Los Pájaros De Bangkok
- Автор: Montalban Manuel Vázquez
- Серия: Pepe Carvalho #6
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los Pájaros De Bangkok». Краткое содержание книги:
– Busco las fuentes del Nilo.
– Qué despiste geográfico llevan en España.
– Busco a una mujer.
– ¿Se fugó con otro?
– Más o menos.
– ¿Es su mujer?
– No.
– Pero bueno. Esto ya es vicio. Pase que alguien se dedique a buscar a la mujer legal, pero ponerse a buscar a la amante, eso no tiene nombre.
– Soy un profesional de estas cosas. Soy un detective privado.
– Y yo Martin Bormann.
– De verdad. Soy un detective privado que está buscando a la hija de un cliente.
El francés estudiaba a Carvalho por si descubría alguna fisura en la máscara del rostro. Carvalho se limitó a sacar el billetero y enseñarle el carnet de detective privado.
– ¡Increíble! Cuando se lo cuente a mi madre no se lo va a creer. Doy veinte veces las vueltas al mundo, me pudro con los pueblos más podridos de la tierra y todo para encontrarme con Philippe Marlowe en un poblado de mierda de la península malaya. Aún es posible la sorpresa. Lamento no estar a la altura de las circunstancias. Yo soy economista, normalien, es decir, de la élite cultural francesa.
– Ya me lo ha contado.
– ¿Cuándo?
– Poco después de habernos conocido.
– Me repito. Y sobre todo estas cosas. No ha sido siempre así. Me ocurre últimamente. Debo tener un grave problema de identidad. A la pobre Olga le amargué los últimos días de vida explicándole la influencia de Pascal sobre Rhomer. ¿Sabe usted quién es Rhomer?
– Un general alemán.
– Fascinante. No. Un director de cine. ¿No ha visto usted "Ma nuit chez Maud"?
– Casi nunca voy al cine.
– Es una película sobre el sentido de la vida.
– Hum. Muy sólido.
– Fue la última película que vi antes de fugarme de París. Por cierto, he coincidido con varios españoles en distintos lugares de la península Indostánica, incluso antes, en Afganistán, antes de que se armara la guerra. En Goa conocí a un español pintoresco, filósofo. Un hidalgo madrileño que siempre filosofaba mientras chapoteaba descalzo bajo la lluvia o bailaba agitando al viento su trenza negra. En Bombay coincidí con un ex economista catalán y tuvimos una larga discusión sobre Schumpeter y los economistas radicales norteamericanos. Se llamaba Martín Capdevila y quería ser maharajá. En caso de que llegue a serlo, tengo la vejez asegurada.
Carvalho se tumbó en los escalones. El esqueleto le agradeció el soporte y los ojos se le fueron hacia los pozos de cielo delimitados por nubes blancas y pesadas. Una bandada de pájaros atravesó su campo visual, investigadores de lo que acontecía en un poblado insolentemente intruso en la jungla.
– ¿Conoce usted el nombre de los pájaros de Bangkok?
El francés salió de un súbito ensimismamiento.
– ¿De qué pájaros habla?
– De los que se posan en los cables eléctricos al atardecer. ¿No los ha visto? A miles. Parecen mosquitos ruidosos. Tampoco sé si pían de alegría o de hambre o de miedo o para proclamar su hegemonía por encima de la ciudad construida por los hombres.
– Todos los pájaros son gorriones.
– ¿Las águilas también?
– Las águilas son águilas.
La vieja se les acercó con una bandeja de lata en la que había cuatro cuencos de barro y dos cucharas de madera. Humeaba la comida y Carvalho se apoderó de su ración de arroz y pollo y las mezcló amorosamente con la cuchara de teca, como recreándose en la composición del paisaje. El francés comía más ortodoxamente. Cucharada de arroz, cucharada de carne y verduras.
– Hay más granos de pimienta que pollo.
Se quejó Pelletier.
