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Fragmentos de honor [Shards of Honor - es]

Электронная книга - «Fragmentos de honor [Shards of Honor - es]». Краткое содержание книги:

Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y por las razones equivocadas. Cordelia Naismith, de la Fuerza Expedicionaria Betana, llevaba incluso el uniforme equivocado: sin saberlo había entrado en batalla vistiendo el viejo uniforme pardo del equipo científico de Exploración Astronómica. Su encuentro con Aral Vorkosigan, el poderoso y temido Vor, apodado «el carnicero de Komarr», sólo podía deberse a una de esas complejas intrigas, tan sórdidas y abundantes en la militarizada sociedad de Barrayar.
Tras el primer contacto con Aral, Cordelia volverá a la guerra como capitana de una nave suicida en una misión de engaño: transportar a través de las líneas Vor un arma terrible capaz de atrapar y destruir a toda la flota enemiga.
Un conjunto de intrigas dentro de intrigas, de traiciones en el seno de más traiciones, de nuevos engaños que se unen a otros conocidos, obligará a Cordelia a establecer una paz personal con su principal oponente: Aral Vorkosigan. Una paz que puede acarrear la ignominia, aunque presagia nuevas posibilidades no sólo entre Cordelia y su enamorado, sino también entre los pueblos de ambos.
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—Vaya, claro, capitana Naismith.

—Llámeme Cordelia. ¡Es usted de primera! ¡Gracias!

El piloto era muy joven, dedicado a adquirir experiencia con los cargueros antes de pasar a las responsabilidades mayores de las naves de pasajeros. También la reconoció, y enseguida le pidió un autógrafo.

—Supongo que se estará preguntando por qué ha sido elegido —empezó a decir Cordelia mientras se lo firmaba, sin la menor idea de adónde iba a parar, pero con la impresión de que parecía el tipo de persona que nunca ha ganado un premio en la vida.

—¿Yo, señora?

—Créame, los de seguridad revisaron su vida de cabo a rabo. Es usted digno de confianza. Eso es lo que es. Realmente digno de confianza.

—Oh… ¡No pueden haber descubierto lo de la cordolita! —El sentido de la alarma luchó con la respuesta a los halagos.

—Y lleno de recursos también —repuso Cordelia, preguntándose qué era la cordolita. Nunca había oído hablar del asunto—. Justo el hombre para esta misión.

—¡Qué misión!

—Sssh. No tan fuerte. Estoy en una misión secreta para el presidente. Es tan delicada que ni siquiera el departamento de Guerra está al tanto. Habría profundas repercusiones políticas si se descubriera. Tengo que entregar un ultimátum secreto al emperador de Barrayar. Pero nadie debe saber que he salido de la Colonia Beta.

—¿Se supone que tengo que llevarla hasta allí? —preguntó él, sorprendido—. La ruta de mi carguero…

Creo que podría convencer a este chaval para que me llevara hasta Barrayar con el combustible de su jefe, pensó ella. Pero sería el fin de su carrera. La conciencia controló la ambición desbocada.

—No, no. La ruta de su carguero debe parecer exactamente la misma de siempre. Tengo que reunirme con un contacto secreto en Escobar. Usted simplemente llevará un artículo de carga que no aparecerá en la consigna. Yo.

—No tengo permiso para llevar pasajeros, señora.

—Santo cielo, ¿cree que no lo sabemos? ¿Por qué supone que el presidente en persona lo escogió entre todos los demás candidatos?

—Guau. Y ni siquiera voté por él.

La llevó a bordo de la lanzadera, y la hizo sentarse entre el cargamento de última hora.

—Conoce usted a todos los grandes nombres en Exploración, ¿verdad, señora? Lightner, Parnell… ¿Cree que podría presentarme?

—No sé. Pero… conocerá a un montón de grandes nombres de la Fuerza Expedicionaria, y de Seguridad, cuando vuelva de Escobar. Se lo prometo.

Si supieras…

—¿Puedo hacerle una pregunta personal, señora?

—¿Por qué no? Todo el mundo lo hace.

—¿Por qué va en zapatillas?

Ella se miró los pies.

—Yo… lo siento, piloto Mayhew. Es información clasificada.

—Oh.

Él se dispuso a despegar la nave.

Sola por fin, Cordelia apoyó la frente contra el frío costado de plástico de una caja, y lloró en silencio.

14

Era casi mediodía, hora local, cuando el volador que había alquilado en Vorbarr Sultana sobrevoló el gran lago. La orilla estaba bordeaba de pendientes cubiertas de viñedos y detrás se alzaban empinadas montañas cubiertas de matorrales. La población aquí era escasa, excepto en los alrededores del lago, que tenía una aldea al pie. Un acantilado al borde del agua estaba coronado por las ruinas de una antigua fortificación. Lo sobrevoló, comprobando de nuevo su mapa, donde aparecía de forma destacada. Tres grandes propiedades más al norte, posó el volador en un camino de acceso que serpenteaba hasta una cuarta.

