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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—Lini tiene razón. No tengo derecho a hablaros así, lord Aybara. Me disculpo humildemente. Y pido vuestro perdón.

¿Humildemente? Su gesto era tozudo, su tono tan orgulloso como el de una Aes Sedai, y su olor ponía de manifiesto que habría clavado las uñas a cualquiera.

—Lo tenéis —se apresuró a responder Perrin. Lo cual no pareció aplacarla en absoluto. Ella sonrió; tal vez intentaba mostrar gratitud, pero podía oír cómo rechinaban sus dientes. ¿Es que todas las mujeres estaban locas?

—Tienen calor y necesitan refrescarse y descansar un poco, esposo —intervino Faile, echándole por fin una mano—. Las últimas horas han sido penosas y agotadoras para ellos, lo sé. Aram puede mostrar a los hombres dónde asearse. Yo acompañaré a las mujeres. Haré que traigan paños húmedos para que os lavéis la cara y las manos —dijo dirigiéndose a Maighdin y a Lini. Llamó a Breane con un ademán y empezó a conducirlas hacia la tienda. A un gesto de asentimiento de Perrin, Aram indicó a los hombres que lo siguieran.

—Tan pronto como acabéis de asearos, maese Gill, me gustaría hablar con vos —dijo Perrin.

La reacción fue como si hubiese hecho surgir otra rueda de fuego. Maighdin giró hacia él y lo miró boquiabierta, y las otras dos mujeres se frenaron en seco. Tallanvor volvió a asir la empuñadura de su espada, y Balwer se puso de puntillas para asomarse por encima de su fardo, ladeando la cabeza hacia uno y otro lado. Un lobo no, quizá; más bien un ave alerta a la aparición de gatos. El hombre corpulento, Basel Gill, dejó caer sus pertenencias y saltó dos palmos en el aire.

—Vaya, Perrin —balbuceó mientras se quitaba bruscamente el sombrero de paja. El sudor había dejado churretes de polvo en sus mejillas. Se agachó para recoger el fardo, cambió de idea y se irguió de nuevo con premura—. Quiero decir, lord Perrin. Yo… Eh… Me pareció que eras tú, pero… Pero como te llamaban lord, no estaba seguro de que quisieras reconocer a un viejo posadero. —Se pasó un pañuelo por el cráneo casi calvo y rió con nerviosismo—. Pues claro que hablaremos. Lo de asearme puede esperar un poco más.

—Hola, Perrin —saludó el hombretón. Con sus ojos de párpados cargados, Lamgwin Dorn parecía perezoso a despecho de sus músculos y las cicatrices en la cara y las manos—. Maese Gill y yo oímos que el joven Rand se había convertido en el Dragón Renacido. Tendríamos que habernos imaginado que tú también vendrías a más. Perrin Aybara es un buen hombre, señora Maighdin. Creo que podríais confiar en él sobre cualquier cosa que tengáis en mente.

No era perezoso, y tampoco tenía nada de estúpido. Aram señaló con la cabeza bruscamente, con impaciencia, y los otros dos hombres lo siguieron, pero Tallanvor y Balwer iban arrastrando los pies y echaban ojeadas pensativas a Perrin y a maese Gill. Miradas preocupadas. Y a las mujeres. Faile también las había hecho ponerse en marcha, aunque no dejaban de lanzar miradas a Perrin y a maese Gill, así como a los hombres que seguían a Aram. De repente no les hacía gracia separarse.

Maese Gill se enjugó el sudor de la frente y esbozó una sonrisa forzada. Perrin se preguntó por qué olía a miedo. ¿De él? De un hombre vinculado al Dragón Renacido, que se hacía llamar lord y dirigía un ejército, por pequeño que fuera, amenazando al Profeta. Tal vez también entraba en el lote lo de amordazar Aes Sedai; acabarían achacándoselo a él de un modo u otro. «No —pensó con sarcasmo—. Ninguna de esas cosas asustaría a nadie». Puede que todos ellos temieran que los matara.

En un intento de tranquilizar a maese Gill, condujo al hombre hasta un gran roble, a cien pasos de la tienda roja y blanca. Casi todas las hojas del enorme árbol se habían caído y la mitad de las que quedaban estaban marrones, pero las gruesas ramas proporcionaban un poco de sombra, y algunas de las raíces retorcidas se alzaban lo suficiente para servir de asiento. Perrin ya había utilizado una para eso mientras se montaba el campamento; cada vez que intentaba hacer algo útil, siempre había diez manos que se lo quitaban de en medio.