– La cocina thailandesa es como la china, pero con más especias. En los países del trópico las especias combaten la falta de apetito derivada del clima.
– ¿Falta de apetito? Comer en los países asiáticos es una ostentación. La gente se pasa el día en la calle con el cuenco de arroz en la mano. ¿Ha probado usted el betel? Los primeros viajeros europeos creyeron que estos pueblos eran todos tuberculosos porque tenían la boca llena de sangre. Era el color del betel. Arroz y betel. El arroz para llenar el estómago y el betel para entretenerse.
– La austeridad asiática.
– Mierda, la austeridad asiática.
– El budismo. La superación de la servidumbre de los sentidos.
– Para empezar, Stanley, estamos en una zona mahometana y el budismo es una industria de exportación de ideología para que la consuman los menopáusicos de Occidente.
Pelletier había terminado sus raciones y cuando la vieja se acercó merodeando y mirándoles de reojo, le tendió un billete de veinte baths. Examinó el billete la mujer, recogió la bandeja con los cuencos vacíos y se alejó seguida de la mirada valorativa del francés.
Estaban junto al coche y los dos hombres lo contemplaban con el mismo aire de desconcierto. El francés pegó una patada contra una rueda y luego se sentó en el morro.
– ¿Qué piensa hacer?
– Quisiera llegar hasta Penang. Las cosas hay que acabarlas. Es la última posibilidad que tengo de encontrarla. ¿Y usted?
– Tendría que devolver este coche en algún sitio donde hubiera oficinas de la Hertz. Ella lo había alquilado en Bangkok hace ya tres o cuatro semanas, aunque nadie va a pedirle ahora explicaciones si no lo devuelve. Si quiere se lo cedo.
– No, es de usted.
– No. Pero tengo una cierta autoridad moral sobre él.
Carvalho echó a andar en dirección hacia la carretera.
– Espere. Le acompañaré hasta algún centro habitado donde pueda alquilar un taxi o coger un tren o un autobús. ¿Qué prefiere, volver a Hadyai o que le lleve a Pattani? En Pattani hay aviones y quizá haya un vuelo hasta Penang, aunque Penang ya está en Malasya.
– Me han dicho que la zona de Pattani es peligrosa.
– Cuentos que se inventa el gobierno para meter en un puño a la gente. Se inventa guerrillas comunistas o musulmanas en el sur, bandidos birmanos en la frontera birmana o infiltraciones desde Laos y Camboya. De hecho ya estamos en el país Pattani y no ha pasado nada.
– Prefiero evitar los aviones.
– "Oh lá lá"! Esto se pone interesante. ¿Qué trata de ocultar? ¿En qué trafica? Suba. Le sacaré de este andurrial.
Salió el coche de la selva y saltó a la carretera en dirección a Hadyai.
– No se me muera usted ahora. Dos muertos en un solo viaje es excesivo.
Comentó Pelletier al ver como Carvalho doblaba la rodilla con un rictus de dolor en el rostro.
– Ya no me duele casi.
– Pero le duele. ¿De qué se trata?
– Gota.
– ¿Gota? Es una enfermedad de reyes franceses. Estoy pensando, amigo español, que no tengo nada que hacer y que quizá me interese cruzar la frontera de Malasya y viajar hasta las selvas profundas, a donde nunca ha llegado el hombre blanco. Cuento con que usted pagará la gasolina. Este coche gasta mucho y no quiero tocar ni un céntimo de la pobre Olga. Me interesa su viaje. Encontrarte con un hombre que se inventa viajes y desconocidas para dar sentido a la vida.
No se equivocaba gran cosa Pelletier, pensó Carvalho. Al alivio de la comprobación de que Teresa no estaba muerta, le seguía la misma sensación de absurdo e inutilidad que le había empezado a asaltar en Koh Samui, tal vez reforzado por el deseo frustrado de haberse quedado en la isla a ver pasar las próximas veinte horas, los próximos veinte años. Pero el francés no necesitaba que Carvalho le diera la razón. Proseguía su discurso neurótico, lleno de consideraciones sobre el sentido de la vida.