Una casa antigua construida en piedra nativa se mezclaba con la vegetación de la falda de la montaña. Cordelia contrajo las alas, apagó el motor, se metió las llaves en el bolsillo y se sentó contemplando insegura su soleada fachada.

Una alta figura con un extraño uniforme marrón y plata deambulaba por la esquina. Llevaba un arma a la cintura, y su mano se posaba sobre ella descuidadamente. Ella supo que Vorkosigan debía de estar cerca, pues se trataba del sargento Bothari. Parecía en buena forma, al menos físicamente.

Salió del volador.

—Ejem, buenas tardes, sargento. ¿Está en casa el almirante Vorkosigan?

Él se la quedó mirando con los ojos entornados, luego su cara pareció despejarse y la saludó.

—Capitana Naismith. Señora. Sí.

—Tiene mucho mejor aspecto que la última vez que nos vimos.

—¿Señora?

—En la nave insignia. En Escobar.

Él pareció preocupado.

—Yo… no me acuerdo de Escobar. El almirante Vorkosigan dice que estuve allí.

—Ya veo.

Te borraron la memoria, ¿eh? ¿O fuiste tú mismo? No podía saberlo ahora.

—Lamento oír eso. Sirvió usted con valentía.

—¿Sí? Me dieron de baja, después.

—Oh. ¿Qué es ese uniforme?

—Las armas del conde Vorkosigan, señora. Me tomó como guardia personal suyo.

—Estoy segura de que le servirá bien. ¿Puedo ver al almirante Vorkosigan?

—Está en la parte de atrás, señora. Puede usted subir. —Él continuó su camino, evidentemente haciendo alguna especie de ronda.

Ella rodeó la casa, sintiendo el calor del sol en la espalda, tropezando con la desacostumbrada falda que vestía y reacomodándola sobre sus rodillas. Había comprado la ropa ayer en Vorbarr Sultana, en parte por diversión, en parte porque su viejo uniforme pardo de Exploración con las insignias llamaba la atención por la calle. Su oscuro diseño floral le gustó. Llevaba el pelo suelto, con la raya en medio y apartado de la cara por dos peinetas, también compradas ese día.

Un poco más arriba había un jardín, rodeado por un bajo muro de piedra gris. No, no era un jardín, advirtió al acercarse: un cementerio. Un anciano vestido con un viejo mono trabajaba en el, arrodillado en la tierra, plantando florecillas. Alzó la vista para mirarla cuando Cordelia empujó la pequeña cancela. Ella no confundió su identidad. Era un poco más alto que su hijo, y su musculatura se había vuelto fina y nudosa con la edad, pero vio a Vorkosigan en los huesos de su cara.

—¿General conde Vorkosigan, señor? —lo saludó automáticamente, y entonces advirtió lo peculiar que debía parecer el saludo militar con aquel vestido. Él se puso trabajosamente en pie— Soy la cap… Soy Cordelia Naismith. Soy amiga de Aral. Yo… no sé si me habrá mencionado alguna vez. ¿Se encuentra aquí?

—¿Cómo está usted, señora? —Él se puso más o menos firme, y le dirigió un amable gesto con la cabeza que le resultó dolorosamente familiar—. Dijo muy poco, y no me hizo pensar que pudiera llegar a conocerla. —Una sonrisa agrietó su rostro, como si aquellos músculos estuvieran entumecidos por no haber sido utilizados en mucho tiempo—. No tiene ni idea de cuánto me complace ver que estaba equivocado. —Hizo un gesto por encima del hombro, indicando colina arriba—. Hay un pequeño pabellón en lo alto de nuestra propiedad, asomado al lago. Él, ah, se sienta allí casi todo el tiempo.

—Ya veo. —Cordelia divisó el sendero, que serpenteaba más allá del cementerio—. Um. No estoy segura de cómo expresarlo… ¿Está sobrio?

El anciano miró el sol, y arrugó sus labios correosos.

—Probablemente no, a esta hora. Cuando llegó a casa, al principio, sólo bebía después de cenar, pero gradualmente ha ido haciéndolo antes. Muy preocupante, pero no hay mucho que yo pueda hacer al respecto. Aunque si las tripas le vuelven a sangrar, tal vez… —Se interrumpió, mirándola con intensa, insegura especulación—. Creo que se ha tomado el fracaso de Escobar como algo innecesariamente personal. Ni siquiera le pidieron la dimisión.

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