Basel Gill no se relajó a pesar de que Perrin se interesó por la marcha de La Bendición de la Reina, su posada en Caemlyn, o evocó su visita al establecimiento. Claro que, quizá Gill recordaba que esa visita no había sido lo más indicado para tranquilizar a un hombre, con Aes Sedai y conversaciones sobre el Oscuro y una huida en plena noche. Paseaba con nerviosismo, apretando el fardo contra su pecho, cambiándoselo de un brazo a otro y contestando con pocas palabras, lamiéndose los labios entremedio.

—Maese Gill —dijo finalmente—, dejad de llamarme lord Perrin. No soy un lord. Es complicado, pero no lo soy. Y lo sabéis.

—Desde luego —contestó el orondo posadero, que por fin tomó asiento en una de las raíces. Parecía reacio a soltar el fardo con sus cosas, y apartó las manos de él lentamente—. Como digáis, lord Perrin —añadió, no sólo usando el título sino también el tratamiento. Rand, eh… el Dragón Renacido, ¿realmente quiere que lady Elayne ocupe el trono? No es que dude de vuestra palabra, en absoluto —agregó presto. Se quitó el sombrero para enjugarse el sudor otra vez. Aunque era un hombre grueso, sudaba el doble de lo que podría justificar el calor que hacía—. Sin duda, el lord Dragón hará lo que decís. —Su risa sonó temblorosa—. Queríais hablar conmigo, y no sobre mi vieja posada, estoy seguro.

Perrin suspiró cansado. Había pensado que no podía haber nada peor que viejos amigos y vecinos haciendo reverencias y pamemas, pero al menos ellos olvidaban a veces y decían lo que pensaban. Y ninguno le tenía miedo.

—Estáis muy lejos de casa —empezó suavemente. No había por qué precipitarse; no con un hombre al que no le llegaba la camisa al cuerpo—. Me pregunto qué os trajo aquí. Espero que ningún problema.

—Responde directamente, Basel Gill, sin florituras —intervino Lini en tono brusco mientras se acercaba al roble. No había estado ausente mucho rato, pero había tenido tiempo para lavarse la cara y las manos y arreglarse el cabello en un moño bajo. Y para sacudirse la mayor parte del polvo del vestido de sencillo paño. Haciendo una somera reverencia a Perrin, se volvió hacia Gill y agitó el huesudo índice ante su nariz—. «Hay tres cosas molestas que sacan de quicio: un dolor de muelas, un dolor de pies y un hombre charlatán». Así que ve al grano y no marees al joven lord con tu cháchara. —Durante un instante clavó una mirada admonitoria en el estupefacto posadero, y después, bruscamente, hizo otra rápida reverencia a Perrin—. Le encanta el sonido de su propia voz, como a la mayoría de los hombres, pero ahora os lo contará como es debido, milord.

Maese Gill le dirigió una mirada fulminante y masculló entre dientes cuando la mujer lo urgió a hablar con un gesto brusco. «Viejo saco de huesos…» fue lo que Perrin oyó.

—Lo que ocurrió, en dos palabras y para abreviar —el orondo posadero volvió a asestar una mirada fulminante a Lini, pero la mujer no pareció advertirlo—, es que tenía un asunto de negocios en Lugard. Una ocasión para importar vino. Pero eso no os interesará. Me llevé a Lamgwin, desde luego, y a Breane, porque a ella no le gusta perderlo de vista ni una hora si puede remediarlo. En el camino conocimos a la señora Dorlain, la señora Maighdin, como la llamamos, y a Lini y a Tallanvor. Y a Balwer, por supuesto. En la calzada. Cerca de Lugard.

—Maighdin y yo servíamos en Murandy —intervino, impaciente, Lini—. Hasta que surgieron los problemas. Tallanvor era un guardia de la casa, y Balwer el secretario. Los bandidos prendieron fuego a la mansión, y nuestra ama no pudo mantenernos a su servicio, así que decidimos viajar juntos para mayor protección.

—Lo estaba contando yo, Lini —gruñó maese Gill mientras se rascaba la oreja—. El mercader de vinos había abandonado Lugard y se había marchado al campo, por alguna razón, y… —Sacudió la cabeza—. Son demasiadas cosas para hablar de ellas, Perrin. Lord Perrin, quiero decir. Disculpad. Sabéis que hay jaleo en todas partes hoy en día, de una clase o de otra. Total, que parecía que cada vez que huíamos de uno nos encontrábamos metidos en otro, y siempre alejándonos más y más de Caemlyn. Y aquí estamos, cansados pero agradecidos. Y, en resumen, eso es todo.

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