– A veces pienso en volver a París. Tengo un armario lleno de trajes en casa de mi madre. Tengo a mi ex mujer casada con un catedrático riquísimo al que le sienta muy bien el frac y le sacan cada dos por tres en "Jours de France". Si me pongo a repasar mis libros y me leo "Le Monde Diplomatique" de estos últimos siete u ocho años, me pondré al día y estoy seguro de encontrar un buen empleo, si pongo la cara de hijo pródigo y les vendo que vuelvo del universo del marxismo y de la contracultura, consciente de que la única verdad la tienen Milton Friedman y el neoliberalismo económico y político. La hegemonía de la burguesía se sostiene gracias a la prestación de método y lenguaje que le han aportado los disidentes del enemigo y los hijos que han sido marxistas o budistas o drogadictos y luego han vuelto a la casa del padre.
No callaba nunca. Carvalho fingió dormir y el tono del discurso de Pelletier fue bajando hasta convertirse en un bisbiseo que pasó a ser canción cantada hacia sí mismo, para hacerse compañía o para mantener una relajada concentración, con el volante entre las manos y las primeras sombras de la noche tiñendo la carretera. Al llegar a Hadyai, Pelletier giró hacia la izquierda en dirección a Sadao y la frontera malaya. Carvalho abrió los ojos protegido ahora por la oscuridad y miró de reojo a Pelletier. Conducía sonriendo como si soñara su condición de chófer, la carretera misma. Al llegar a Sadao apartó una mano del volante para agitar el cuerpo de Carvalho.
– Prepare la documentación. Nos acercamos a la frontera. Carvalho sacó los dos pasaportes del bolsillo, los sopesó y finalmente se guardó el español y mantuvo el italiano entre las manos.
– Oiga, español, a esto se le llama viajar organizado. Igual estoy viajando junto a un pez gordo de la delincuencia internacional. ¿A santo de qué el pasaporte italiano?
– Italia es mi segunda patria.
Primero repostaron gasolina en una gasolinera que parecía un cementerio de coches, como si los vehículos se hubieran muerto corroídos por la gasolina que allí vendían. A partir de la gasolinera empezaba la cola de coches y autobuses que esperaban el paso de la frontera, bajo la débil luz de amarillas bombillas de velatorio agitadas por el viento. La policía thailandesa arrancó el visado blanco de los pasaportes y les dejó pasar sin más comentarios. Tuvieron que rellenar un visado provisional en la frontera malaya y pasar por un minucioso registro y la sorpresa del visa de la aduana malaya al comprobar lo escaso del equipaje de Carvalho. Explicó que había dejado el grueso del equipaje en Bangkok, a donde volvería después de un corto recorrido turístico por Malasya. De hecho voy a bañarme a Penang, añadió Carvalho agitando el traje de baño.
– Muy oportuno el detalle del traje de baño.
Comentó con sorna Pelletier, cuando la frontera quedaba a sus espaldas.
– Nadie sospecha nada de un hombre que va por el mundo con un traje de baño. ¿Quiere conducir usted? Estoy cansado.
Carvalho temió quedar sin remedio a la disposición de las ganas de hablar de Pelletier, pero vio sus ojos hinchados, rojos, torpes y asumió el volante. Pelletier se sentó a su lado, cerró los ojos y se quedó dormido al instante. A Carvalho le pareció que corrían más ahora, pero la aguja del cuentakilómetros permanecía en la misma cota que había mantenido el francés. Pasaron por Jitra, apenas cuatro puntos de luz y luego por Akor Setar, donde un indicador de carretera les prometía la existencia de un aeropuerto y a Carvalho le asaltó la ilusoria urgencia de coger un avión y terminar cuanto antes la aventura. Pero Penang era una meta coherente y se había educado a sí mismo para la coherencia.