pensó.

– Creo que su padre era una excelente persona -agregó la señora Gardiner.

– Sí, señora; sí que lo era, y su hijo es exactamente como él, igual de bueno con los pobres.

Elizabeth oía, se admiraba, dudaba y deseaba saber más. La señora Reynolds no lograba llamar su atención con ninguna otra cosa. Era inútil que le explicase el tema de los cuadros, las dimensiones de las piezas y el valor del mobiliario. El señor Gardiner, muy divertido ante lo que él suponía prejuicio de familia y que inspiraba los rendidos elogios de la anciana a su señor, no tardó en insistir en sus preguntas, y mientras subían la gran escalera, la señora Reynolds siguió ensalzando los muchos méritos de Darcy.

– Es el mejor señor y el mejor amo que pueda haber; no se parece a los atolondrados jóvenes de hoy en día que no piensen más que en sí mismos. No hay uno solo de sus colonos y criados que no le alabe. Algunos dicen que es orgulloso, pero yo nunca se lo he notado. Me figuro que lo encuentran orgulloso porque no es bullanguero como los demás.

«En qué buen lugar lo sitúa todo esto», pensó Elizabeth.

– Tan delicado elogio -cuchicheó su tía mientras seguían visitando la casa- no se aviene con lo que hizo a nuestro pobre amigo.

– Tal vez estemos equivocados.

– No es probable; lo sabemos de muy buena tinta. En el amplio corredor de arriba se les mostró un lindo aposento recientemente adornado con mayor elegancia y tono más claro que los departamentos inferiores, y se les dijo que todo aquello se había hecho para complacer a la señorita Darcy, que se había aficionado a aquella habitación la última vez que estuvo en Pemberley.

– Es realmente un buen hermano -dijo Elizabeth dirigiéndose a una de las ventanas.

La señora Reynolds dijo que la señorita Darcy se quedaría encantada cuando viese aquella habitación.

– Y es siempre así -añadió-, se desvive por complacer a su hermana. No hay nada que no hiciera por ella.

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